Chapter 5 Inter-relationships between different types of predictors
5.2.2 Study variables and analyses
5.2.2.1 Analysis 1
Cuando dieron las doce, el actor dijo: —Y ha llegado el día en el que hace… Pero la persona a la que se dirigía, le interrumpió: —¡Por favor, deje eso! Esa fecha me trae muy malos recuerdos. —¡Ah, comienza a volverse sentimental! ¡Pues le va muy mal! —se burló el otro. —Nada de eso —replicó su acompañante—, pero son recuerdos…
—… de una naturaleza tan espantosamente inaudita que a uno se le hiela la sangre —rió el actor—. ¡Como lo son todos sus recuerdos! Venga, desfóguese.
—Lo hago a regañadientes —dijo—, es todo tan desmesuradamente brutal.
—¡Oh, el corderillo! ¿Desde cuando tiene consideración con nuestros nervios? Mientras todos caminan por alfombras de seda, su zapato de cuero marcha por sangre cenagosa. Usted es una mezcla de brutalidad y de estilo. —Yo no soy brutal —dijo. —Eso es cuestión de gustos. —Entonces me callaré. El actor le acercó la tabaquera por encima de la mesa. —No, cuente usted. Es bueno que no se olvide de que hoy aún fluye la sangre y de que este es el mejor de los mundos. Además, no es en absoluto verdad que no quiera contar nada. Usted quiere hablar y nosotros escuchar, así que escuchemos. El rubio abrió la tabaquera. —¡Basura inglesa! —gruñó—. ¡Todo lo que viene de ese país es maldita basura! Se encendió su propio cigarrillo. Luego comenzó: —Ya han transcurrido al unos años. Por entonces yo era un estudiantillo sin pulir de diecisiete años. Era tan inocente como un cangurillo en la bolsa de su madre, pero me gustaba desempeñar el papel de un hombre de mundo, cínico y escéptico. Así como me exhibía, con mi cabecita de cangurito, tenía que estar la mar de ridículo. Una noche golpearon con fuerza mi puerta. —¡Levántate! —gritaron—. ¡Abre enseguida! Me levanté soñoliento, todo estaba oscuro a mi alrededor. —¡Pero te quieres despertar de una vez, demonios! —ahora reconocí la voz de mi mentor en la fraternidad—, ¿cuánto tiempo quieres hacerme esperar? —¡Entra! —respondí yo—, no está cerrada. La puerta se abrió de par en par con un estampido. El alto estudiante avanzado de medicina entró tropezando en la habitación y encendió la vela. —¡Sal de la cama! —gritó.
Arrojé una mirada espantada al reloj. —¡Pero si ni siquiera son las cuatro! ¡No he dormido ni dos horas! —¡Y yo no he dormido nada! —rió él—, acabo de llegar de la taberna. Sal de la cama, te digo, vístete lo más deprisa que puedas. —Pero ¿qué ocurre? Esto no me hace ninguna gracia. —Y no te la tiene que hacer. Vístete, te lo contaré por el camino.
Mientras yo intentaba despertarme del todo me ponía los pantalones castañeteando, él se sentó jadeante en el sillón y se dedicó a fumar su espantoso puro brasileño. Yo tosí y escupí.
—¿Es que no puedes soportar el humo, novato? —eructó él—, bueno, ya te acostumbrarás. Presta atención, esta mañana tenemos que llevar un estuche con pistolas de duelo al bosque, yo soy el padrino y Gossler también quería venir. Pues bien, los dos hemos pasado la noche en vela para estar allí puntualmente, pero el otro se ha rajado. Esto es todo. ¡Así que apresúrate!
Interrumpí mis gárgaras.
—Sí, pero… ¿qué pinto yo allí?
—¿Tú? ¡Señor, qué bruto eres! No tengo ganas de ir allí solo y tener que quedarme durante horas. Tú vienes conmigo, basta.
Era una noche espantosa. Con viento, lluvia y calles encenagadas. Nos dirigimos a la sede de nuestra corporación estudiantil, allí nos esperaba un coche. Los otros ya nos habían precedido.
