«Señor, en mi corazón guardo tus palabras para no pecar contra ti» (Sal 119, 11).
1.— Invitando a sus discípulos a imitar la santidad del Padre celestial, los empeña Jesús en una lucha profunda contra el pecado, el cual se opone
directamente a la perfección infinita de Dios y es su mayor ofensa. Cristo en toda su enseñanza inculca un odio profundo al pecado y sobre todo al orgullo, a la hipocresía, a la malicia obstinada, que constituyen un estado de oposición completa a Dios. Por eso Jesús, tan misericordioso con los pecadores, lanza palabras de fuego contra los fariseos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que sois semejantes a sepulcros blanquea- dos...! ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?» (Mt 23, 27. 33). Describe luego la fealdad del pecado y saca a luz los desastrosos efectos que produce en el hombre, conduciéndolo a un estado de extrema miseria moral. Es lo que nos dice en la parábola del hijo pródigo, el cual, por haber abandonado al padre, se ve reducido a «cuidar puercos» (Lc 15, 15).
«Todo el que comete pecado —dice Jesús— es esclavo del pecado» (Jn 8, 34); el esclavo del pecado no puede ser siervo de Dios, por eso insiste el Maestro: «Nadie puede servir, a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro; o bien se entregará al uno y despreciará al otro» (Mt 6, 24).
Jesús Salvador ha venido para destruir el pecado y lo destruye con su muerte; pues precisamente con su muerte muestra del modo más claro la malicia enorme del pecado. El pecado es tan contrario a Dios y tiene una fuerza destructora tan tremenda, que llega a causar la muerte del Maestro divino.
2.—«Nadie por sí y por sus propias fuerzas se libera del pecado y se eleva sobre sí mismo; nadie se libera completamente de su debilidad... o de su esclavitud; todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador» (AG 8). Y Jesús, que ha muerto para destruir el pecado, continúa ofreciendo a todo cristiano de buena voluntad la gracia necesaria para combatirlo en todas sus formas.
No basta eliminar el pecado mortal que está en completa oposición a Dios; hay que luchar también contra el pecado venial, contra cualquier defecto o falta, porque todo ello está en contraste con la santidad infinita de Dios. Por eso Jesús, que presenta la perfección del Padre celestial como norma de la vida cristiana, empeña al hombre en una lucha asidua contra el pecado para destruirlo en sí hasta las raíces y en sus formas más leves. Es justamente eso lo que Jesús nos enseña con las lacónicas palabras: niégate a ti mismo. Se trata de negar él propio yo en todas sus inclinaciones y hábitos defectuo- sos, y se trata de negarlo de continuo. Este trabajo es arduo, pero indispen- sable para llegar a la santidad. Jesús nos advierte, en efecto: «¡qué estrecha es la entrada y angosto el camino que conduce a la vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mt 7, 14). Haciéndose eco de Jesús, todos los maestros del espíritu insisten sobre el desasimiento, la desnudez y la renuncia, proponiendo este trabajo como base indispensable de toda vida espiritual; y S. Juan de la Cruz a todo el que quiere llegar a la unión con Dios le propone el áspero, camino de las «nadas».
Pero es Jesús, Maestro divino, quien antes de cualquier otro ha indicado la necesidad absoluta de recorrer este camino: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24).
¡Dios mío, perdón! Perdón por las ofensas de mi infancia, por las de mi Juventud, por tantos horribles pecados, por las ofensas de mi edad madura, por las de mi vida religiosa, por todas las que he cometido hasta el día presente, hasta esta hora... ¡Ay de mí, Dios mío! Como no hay día, hora ni instante por los que no deba darte gracias sin medida, así tampoco hay día, ni hora, ni tal vez instante por los que no deba pedirte mil veces perdón. ¡Perdón! Perdón por todos los pecados, todas las ofensas, todas las infidelidades..., por todas las cosas que te han ofendido y desagradado en mí desde el nacimiento hasta el momento presente.
Ayúdame, Dios mío, a dar muerte en mí al hombre viejo, vil, tibio, ingrato, infiel, débil, indeciso, languidecido, y «crea en mí un corazón nuevo», cálido, animoso, reconocido, fiel, fuerte, decidido, enérgico... Yo te consagro todos los instantes de esta segunda parte de mi vida... Haz que mi futuro sea lo contrario del pasado, que lo redima, que lo emplee todo en hacer tu voluntad, que todos sus snstantes te glorifiquen en la medida que lo exige tu voluntad. (C. DE FOUCAULD.Sobre las fiestas del año).
Señor, como esclavo vendido a ti grito: ¡Escúchame, Redentor! El hombre mismo se vendió por su propio albedrío para servir a la iniquidad, recibiendo en precio el ruin placer de la fruta prohibida. Y ahora clama: «Endereza los caminos que yo mismo he torcido... Endereza mis pasos según tu palabra... Yo me hallo torcido bajo el peso de la iniquidad; mas tu palabra es la regla de la verdad: corrige, pues, mi encorvamiento, sirviéndote de tu palabra como de una regla derecha... Yo me vendí, redímeme tú; me vendí por mi libre albedrío, redímeme con tu sangre. Avergüéncese la soberbia del vendedor, y glorifique- mos la gracia del Redentor, porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. (S. AGUSTIN,Sermo, 30, 2).