• No results found

Antes de instalarse como Intendente, Vicuña Mackenna se inserta en la arena política nacional, apaciguando su discurso y mudando de la crítica a la pro- puesta. Define en esta etapa dos herramientas de acción: Por una parte, un re- novado carácter político que mesura la polémica en favor de la conciliación, y por otra, la elección más ajustada de los modelos didácticos de transformación urbana, aceptando también entre ellos la renovación de París. Ha regresado a comienzos de 1861 de su segundo exilio. Vivió primero un tiempo en Londres, luego en París fue nuevamente acogido por Claudio Gay y viajó por España con Barros Arana. Vivió luego en Toledo, Valencia, Barcelona, nuevamente París y finalmente Lima. Ha recorrido archivos y bibliotecas, pero los registros de sus impresiones no son publicados como en los viajes anteriores. Llegado a Chile es perseguido por su libro El Ostracismo de O’Higgins (1860), juzgado y absuelto, ganando importante visibilidad pública. Orrego (1951, p. 140) reconoce que a los treinta años comienza una nueva etapa en la vida de Vicuña Mackenna en la que el ímpetu idealista juvenil debe equilibrarse con sus nuevas posibilidades políticas: “el realista se muestra envuelto en la capa de amplios pliegues román- ticos”, plantea. El biógrafo señala que la relación con el presidente José Joaquín Pérez, a quien estaba unido por lazos de familia, fue mucho más cordial, y una de las primeras colaboraciones al Gobierno fue un documento respecto a las directrices que debía tomar la Quinta Normal. Ejerce también como abogado y, como historiador, se integra a la Facultad de Humanidades de la Universidad en 1862. Como ya se ha señalado, durante algunos meses se desempeña como Redactor en Jefe de El Mercurio, obteniendo así una inmejorable posición en la esfera pública. Desde ahí ve la posibilidad de convencer a los estadistas de tomar rumbos más liberales y de incidir directamente en la toma de decisiones. Vicuña Mackenna debe aprender a trabajar con las elites. Cuando joven declaró, no sin ironía, una aceptación de la necesidad de lujo en la modernización: “Pero yo soi de los que tengo miedo tambien a la sociedad. Yo disculpo el lujo. Yo soi de los que creo que las sociedades se rejeneran i se salvan con novenas, vias sacras, escapularios, etc.” (Vicuña Mackenna, 1856b, p. 257), apoyando el argu- mento con ideas tomadas de Alonso de Ovalle, que observaba el refinamiento como un deseo de progreso. Buscará canalizar y poner a su favor las fuerzas de producción de la sociedad burguesa, que como se observó en el Manifiesto (K. Marx & Engels, 1890), constituyeron el gran motor de modernización que permitió terminar con la época feudal. Esta nueva postura política, más tran- sigente y proclive a los acuerdos, produce una ruptura definitiva con su pasado en las barricadas. Moderada su antigua exaltación, entra al Parlamento como diputado propietario por La Ligua (1864-1867) y luego por Llanquihue y Osor- no (1867-1870). Aunque su faceta de de historiador y de político han ocupado su cabeza y sus publicaciones se ciñen a ese efecto, entre los los libros que escri- be, cerrarán este periodo las historias urbanas de Valparaíso (1868) y Santiago (1869). Por estas ocupaciones se ha distanciado de la Sociedad de Agricultura y, aunque envía a veces obras para su colección, ya no participa de forma activa. Entre octubre de 1865 y julio de 1866 realiza un viaje a Estados Unidos enco- mendado por el Gobierno con el fin de despertar simpatías por la postura de Chile frente al conflicto con España y, eventualmente conseguir apoyo material. Éste es registrado y luego publicado como el libro Diez meses de misión a los

Estados Unidos de Norteamérica… (Vicuña Mackenna, 1867). El texto es un re-

porte de corte político y las descripciones espaciales son escasas y secundarias. Volverá a alojarse en la misma ubicación que 12 años antes, en el Hotel Metro-

Fig. 141 - Retrato de Vicuña Mackenna c. 1865

politano de la isla de Manhattan. Los juicios que se hiciera en su primera visita a Estados Unidos, son refrescados por las dificultades que enfrenta su misión diplomática y citará los argumentos esbozados en su diario juvenil: “Desen- gañémonos al fin! (…) Nosotros no somos naciones para estas jentes. Somos

mercados. En política no somos sino quiltros que estos leones se tiran unos a

otros para asaltarse entre sí mientras devoran nuestro pobre pellejo” (Vicuña Mackenna, 1867, p. 467).