—¡Naturalmente! —maldijo mi mentor—, aquí estamos sentados, sobrios como cerdos y el sirviente de la asociación es el que lleva el cesto con el desayuno. Corre, novato, mira a ver si puedes conseguir una botella de coñac en la taberna.
Aporreé la puerta, esperé, maldije, me congelé, pero al final conseguí el coñac. Nos subimos al coche y el cochero atizó a los jamelgos. —Hoy es tres de noviembre —dije yo—, mi cumpleaños, comenzamos bien. —¡Bebe! —me dijo mi mentor. —Y además tengo una modorra que no puedo con ella. —¡Pero bebe, rinoceronte! —gritó él, y me echó el asqueroso humo en la cara de modo que casi me mareo. —Espera muchacho —sonrió sarcásticamente—, te quitaré la modorra. Y se puso a contar historias de médicos en la mesa de autopsias. ¡Vaya tipo que era aquel! Se comía su bocadillo en la morgue sin lavarse las manos, mientras se dedicaba a diseccionar. Eso era lo que le gustaba, piernas y brazos cortados, cerebros al aire, hígados, riñones y úteros enfermos. Cuanto más podridos, mejor, bien descompuestos. Y luego hacerle cosquilleos a una preparación, dejando venas y músculos limpios como los chorros del oro.
Por supuesto que bebí. De la botella, un trago tras otro. Me contó veinte historias y un bazo podrido fue la más apetitosa de todas. Maldita sea, eso es lo que se aprende en la asociación de estudiantes, a dominar los nervios.
Dos horas más tarde, se detuvo el coche. Salimos casi arrastrándonos y nos internamos en el bosque por un camino fangoso. Avanzamos por la neblina matutina a través de los árboles desnudos.
—¿Quién es el que dispara hoy? —pregunté.
—¡Cállate la boca! Ya lo sabrás a su tiempo —gruñó el mentor.
De repente se había puesto silencioso. Oí claramente cómo tragaba e intentaba ocultar su embriaguez. Llegamos a un claro, unos doce hombres se encontraban ya en los alrededores. —¡Fax! —gritó el mentor. Nuestro sirviente vino corriendo a largas Zancadas. —¡Soda! El sirviente trajo la cesta; el mentor se bebió tres botellas de soda. —¡Qué porquería! —gruñó y escupió, pero me di cuenta de que se había vuelto completamente sobrio. Nos acercamos al lugar convenido y saludamos. Allí se encontraban dos médicos con sus cajas de vendajes abiertas, uno era un señor mayor, de los nuestros. Además, tres miembros de la asociación estudiantil Marchia y sus sirvientes, que conversaron con el nuestro. Y completamente solo, apartado y apoyado en un árbol, un judío pequeño.
Ahora supe de qué se trataba. Era Selig Perlmutter, stud. phil., y tenía que enfrentarse al alto brandeburgués. Una historia de taberna; los brandeburgueses estaban en su local favorito, cuando entró Perlmutter con un par de amigos, saludando con furiosos gritos de «¡fuera judíos!» Los otros se fueron, pero Perlmutter ya había colgado el sombrero en la percha; no quiso arredrarse, se sentó y pidió una cerveza. El brandeburgués se levantó entonces, le retiró la silla por detrás, de modo que se cayó al suelo entre las risotadas de los camaradas. A continuación, agarró el sombrero de la percha y lo tiró por la puerta en el cieno.
—¡Vete detrás, judío de mierda!
Pero el pequeño judío, blanco como la pared, se levantó de un salto, fue hacia el brandeburgués y le pegó una bofetada en pleno rostro. Luego, ciertamente, salió volando del local a patadas y empujones. Al día siguiente, el brandeburgués le envió a su padrino para retarle a un duelo y el judío aceptó: cinco pies de distancia, tres disparos.
Selig Perlmutter había probado armas en nuestra sede.
—Qué se puede hacer —dijo mi mentor, que como segundo oficial tenía que cumplimentar todo el asunto—, se ha de proporcionar protección a todo estudiante de honor, y se tiene honor, demonios, mientras no se haya robado una cuchara de plata, por más que uno se llame Se-se lig P-P-Perlmutter.
