Les contare el caso de una pareja. Al marido lo vi solo una vez. Sucede que me enferme y durante dos meses no pude ver a nadie.
Un marido vino a verme y me dijo: “Soy hijo único. Mi padre es pastor en una iglesia cristiana de ideas muy cerradas.
Me han criado en la convicción de que fumar es un pecado, ir al cine es un pecado. De hecho, me criaron a partir de la idea del pecado, y de que son pocas las cosas que uno puede hacer. Mientras estudiaba medicina tuve mucho cuidado de no cometer ningún pecado. Conocí allí a la hija única de otro pastor de la misma secta cristiana, criada al igual que yo.
Nos enamoramos. Nuestros respectivos padres estaban encantados y planearon una fiesta de casamiento maravillosa para nosotros. También aportaron dinero para que pasáramos la luna de miel en el mismo hotel en que uno de los matrimonios de padres había pasado la suya. Quedaba a unos doscientos kilómetros del lugar donde vivíamos.
“Estábamos en Indiana, en mitad del invierno, y la temperatura era bajo cero. La ceremonia fue al caer la tarde y después hubo una linda fiesta. Alrededor de las diez o las once de la noche, mi esposa y yo nos metimos en el auto y enfilamos hacia ese hotel de doscientos kilómetros de distancia. No habíamos hecho ni tres kilómetros cuando se descompuso el calefactor, y al llegar al hotel, doscientos kilómetros más allá, yo estaba prácticamente congelado. Los dos nos sentíamos cansados y desgraciados. El auto se había descompuesto y yo sabía si podría arreglarlo allí. Además, tuve que cambiar un neumático en el camino.
“Al llegar nos dirigimos a nuestro cuarto y abrí la puerta. Nos quedamos en el umbral mirándonos uno al otro. Ambos sabíamos que teníamos que hacer, ¡pero teníamos tanto frio y cansancio, y nos sentíamos tan desgraciados! Mi esposa tomo la iniciativa. Recogió su valija, encendió la luz del baño y apago la del dormitorio. Se desvistió en el baño, apago la luz y vino al cuarto en piyama. Abriéndose paso a través de la oscuridad, se deslizo dentro de la cama.
“Así pues, yo tome mi valija, fui al baño, encendí la luz, me puse el piyama, apague la luz y me abrí paso atreves de la oscuridad hasta el otro lado de la cama. Y allí nos quedamos los dos, sabiendo lo que teníamos que hacer pero incapaces de pensar en otra cosa que no fuera superar nuestro frio, cansancio y desgracia.
“Nos quedamos allí tendidos toda la noche tratando de dormir un poco, tratando de decidirnos. Finalmente, a eso de las once de la mañana reunimos suficiente coraje como para consumar el matrimonio. Ninguno de los dos lo disfruto. En ese nuestro primer coito ella quedo embarazada. Desde entonces, hemos intentado aprender a hacer el amor, pero ya es demasiado tarde.
Hemos hablado del asunto, y tan pronto ella tenga la criatura, al mes siguiente, después del control que deben practicarle a las seis semanas del parto, arreglaremos el divorcio amistoso. No quiero actuar en el caso del divorcio tan estúpidamente como actué en el matrimonio. Ambos nos hemos arrepentido de lo que resulto de nuestro casamiento. Le pasare el subsidio a ella y a la criatura, y se volverán a casa. Yo no sé donde iré”.
Yo le dije: “Muy bien. Por cierto que ese es un matrimonio desgraciado y que ustedes han sido incapaces de amoldarse el. Se ha complicado con el embarazo. Sugiero que arreglen un divorcio amistoso. Deje que le explique de que manera harán.
“Vaya a Detroit y reserve un cuarto y un pequeño comedor privado en un hotel. Contrate a una enfermera para que se haga cargo de su hijo después del control que le hará a si esposa a las seis semanas. Explíquele a esta que ya es hora de tener un divorcio amistoso, una separación como buenos amigos. La llevara al Hotel Statler, no importa cuánto le cueste. Allí tendrá una cena privada, con candelabros y también – esta es una orden media—con una botella de champaña.
Y ambos beberán de la botella.
“Al terminar la cena -- no debe ser mas tarde de las diez de la noche--, vaya a la consejería y pida la llave de su dormitorio. El botones lo acompañara. Cuando llegue a su habitación, dele al botones un billete de cinco dólares y dígale que desaparezca. EL comprenderá lo que usted quiere decir.
Luego diríjase a la puerta del cuarto, ábrala, alce en brazos a su esposa y cruce con ella en umbral; cuando este del otro lado, todavía con ella en brazos, cierre la puerta con llave, y después deposítela en un costado de la cama. Dígale entonces: “Quiero darte el último beso de despedida.” Bésela suavemente y señálele: Ese beso fue para ti, ahora quiero uno para mí.”
Mientras tanto apoye su mano sobre una de las rodillas de ella, prologue un tato el beso, deslícele la mano por el muslo y desabróchele la liga. Dígale en ese momento: “Démonos ahora un beso para los dos. Vuelva a deslizarse la mano por el muslo, bajo el vestido, y desabróchele la otra liga. Sáquele la media y désela otra vez.”
En fin, le di un plan completo de lo que debía hacer para seducir a su mujer. Al llegar el verano yo me había recobrado de mi enfermedad. Y ellos no aparecieron nunca más. Años después, yo estaba dando conferencia en la Universidad Emory, cuando se me acerco un hombre joven y me dijo: “Nos gustaría mucho que esta noche cenara con nosotros.”
“Lo siento”, respondí, “ya tengo pasaje de avión, es imposible.” “Ella se sentirá muy decepcionada”; acoto él.
Yo me preguntaba por qué tendría que sentirse decepcionada una familia que no me conocía.
“Parece que usted no se acuerda de mi”; agrego el sujeto. “Es verdad, no lo recuerdo.”
“Pero sin duda debe de recordar la cena en el Hotel Statler, de Detroit, que nos recomendó a mí y a mi mujer.”
“Por cierto”, dije.
“Ahora tenemos dos hijos, y hay un tercero en camino”, agrego el.
A veces la gente viene a verlo a uno porque quiere divorciarse, pero en realidad no lo quiere.
La pareja de este relato es en muchos aspectos similares a la joven “Es pecado”. Por la manera rigurosa y restrictiva en que han sido criados, requieren claras directivas para superar las limitaciones que les han impartido. Además, respetan lo suficiente a cualquier persona que goce de su autoridad como para que sea provechoso seguir ese enfoque directivo. Pero no podría preguntarse:
“¿Por qué motivo nos cuenta Erickson eso a nosotros? Sin duda todos sabemos como hay que hacer para acostarse con una mujer.
¿Hay, quizá, algún mensaje oculto en esta historia?”
Desde luego que lo hay. Hay muchos mensajes. El más obvio es, una vez más, que es más probable lograr que alguien cambie sus reacciones si se le dice que haga lo que ya está haciendo(o, como en este caso, planeando hacer). Luego se intercala en la directiva algún diferencia; por ejemplo, un cambio de escenario o de atmosfera. No hay que vacilar en impartir directivas ni en suministrar información. (Si el sujeto es uno debe procurarse la información pertinente):
Lo esencial de este relato es que, a juicio de Erickson, todos contamos con la capacidad y los recursos para resolver es el estimulo de un pequeño cambio.