El 4 de marzo de 1867, en el otrora criticado jardín de la chacra Subercaseaux, monseñor Mariano Casanova lo casa con su prima, Victoria Subercaseaux Vi- cuña. De este modo, el político mejora su posición socioeconómica, emparen- tándose directamente con una de las fortunas de la elite santiaguina. La familia del entonces fallecido Ramón Subercaseaux Mercado, amasaba considerables riquezas producto del comercio y la minería. A una mansión en la calle Huér- fanos, agregaba la chacra del Llano y la hacienda de Pirque. Ambas propieda- des suburbanas fueron laboratorio de incipiente jardinería chilena. De la ha- cienda de Pirque, el hermano de Victoria, Francisco, hereda en 1864 la hijuela correspondiente a las Majadas, la que comienza a transformar en un parque. A comienzos del siglo XX recibirá las obras del palacio de Cruz-Montt y el pai- sajismo de Renner. Los Subercaseaux eran una familia que representaba el giro económico, cultural y espacial de la elite chilena: fortunas forjadas en el inter- cambio de bienes que luego se introducen a la agricultura, con la ganadería y las viñas, y que permiten la edificación de residencias fastuosas en la capital y par- ques privados en las casas quinta. La pareja reside primero en una mansión en la Alameda y luego en una casa más modesta en calle Compañía (Orrego, 1951). En 1870 emprenden rumbo a Europa por razones de salud de Victoria. De aquel viaje son publicadas algunas impresiones en los periódicos. Está en Cádiz en di- ciembre de 1870, celebrando su carácter urbano, sus plazas, sus casas elevadas, la calidad de sus pavimentos, alamedas, jardines y malecones. Lo que más gus-

ta, a diferencia de las laberínticas Londres, Córdova y Sevilla, es que Cádiz está “tirada a cordel” (Vicuña Mackenna, 1874e, p. 78), es decir, es una ciudad tra- zada con líneas rectas, contradiciéndose con sus anteriores detracciones de la grilla. Admira sus discretas confiterías, que a diferencia de los cafés parisinos, “en que todo es cristales, mármoles i cartuchos recamados de oro. Aquí el rei i el juez es el olfato”. Describe con gusto las delicias ofrecidas, comparándolas con las, a su juicio, siempre superiores delicias chilenas. Lo que pone en relevancia es el producto y no la sociabilidad.

Visitan también Suiza; San Sebastián, Pamplona, Madrid, Córdova y Sevilla en España; Pompeya, Nápoles, Roma, Florencia en Italia, y nuevamente París (Orrego, 1951; Stuardo, 1973). La guerra Franco-Prusiana se desata mientras ellos están allí y Francia pasa por un momento de decadencia en comparación a un pasado glorioso. Se ha empañado “…el fantástico prisma con que la Francia, siempre alegre i siempre lijera, se complacía en divisarnos en remota lontanan- za. Hoi el vidrio está roto i empañado de sangre” (Vicuña Mackenna, 1872a, p. 173). Pero, a pesar de la turbulencia política, Vicuña Mackenna puede reseñar para la sociedad chilena las bondades y alegrías de los espacios públicos pa- risinos.227 Curiosamente, ha aplacado su juvenil desencanto respecto a la su- perflua sociabilidad parisina que, quizás, disfrutada ahora junto a su esposa, comienza a cobrar un nuevo sentido. Ha ajustado su parecer respecto a los bu- levares franceses y en julio escribirá de ellos: “Los bulevares! ¿Cual lugar hubo en la edilidad de todos los pueblos (…) que reuniera en una sola copa tantos i tan inagotables deleites?” (Vicuña Mackenna, 1872b, p. 127). De día, le siguen pareciendo grises y atestados, pero de noche, iluminados, macadamizados, y bordeados de altas vitrinas de cafés, se repletan de carruajes y transeúntes, ade- cuadamente separados por amplias veredas. “A nada se me figura que es mas propio compararlos que a los salones de nuestros grandes bailes en los momen- tos en que se rompen las primeras cuadrillas i los primeros vestidos” (Vicuña Mackenna, 1872b, p. 128).

