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Uno de los principales argumentos que ha dado lugar al impulso y uso de los biocombustibles en el mundo se basa en su potencialidad para generar mejoras ambientales a partir de la reducción de emisiones de GEI. Sin embargo, en los últimos años han surgido controversias y un profundo debate en torno al impacto ambiental del desarrollo de la cadena mundial de biocombustibles. Los

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cuestionamientos apuntan principalmente al valor medioambiental de los biocombustibles de primera generación y, en menor medida, al de los de segunda generación.

Los aspectos ambientales en debate tienen que ver con:

a) Los riesgos y eventuales externalidades negativas asociados usualmente a determinadas prácticas de la agricultura convencional.

b) La eficiencia energética y ambiental de los biocombustibles producidos a partir de diversas materias primas (la eficiencia energética se refiere a la energía generada por el biocombustible y, según la metodología, sus co-productos o subproductos – en relación con la energía utilizada para su producción, a lo largo de toda la cadena o ciclo de vida del producto. La eficiencia ambiental se refiere a la reducción de GEI por parte de los biocombustibles en comparación con los combustibles fósiles, considerando las emisiones GEI a lo largo de toda la cadena e incluyendo los efectos del cambio en el uso de tierras).

Con respecto al primer punto, un desarrollo desordenado de los cultivos energéticos para satisfacer los requerimientos de materias primas para biocombustibles podría dar lugar a procesos no sustentables de expansión de la frontera agrícola o de intensificación de la producción, con consecuencias negativas para el ser humano y el medio-ambiente.

Los procesos no sustentables de expansión de la frontera agrícola, basados en la deforestación y/o el avance de los monocultivos a gran escala, generan un impacto negativo sobre la biodiversidad silvestre y agrícola. A su vez, el avance de la agricultura sobre terrenos forestales puede liberar grandes cantidades de carbono, dando lugar a un aumento en las emisiones de GEI que tomaría años recuperar mediante la reducción de las emisiones que resulte de la sustitución de biocombustibles por combustibles fósiles (FAO). El proceso de expansión de la frontera agrícola en varios países de la región, acontecido desde principios de la década del noventa, registra antecedentes relevantes de desmonte de bosques nativos, con la consecuente pérdida de biodiversidad agrícola. Estos procesos han estado asociados a diversas actividades agropecuarias y forestales, entre ellas el cultivo de soja en los países de la región sur y el de palma aceitera en los principales productores de la región andina.

Los procesos de intensificación tienen como ventaja la posibilidad de incrementar los rendimientos de los cultivos y su producción, sin generar presiones sobre la biodiversidad. Sin embargo, si estos se basan en prácticas agrícolas inadecuadas, tales como labranza convencional (aradas y rastreadas continuas), falta de rotación de cultivos, remoción o quemado de residuos agrícolas, excesivo inadecuado uso de fertilizantes, uso incorrecto de pesticidas o uso incorrecto del agua, las consecuencias son sumamente negativas en términos de erosión, agotamiento de nutrientes y pérdidas de fertilidad del suelo y su capacidad futura de producción agrícola, de contaminación del aire, del agua y del suelo, como así también en términos de emisiones de gases de efecto invernadero. Como se detalla más adelante, la agricultura sudamericana se desarrolla bajo prácticas conservacionistas y ambientalmente sustentables en una muy elevada proporción

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de su superficie cultivada, con los países de la región sur liderando las estadísticas en agricultura de conservación a nivel mundial. No obstante, determinadas prácticas y situaciones concretas en determinados países y/o zonas requieren ser atendidas y superadas, tales como el desarrollo de monocultivos a gran escala y la falta de planes ordenados de rotaciones de cultivos – con su impacto en términos de degradación de los suelos -, el uso intensivo de agroquímicos – con su impacto en la calidad del suelo, el aire y el agua – la quema de follaje de la caña de azúcar, que genera GEI, o la introducción de cultivos foráneos, que podría generar la aparición de nuevas enfermedades, malezas y plagas.

En relación con lo anterior, el concepto de sustentabilidad adquiere un rol crucial. En un sentido amplio, la agricultura sostenible se define como un sistema económicamente viable, tecnológicamente adecuado, socialmente aceptable y ambientalmente sano, en un contexto de políticas favorables (IICA, 2000). Desde el plano estrictamente ambiental, la sustentabilidad de la agricultura está asociada a la preservación del medio ambiente y a la conservación de los recursos productivos, a través de instrumentos como el Ordenamiento Territorial y la zonificación agroecológica, y de sistemas de producción sustentables como la agricultura de conservación.

Tanto desde el punto de vista de los riesgos ambientales vinculados a los procesos de expansión de la frontera agrícola, como de los vinculados a la intensificación, los países sudamericanos cuentan en general con herramientas legales y con importantes experiencias en agricultura de conservación, cuyo perfeccionamiento y mayor aplicabilidad y/o difusión resultaría fundamental para minimizar las eventuales externalidades negativas que podría suponer sobre el medio-ambiente la expansión de la producción agrícola para biocombustibles.

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