Determinants and Geography of Mispricing in Emerging Markets
V. Appendix A to Chapter 4 Appendix A
Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre la tierra. Gabriela Mistral
Lo que vuelve a sorprender y a alegrar a todo arqueólogo, es la demostración tácita de que las excavaciones demuestran siempre de nuevo, que los pueblos primitivos tenían una profunda satisfacción en la ornamentación de sus utensilios caseros y de sus armas. Schliemann, el famoso descubridor y excavador de Troya, encontró antiquísimos
utensilios de hueso dentro de una fuente de bronce procedente de la Atlántide . Estos
utensilios de hueso estaban cubiertos de complicados ornamentos, lo que me refuerza en mi opinión de que los pueblos, por antiguos que hayan sido, y por muy alejados que se encuentren de nosotros por el intenso tiempo transcurrido, siempre sintieron el ansia por la belleza, ansia que se traducía en el afán de rodearse de objetos que, según su criterio, eran bellos, pero no solamente bellos, sino que ante todo prácticos. Existe una creencia, que es la que, para que una cosa sea bella, ella debe ser a la vez práctica y viceversa. Los pueblos primitivos parecen haber reconocido esta verdad hace muchísimos miles de años (ver ilustración N9 34).
Los seres humanos prediluviales gozaban de cierto sentido de la belleza, que, creo, es innato en el género humano, cuando éste llega a cierto nivel de refinamiento.
Al estudiar antiguos monumentos, cerámicas y artículos manufacturados de los primeros tiempos históricos, he podido constatar con creciente asombro, que hay ornamentos que literalmente han dado la vuelta al mundo. ¿Cómo es posible que esto haya sucedido?
IX.Atlantis, Wencker-Wildberg, Borngraeber Verlag, Leipzig, 1924, p. Wi.
1Edda, Ed. Reclam, Leipzig, 1944, Voliispa, p. 19.
Los meandros griegos están incorporados al arte primitivo de China, de Grecia, de México, de los Chimú en las costas del Perú, e inclusive de los araucanos. La
demostración más elocuente de esta aseveración va en las ilustraciones 23, 24 y 25 y en otras posteriores que se mencionarán a su debido tiempo.
La ilustración N9 30 muestra un meandro griego sencillo, como se encuentra en los capiteles de las columnas griegas de templos y edificios antiquísimos. La ilustración N9 26 muestra el jarrón chino anteriormente mencionado con su dragón, que circunda la parte del cuello del mismo, el cual va ornamentado con meandros que generalmente han sido llamados “griegos”. La ilustración N9 31 muestra un monumento de piedra de Teotihuacán, México, en el cual el Dios de piedra va sentado ante un meandro sencillo, parecido al que aparece en la ilustración 25, en una fuentecilla para ofrendas procedente de China. El número 32 representa la ilustración que lleva un objeto de cerámica
encontrado en una tumba Chimú en la costa del Perú.
La ilustración N9 39 muestra el portón o puerta del sol de Tiahuanaco con su calendario, el cual será comentado en un próximo capítulo. La figura central de este calendario, que representa al Dios Sol, lleva alrededor de la cara del Dios, un meandro de los llamados griegos. Deseo mencionar que la puerta del sol es considerada como monumento muy antiguo, ya que se le atribuyen alrededor de 11.500 años de edad2 como monumento astronómico levantado después del último diluvio, según se supone, por el ciclo anual de sólo 290 días que indicarían los signos tallados. Sin embargo, muestras de Carbono 14 recogidas por el arqueólogo boliviano Carlos Ponce Sanginés y examinadas en los Laboratorios de las Universidades de Pensilvania (1958); de Gakuschiun de Tokio, de
Michigan (1958 y 1960) y también en los Laboratorios del Servicio Geológico de Alemania Occidental, dan para las muestras recogidas en el patio interior de Kalassasaya la fecha de 600 años A. C.
Los escépticos dirán que seguramente los seres humanos tienen la tendencia a igualar sus ornamentos, aunque jamás hayan estado en contacto entre sí. Pero yo afirmo que en este caso no se podría asegurar tal cosa, ya que este ornamento tiene un significado idéntico en todos los casos._ se encuentre en Asia, Asia Menor, Europa, Africa o América. El meandro griego significa “cielo”. Primitivamente fue un
dibujo que simbolizaba truenos, relámpagos y rayos, tal vez nubes. Posteriomente fue un símbolo religioso que se identificaba con el concepto de residencia de los dioses. Esto le da un sentido muy especial a este ornamento, y un valor extraordinario como medio para investigar relaciones culturales entre los pueblos.