El pequeño judío, en efecto, tartamudeaba de tal manera que ni siquiera podía pronunciar su propio nombre, había necesitado un cuarto de hora para presentar su demanda de satisfacción.
Allí estaba, apoyado en un árbol, con el cuello del abrigo subido. ¡Dios mío, qué feo era! Los zapatos sucios con los tacones torcidos y las puntas dobladas hacia dentro, y por encima de ellos se arrugaban los pantalones. Unos enormes anteojos, con un cordón largo negro, colgaban torcidos de su gigantesca nariz, que casi cubría los labios saltones y de color rojo azulado. Su tez amarilla, picada de viruelas y llena de impurezas, parecía más pálida si cabe. Metía las manos en lo más hondo de los bolsillos de su abrigo y fijaba su mirada en el suelo cenagoso.
Me acerqué a él y le ofrecí mi mano: —Buenos días, señor Perlmutter.
—¿Por-por qué, qué, bue-nos…? —balbuceó él.
—¡Novato, trae de inmediato el estuche con las pistolas! —gritó con voz aguda mi mentor.
Estreché con fuerza la mano sucia que él me ofreció dubitativo. Corrí hacia nuestro sirviente, tomé el estuche de las pistolas y se lo llevé a mi mentor.
—¿Estás loco? —me siseó—, ¿cómo se te ocurre ponerte a charlar con ese granuja judío?
El juez, perteneciente a la corporación de los Prusianos, intercambió un par de palabras con los padrinos y a continuación midió con grandes zancadas la distancia. Llevaron a los dos contrincantes a sus puestos.
—Señores —comenzó el prusiano—, es mi deber, como juez, al menos intentar que se produzca una reconciliación.
Hizo una pequeña pausa.
—Yo… yo qui-qui-siera —tartamudeó en voz baja el judío—, si… si… si… Mi mentor lo miró furioso y tosió lo más fuerte que pudo; el otro se calló intimidado.
—Así que los señores rechazan una reconciliación —confirmó rápidamente el juez—. Les pido entonces que estén atentos a mis órdenes, contaré uno, dos y tres. Entre el uno y el tres los señores pueden disparar, pero no antes del uno ni después del tres.
Se cargaron las pistolas mientras los padrinos las echaban a suertes. Mi mentor llevó una pistola a su duelista.
—Señor Perlmutter —dijo solemnemente—, aquí le entrego un arma de nuestra corporación. Le honra que se haya decidido a zanjar su disputa de una manera caballeresca y estudiantil en vez de recurrir a la justicia. Espero ahora que también haga honor aquí a nuestras armas.
Le puso la pistola en la mano. El señor Perlmutter la tomó, pero su brazo tembló tanto que la mano apenas era capaz de sostenerla.
—¡Demonios, no haga esos aspavientos con el cacharro! —le gritó mi mentor—. Deje el brazo abajo. Cuando suene la orden ¡uno!, levante, rápido como un rayo, la pistola y dispare. No se esfuerce por apuntar a la cabeza, a fin de cuentas usted no sabe disparar. Apunte tranquilamente al estómago, eso es lo más seguro. Y una vez
que haya disparado, mantenga la pistola alta ante el rostro, ésa es su única protección. Es cierto que no sirve de mucho, pero siempre cabe dentro de lo posible que su contrincante, si dispara después que usted, acierte al arma en vez de a usted. ¡Y sangre fría, señor Perlmutter! —Gra… gra… cias —dijo el judío. Mi mentor me cogió del brazo y regresó conmigo al bosque. —Me gustaría realmente que nuestro rey de las narices le diera un buen porrazo al brandeburgués —gruñó—, no puedo soportar a ese tipo, además no me cabe duda de que él mismo también es judío. —¡Pero si es el mayor devorador de judíos en toda la ciudad! —le objeté.