Pero los bulevares a los que se refiere son los denominados Grands Boulevards, obra de Luis XIV, concebidos por Pierre Bullet en el siglo XVII sobre el espacio que dejaban los antiguos muros de Luis XIII. Esta seguidilla de avenidas conec- tadas, hacía de camino de circunvalación al París del setecientos, pero cuando Vicuña Mackenna los visita, ya se encuentran completamente inmersos en el centro de la ciudad. Es enfático en señalar que el cuadro deleitoso que describe “por cierto no es la de cruz” o la Croisée de Paris, ejecutada por Haussmann entre 1853 y 1859, y que en su primer viaje apenas se comenzaba a construir. Hacia 1871 el bulevar Sebastopol, construido en la primera etapa de los trabajos haussmannianos y parte de la despreciada Croisée, lucía flamantemente ado- quinada –un pavimento que entonces señalará como muy ruidoso, en compa- ración al macadam– y con jóvenes árboles sobre sus veredas.

Los nuevos bulevares, especialmente en las fotografías de Marville, aparecían desnudos, monótonos y desolados. En cambio las representaciones de los Grands Boulevards siempre los mostraban bullentes. Las diferencias formales, salvo el pavimento, no eran muchas. Las avenidas Haussmanianas parecían más despejadas y un poco más mezquinas en veredas, mientras que el antiguo anillo se veía frondosamente arbolado, con amplios toldos que cubrían las me- sas de los cafés y una fila de faroles en el eje de la calle. Mientras el urbanismo del segundo imperio parecía un elogio a la velocidad del carruaje, el antiguo,

227 En una serie de columnas publicadas por El Mercurio antes de su regreso a Chile en octu- bre de 1871 y luego recopiladas en Misceláneas.

celebraba la vida en las veredas. Las críticas a la urbanización francesa que for- mulara poco antes de asumir la intendencia no se detenían ahí. La opera de Garnier era “un portento de lujo i mal gusto” (Vicuña Mackenna, 1872b, p. 181) y Versailles, una urbanización “vacía triste i monotona (…) una ciudad hecha por decreto, como el Escorial i como Yungai” (Vicuña Mackenna, 1872b, p. 138). La crítica de urbanismo apuntaba a instalar en la opinión pública la necesidad de una transformación: “Santiago no será una capital, una metropolis (...), sino cuando con paciente mano haya ejecutado todos los progresos ediles de que es susceptible” (Vicuña Mackenna, 1872a, p. 222). A la vez, el público debía alfa- betizarse de los avances, experiencias y aprendizajes de las obras públicas que se realizaban alrededor del mundo: “Todo lo que necesitamos, como ciudad i como pueblo, como edilidad i como gobierno, es por consiguiente el talento comun pero discreto del copista” (Vicuña Mackenna, 1872a, p. 231). Los alarifes debían imitar los planes de las nuevas ciudades norteamericanas,

“Chicago i Sacramento, sus anchas avenidas de salud i de panorama, sus plan- taciones a lo largo de todas las aceras, la multiplicidad increible de sus plazas i de las localidades que como los parques, los paseos, los bosques, son propie- dad común” (Vicuña Mackenna, 1872a, p. 223).

Para el verde, debía mirarse a Inglaterra: “sus parques, grandes como hacien- das, con rios, ganados, pastores i árboles seculares, los mas hermosos de Euro- pa” (Vicuña Mackenna, 1872a, p. 318). Una nueva espacialidad que insertaría a Santiago en la modernidad cosmopolita, pero que, por sobre todo, serviría al pueblo y revertiría la tendencia elitista de la ciudad colonial. Vicuña Mackenna proponía que Santiago reformara e inventara, material y socialmente, un nuevo espacio público y una nueva forma de ser urbana.

Related documents