V Setup and Calibration
VI.5 Analysis of Joint Modeling System
Dentro de la estructura universitaria los ‘oficiales’, también en ocasiones llamados ‘ministros’, colaboraban con las autoridades académicas en las tareas de gobierno y de administración de la institución. Algunos lo hacían estrechamente y del desempeño correcto de sus responsabilidades dependía la buena marcha de la vida universitaria. Entre ellos existía, como en el caso de los graduados, una
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jerarquía que no venía dada por la antigüedad, sino por la importancia del oficio que se desempeñaba.
En la Universidad de Oviedo tres estaban considerados como de superior rango: el secretario o notario, el bedel y el alguacil-maestro de ceremonias222. En
ellos tenían que concurrir una serie de cualidades imprescindibles para la ejecución correcta de sus trabajos y los tres eran nombrados por el patrono de la casa de Valdés, escapando su elección al control del claustro, aunque en alguna circunstancia este órgano procedió a denunciarlos y destituirlos para designar a otros que pasaban a ocupar el lugar de los inicialmente nombrados por el patrono, bajo la acusación del incumplimiento de sus tareas o el ejercicio ilegal de otras. Además de estos, cabe resaltar la figura del mayordomo, que mantenía atribuciones económicas importantísimas, pero cuya designación, desde edad temprana de la historia de la Universidad de Oviedo, recayó en miembros del propio claustro, por lo que ejerció el puesto habitualmente un doctor o un maestro.
Durante los primeros siglos fue habitual que el desempeño de estos oficios permaneciese dentro de una misma familia y que pasase de padres a hijos, de tíos a sobrinos o bien se nombrase uno para el oficio y en el mismo acto también a su sucesor en persona próxima o familiar. Esta tendencia se vivió de forma tan normalizada que en 1747 fueron designadas dos mujeres como oficiales que, al no poder desempeñar el trabajo por razón de su sexo, fiaron y nombraron a dos hombres para su ocupación223. En 1815 el patrono nombró como portero a Benito
Granda, aduciendo en el título que lo hacía en atención a los méritos de su padre y de sus abuelos.
222 Como veremos se trata de dos oficios desempeñados a un tiempo por la misma persona.
223 Podía “heredar” el puesto una mujer y este ser desempeñado por su marido. Esto muestra la
tendencia a mantener los oficios dentro de la misma familia, aunque no hubiese varones en ella que en ese momento pudiesen ejercerlo. VICENTE DE LA FUENTE dice que en la Universidad de Alcalá por
acuerdo del claustro de 8 de octubre de 1725, fue nombrada maestra de ceremonias una mujer por ejecutoria a favor de los hijos del anterior maestro de ceremonias, al tocarles en propiedad la plaza que ocupaba su padre. Estas plazas eran servidas por sustitutos, normalmente sus hijos o maridos. Lo mismo ocurría en la Universidad de Salamanca. Véase FUENTE,VICENTE DE LA, op. cit., T.II, pág. 319.
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El hecho de que fueran nombrados por el Conde de Miranda, patrono de la Universidad, no significaba que sus sueldos fuesen satisfechos por él, muy por el contrario, su subsistencia dependía de las rentas de la institución y en épocas de penuria económica eran los que más sufrían, puesto que sus asignaciones eran las más bajas. Durante el reinado de Felipe IV, aunque hubo también catedráticos de prima que apenas rondaban los 50 ducados anuales, los oficiales se refugiaban en el hospital de estudiantes y pedían al claustro asistencia para vestir con un mínimo de decencia. Algunos de ellos tenían también derecho al cobro de propinas por los actos académicos a los que concurrían por razón de su oficio. CANELLA SECADES
relata que los dependientes mantenían dentro de la organización académica “escasa consideración y vivían míseramente” y llegaron a quejarse de que en las celebraciones y en las colaciones de los grados se les colocaba en sitio y mesa aparte mientras que, con anterioridad y siguiendo una costumbre antigua, refrescaban dentro de la sala claustral, junto con los doctores y maestros, lo que parece que les fue reiteradamente negado224.
a) El secretario, el fedatario académico
Se trataba de uno de los oficiales más importantes del cuerpo universitario. Su figura estaba regulada en el título IX de los estatutos de 1607. En ellos se definían las cualidades que se le debían exigir: que fuese hombre honrado, de conciencia legal y de buena pluma y nota. No se explicitaban sus obligaciones; sin embargo, a medida que la Universidad fue creciendo también lo hicieron sus responsabilidades. El Zeremonial salmantino mantenía que, además, tenía que ser reflexivo en sus respuestas, de trato afable, serio con los estudiantes y respetuoso con los graduados, por lo que podemos afirmar que se le exigía una educación exquisita no solo desde el punto de vista cultural, sino también cortesano.
