Yo trato de amoldar la terapia a cada paciente. Ahora bien, una vez vino a verme un médico y me dijo: “La primera vez que tuve relaciones sexuales lo hice en un burdel. La experiencia me disgustó, hasta tal punto que en los veinte años transcurridos desde entonces no he tenido ni una sola erección. Contraté mujeres de todos los niveles, les pagué muy bien y les encomendé:
‘Quiero que me hagas tener una buena erección’. Pero todas ellas fracasaron. Ahora conocí a una chica con la que quiero casarme. He intentado acostarme con ella. Es muy amable y solícita, pero yo no puedo tener erección”.
Le dije: “Pídale a esa chica que hable conmigo. Será una conversación privada entre ella y yo, y luego los veré a los dos juntos”.
Le dije a la chica: “Acuéstese con él toda las noches, pero permanezca absolutamente fría. No le permita que toque sus pechos, no le permita tocar ninguna parte de su cuerpo. Simplemente se lo prohibirá. Es muy importante que obedezca estas instrucciones”.
Llamé al médico y le dije: “Le encomendé a Mildred que se acostase con usted todas las noches, y rechazara todas sus tentativas de besarla, tocarle los pechos, los genitales o cualquier parte del cuerpo. Ella lo rechazará absolutamente. Y quiero que esto lo hagan durante tres meses. Luego vengan a verme y analizaremos la situación juntos”.
A comienzos de marzo él perdió el control y la “violó”.
Ahora bien, Mildred era una hermosa mujer, con una bellísima figura. Cuando él se enfrentó con la imposibilidad proveniente de Mildred, no de él mismo, su marco de referencia cambió. Ya no era él quien tornaba imposible el coito, sino Mildred.
De modo que no tenía que aferrarse a su pene flácido. Mildred se lo hizo imposible. Como la primera experiencia sexual de este hombre en un burdel le había disgustado tanto, y sus intentos de auto curación con mujeres “contratadas”
reforzaron esta pauta de fracaso, Erickson dedujo que su impotencia era resultado de relaciones sexuales con mujeres fáciles y accesibles. En consecuencia, con la cooperación de la novia, creó una situación opuesta, en la que el sexo estaba prohibido.
Según es típico en él, al explicar lo sucedido Erickson emplea referencias vagas. En la última oración dice que “Mildred se lo hizo imposible”. Nosotros (y presumiblemente también el paciente) nos quedamos preguntándonos: ¿Qué es lo que Mildred le hizo imposible? ¿Mantener la relación sexual? ¿”Aferrarse a su pene flácido”, o sea, masturbarse sin erección?
¿O permanecer impotente? Sea como fuere, Erickson se las ingenia para desplazar al “enemigo” fuera del paciente. Así, en vez de encolerizarse consigo mismo, reforzando de ese modo su incapacidad para tener una erección, el paciente puede atacar la causa de dicha imposibilidad fuera de sí mismo, en Mildred: decide “violarla”. Una vez que ha mantenido con ella relaciones sexuales satisfactorias, en las que no se inquietó por su erección, es presumible que disfrutará del amor sin incluir ese fuerte elemento de agresión.
TE LO SORBES, TE LO SORBES, TE LO SORBES
Una muchacha de quince años se chupaba permanentemente el pulgar. Sus padres me telefonearon, y se lamentaron y lloraron. Me manifestaron que la chica los molestaba durante todo el día chupándose el pulgar. Se lo chupaba en el micro escolar y el chofer del micro estaba molesto.
Como también los otros niños. Sus profesores se quejaban de que ella se chupara el pulgar. Los padres le dijeron que le iban a traer para que yo la viera.
La chica entró en mi consultorio chupándose el pulgar en forma estentórea y desafiante. Les dije a los padres que pasasen a la otra habitación y conversé con ella. Los padres no podían escuchar lo que yo decía.
“Te diré que es muy estúpido lo que haces con el chupeteo de tu pulgar”, le manifesté.
“Usted habla igual que mis padres”, replicó ella.
“No”, continué, “yo hablo en forma inteligente. Tú estás produciéndoles a tus padres una pequeña molestia, una pequeña molestia al chofer del ómnibus. Difundes tu chupeteo del pulgar por toda la escuela. ¿Cuántos miles de alumnos hay allí? Tú lo difundes entre todos. Ahora bien, si no fueras estúpida, si fueras inteligente, te chuparías el pulgar de un modo que realmente le doliera a tu padre como un mazazo en la cabeza”.
