• No results found

Como hemos podido comprobar a lo largo de este tema, el concepto de atención ha ido evolucionando desde las primeras teorías que la consideraban como una estructura que se encargaba de filtrar información perceptiva, hasta conceptos más actuales que la definen como un sistema de control de la actividad mental de un organismo. Este nuevo concepto de la atención ha sido posible gracias al desarrollo de los estudios cognitivos sobre este mecanismo y a la utilización de técnicas de neuroimagen que de- terminan qué áreas cerebrales se activan cuando los sujetos realizan tareas atencio- nales. Bajo esta aproximación neurocognitiva, el sistema atencional se compone de un conjunto de redes neurales que cumplen distintas funciones. Las dos redes más in- vestigadas han sido hasta el momento, la red de orientación o red atencional posterior, por su localización en la parte posterior del cerebro, y la red ejecutiva o red atencional anterior, por su localización en la parte anterior del cerebro.

Anatómicamente, la red de orientación está compuesta por el lóbulo parietal, el colículo superior y el núcleo pulvinar del tálamo. Desde un punto de vista funcional, cada área está implicada con una operación cognitiva de la atención al espacio visual: del desenganche de la atención de una localización espacial es responsable el lóbulo parietal posterior; del movimiento de la atención a través del espacio se encarga el co- lículo superior; por último, la función del enganche de la atención al estímulo objeti- vo la realizan áreas determinadas del tálamo.

Por otro lado, la red atencional ejecutiva tendría como función el control del procesamiento en aquellas situaciones en las que se requiere un control consciente de la acción que se está llevando a cabo. Ciñéndonos a un nivel anatómico, los estudios en el campo de la neurociencia cognitiva han localizado distintas áreas frontales me- diales y áreas prefrontales dorsolaterales que pueden formar parte de un circuito neuronal implicado en este sistema que tiene como función el control ejecutivo.

3.5. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

Roselló i Mir, J. (1997). Psicología de la atención: introducción al mecanismo atencional. Ma- drid: Pirámide.

Este libro realiza una introducción conceptual y un repaso sobre la investigación de la aten- ción en psicología, defendiendo una concepción de ella como mecanismo de control. Tudela, P. (1992). Atención. En J. Mayor y J. L. Pinillos (Eds.). Tratado de psicología general:

Atención y percepción, vol. 3. (pp 119-162). Madrid: Alhambra Universidad.

El capítulo que este autor dedica a la atención constituye un punto de referencia funda- mental para la investigación y la docencia de esta disciplina. La introducción histórica de la

primera parte de paso a la defensa de una concepción vertical de la atención como un sis- tema de control sobre el procesamiento. También se repasan las principales aportaciones te- óricas que apoyan esta concepción y se aboga por una visión multidisciplinar de la atención para un mejor entendimiento de la misma.

Colmenero, J. M., Catena, A. y Fuentes L. J. (2001). Atención visual: Una revisión sobre las re- des atencionales del cerebro. Anales de Psicología, 17, 45-67.

En este artículo se plasma la idea de la atención como un conjunto de redes neuronales que llevan a cabo operaciones específicas de procesamiento de la información. Se explica de una forma clara y concisa cuáles son estas redes y cuáles son sus funciones principales. En el siguiente enlace en inglés: http://www.attention.com/ el lector podrá encontrar in- formación actualizada sobre el tema de atención, problemas relacionados con el déficit de aten- ción, artículos y otros enlaces relacionados con este proceso básico.

3.6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Broadbent, D. E. (1958). Percepción y comunicación. Madrid: Debate, 1983.

Broadbent, D. E., y Gregory, M. (1964). Stimulus set and response set. The alternative of at- tention. Quarterly Journal of Experimental Psychology, 16, 309-317.

Carter, C. S., Mathew, M. B., y Cohen, J. D. (1999). The contribution of the anterior cingulate cortex to executive proceses in cognition. Reviews in Neuroscience, 10, 49-57.

Casey, B. J., Trainor, R. J., Orendi, J. L., Schbert, A. B., Nystrom, L. E., Giedd, J. N., Caste- llanos, F. X., Haxby, J. V., Noll, D. C., Cohen, J. D., Forman, S. D., Dahl, R. E., y Rapo- port, J. L. (1997). A development function MRI study of prefrontal activation during per- formance of go-no-go task. Journal of Cognitive Neuroscience, 9, 835-847.

Cherry, E. C. (1953). Some experiments on the recognition of speech with one and two ears.

Journal of the Acoustical Society of America, 25, 975-979.

