Daniel 9
Muchas veces al concluir un trabajo espiritual difícil nos sentimos cansados y deprimidos. Resulta así aun cuando la obra termine en una gran victoria. Esta fue la experiencia de Elías, el ejemplo clásico de un siervo que después de su triunfo sobre los profetas de Baal se sintió exhausto y abatido.
Al final del capítulo 8, Daniel pasaba por lo mismo. Estaba fatigado, enfermo, y asustado, en parte por causa de la lucha espiritual por la que estaba pasando y en parte por el contenido de la visión que había visto. El profeta necesitaba tomar otra dosis de Daniel 1 al 6.
Cuando enfrentamos luchas espirituales, nosotros también tenemos que recordar la manera en que la mano de Dios nos ha sostenido en el pasado para poder hacer frente a cualquier situación actual. Esa es la razón por la que el Señor nos ha dejado las historias de sus siervos que han triunfado en épocas anteriores y que permanecieron fieles a pesar de las aflicciones. Nos recuerda también las ocasiones en que hemos necesitado su ayuda y él ha sido fiel para sostenernos y darnos la victoria.
Así es que Dios dirige de nuevo la atención del profeta al programa futuro de Israel (9–12). Daniel estaba turbado por algunas preguntas importantes. ¿Cómo se relacionaba el terrible programa para las naciones paganas revelado en Daniel 7 y 8 con el plan divino para Israel? ¿Podría éste sobrevivir? ¿Cómo? Los capítulos 9–12 contestan estas preguntas que Daniel se hacía al final del capítulo 8.
En esta última sección del libro, Dios le revela su programa para los judíos durante el tiempo de los gentiles. Obviamente las naciones paganas seguían involucradas, pero la perspectiva es distinta. Ahora su punto de partida es lo que el pueblo de Dios experimentará durante los tiempos venideros. Una vez más, el profeta principia dando un panorama general de los planes divinos para Israel durante todo el período (Daniel 9). Después vuelve a considerar los detalles específicos de los acontecimientos más inmediatos.
LA OCASION DE LA VISION 9:1–3
La situación política 9:1
Ha habido mucha discusión, especialmente de parte de los críticos modernistas, en cuanto a los “errores históricos” del profeta en este libro, y especialmente de este versículo. Dicen que o Daniel estaba confundido en cuanto a la historia, o éste no puede ser el gran Darío, rey del imperio de Persia (522–486 a.C.) porque Daniel debe haber tenido por lo menos 100 o 120 años de edad cuando ese rey gobernó. Además, ese Darío era el padre de Jerjes, quien se identifica en la Biblia como Asuero, y no al contrario. Este Asuero tendría que ser otro.
Es más probable que este Darío, de quien la Palabra de Dios parece indicar que llegó al trono en 539 a.C., fuera otro “Darío”. Ya dijimos que éste era un nombre familiar, que llegó a identificar a toda una dinastía. Podría haber sido tomado en honor de ese famoso rey de los caldeos, por ser el antepasado, o seudo antepasado del que después ascendió al trono del imperio.
Otra evidencia para llegar a esta conclusión es que se le identifica como medo. Este hecho sería mucho más importante al principio de la historia del imperio. Literalmente el profeta afirma que Darío “fue constituido rey” sobre el reino de los caldeos. No dice que se estableció a sí mismo como tal ni que “lo hizo por su voluntad”. Parece que era súbdito de algún otro. Finalmente se debe observar que gobernó en “el reino de los caldeos”, que describiría a Babilonia, y no al reino de Media o Persia. La región que él dominó sería la que antes había pertenecido a Babilonia.
Las observaciones señaladas parecen confirmar que Daniel sabía de qué hablaba; la confusión podría ser nuestra por no haber estudiado bien su documento. Por eso, nos parece mejor confiar en su palabra ya que fue contemporáneo, porque afirma haber conocido a los personajes, y puesto que no conocemos todos los datos relacionados con el caso.