Estaba obligado a acudir a los actos universitarios de exámenes, grados, provisión de las cátedras, formalización de la matrícula, juramentos y, sobre todo, reuniones del claustro general, del de diputados y celebración de ángulos, puesto
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que era el fedatario de lo que en ellos se acordaba. Asistía sin tener ni voz ni voto y registraba en un libro las deliberaciones y los acuerdos, la forma de las votaciones y el resultado de las mismas. La importancia de su tarea y la cantidad de trabajo que acumulaba diariamente coadyuvaron a que en la reforma de 1618 se crease el puesto de vicesecretario, también notario, para sustituirle y asistirle en los casos necesarios y, si bien el secretario era nombrado por el patrono de la casa de Valdés, él mismo elegía a su ayudante con la aprobación del rector y del claustro. El objetivo era que el titular no hiciese “falta a las cosas de la Universidad por sus ocupaciones ni se detenga la expedición de los negocios”225.
Además de los libros de claustros tenía el deber de elaborar algunos más, aunque la desaparición del archivo en 1934 y su anterior expolio durante la invasión francesa hace difícil conocer cómo se organizaba la secretaría. Según mandato de los estatutos realizaba anualmente uno de matrícula por facultades que comenzaba con el nuevo rector y en el que se incluía en cada registro nombre, apellido, lugar del que era natural con su diócesis correspondiente, para qué se matriculó (por ejemplo, oir artes), día, mes y año y la confirmación del juramento al rector in licitis et honestis, todos requisitos necesarios para pasar a formar parte de la Universidad. También se incorporaban las matrículas de oficiales, ministros y criados de la institución226.
La normativa de 1618 ordenaba que, junto al arca de tres llaves -de caudales-, se hiciese un cajón en el que guardar el libro de grados con todos los que se graduasen o incorporasen de bachilleres, licenciados, doctores y maestros por la Universidad de Oviedo, con el día, mes y año en que recibieron el título y el nombre del rector o doctor que se lo otorgó. También elaboraba algunos más, entre ellos uno de registro económico para anotar el dinero que entraba en el arca con motivo de esos mismos grados; otro de posesiones de cátedras, en el que parece que también se entremezclaban las posesiones de los oficiales; uno para cada facultad
225 AHN, Consejos, legajo 25470, exp. 15. Reforma de los estatutos de 1618, título 9 “del notario
mayordomo Bedel alguacil y mas oficiales”.
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con los nombres de los alumnos y los cursos ganados con el juramento y testimonio de verdad de dos testigos de los que se anotaba también el nombre y un libro-inventario de todo los que contenía el archivo y que pasaba de un secretario a otro cuando se producía el relevo en el oficio227. En el archivo había además otros
documentos de los que tenemos noticia por el pleito que en 1744 la Universidad interpuso contra el secretario, Felipe Antonio Suárez de la Vega, como libros de cuentas y de libranzas de la institución, de pleitos civiles y criminales, de vacantes, de edictos y de visitas de cátedras, legajos con cartas, memoriales y juros, inventarios de sacristía, de fiestas de toros, obras de reforma, librería, reales provisiones, poderes, posesiones de bedeles y pruebas de cursos y grados, entre otros muchos documentos. Ello da idea de la magnitud adquirida por el archivo universitario que en época de CANELLA, y según su propio testimonio, se encontraba
mal atendido y en el que faltaban ya entonces un importante número de libros.
Con el objetivo de proteger convenientemente los papeles fundacionales, hasta ese momento en la sala claustral228 ubicada en el piso alto de la crujía norte,
la reforma de 1618, como hemos mencionado unos párrafos antes, dispuso la construcción de un archivo en la sacristía de la capilla. Al igual que el arca, el archivo tenía tres llaves, una en poder del rector -como era habitual- y las otras dos en manos de los consiliarios; sin embargo, una de ellas, al menos desde 1740, era custodiada por el notario. Cada año, por la festividad de San Martín, el rector y los consiliarios salientes las entregaban formalmente a los nuevos elegidos229.
Como miembro de la Universidad estaba obligado a efectuar el juramento inicial en el que expresaba su compromiso de cumplir con las obligaciones de su oficio, guardar silencio sobre las deliberaciones, no llevar derechos excesivos y
227 Esto ya era habitual en la Universidad de Salamanca. Los estatutos de Zúñiga (1594) obligaban al
notario a realizar y mantener un inventario de todos los libros y papeles en su poder, guardando un orden con el fin de encontrar rápidamente lo que se buscara.