Collette, F., Salmon, E., Van der Linden, M., Chicherio, C., Belleville, S., Degueldre, C., Del- fiore, G., y Franck, G. (1999). Regional brain activity during tasks devoted to the central executive of working memory. Cognitive Brain Research, 7, 411-417.

Craig, A. D., Reiman, E. M., Evans, A., y Bushnell, M. C. (1996). Functional imaging of an illusion of pain. Nature, 384, 258-260.

Deutsch, J. A., y Deutsch, D. (1963). Attention: some theoretical considerations. Psychological

Review, 70, 80-90.

Fernández-Duque, D. (1999). Automatic processing of object indentity, location, and valence in-

formation. Tesis doctoral no publicada. Universidad de Oregón.

Johnston, W. A., y Heinz, S. P. (1978). Flexibility and capacity demands of attention. Journal of

Experimental Psychology: General, 107, 420-435.

Kahneman, D. (1973). Atención y Esfuerzo. Madrid: Biblioteca Nueva, 1997.

LaBerge, D. (1981). Automatic information processing: A review. En J. Long y A. Baddeley (Eds.), Attention and Performance IX. Hillsdale, N.J.: Erlbaum.

LaBerge, D. y Samuels, S. J. (1974). Toward a theory of automatic information processing in re- ading. Cognitive Psychology, 6, 293-323.

Lane, R. D., Reiman, E. M., Axelrod, B., Yun, L., Holmes, A., y Schwartz, G. E. (1998). Neu- ral correlates of levels of emotional awareness: Evidence of an interaction between emo- tion and attention in the anterior cingulate cortex. Journal of Cognitive Neuroscience, 10, 525-535.

Mayer, R. E. (2002). Psicología de la educación. El aprendizaje de las áreas de conocimiento. Madrid: Pearson Educación.

Mayr, U. y Keele, S. (2000). Changing internal constraints on action: The role of backward in- hibition. Journal of Experimental Psychology: General, 129, 4-26.

Meiran, N. (1996). Reconfiguration of processing mode prior to task performance. Journal of

Experimental Psychology: Learning, Memory & Cognition, 22, 1423-1442.

Moray, N. (1959). Attention in dichotic listening: Affective cues and the influence of instruc- tions. Quarterly Journal of Experimental Psychology, 11, 50-60.

Norman, D. A., y Bobrow, D. G. (1975). On data-limited and resource-limited processes,

Cognitive Psychology, 7, 44-64.

Navon, D., y Gopher, D. (1979). On the economy of the human processing system. Psycholo-

gical Review, 86, 214-255.

Norman, D. A., y Shallice, T. (1986). Attention to action: Willed and automatic control of be- havior. En R. J. Davidson, G. E. Schwartz, y D. Shapiro (Eds.), Consciousness and self re-

gulation (pp. 1-18). New York: Plenum Press.

Posner, M. I. (1980). Orienting of attention. Quarterly Journal of Experimental Psychology, 32, 3-25.

Posner, M. I., y Dehaene, S. (1994). Attentional networks. Trends in Neuroscience, 17, 75-79. Posner, M. I., Nissen, M. J., y Ogden, W. C. (1978). Attended and unattended processing mo- des: The role of set for spatial location. En H. L. Pick y I. J. Saltzman (Eds.), Models of

Perceiving and Information Processing. Hillsdale, NJ: Erlbaum.

Posner, M. I., y Petersen, S. E. (1990). The attention system of the human brain. Annual Review

of Neuroscience, 13, 25-42.

Posner, M. I., y Raichel, M. E. (1994). Images of mind. New York: Scientific American Library. Posner, M. I., y Snyder, C. R. R. (1975). Attention and cognitive control. En R. L. Solso (Ed.), Information processing and cognition: The Loyola Symposium (pp. 55-85). Hillsda- le, NJ: Erlbaum.

Postle, B. R., Berger, J. S., y D’Esposito, M. (1999). Functional neuroanatomical double dis- sociation of mnemonic and executive control processes contributing to working memory performance. Proceedings of the National Academy of Sciences (USA), 96, 12959-64. Rafal, R., y Posner, M. I. (1987). Deficits in human visual spatial attention following thalamic

lesions. Proceedings of the National Academy of Neuroscience, 84, 7349-7353.

Rafal, R., Posner, M.I., Friedman, J. H., Inhoff, A. W., y Berstein, E. (1988). Orienting of visual attention in progresive supranuclear palsy. Brain, 111, 267-280.