La profecía de Jeremías 9:2
Durante el primer año de Darío (539 a.C.). Daniel estaba leyendo las profecías de los varones de Dios anteriores a él y descubrió que Jeremías había profetizado que el tiempo de cautividad iba a durar setenta años (Jeremías 25:11–12). El escritor se puso a sumar y se dio cuenta de que el fin del período se acercaba. Además, la señal definitiva sería la caída de Babilonia (Jeremías 25:12).
La reacción de Daniel 9:3
Al percatarse de que la cautividad llegaba a su fin, ¿cómo respondió Daniel a esa promesa y por qué? Su respuesta podría describirse como un esfuerzo concentrado de
oración, utilizando todas las estrategias enseñadas en la Biblia para pedir a Dios su intervención y ayuda. Oró de manera intensiva, con ayuno, cilicio y ceniza.
Ninguna de esas estrategias era para manipular a Dios, ni tampoco eran ritos religiosos empleados para demostrar la superioridad espiritual del practicante. La oración era y es, la forma de comunicarse con Dios. Aun cuando él sabe de antemano lo que necesitamos (Mateo 6:32), podemos hablarle, especialmente al tenor de la oración que Jesucristo enseñó a sus discípulos: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). En ese espíritu llegó Daniel ante la presencia de Dios y para expresarle el deseo de su corazón: que el Señor restaurara de nuevo a su pueblo.
Además de la palabra común con que se llama a la oración, se nos cuenta que el siervo presentó una petición específica ante el Señor. No terminó su tiempo de comunión con Dios haciendo una oración general, sino que pidió lo que en verdad anhelaba ver.
El ayuno es una de las prácticas menos entendidas del Antiguo Testamento. Nunca se presenta como un fin en sí mismo. Tampoco es un rito rutinario que se incluía en las devociones y adoración personal a Dios. Este recurso era extraordinario, porque perseguía un fin excepcional.
El pueblo de Dios, o un individuo que confiara en él, ayunaba cuando deseaba desesperadamente que el Señor le concediera algo urgente. Era la expresión intensa de un deseo que dirigía Dios para indicar que quería algo tan profundamente que estaba dispuesto a dejar de comer por dedicarse a pedir a Dios lo que necesitaba. Quería ver su petición contestada más que la comida. Denota una actitud tan decidida y fuerte que la persona determina no comer nada hasta obtener lo requerido.
La última expresión empleada para describir la reacción de Daniel indica que oraba en “cilicio y ceniza”. Así hacían los varones de Dios en el Antiguo Testamento, como un acto de humillación ante el Altísimo. Normalmente se empleaba en tiempos de gran lamento y angustia, cuando se humillaban ante el Señor como expresión de profundo dolor o humildad. Daniel reconoció la gravedad del pecado del pueblo y se humilló delante de Dios para confesarlo y pedir purificación y restauración.
¡PENSEMOS!
Ya que hemos observado el significado de cada una de estas actividades espirituales y sabiendo que existe gran confusión al respecto hoy en día, considere cada actividad en relación con la situación del pueblo de Dios en su comunidad. ¿Cuáles prácticas estarían indicadas? ¿Por qué? ¿Qué debe hacer usted al respecto? LA CONFESION Y ORACION DE DANIEL 9:4–19
En los capítulos finales de este libro profético, la oración toma un lugar preponderante en las actividades de Daniel y su contenido nos revela más en cuanto a sus actitudes y actividades que el hecho de orar o presentar su petición por la restauración del pueblo. Observe con cuidado la esencia de su oración en este pasaje. ¿Cuál era su naturaleza
(9:4–19)? ¿Por qué oró así? Para contestar estas preguntas, tenemos que regresar al último mensaje que Moisés predicó a Israel antes de morir.
