5. An introduction to the analysis
5.1 An alternative truth commission
CAPÍTULO 1 2
Comunicación
ENTENDAMOS PARA QUE NOS ENTIENDAN
A comienzos del siglo veinte un magnate petrolero de Texas, muy rico pero sin demasiada educación formal, viajó por primera vez en bar-
co a Europa. La primera noche, encontró que junto él estaba sentado a la mesa de la cena un extraño. Era un francés que con buenos modales le dijo: «Bon appetit». Pensando que el hombre estaba presentándose ante él, le respondió: «Barnhouse».
Durante varias noches este ritual se repitió. El francés asentía y decía: «Bon appetit». El tejano sonreía y decía: «Barnhouse», un poco más fuer- te y claro que la noche anterior.
Una tarde Barnhouse se lo contó a otro pasajero, quien le explicó al petrolero: «Es que usted no ha entendido. No se estaba presentando. Decir “Bon appetit” es la forma en que los franceses le desean que dis- frute de la comida».
No hace falta decir que Barnhouse se sintió muy avergonzado y deci- dió enmendar las cosas. Esa noche a la hora de la cena el tejano entró, le sonrió a su nuevo amigo y dijo: «Bon appetit».
El francés se puso de pie y respondió: «Barnhouse».
En la famosa oración atribuida a San Francisco de Asís, se rue- ga a Dios por ayuda para buscar entender antes que ser comprendido. Este principio es la clave para la comunicación interpersonal efectiva. En realidad el libro de Proverbios ofrecía el mismo consejo desde hacía ya muchos años. En Proverbios 18:13 leemos: «Es necio y vergonzoso
EL LÍDER PERFECTO
responder antes de escuchar». En el mismo capítulo, un poco antes Salomón ofrece una aguda evaluación de quien prefiere hablar en lugar de escuchar: «Al necio no le complace el discernimiento; tan sólo hace alarde de su propia opinión» (v. 2).
A P R E N D A M O S A ESCUCHAR
El líder que no sabe cómo comunicarse no podrá liderar bien, ni duran- te mucho tiempo. La mayoría de los líderes invierten muchísimo tiempo y energía en el desarrollo de otras destrezas, como la planificación a lar- go plazo, el manejo del tiempo y la oratoria. Pero, ¿qué hay del desarrollo de la capacidad para escuchar? Quien quiera ser un buen líder tendrá que desarrollar esta importante habilidad. Mi amigo Arthur Robertson, fun- dador y presidente de Effective Communication and Development, Inc., escribió su libro Saber escuchar basándose en la premisa de que «saber escuchar es el primer y más básico requisito en la comunicación exitosa para la vida profesional y personal».1
El Dr. James Lynch, codirector de la Clínica y Laboratorio Psicofisiológicos de la Universidad de Maryland, ha documentado que cuando la gente es capaz de escuchar se produce una sanación real en el sistema cardiovascular. La presión sanguínea aumenta cuando las per- sonas hablan, y desciende cuando escuchan. De hecho, sus estudios muestran que la presión sanguínea es más baja cuando escuchamos que cuando nos quedamos en silencio mirando una pared en blanco.2
Según el Dr. Lynch la capacidad de escuchar no es esencial solo para un liderazgo efectivo, ¡sino también para preservar la salud!
Un hombre va a ver al médico y le dice:
—Doctor, mi esposa no oye tan bien como antes. ¿Qué puedo hacer?
El médico le responde:
—Haga lo siguiente para comprobarlo. La próxima vez que su espo- sa esté preparando la comida en la cocina, aléjese de ella unos cinco metros y pregúntele algo. Si no responde, repita la pregunta a medida que vaya acercándose, hasta que le oiga.
El hombre va a casa y encuentra a la esposa en la cocina. Entonces se para a unos cinco metros de distancia y pregunta:
COMUNICACIÓN
—Amor, ¿qué vamos a cenar?
No hay respuesta, por lo cual el marido se acerca un poco. —Amor, ¿qué vamos a cenar?
Nada. Se acerca un poco más. —Amor, ¿qué vamos a cenar?
Silencio. Ahora, el hombre está casi pegado a la espalda de su mujer y repite:
—Amor, ¿qué vamos a cenar?