228 En la sala claustral había un armario encastrado en la pared maestra, protegido con dos puertas,
cada una con tres llaves, en el que estaban todos los papeles, pero hubo serios problemas de humedad, por lo que la reforma de 1618 se ocupó de ello.
229 En la Universidad de Valladolid, en el siglo XVI, los documentos se colocaban en la sacristía en
una alacena y los libros de claustros en la capilla, con lo que advertimos que no se trataba de algo raro o excepcional ubicar el archivo en esa parte del edificio.
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ninguno a los pobres, además de obedecer al rector in licitis et honestis. Asimismo daba fe de la ejecución de los juramentos obligatorios por parte del resto de los miembros de la corporación, incluido el que realizaban el mayoral y los consiliarios tras su elección.
En concordancia con la tradición salmantina y debido a su obligación de acudir a todos los claustros, cabe suponer que tenía sitio fijo asignado en el salón de reuniones en un lugar en el que pudiese oir con facilidad las deliberaciones y asistir al rector en el escrutinio del recuento de votos. No obstante, como ya se ha mencionado, se trataba de un puesto de cierta relevancia, lo que le otorgaba también determinados privilegios, incluso muy superiores a los que cabría esperar, según la declaración del que era secretario en 1744. En ella expuso que gozaba en todos los claustros y actos públicos de igual asiento, propina y preeminencias, a excepción del voto, que el resto de los graduados, lo que da una idea de la influencia que había llegado a adquirir, al menos por aquel entonces, alterando, si es que realmente era así, los principios de orden y prelación impuestos desde el inicio de la Universidad.
Desempeñaba también otras funciones, como llevar al claustro las solicitudes que los estudiantes hacían para pedir los grados, tras verificar personalmente las certificaciones de cursos; dar fe tanto de los doctores asistentes a los acompañamientos como de los que faltaban; refrendar los títulos de los grados con el sello mayor de la Universidad y certificar con el menor el origen de las cartas emitidas desde la institución, por lo que ambos permanecían en su poder; asistir a la ceremonia de la toma de puntos para las oposiciones y los grados y, en general, a todas las que requerían testimonio notarial. Asimismo, hasta 1732, se le entregaban los depósitos de los grados mayores, menores, oposiciones y cátedras que luego se dividían en las propinas y la fracción para el arca230.
230 Por acuerdo claustral de 25 de julio de 1732 le fue retirada la función de ser custodio de los
depósitos pecuniarios porque se le acusó de hacer un uso incorrecto de ellos. A partir de ese momento pasaron a manos del mayordomo de la Universidad.
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Respecto a la jornada de trabajo, en Salamanca estaba regulado el horario de la secretaría que abría tanto por la mañana como por la tarde, pero acomodándose a un horario en invierno y otro en verano. En Oviedo no aparece reglado en los estatutos ni en norma alguna que haya llegado hasta nosotros, sin embargo, se trataba de uno de los oficiales, junto con el bedel y el portero, que pasaba prácticamente todo el día en el edificio académico231.
El sueldo anual asignado por los estatutos fue de 8.000 maravedís cada año, más las propinas y gajes que recibía por asistencia a los actos y oposiciones232,
certificaciones, anotar la cédula del examen de latinidad en el libro de matrícula y matrícula de cada curso, prueba de los cursos, posesión de cátedras233 y demás
actos y celebraciones a las que acudía en razón de su oficio y cuyas propinas le proporcionaban un sobresueldo, tanto si se le pagaban en metálico como si se hacía en especie, ya que en ocasiones se le entregaba, por ejemplo, una cantidad predeterminada de chocolate.
Inicialmente, al igual que en la Universidad de Salamanca, vestía traje de golilla y durante la primera mitad del siglo XVII vivió en el edificio que luego se destinaría a Colegio de Niñas de Huérfanas Recoletas, creación también valdesiana que comenzó a funcionar en el tercer cuarto de la mencionada centuria y que actualmente es la sede del rectorado.
231 AHN, Consejos, legajo 5450, exp. 3, año 1767.
232 En las cátedras proveídas por estudiantes llevaba catorce reales en las de prima (más que los
consiliarios), diez en las de vísperas, biblia, sexto y decreto y siete por todas las demás. En la cátedra de matemáticas, de la que la no tenemos fecha exacta, proveída a mediados del siglo XVIII, llevó propinas por los primeros y segundos edictos, por citar al opositor, por testimonio de informe general, por la posesión, por testimonio de la vacante, por cerrar el pliego y por los títulos particulares que firmó. Ingresó para sí más de la mitad de las propinas, mientras que el resto se repartió entre todos los demás.
