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En esencia creo que no. Nunca dudé del sistema de autogobierno, ni del papel predominante que desempeña la libertad en un niño para aprender lo que él desea. Por tanto, puedo asegurar que nunca se me ocurrió moldear el carácter de un niño. Pero esto no me impide reconocer que con el tiempo los niños han variado de un modo indefinible. Hace treinta años, por ejemplo, que yo podía iniciar la cura de un ladronzuelo dándole, cada vez que robaba, unos centavos, pero dudo que este método pueda dar hoy buenos resultados. Los niños del presente padecen una sofisticación muy sutil. Tal vez hayan oído demasiados vocablos psicológicos usados con bastante liberalidad. Quizá también la actual preponderancia de los valores materiales les ha hecho cambiar desorientándolos. La vida era más sencilla hace treinta años. Entonces los niños no recibían juguetes tan costosos; ahora piden más. La vieja muñeca de trapo ha sido sustituida por una muñeca que habla, aunque me regocija saber que las niñas todavía prefieren aquéllas a éstas. El asunto, sin embargo, permanece complicado. El avance de la tecnología ha creado ciertos problemas sociales, siendo uno de ellos el que se puedan hacer muchas cosas con el dinero. En este sentido, es oportuno señalar que cuando yo empezaba a manejar, hace cuarenta años, había la posibilidad de cruzarse con uno o dos coches a lo largo de una milla, mientras que ahora se pueden encontrar dos en diez metros, lo cual es una gran molestia. En aquel tiempo raramente se oía decir que un automóvil había sido robado, en tanto que ahora las pandillas de jóvenes procedentes de nuevos ricos, no sólo roban todos los automóviles que quieren, sino que además usan la violencia para asaltar a la gente. ¿Por qué preocuparse, pues, cuando cualquiera puede vivir como un rey con sólo dejar que el prójimo gane dinero y después asaltarle cuando salga del banco?

No estoy insinuando que tales pandillas mantengan alguna relación con mis pupilos, los cuales están dentro de la ley; estoy tratando de definir el efecto que nuestra sociedad de consumo, la misma que propicia el pandillerismo, produce en la mentalidad de los niños. En cualquier escuela, incluida Summerhill, no es siempre el muchacho pobre el que escamotea los centavos para el encargo que nos hace a alguno de los profesores. Es más bien el muchacho que siente que no es amado en su casa; él hurta amor simbólico; y me imagino que tal vez nuestros jóvenes pandilleros jamás sintieron

Pero no puede ser el dinero la única razón que explique esta nueva sofisticación superficial. Contribuyen a ello muchos factores: dos guerras mundiales han echado por tierra muchos de los viejos tabúes de la hipocresía y del paternalismo. La gente joven se ha enterado de muchas falsedades y amoralidades de sus mayores; se ha dado cuenta de que ha sido engañada, timada. La juventud actual ha adoptado una actitud de desafío más marcada aún que la de la anterior generación. Fue la gente de más edad y no la juventud la que hizo la bomba H. La juventud, por otro lado, está consciente de su impotencia. La mayoría de los manifestantes antibomba son jóvenes; son ellos los que sienten que sus vidas están en manos de la gente de mayor edad: los políticos, los militares, y, en suma, en manos de los ricos y poderosos. Una explicación a la nueva sofisticación bien puede ser que el joven, a causa del miedo y de los acontecimientos, se haya hecho adulto antes de tiempo. La anterior generación aceptaba la adscripción a su status, acogía las directrices de sus padres y los símbolos de estos. Hoy el joven se rebela, aunque de un modo fútil, pues no son otra cosa que meros símbolos su pelo largo, sus chamarras de cuero, los jeans azules y sus motocicletas. Cualquier niño aborrece los libros de la escuela, pero todos los niños saben bien que nada pueden hacer por cambiar el “Sistema”. En esencia, la juventud es aún dócil, sumisa, se siente impotente y repudia las cosas que carecen de importancia: vestidos, hábito, peinados. En cuanto a la religión, la desafía no acudiendo a la iglesia, a no ser por coacción.