—¡Pues precisamente por eso! Ya hace tiempo que sospecho que los brandeburgueses aceptan a judíos. ¡Fíjate en su nariz! Es posible que esté bautizado, y también los padres… pero no por ello deja de ser un judío. Y eso es lo más clamoroso. Nuestro aborto tartamudo de cerveza amarga y escupitajo, en cambio, me resulta de lo más simpático por haberle dado un buen bofetón al alto brandeburgués. Y es un auténtico escándalo que hayamos tenido que arrastrar hasta aquí al pobre diablo y lo llevemos al matadero como si fuera una ternera. —Pero él estaba dispuesto a reconciliarse —dije yo— si tú no hubieses tosido con tanta fuerza. Interrumpió bruscamente la conversación. —¡Cierra el pico, novato, y no hables de lo que no entiendes! Todos se habían alejado y los dos contrincantes se encontraban solos el uno frente al otro en el claro, rodeados por la penumbra de la aurora. —¡Atención! —gritó el juez—. Cuento: ¡uno!… ¡dos!…
El brandeburgués disparó, su bala dio con un chasquido en un árbol; el señor Perlmutter ni siquiera había levantado su pistola. Todos se acercaron a ellos.
—Pregunto si se ha disparado por parte de Normannia —inquirió el padrino del brandeburgués.
—El adversario de Normannia no ha disparado —constató el juez. Mi mentor acudió furioso a su apadrinado.
—¡Señor! —le reprimió—, ¿está usted loco? ¿Acaso cree que por su culpa queremos ver semejantes cochinadas en el libro de duelos? ¡Dispare hacia donde le dé la gana, pero dispare! ¡Por mí hágaselo encima, pero dispare, maldita sea! ¿No se da cuenta de que está poniendo en ridículo a toda la corporación, de cuya protección usted está gozando?
—Yo qui-qui… siera —balbuceó el pequeño judío. Por su frente rodaban sucias y gordas gotas de sudor.
Pero nadie le prestaba atención. Les volvieron a entregar las pistolas y todos se retiraron una vez más.
—Uno… dos… y… tres.
tres metros de su adversario. Perlmutter volvió a no levantar su pistola, su brazo se bamboleaba de un lado a otro con impulsos nerviosos. —Pregunto si se ha disparado por parte de Normannia. —El duelista de Normannia ha preferido de nuevo no disparar. Los de la Marca sonreían cínicamente, el prusiano sonreía despectivo. Mi mentor los miraba con ojos furiosos. —¡Gentuza! —rechinaron sus dientes—, una cochinada que no pueda romperles la crisma. —¿Por qué? —pregunté. —¡Dios, sólo un novato ignorante puede hacer una pregunta tan tonta! —resopló —. Ya sabes que aquí impera una tregua y que no se puede desafiar mientras dure un duelo. Pero esta noche recibirá de mí cada uno de los señores de Marchia un desafío a sable. Apuesto a que entonces pondrán otras caras. ¡Qué diablos, les voy a cortar en pedazos! ¡Míralos cómo sonríen satisfechos, cómo saborean su triunfo frente a nuestro pobre calzonazos!
Ahora intentó razonar de otra manera con su apadrinado.
—Señor Perlmutter, no apelo ya a su valor, se ha demostrado que no sirve de nada, sino a su sentido común —dijo él muy tranquilo—. Mire, no creo que tenga ganas de echarse fama aquí de haberse comportado como un cerdo. Pero ya no tiene otra posibilidad de evitarlo que la de disparar. ¡Eso es algo que le tendría que decir su mismo instinto de conservación! Si dispara a su contrincante en el estómago, le garantizo que ya no le podrá hacer nada, y además habrá hecho una buena obra…
Se puso casi sentimental:
—Será mucho más agradable para usted que salga de aquí ileso, señor Perlmutter. Piense en sus pobres padres.
—Mis… mis… pa-padres ya-ya no viven —dijo el judío.
—Pues piense usted en su novia —continuó mi mentor, pero se quedó algo desconcertado al contemplar el feo rostro del judío, que de repente se deformó más si cabe por una sonrisa espantosa y extrañamente melancólica. »Disculpe, señor Perlmutter—, comprendo que usted, con su… ¿cómo lo llama?, con su ponem[7], no tenga ninguna novia. Disculpe, no quería ofenderle. Pero seguro que tendrá algo… tal vez… tal vez… ¿un perro? —Te-tengo un-un pe-perrito.