233 RODRÍGUEZ MUÑOZ,JAVIER: “El desarrollo institucional de la Universidad: dotaciones y rentas”,
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b) El bedel, el mensajero de los escolares
Su existencia se remonta a la primera época de las universidades. Ya consta en la Universidad de Bolonia hacia 1260 y llevaban como distintivo de autoridad una vara234. En el entorno de Castilla, el rey Alfonso X el Sabio proveyó su
existencia para la incipiente organización universitaria en las Siete Partidas, en las que escribió que su oficio
es andar por las Escuelas pregonando las fiestas por orden del Mayoral del Estudio; pregonar las ventas y compras que algunos quieran hacer de libros, interviniendo en ello con lealtad; y por último, pregonar también la ocasión y el sitio en que los escolares se hayan de reunir, para tratar las cosas que les interesen…235
Lo que lo convirtió, por tanto, en el mensajero de la clase escolar.
A medida que los estudios generales crecen en competencias y complejidad, lo hace también la responsabilidad de sus oficiales, entre ellos el bedel o bedeles, ya que en la estructura organizativa de Salamanca y Alcalá estaban previstos dos, mientras que en Oviedo los estatutos fundacionales mencionan tan solo uno.
Era nombrado por el patrono de la casa de Salas con carácter vitalicio y, como hemos visto, solía perpetuarse el puesto en los miembros de una misma rama o familia, lo que también ocurría en las universidades mayores. Precisamente por este carácter permanente, porque se trataba de uno de los trabajos más importantes en el desarrollo de la vida diaria académica y porque el claustro nada tenía que ver en su nombramiento, a pesar de que una buena parte de su correcto funcionamiento dependía de él, la reforma de 1618 estableció un mecanismo para la destitución de los oficiales designados por el patronato con los que la Universidad no estuviese conforme, bien por el incumplimiento de sus funciones o bien por otras causas. Consistía este en exigir la sustitución primero al protector y
234 MARCHAMALO SÁNCHEZ,ANTONIO, op. cit. pág. 110. 235 Partida Segunda, título XXXI, ley X.
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después, si fuese necesario, al propio Rey. En el ínterin, se permitía al órgano colegiado que procediese a la incorporación de la persona que estimase más idónea. De esta forma, el control del patronato quedaba supeditado a que la Universidad se mantuviese conforme con el nombramiento.
Según CANELLA SECADES “su autoridad era grande” y alguna vez el oficio
estuvo ocupado por un sacerdote que gracias al apoyo académico consiguió posteriormente un puesto mejor236. De todos modos, los estatutos nada dicen
sobre el perfil de la persona a la que se nombraba, aunque en Salamanca estaba prohibido que desempeñase la bedelía un doctor o maestro graduado por esa Universidad.
Al igual que el resto de los miembros de la institución tenía que prestar el juramento de obediencia al rector con el que colaboraba estrechamente en muchos aspectos de la vida académica. Realizaba con él y el alguacil la ronda nocturna en la que comprobaban que los estudiantes estaban en sus aposentos y no de tuna por las calles, contraviniendo las normas de conducta y moralidad impuestas desde la propia Universidad. También el bedel, desde la reforma de 1618, acompañaba al rector para dignificar su puesto y subrayar su honorabilidad, cada vez que este se desplazaba de casa a las escuelas y viceversa o por las calles de la ciudad para realizar gestiones que tuviesen que ver con la institución o su representación. En las celebraciones ceremoniales con acompañamiento abría la comitiva y llevaba las mazas propias de la jurisdicción académica, tradición que en Oviedo se ha mantenido a lo largo de los siglos.
Como mensajero de las escuelas una de sus tareas consistía en citar nominalmente a los doctores y maestros y convocarlos a claustro por medio de una cédula de llamamiento dictada por el rector y dar fe de haberlo hecho. Anunciaba el día antes por los generales, normalmente de prima, la celebración de grados,
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oposiciones, lecturas, actos de conclusiones, repeticiones y fiestas académicas. La importancia de estas últimas obligaba a toda la Universidad a participar activamente en su celebración. Precisamente la reforma de 1618 encargó al bedel que velase por la concurrencia de los estudiantes, bachilleres, licenciados, doctores, maestros y oficiales universitarios, tanto a las que se celebrasen en la capilla universitaria como en la iglesia Catedral. La falta de asistencia suponía multa pecuniaria impuesta por el oficial que se quedaba con la cuarta parte del total, por lo que adquiría el perfil del conocido como ‘bedel multador’.
En el ámbito de la docencia, este ministro asistía como testigo a las posesiones de cátedras, ceremonia que se llevaban a cabo tras la elección del