Es inútil perorar sobre perversidad en la adolescencia. Homer Lane solía decir que toda mala acción siempre se emprende por un motivo bueno, aunque pervertido. Cualquier adolescente no es más perverso que usted o yo. Ellos se limitan a buscar la alegría de vivir en una época en que tal alegría es ignorada; todo lo que de esta época conocen es música pop, TV, fútbol y prensa sensacionalista. Sus ideales son automóviles veloces, todo lo que significa ostentación; ven cómo se aclama a las estrellas del cine, de la radio, a la música contemporánea y a los cantantes callejeros. Y, naturalmente, la juventud ve en todo eso una sociedad adquisitiva, una sociedad del bienestar, vulgar, barata y cursi; y las escuelas, desinteresadas en la vida post-escolar del alumno se cruzan de brazos. Otro aspecto de suma importancia estriba en que leer viene a ser como una degradación; y si algún lector tiene algo que objetarme, yo le recomendaría que comparase la circulación del “Neow Statesman” o la del “Observer” con la de la prensa sensacionalista del domingo. A la juventud no le interesa nuestra cultura, y

si no, ¿a cuántos jóvenes le son conocidos los nombres de Ibsen, Proust, Strindberg o Dante?

No, no estoy diciendo que esto sea totalmente negativo. Nuestra cultura era estática; absorbía libros e ideas, mientras que la cultura del joven de ahora se orienta a la acción, al movimiento; hasta tal punto, que uno tiene que preguntarse:’ ¿Qué es mejor, sentarse a leer a D. H. Lawrence o ir al baile y estar moviéndose toda la noche? Considero que la afición actual por el movimiento es una compensación por la falta de acción que forjaron las obligaciones patriarcales; afición que no puede ser contenida por el anterior condicionamiento o mutilación psicológica. Sin embargo, nosotros sonreímos escépticos cuando multitud de muchachas chillan histéricamente a la vista de los Beatles, tipos que, en lo físico, no se asemejan al hombre viril. Pero, ¿por qué gritan? Alguien ha escrito recientemente, que esto es una forma de masturbación. Yo pienso que quizá no sea muy ilógico decir que tales gritos actúan como una liberación del aborrecimiento hacia la escuela insulsa, hacia la adecuación del carácter, hacia la supresión de sus propias vidas. En mi opinión, el ritmo es un excelente modo de descargar las emociones. Y, a propósito de este problema, quiero recordar que hace poco un psicoanalista nigeriano, habló en TV de que en su país no existían ni el crimen sexual ni el suicidio. Al preguntarle el porqué de esto, contestó que para los nativos actuaba como liberación la práctica de las danzas tribales. Por tanto, siendo la música pop esencialmente rítmica, todos esos gritones liberan alguna emoción sexual; aunque me imagino que lo hacen de un modo absolutamente inconsciente.

Bueno, creo que no he dado una respuesta satisfactoria acerca de si el robo moderno corresponde a un mecanismo de carácter psicológico. Y no la he dado porque no sé cuál pueda ser, aunque, en realidad, es muy posible que no haya una respuesta única y simple. Pero, no obstante, una respuesta atingente a este problema podría ser que la juventud ha podido darse cuenta de que cualquier tratado de psicología no es más que un amontonamiento de meras palabras. A veces, cuando me pongo algo pesimista, me pregunto si la terapia psicológica está llegando a su fin. Miles de psicoterapeutas efectúan sesiones privadas, destinadas a personas que disponen de tiempo y dinero. Pero si todos los terapeutas del mundo se dedicaran exclusivamente a educar a los padres, diciéndoles todo aquello que no deben hacer a sus niños, seguramente que no habría necesidad de educar a los adultos formados por estos padres. ¿Cuántos psicoanalistas

han dicho esto?: “Corregir a los padres, no da siempre buenos resultados, dedicaré mi trabajo a la profilaxis, empezando con las madres y los niños.” Desgraciadamente creo que muy pocos.

A menudo he oído decir que usted esta en contra del intelectualismo.