“Por lo que tus padres me contaron, sé que después de la cena sigue en tu casa una rutina absolutamente establecida. Tu padre se siente a leer el diario de cabo a rabo. Les hice prometer a tus padres que cerrarían la boca con respecto a tu chupeteo. No te dirán ni una sola palabra acerca de él”.
“Así que, por favor, consíguete un reloj, y esta noche, después de cenar, te sientas junto a tu padre y te sorbes el pulgar durante veinte minutos completos. Dejarás que tu madre, que es una persona muy rutinaria, se ocupe de lavar los platos. Además, a ella le gusta coser edredones con retazos.
Cuando termina de lavar los platos siempre se sienta a coser retazos. Luego de los veinte minutos con tu padre, te sentarás junto a tu madre, mirarás el reloj y te chuparás el pulgar… te lo sorbes, te lo sorbes, te lo sorbes, concienzudamente”.
“Les hice prometer a tus padres que no te dirían una palabra sobre tu chupeteo del pulgar. Tú gozarás haciéndolos sentirse como en el infierno, y ellos no podrán hacer nada al respecto”.
“En cuanto al chofer del ómnibus… sólo lo ves dos veces por día. A tus compañeros de escuela los ves todos los días. Los sábados y domingos no lo ves al chofer ni a tus compañeros. Así que difúndelo por todas partes. Ahora bien, normalmente a toda estudiante le cae antipático algún chico o alguna chica en particular: usa para eso tu chupeteo. Cada vez que ese chico o chica te mira, tú te metes el pulgar en la boca y realmente te lo sorbes. Y todo estudiante tiene antipatía por algún profesor. No difundas el asunto inútilmente ante los demás profesores; sólo cuando estés frente a ese profesor en particular, te hundes el pulgar en la boca y te lo sorbes”.
En menos de un mes ella descubrió que había otras cosas por hacer. Yo le había convertido el chupeteo del pulgar en una obligación, y a ella no le gustaba que la obligasen a nada.
Cuando Erickson menciona las “rutinas establecidas” de los padres, indirectamente está llamando la atención de la chica hacia el carácter compulsivo de su chupeteo. Le sugiere que podría dejar de ser “estúpida” (vale decir, dejar de actuar sin conciencia o propósito), y en cambio expresar su hostilidad más eficazmente, con plena deliberación. Así, su chupeteo del pulgar resulta reencuadrado: ya no es más un mero “hábito” incontrolable, ahora es una forma útil de comunicación... de su hostilidad hacia los demás.
Como en muchos de sus relatos sobre tratamiento de niño, Erickson comienza diciendo:
“Les dije a los padres que pasasen a la otra habitación y conversé con ella”. En un nivel, está mostrando que respeta a la chica como un individuo separado de sus padres. En otro nivel, se dirige al niño que mora en todos nosotros. Los padres, que
suelen representar la coacción, la impaciencia y la falta de aceptación, quedan fuera. No deben interferir en la terapia.
En este nivel, Erickson nos está diciendo que debemos dejar de lado las demandas de nuestro propio superyó excesivamente riguroso, nuestros “deberías hacer tal cosa…” demasiado estrictos, y permitir que surja y se desarrolle en toda su potencia el niño que está dentro. Tal vez nos esté diciendo que no debemos enterrar nuestros impulsos infantiles –nuestra espontaneidad, nuestra curiosidad, nuestra impetuosidad, nuestra explosividad, etc.- sino más bien encauzarlos o dirigirlos “en forma inteligente”. Cuando podamos ver la conexión entre lo que nosotros hacemos y la reacción de los demás, (por ejemplo su desagrado) como en el caso de esta chica, tal vez decidamos poner fin a ese comportamiento especial.
Este tipo de “prescripción del síntoma” puede considerarse, asimismo, una aplicación del axioma de Alfred Adler acerca de la terapia. Adler dijo una vez: “La terapia es como escupirle en la sopa a alguien. Tal vez la siga tomando, pero ya no podrá disfrutarla como antes”. Al tornar obligatorio el chupeteo de su pulgar, Erickson “le escupió en la sopa” a esta muchacha.