—Ya ve, señor Perlmutter, todo ser humano tiene algo. Yo también tengo un perro, y no creo que haya nada mejor. Así que piense en su perro. Imagínese la alegría cuando usted regrese sano y salvo, cuando el animalillo le salte y ladre y mueva la cola. Piense en su perro y… cuando suene ¡uno!, dispare.
—Dis-dispararé —dijo con voz ahogada el pequeño judío.
Dos grandes gotas resbalaron por su rostro picado de viruelas y dejaron una marca húmeda. Sujetó con más fuerza la pistola que le dio mi mentor. El otro le miró con tristeza, con una mirada miserable de súplica, como si algo le atormentase.
—Yo-yo si… si… —tartamudeó. Pero mi mentor le ayudó.
—Me quiere pedir que cuide de su perro si hoy le pasara algo, ¿es eso, señor Perlmutter? —¡Sí! —dijo el pequeño judío. —Le doy mi palabra y la mantendrá por el honor de mi fraternidad. Al animal le irá bien, confíe en mí. Le ofreció la mano, que el judío estrechó. —Mu-muchas gra-gracias. El juez preguntó: —¿Están dispuestos ya los señores? —¡Sí, señor! —exclamó mi mentor—. Dispare, señor Perlmutter, dispare, será en defensa propia. ¡Piense en su perro y dispare! Nos fuimos otra vez detrás de los árboles, el juez estaba a mi lado. Mis ojos no podían apartarse del pequeño judío. —¡Atención! ¡Uno…! El señor Perlmutter levantó su pistola y disparó, la bala se perdió por algún lugar entre las ramas. Se quedó estático con el brazo extendido. —¡Bravo! —murmuró mi mentor. —¡Dos!
—Si al brandeburgués le queda algo de decencia, disparará al aire —volvió a murmurar.
—¡Y trrres!
Cuando sonó el número se oyó el tiro del brandeburgués.
El bendito Perlmutter abrió la boca, con claridad salieron de sus labios las palabras. Por primera vez en su vida dejó de tartamudear. No, es más, cantó en voz alta:
Viven los estudiantes sin pensar en el mañana…
La pistola se resbaló de su mano y él cayó hacia delante produciendo un ruido sordo. Salimos corriendo hacia él y yo le di la vuelta con cuidado.
La bala le había entrado por el centro de la frente, dejando un agujerito redondo. —Cumpliré lo que le he prometido —susurró mi mentor—, Fax recogerá hoy mismo al chucho, seguro que se hace amigo de mi Nero. Y las dos bestezuelas se alegrarán cuando la próxima semana les cuente cómo he sacudido el polvo a los nobles señores de Marchia. Buenas noches, bendito Perlmutter —continuó en voz baja—, eras un sucio escupitajo que hacía poco honor a su nombre. Pero que me lleve el diablo si no eras un estudiante de honor y los de Marchia me pagarán el haberte matado de esta manera tan miserable. Eso se lo debo a tu perrillo. Espero que el
animal no tenga muchas pulgas…
Los médicos se aproximaron, limpiaron la herida con algodón y trataron de detener la hemorragia.
—Que descanse en paz —dijo nuestro médico—, lo único que se puede hacer es firmar la partida de defunción.
—¿Desayunamos? —propuso el juez.
—Muchas gracias —respondió mi mentor con solemnidad—, pero hemos de cumplir nuestro deber con nuestro duelista. ¡Ayuda, novato!
Recogimos el cadáver y lo llevamos con la ayuda de algunos sirvientes por el bosque hasta el camino, y allí lo subimos a nuestro coche. —¿Conoce este lugar, cochero? —preguntó mi mentor. —No. —Pero en algún lugar por aquí, cerca del bosque, habrá un hospital. —Sí, señor, el grande de Denkov. —¿A cuánto está de aquí? —A unas dos horas. —Pues vayamos, es el más próximo. Allí podremos desembarazarnos de él.
Nos sentamos en los asientos traseros, el sirviente frente a mí. En el asiento de delante se sentaba el señor Selig Perlmutter; nos costó algo de tiempo ponerlo en posición sedente. Los caballos tiraron del coche, tuvimos que sostenerlo para que no se cayera hacia delante.