En Deuteronomio capítulos 28–30 Moisés confirmó el pacto que el Señor había establecido con su pueblo. El capítulo 28 establece las normas de Dios para bendecir o maldecir al pueblo. Si escuchaban su voz y obedecían sus mandamientos, gozarían las bendiciones, pero si desobedecían, vendría maldición y juicio.
Como predicción del camino que iban a tomar, Dios estableció la manera en que podían su restaurar su comunión con él cuando estuvieran en medio de estos últimos (Deuteronomio 30:1–3). Se les dice que si aconteciera todo lo que se había anunciado y estuvieran en cautividad, el pueblo debería confesar su pecado y volverse a Dios. Entonces él les traería de dondequiera que estuvieran para llevarlos de nuevo a la tierra que les había prometido.
Por eso Daniel empezó a recordar el pacto divino y a confesar el pecado del pueblo (9:4–13). Se daba cuenta de que se acercaba el tiempo anunciado para la restauración. Reconoció que habían sufrido y caído bajo el juicio prometido en Deuteronomio 28, porque no habían obedecido a Dios. Por eso es que seguían bajo el juicio y no habían sido perdonados. Sin embargo, a pesar del castigo divino, no se habían arrepentido, pero si querían volver a gozar las bendiciones prometidas, tenían que confesar su pecado y volver a Jehová (9:13).
Pide a Dios que, por su gracia, los perdone y cumpla los pactos hechos con Israel (9:16–19). Parece que Daniel trata de hacer por su pueblo lo que a éste le tocaba hacer, según Deuteronomio 30. Esperaba obtener para ellos la bendición prometida, no basándose en los méritos de los israelitas, sino en la misericordia divina (9:18).
DANIEL CONFIESA EL PECADO DEL PUEBLO CON EL FIN DE LOGRAR SU RESTAURACION LA RESPUESTA DIVINA A LA ORACION 20–27
La revelación 20–23
¿Cómo respondió Dios a la oración de Daniel (9:20–27)? Envió a Gabriel para decirle que lo había escuchado. Además, le dio una revelación y una promesa. El profeta recibiría una revelación especial del plan de Dios para su pueblo. Esto contestaría en parte la oración de Daniel, pero todavía no se llevaría cabo en su totalidad.
Dios empezaba un plan que comprendería un período de 70 “semanas” que cumpliría tanto con la petición de Daniel como con la promesa divina. No vendría aún la realización total del plan, pero con seguridad se efectuaría.
La revelación de las setenta semanas 9:24–27
La revelación que recibió afirmaba que habría, un período de setenta “semanas” palabra que literalmente quiere decir una agrupación de siete (9:24). Aunque no se nos dice siete qué, la interpretación se refiere al tiempo, al número de años que pasarían hasta su realización literal. Por lo tanto, indican que se refiere a semanas de años.
Al final de este período se cumplirían seis metas principales. Aunque se dividen lógicamente en dos grupos de tres, conforme a las dos venidas de nuestro Señor
Jesucristo, Daniel vio todo en conjunto, y presenta el resultado total del programa de Dios. Tres de estas metas tienen que ver con la redención del pueblo de Dios, mismas que se lograron en la primera venida de Cristo o cuando menos, se hizo la provisión para obtenerlas.
Las otras tres metas tienen que ver con el establecimiento del reino de Cristo. Estas serán logradas hasta su segunda venida. Daniel no pudo ver la distinción entre las dos venidas, sino que lo vio todo como si se tratara de una sola. De modo que su revelación describe como una sola promesa el programa de Dios para Israel desde el tiempo del profeta hasta el establecimiento del reino milenial en la segunda venida de Cristo.
La provisión para quitar el pecado, realizada en la primera venida del Señor, principia con el final de la rebelión de los judíos en contra de Dios. No quiere decir que después de la primera venida Israel ya no se rebelara, sino que el Hijo de Dios, en su primera venida, hizo provisión para eliminar esa rebelión y la violación de la ley.