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Resisting the violent past

5. An introduction to the analysis

5.2 Resisting the violent past

Como hemos sido creados a imagen de Dios somos seres personales, relacionales y comunicativos. El tema no es entonces si nos comunica- mos o no, sino cuán efectiva y adecuada será nuestra comunicación. Lo que digamos puede bendecir o lastimar a otros, como lo señala Santiago en su epístola. Santiago es el libro de sabiduría del Nuevo Testamento, y al igual que el libro de Proverbios, nos dice mucho sobre las palabras que

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pronunciamos. El capítulo tres subraya gran parte de lo que sabemos ya por propia experiencia: la lengua parece ser más difícil de controlar que cualquier otra parte de nuestro ser.

Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuer- po. Cuando ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, podemos controlar todo el animal. Fíjense tam- bién en los barcos. A pesar de ser tan grandes y de ser impul- sados por fuertes vientos, se gobiernan por un pequeño timón a voluntad del piloto. Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes haza- ñas. ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el cur- so de la vida. (Santiago 3:2-6)

Nuestro discurso no es un territorio neutral, porque está moldeado e informado por nuestro carácter. El arte de saber escuchar y hablar no se enseña en las aulas, aunque esta capacidad, sin embargo, es esencial para un liderazgo efectivo.

Observemos la conclusión de Santiago sobre nuestra incapacidad para controlar la lengua: «El ser humano sabe domar y, en efecto, ha domado toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de bestias marinas; pero nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de vene- no mortal» (vv. 7-8). Y observemos también que no nos deja sin solu- ción, a la deriva y siendo víctimas de nuestras irrefrenables lenguas:

¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que lo demuestre con su buena conducta, mediante obras hechas con la humil- dad que le da su sabiduría. Pero si ustedes tienen envidias amar- gas y rivalidades en el corazón, dejen de presumir y de faltar a la verdad. Ésa no es la sabiduría que desciende del cielo, sino que es terrenal, puramente humana y diabólica. Porque donde hay

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envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas. En cambio, la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera. En fin, el fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz (vv. 13-18).

Hay dos fuentes posibles para alimentar nuestro discurso: la sabidu- ría terrenal y la sabiduría celestial. Jesús les dijo a sus seguidores:

Ningún árbol bueno da fruto malo; tampoco da buen fruto el árbol malo. A cada árbol se le reconoce por su propio fru- to. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El que es bueno, de la bondad que atesora en el cora- zón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produ- ce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca. (Lucas 6:43-45)

La clave para domar la lengua no es la lengua misma, sino el cora- zón. El apóstol Pablo concuerda al citar de los salmos:

Así está escrito: «No hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios. Todos se han extraviado; por igual se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!». «Su garganta es un sepul- cro abierto; con su lengua profieren el engaño». «¡Veneno de vibora hay en sus labios!».«Llena está su boca de maldiciones y de amargura». «Veloces son sus pies para ir a derramar sangre; dejan ruina y miseria en su camino, y no conocen el camino de paz». «No hay temor de Dios delante de sus ojos». (Romanos 3:10-18)

Según Pablo, de todas las formas en que nos permitimos ventilar nuestra maldad interna, la principal es nuestro discurso. Nuestra lengua

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es la manifestación inicial de nuestra indignidad interna y falta de justi- cia. Los corazones llenos de pecado producen palabras llenas de pecado.

Una de las formas en que los padres pueden saber si sus hijos están enfermos de verdad es por el olor que tiene su aliento. Los patrones de discurso llenos de maldad son el olor de la enfermedad del pecado en nuestro aliento. No es que tengamos que lavarnos la boca con jabón. Tenemos que lavar nuestros corazones con el agua de la Palabra de Dios. Nos hace falta mucho más que un enjuague bucal. Tenemos que ocupar- nos de la enfermedad y la maldad interior que motiva que el pecado sal- ga de nuestras bocas.

La Biblia dice con claridad que la comunicación es tanto una habi- lidad como una expresión del carácter. Nadie puede domar su lengua. La lengua hablará lo que haya en el corazón. Joseph Stowell ofrece una observación que puede sernos útil:

Santiago escribió que nadie puede domar su lengua (3:8). Esta afirmación no tiene por intención causar desesperanza o jus- tificar nuestras continuas fallas, sino hacernos saber que vale la pena el esfuerzo iniciado por propia voluntad ... En nues- tro deseo por transformar la lengua, de fuego infernal a instru- mento de comunicación constructiva, nos encontramos frente a una tarea de proporciones sobrenaturales ... Y por eso, para transformar nuestra lengua hace falta una fuerza sobrenatural.5

No nos es posible domar la lengua, pero sí podemos entregar nues- tras lenguas al señorío de Cristo. Como líderes cristianos hemos de bus- car la sabiduría celestial y llenar nuestros corazones con el amor de Dios para que su sabiduría y su amor fluyan desde nosotros como incesante manantial de agua.