—Te lo repito por cuarta vez. ¡Dije que cenaremos pollo!
E L D I O S QUE HABLA
D
espués de escribir The God Who Is There, Francis Schaeffer escribió otros volúmenes, que incluyen He Is There and He Is Not Silent, el cual trata sobre la pregunta más fundamental de todas: ¿Cómo sabemos que sabemos? La respuesta de Schaeffer es simple: El Dios que es infini- to y personal no solo existe, sino que existe como comunicador. La pre- sunción fundacional de las Escrituras no es simplemente que Dios existe, sino que se ha comunicado con su pueblo a través de profetas y após- toles y de manera más definitiva a través de la revelación personal de su Hijo encarnado. Como ser personal y relacional Dios es un comunica- dor. William Barry y William Connolly escriben: «Nuestra fe nos dice que Dios se comunica con nosotros lo sepamos o no ... Él comparte su persona con nosotros aun cuando no sabemos que lo está haciendo ... Continuamente “se nos habla”».3El Salmo 19 contiene una descripción de dos formas en las que Dios se comunica con nosotros: la revelación general y la revelación especial.
Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber. Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible, por toda la tierra resuena su eco, ¡sus pala- bras llegan hasta los confines del mundo! Dios ha plantado en los cielos un pabellón para el sol. Y éste, como novio que sale de la cámara nupcial, se apresta, cual atleta, a recorrer el camino.
EL LÍDER PERFECTO
Sale de un extremo de los cielos y, en su recorrido, llega al otro extremo, sin que nada se libre de su calor. (Salmo 19:1-6)
Los primeros seis versículos de este salmo de sabiduría presentan la revelación general de Dios de sí mismo a través del poder, el orden y la belleza de la naturaleza. Esta revelación es general porque está dispo- nible para todos. Sin palabras ni lenguaje, las estrellas señalan con elo- cuencia más allá de sí mismas a aquel que las creó y las sostiene. Por eso nadie ignora en realidad la existencia de Dios. Las «cualidades invisi- bles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa» (Romanos 1:20).
En los versículos 7 al 11 el salmista pasa de la revelación general a la personal, de la naturaleza a la palabra escrita:
La ley del SEÑOR es perfecta: infunde nuevo aliento. El man- dato del SEÑOR es digno de confianza: da sabiduría al sencillo. Los preceptos del SEÑOR son rectos: traen alegría al corazón. El mandamiento del SEÑOR es claro: da luz a los ojos. El temor del SEÑOR es puro: permanece para siempre. Las sentencias del SEÑOR son verdaderas: todas ellas son justas. Son más deseables que el oro, más que mucho oro refinado; son más dulces que la miel, la miel que destila del panal. Por ellas queda advertido tu siervo; quien las obedece recibe una gran recompensa.
La Palabra de Dios bendice ricamente y da poder a quienes apren- den de ella y la siguen. Dios se comunica con nosotros a través de las Escrituras no con el mero fin de informarnos, sino también para trans- formarnos. Los autores de los libros del Nuevo Testamento estaban por
completo de acuerdo con este sentimiento:
Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. (2 Timoteo 3:16-17)
COMUNICACIÓN
Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los hue- sos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al des- cubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas. (Hebreos 4:12-13)
Hay beneficios en la exposición consistente a la Palabra inspirada por Dios. El Espíritu Santo nos hablará a través de las páginas de las Escrituras si tan solo entramos en su presencia con corazones dispues- tos y nuestras Biblias abiertas. Es que la Biblia no es un libro y nada más. Es una carta que Dios nos escribe donde nos comunica quién es él, qué quiere para nosotros, cómo podemos responder al deseo que él expresa y cuál es la mejor forma de ordenar nuestra vida según nuestro inherente designio. La Biblia es un mapa de la abundante vida que Dios nos ofre- ce como hijos suyos.
