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el que llegáis a ser alguno." Pero, al tomar conciencia de lo que realmente somos, desaparecerá la conciencia individual, y nos identificaremos con el ser universal. Despojados de toda individualidad, "ya no diréis de vosotros mismos: he aquí lo que yo soy; abandonaréis todo límite para convertiros en el ser universal. Y sin embargo, lo erais ya desde el comienzo, pero erais algo más, y este excedente os pues este excedente no venía del ser porque nada se añade al ser sino del no-ser".

Evidentemente, estos pasajes no son una explica- ción racional sino la expresión de una experiencia. La "verdadera ciencia" de que habla Plotino (VI, 5, no es más que una intuición inmediata de la unidad de los seres. "Al participar en la verdadera ciencia, nosotros somos los seres; no los recibimos en nosotros sino que somos en ellos. Y como otros, lo mismo que nosotros, son seres, todos juntos somos los seres; por consiguiente, todos nosotros no hace- mos sino uno." "No estamos separados del ser, sino que somos en él. Y él no está separado de nosotros; todos los seres no hacen sino uno." (VI, 5,

Esta manera de plantear el problema confiere gran importancia a una noción que pasa casi inad- vertida en los filósofos griegos anteriores a Plotino. Nos referimos a la noción de conciencia y de yo. En efecto, todas las inquietudes de Plotino se refieren al individuo consciente. La cuestión es comprender cómo una individualidad distinta pudo derivarse del ser universal y cómo podrá reabsorberse. El pro- blema de las condiciones de la conciencia individual

EL ORIENTALISMO DE PLOTINO 145 pasa al primer De allí resultan las modifi- caciones que Plotino introduce ya lo adver- tí— en el mito platónico del descendimiento de las almas. Un alma eternamente ligada a la inteligencia o al ser universal reemplaza a aquel ser errante e inconstante que Platón hizo bajar del cielo a la tie- rra. El yo que se aisla en el cuerpo es un reflejo pasajero que en nada altera la universalidad de la esencia del alma.

En síntesis, no es la concepción plotiniana del mundo, sino la naturaleza de los problemas que Plotino se plantea lo que nos obliga a ver en Plotino una forma de pensamiento completamente distinta de la helénica. De ninguna manera dichos proble- mas se vinculan con esa concepción: cuando Plotino nos habla de nuestra propia identidad con el ser universal parece olvidar por completo la sabia arqui- tectura de las hipóstasis. Su concepción de la reali- dad se torna completamente sumaria; no se trata ya de un mundo complicado inteligible cuyos mientos constituyen el modelo del mundo sensible, sino de un ser universal sin distinción alguna. Los tratados cuarto y quinto de la sexta por ejemplo, podrían leerse sin ninguna referencia a la filosofía griega.

Ahora se impone el problema del origen de esas ideas.

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No es respuesta suficiente hablar en términos ge- nerales de la corriente de misticismo que desde dos siglos atrás había penetrado en el mundo greco- romano. El misticismo de Plotino tiene, en efecto, un matiz muy particular que lo distingue profun- damente de las religiones orientales de moda en su tiempo. Pensemos, a pesar del plagio que le acha- caron algunos adversarios, en la impresión de nove- dad y a veces de extrañeza que causaron sus ideas. Por ejemplo, contra el neoplatonismo corriente de su época de Apuleyo o de Albino que, entre el alma y el supremo instalaba un innumerable ejército de dioses y Plotino afirmaba: "Buscad a Dios confiadamente; no está lejos, y vos- otros llegaréis; los intermediarios no son numerosos. Basta con tomar en el alma que es divina la parte más divina." (V, 1,

Puedo generalizar esta observación. De un modo general, el sistema de Plotino se distingue de todos los sistemas filosóficos y de todas las religiones de su época por la ausencia casi completa de la idea de un mediador o de un salvador destinado a rela- cionar al hombre con Dios. "El don intelectual vierte— no es como un regalo que se transporta." Es el alma misma que, en su progreso, deviene Inte- ligencia y, llegada al fin del viaje, ya no separa- da de lo Uno. Los seres divinos hacia los que as- pira no tienen la más mínima voluntad, espontánea o reflexiva, de atraerla hasta ellos. A Plotino le es

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extraña la idea de la salvación que supone un me- diador enviado por Dios al

Esta peculiaridad distingue radicalmente la reli- giosidad de Plotino de la de un pensador con el que se lo quiso relacionar, Filón de Alejandría. Poco importan aquí las numerosas semejanzas de detalles que se pueden descubrir entre sus obras. La idea dominante en la doctrina de Filón es la de un Logos, de un Verbo salvador cuya misión dirigir al hom- bre en sus esfuerzos hacia el bien. A esta idea co- rresponde una devoción hecha de efusiones líricas, de plegarias, de acciones de gracia, que sin cesar pone de relieve la nada del hombre librado a sus propias fuerzas.

Nada de parecido en Plotino. La piedad, en el sentido habitual de la palabra, está casi ausente. La plegaria, que apenas aparece en algunos textos aislados, aunque es frecuente no sólo en el judaísmo alejandrino sino también en los últimos filósofos ganos, se reduce, ya a una concentración interior del alma que busca su propia esencia, ya a una fórmula mágica que produce necesariamente su efecto, no porque los dioses así lo quieran, sino en virtud de la

Estas páginas fueron escritas antes de la excelente publicación de los Hermética por Scott, Oxford, 3 Esta edición y los comentarios que la acompañan dan por primera vez una idea del movimiento religioso de donde procede esa multitud de pequeños tratados anónimos que en su mayoría datan de los tiempos de Saccas y de Plotino. Si bien, como lo hace notar el editor, no hay una perfecta unidad de doctrina en todos los tratados, sor- prende encontrar en ellos el mismo carácter que aleja a Plotino de todas las religiones de salvación, a saber, la unión con Dios por la simple contemplación o intuición y la ausencia de todo mediador.

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simpatía que abraza por entero a todas las partes del mundo. (IV, 4, 30 Pero la plegaria jamás tiene un acento personal: jamás expresa una relación íntima del alma con una persona superior.

Cuando ciertos Jámbli- co o el Apóstata, quisieron injertar en el neo- platonismo una religión para oponerla al cristianis- mo, o bien fueron infieles al pensamiento del maes- tro, o bien fracasaron completamente. Juliano el Apóstata, por ejemplo, era un iniciado en los miste- rios de Mitra, y, a fin de propagar el culto del Sol salvador, quiso sustituir a Cristo por otro

Con el nombre de Jámblico se vincula el desenvol- vimiento de prácticas mágicas que poco a poco lle- garon a ocupar un lugar importante en el neoplato- nismo decadente, como lo atestigua por ejemplo la Vida de Isidoro escrita por Damascio. El neoplato- nismo de Plotino distingue, pues, de los restantes movimientos religiosos de la época por su incapaci- dad para dar nacimiento a una verdadera comunidad religiosa, no obstante las veleidades de algunos de sus partidarios.

Cuando Plotino frecuentaba a Ammonio, "tomó tal gusto por la filosofía que quiso conocer directa- mente la filosofía practicada entre los persas y la que estaba en boga entre los Con esa intención acompañó al ejército del emperador Gor- diano en su expedición contra los persas. La expe- dición fracasó, por lo demás, y Plotino se salvó con gran dificultad.

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