Rainville, P., Duncan, G. H., Price, D. D., Carrier, B., y Bushness, M. C. (1997). Pain affect en- coded in human anterior cingulated but not somatosensory cortex. Science, 277, 968-970. Rogers, R. D., y Monsell, S. (1995). Cost of a predictable switch between simple cognitive

tasks. Journal of Experimental Psychology: General, 124, 2, 207-231.

Roselló i Mir, J. (1997). Psicología de la atención: introducción al mecanismo atencional. Ma- drid: Pirámide.

Salmon, E., Van der Linden, M., Collette, F., Delfiore, G., Maquet, P., Degueldre, C., Luxen, A., y Franck. (1996). Regional brain activity furing working memory tasks. Brain, 119, 1617- 1625.

Samuels, S. J. (1979). The method of repeated reading. The Reading Theacher, 32, 403-408. Shiffrin, R. M., y Dumais, S. T. (1981). The development of automatism. En J. R. Anderson

(Ed.), Cognitive skills and their acquisition (pp. 11-140). Hillsdale, N.J.: Erlbaum. Shiffrin, R. M., y Schneider, W. (1977). Controlled and automatic human information proces-

sing: II. Perceptual learning, automatic attending and a general theory. Psychological Re-

view, 84, 127-190.

Sohn, M., Ursu, S., Anderson, J. R., Stenger, V. A., y Carter, C. (2000). The role of prefrontal cortex and posterior parietal cortex in task switching. Proceedings of the National Academy

of Sciences (USA), 97, 13448-13453.

Spector, A., y Biederman, I. (1976). Mental set and mental shift revisited. American Journal of

Stroop, J .R. (1935). Studies of interference in serial verbal reactions. Journal of Experimental

Psychology, 18, 643-662.

Tejero, P. (1999). Panorama histórico-conceptual del estudio de la atención. En E. Munar, J. Rosselló, A. Sánchez-Cabaco. (Coords.), Atención y percepción (pp. 33-62). Madrid: Alianza.

Tipper, S. P. (1985). The negative priming effect: Inhibitory priming by ignored objects. Quar-

terly Journal of Experimental Psychology, 37A, 571-590.

Treisman, A. (1960). Contextual cues in selective listening. Quarterly Journal of Experimental

Psychology, 12, 242-248.

Treisman, A. (1998). Feature binding, attention and object perception. En Philosophical Tran-

sactions of the Royal Society, Vol. 353: Brain mechanisms of selective perception and ac- tion, pp. 1295-1306.

Tudela, P. (1992). Atención. En J. Mayor y J.L. Pinillos (Eds.), Tratado de Psicología General.

4.1. ¿QUÉ ES EL APRENDIZAJE?

Por fácil que parezca, esta pregunta puede ser el punto de partida para un interesante debate ya que para definir aprendizaje podemos partir de un sin fin de referencias. Desde un punto de vista evolutivo, el aprendizaje puede considerarse como la capa- cidad de adaptación al medio ambiente. Por ejemplo, es de gran utilidad para una ga- cela saber que la presencia de un león pone en peligro su vida. Del mismo modo es muy útil para nosotros saber que si llueve y vamos a salir lo mejor es coger un para- guas. Hay multitud de ejemplos tanto en seres humanos como en animales que mues- tran cómo gracias al aprendizaje podemos conocer las relaciones entre distintos even- tos ambientales permitiéndonos una adaptación óptima al medio, en palabras de Dickinson (1980) esta capacidad nos da información sobre la textura causal del am- biente.

En otras ocasiones se tiende a identificar aprendizaje con ejecución o actua- ción. En el ejemplo anterior, sabemos que una gacela aprende a identificar la pre- sencia del león con una situación peligrosa porque emite una respuesta de escape. Esto sugiere que el aprendizaje sólo puede inferirse a partir de la conducta emitida. Por ejemplo, sólo podemos saber si alguien sabe tocar el piano permitiéndole que nos interprete alguna pieza. Sin embargo, el hecho de que esta persona no tenga la opor- tunidad de demostrarnos sus conocimientos musicales no significa que carezca de ellos. En muchas ocasiones es necesario dar con el contexto adecuado para que aparezca una determinada conducta. En consecuencia, el aprendizaje más que ser equivalente a ejecución debería entenderse como la capacidad potencial que ad-

77

CAPÍTULO

4

APRENDIZAJE

JUANMANUELROSASSANTOS ANAGARCÍA-GUTIÉRREZ

quiere un organismo para emitir una determinada conducta, no la emisión en sí mis- ma. Pongamos por caso que vas paseando por una ciudad donde nunca habías estado y cuando regresas al hotel comienza a dolerte mucho la cabeza, este hecho te hace re- cordar que no muy lejos has visto el luminoso de una farmacia, menos mal, porque ahora podrás acercarte a comprar algún analgésico que te alivie. Sin embargo, de no haber sufrido este pequeño percance lo más fácil es que ni siquiera te percataras de que habías aprendido a localizar una farmacia en el mapa de esa ciudad. Parece cla- ro que no todo lo que aprendemos es susceptible de exhibirse conductualmente, esto es lo que en la literatura se conoce como aprendizaje silencioso y engloba toda aquella información aprendida que sólo se manifiesta bajo las condiciones ambien- tales y de motivación apropiadas.