Llegué a la fe a principios del verano de 1967, pero antes de esa noche ya había estado expuesto a la Biblia. De pequeño había aprendi- do algunos versículos pero jamás les había encontrado significado. Era como memorizar frases de Shakespeare o citas de Mark Twain. Me ser- vían para condimentar conversaciones, aquí y allá, pero estaban lejos de transformar mi vida. Después de convertirme en cristiano, sin embargo, empecé a ver con mayor claridad que estos versículos de la Biblia tenían una calidad muy diferente a las citas de Shakespeare o Mark Twain. Los conceptos que hallamos en la Biblia tienen el potencial de alterar el cur- so de la vida de una persona de manera radical. Supe casi de inmediato que necesitaba ir a algún lugar y dedicar una buena porción de mi vida a estudiar la Biblia. En seis meses pasé de ser un estudiante pelilargo de Berkeley, California, a ser un prolijo estudiante del seminario de Dallas, Texas. Quise cortarme el cabello y vestir saco y corbata para asistir a cla- se todos los días (un verdadero cambio cultural para un ex hippie) de modo que pudiera aprender todo lo posible sobre el plano de obra que Dios ofrecía para mi vida.
E L L Í D E R P E R F E C T O
A pesar de lo grandiosa que es la Biblia, sin embargo, la forma de comunicación excelsa de Dios hacia nosotros es su revelación personal en Jesucristo:
Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A éste lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el univer- so. El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de llevar a cabo la purificación de los peca- dos, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas. (Hebreos
1:1-3)
Jesús dijo que vino para que nos fuera posible conocer al Padre: «Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Mateo 11:27). Como Dios ha tomado la iniciativa, ha hecho que nos fuera posible conocerle y nos invita a comunicarnos con él per- sonalmente a través de las Escrituras y la oración.
EL MANDAMIENTO MÁS DESOBEDECIDO DE TODOS
E
s importante practicar las técnicas para escuchar de manera activa: el contacto visual, repetir lo que oímos con otras palabras para estar seguros de que entendimos bien, por ejemplo. George Bernard Shaw creía que el problema más grave en las comunicaciones es la ilusión de que se haya cumplido de manera adecuada el proceso.La capacidad de expresarnos de manera afirmativa y no mordaz está muy ligada a la capacidad de escuchar. Después de todo: «El charla- tán hiere con la lengua como con una espada, pero la lengua del sabio brinda alivio» (Proverbios 12:18). Podemos enseñarles a nuestros hijos a decir: «A palabras necias oídos sordos», pero sabemos que no es ver- dad. Las palabras sí pueden lastimar. Pueden herir. De hecho, el término
C O M U N I C A C I Ó N
«sarcasmo» tiene como raíz la idea de cortar carne. Todo aquel que haya oído un discurso sarcástico conoce el dolor del filo de las palabras.
Es posible que si nos guardamos las emociones, nuestra salud se vea afectada, pero esto no nos da la libertad de ventilar nuestra ira, irri- tación, desilusión, impaciencia, estrés, inseguridad, culpa o cualquier otra emoción negativa que sintamos al momento de hablar. Dietrich Bonhoeffer habló de la necesidad de poner en práctica «el ministerio de guardar la lengua». «Muchas veces combatimos mejor los pensamientos de maldad si nos negamos a expresarlos con palabras ... Tiene que ser una regla decisiva en todo cristiano que nos prohibamos decir muchas de las cosas que se nos ocurren».4
Los líderes que actúan con sabiduría piensan antes de hablar y al hacerlo seleccionan palabras que logren nutrir en lugar de destruir. Cuando se enfrentan con la hostilidad hablan con suavidad, como para calmar la ira en lugar de azuzarla (Proverbios 15:1). En la epístola del Nuevo Testamento, Santiago escribió: «Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere» (Santiago 1:19-20). Estos tres mandamientos (ser rápidos para escuchar, lentos para hablar y lentos para enojarnos) son los man- damientos bíblicos más desobedecidos por nosotros. Sin embargo, si se los observa con regularidad pueden cambiar la vida de una persona de manera radical y contribuir a que vivamos la vida justa que Dios quiere.
Nuestra capacidad para comunicarnos puede evocar confianza o desconfianza en las personas que están bajo nuestro liderazgo. Puede ins- pirarles seguridad o temor. Y determinará en gran medida las ganas que tengan de escucharnos, creer en lo que decimos y seguirnos.