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Esta pregunta procede de una profesora. ¿Impone la ley quien es simplemente portador de una opinión? Muchas de mis opiniones puede que sean un simple montón de tonterías, sobre todo en materia como el matrimonio, pongamos por caso pero aunque teorizo acerca de otras materias, me limito a escribir sobre aquello que he observado. Rousseau, que poseía unas admirables teorías acerca de la educación, envió a sus propios hijos a un orfanato. Lo que quiere decir que nadie puede escribir con acierto sobre algo que no ha experimentado. En conclusión, creo que debemos ser siempre consecuentes con nuestras tareas. La mía es la educación, y si yo en estas páginas divago no es más que porque soy humano.

He oído decir que Bernard Shaw, mientras visitaba una escuela tuvo que taparse los oídos porque no soportaba la molestia del ruido que hacían los muchachos. Huelga

decir que Shaw dijo cosas muy buenas acerca de la educación, pero por lo que se deduce de este detalle, su conocimiento acerca de los niños debió de haber sido más teórico que práctico; y creo además que durante todos los años de mi labor docente he sabido descartar el aspecto teórico cuando ha resultado inoperante. En efecto, ya afirmé en uno de mis libros que el trabajo manual en los niños es conveniente solamente cuando ellos, a través de esta clase de labores, pueden desarrollar su fantasía. Y, además, apunté el ejemplo de los niños que se entretienen haciendo espadas, aviones o barquitos y que, lógicamente, no muestran interés en divertirse con mi “hobby”: trabajos de latón o cobre. Dije también que ningún muchacho puede desarrollar su fantasía haciendo un cenicero; pero se demostró que estaba equivocado, pues cuando mi hijastro Peter Wood, principió a dedicarse a la enseñanza de la cerámica, ya tenía su tienda llena de aficionados a este arte. Ahora me doy cuenta de que, efectivamente, un muchacho o una muchacha pueden fácilmente ligar su fantasía a un cenicero o a una tetera. He aquí cómo una teoría se me vino abajo, cuya confirmación se repite en el caso siguiente, aunque con resultados contrarios, por supuesto es decir, que en una escuela local cierta tarde muy agradable, saqué a los alumnos al jardín y todos nos pusimos a cavar y plantar; de ahí deduje que a los niños les gustaban las labores del jardín, y no se me ocurrió que tales labores fueran algo como un recurso que los distrajera del tiempo que pasaban sentados mirando la pizarra en clase. Lo cierto es que en cincuenta y cinco años no he tenido ni siquiera el recuerdo de que un niño haya puesto el más mínimo interés en el jardín. Si desyerban, es sólo por la paga.

Ya expliqué en otro lugar, cómo llegué a verificar que la mayor parte de un tratamiento psicológico es inútil. En efecto, hace cuarenta años, pensaba que la psicología era capaz de resolver cualquier problema de salud, desde la enfermedad del sueño hasta el retraso mental, pasando por incorrecciones de nacimiento. Al respecto hice ensayos con niños aquejados de tales dolencias, y los resultados me demostraron que estaba equivocado al pensar que la libertad o la psicología los pudiera curar.

¿Que quién soy yo para opinar acerca de los niños? Sencillamente, un individuo que intenta comunicar a otros lo que mis experiencias me han demostrado. Tengo, sin embargo, plena conciencia de mis limitaciones, pues si bien a duras penas he logrado curar de neuritis a un niño, confieso que nunca he curado a un tartamudo... Pero, pese a todo, creo que la libertad no se acaba allí donde hay una mejora, sino que puede ser

llevada más adelante.

Cualquier persona puede tener una visión parcial de las cosas, y esto puede ser algo muy bueno, ya que a veces, las personas que dicen ver los dos lados de las cosas, es muy fácil que se queden sin ver nada. Me parece que es esto lo que pasa con muchos conferenciantes cuando disertan sobre... educación. Se puede decir que su profesión los obliga a decir: “Sí, pero...”, cada vez que mencionan

si es que alguna vez lo hacen a Summerhill. Su tarea es dar los pros y los contras, con cierta razón. Sin embargo, yo no tengo que señalar los pros, pues el maestro, dentro del Sistema ya tiene suficientes pros, como todo el mundo sabe. Y si bien es cierto que “todos tenemos algún derecho”, como dijo Reich, un tipo como Hitler lo pondría en duda, supongo yo. Todas las escuelas tienen razón, pero sólo dentro de sus marcos de referencia. Y si un profesor cree en la disciplina, en la formación del carácter o en las materias docentes, eso no significa que él pueda ser llamado visionario, ni ignorante, ni siquiera partidario de Felipe II; incluso él puede ser más inteligente que yo y hasta podría ridiculizarme en un debate público. Sin embargo, bien podríamos coincidir en muchas cosas.

La B.B.C. de Londres trató de fijar una discusión acerca de problemas educacionales entre Sir Brian Horrocks y yo, con la esperanza de que se produjera un acalorado encuentro de opiniones: el díscolo maestro de escuela contra el viejo general; pero no resultó lo que se esperaba. Yo no me preocupé, pues sabía que podía pasarme un par de horas discutiendo tranquilamente sobre cualquier cosa con el gran maestro de Eton, y que lo pasaríamos espléndidamente. Pero por otra parte, creo que se debería evitar el confrontamiento de las personalidades, es decir, que se debería odiar al nazismo, pero no a Hitler, aunque... después de haber oído a Julius Streicher espetar su veneno contra los judíos resulta francamente difícil no odiarle.

Si yo levanto mi voz en contra del sistema educacional, lo hago consciente de que el personal docente está compuesto de hombres y mujeres entregados a una tarea difícil, que requiere la paciencia y el buen trabajo que ellos hacen. Pero como son pocos los que en materia de educación quieren y están trabajando por reformas radicales; y como no existen muchas experiencias al respecto, quizá un día pueda demostrarse que yo estoy equivocado. Mas como aún no nos ha sucedido, preferimos seguir con la bandera bien alta e ilusionarnos pensando que somos los precursores de una Tierra

Prometida. A fin de cuentas, dejar de soñar, es morir.

Se tiene la impresión de que cuando usted habla lo hace con un