Por otra parte, no podemos olvidar que el aprendizaje se mide en función de cambios conductuales. Esto nos genera un segundo problema ya que no siempre que la conducta cambia se debe necesariamente a la existencia de aprendizaje. Imagina que has estado noches enteras preparando un examen y la nota no hace jus- ticia a los conocimientos que has adquirido. En esta situación es posible que el re- sultado del examen se deba más a los efectos de la fatiga causada por tantas noches de estudio que a un aprendizaje insuficiente de la asignatura. Éste y otros factores como el efecto de determinados fármacos, la motivación, las emociones, e incluso factores como cambios ambientales y la maduración pueden provocar cambios conductuales que no se deben al aprendizaje y que sin embargo podrían confundirse con él.

Dicho de otro modo, la presencia de estos factores podría contaminar nuestras conclusiones sobre el conocimiento que realmente se adquiere. Por esta razón, a la hora de evaluar el aprendizaje debemos contar con elementos de control que ayuden a eliminar la posibilidad de considerar como aprendizaje un cambio conductual produ- cido por factores que no tienen nada que ver con él, como el agotamiento físico, el cambio en las condiciones ambientales, etc.

Así, un experimento típico de aprendizaje contaría al menos con dos condi- ciones, una condición experimental, que recibe el tratamiento o entrenamiento en el aprendizaje que se pretende implantar en el individuo (Vg., enseñar a un grupo de estudiantes técnicas de estudio para mejorar su rendimiento en los exámenes); y una condición de control que no recibe entrenamiento relevante para el apren- dizaje que nos interesa pero sí un tratamiento idéntico en todos los demás aspectos que atañen a la situación (los alumnos pasan estudiando el mismo número de horas con el experimentador pero no se les enseña ninguna técnica de estudio). Para saber si el entrenamiento surte el efecto deseado basta comparar el rendi- miento alcanzado por los alumnos en las dos condiciones (en este caso, se espera que los estudiantes de la condición experimental obtengan un rendimiento mejor en los exámenes).

Llegado a este punto y teniendo en cuenta los entresijos del aprendizaje expuestos, podemos considerarlo como un cambio relativamente permanente en la capacidad para realizar una conducta debido a la experiencia con determinados eventos am- bientales relacionados con esa conducta en particular (Domjam, 2002). Esta defini- ción excluye del concepto de aprendizaje factores que suponen un cambio poco du- radero en el comportamiento del individuo (Vg., fatiga, motivación, etc.). Separa además el aprendizaje de la actuación al hablar de capacidad adquirida para realizar

una conducta y no de la conducta misma. Un niño de cuatro años puede saber per- fectamente cómo utilizar un ascensor, pero ese conocimiento no puede traducirlo en conducta porque su estatura es insuficiente para alcanzar los botones. Cuando crezca y madure podrá realizar la conducta que sin embargo aprendió mucho tiempo atrás. En relación con esto, la definición de aprendizaje que escogemos separa también aprendizaje de maduración al requerir de la experiencia con los eventos ambientales específicamente relacionados con esa conducta. El mismo niño del que hablábamos antes, aunque llegara a los botones del ascensor no podría usarlo a menos que hubie- ra tenido experiencia previa con ascensores, esto es, a menos que se le hubiera ense- ñado cómo hacerlo.

Hasta ahora nos hemos esforzado por separar el aprendizaje de otros cambios comportamentales. Sin embargo, parte de la conducta del individuo no es aprendida, viene determinada biológicamente. Ése es el caso de los reflejos y las disposiciones innatas de conducta que trataremos en el siguiente apartado. Estas disposiciones in- natas van a modular lo que un individuo es capaz de aprender y al mismo tiempo van a ser moduladas por el aprendizaje, por lo que resulta esencial que contemos con al- gún conocimiento acerca de ellas.

4.2. DISPOSICIONES INNATAS DE CONDUCTA

Related documents