Por consiguiente, este ornamento debe ser considerado como el símbolo del poder divino y que se encuentra, como ya he establecido, en forma idéntica en pueblos y tribus alrededor de todo el mundo.
Digna de mención especial es la ilustración N9 32, tomada de un utensilio de cerámica chimú, pues representa un templo dedicado, según parece, a la Diosa de la fecundidad. Lo divino está indicado en forma realmente convincente por los meandros y al mismo tiempo por las cruces que aparecen sobre el techo del templo. Ello demuestra, en forma fehaciente, de que los indios americanos adoraban la cruz mucho antes de que llegaran los españoles. Los chimú tenían la costumbre de embalsamar a sus muertos,
cubriéndolos con paños tejidos con figuras simbólicas y rodeándolos de objetos de valor que pudieran servirles en su vida futura y en el viaje al más allá. Esto tuvo como
consecuencia que los arqueólogos supieran de la existencia de ese pueblo misterioso, que fue diezmado por los incas, debido a que no quiso aceptar su tutela. A pesar de que las tumbas habían sido saqueadas en gran parte por los conquistadores, la investigación de los últimos años ha podido salvar verdaderos tesoros de arte, como joyas de oro con piedras preciosas engastadas que difícilmente pueden ser superadas por la joyería actual. La costumbre de los chimú, como de muchos otros pueblos americanos, de incluir en las tumbas las pertenencias de los muertos, a igual que entre los egipcios y los chinos, hace pensar en que antes del diluvio puede haber existido una religión universal que
acostumbraba estos ritos funerarios.
El meandro seguramente fue una especie de símbolo que ha sido difundido con todos los demás ritos y costumbres religiosas, por las tribus y los pueblos que vagaban alre- dedor de nuestro planeta, siempre en busca de una vida mejor. Este símbolo es
realmente artístico y demanda para su dibujo y su grabación una mano hábil, excelentes herramientas y métodos de medición.
¿Cómo habrá sido la reproducción primitiva de un meandro? Como en todas las demás ramas del saber y del desarrollo humano, tiene que haber habido un signo anterior, más burdo y más sencillo. Probablemente al principio
1Según el astrónomo alemán de Potsdam Rolf Mueller y el ingeniero Kurt Bilau,
en la publicación Die Offenbarungen Joiiannis, 1935, Verlag Luken y Luken, pp. 42 y 43.
se dibujaban solamente las nubes, para añadir más tarde los rayos. Al amalgamar estos dos elementos en un diseño nuevo, pueden haber resultado los meandros.
Convencido de que muchos mensajes de la prehistoria se esconden en los antiquísimos símbolos que por costumbres los pueblos han vuelto a emplear siempre de nuevo sobre sus alfombras y tapices, he dedicado parte de mis estudios a la observación de dichos implementos que indudablemente son una demostración del interés de nuestros antepasados por rodearse de comodidades y de objetos de alegres y múltiples colores. Los tapices primitivamente deben de haber servido, por lo general, para fines rituales, como aún se ve hoy entre los fieles musulmanes que, arrodillados e inclinados sobre su pequeña alfombra, rezan a su dios.
Basado sobre esta convicción he analizado los diversos símbolos que aparecen en los más variados tapices. Muchos de éstos son difíciles de comprender, pero otros dan a entender aproximadamente lo que el primitivo artista tejedor deseaba decir, el mensaje que debía dejarse a la posteridad.
En una alfombra, que indudablemente es copia de una anterior, y tal vez de centenares anteriores, perdiendo tal vez uno que otro detalle, encontré varios símbolos que son dignos de estudio y de madura reflexión. Al centro va un campo lleno de flores. El marco alrededor es de otro color y lleva flores, pero en pequeña cantidad. En dos esquinas encontradas se encuentran tres símbolos (ilustración 6-A). El de la izquierda abajo es una cruz que seguramente indica los cuatro puntos cardinales. Al lado hay un símbolo de un rectángulo dividido en 4 campos y el tercer símbolo es una cruz swástica tosca, pero inconfundible. A mi juicio, la cruz swástica no es otra cosa que el símbolo de la destrucción: el símbolo de que los puntos cardinales variaron en un cierto número de grados. El brazo que sale de los cuatro extremos de la cruz, indica claramente que
los plintos cardinales cambiaron de posición en forma tan apreciable, que los hombres
sabios de aquellos tiempos calcularon esa variación en forma aproximativa, dejándola establecida en el largo de los brazos de la cruz gamada, como una advertencia para las generaciones venideras.
Las alfombras seguramente se colocaban en los templos, en los sitios de adoración a los dioses, ya que en aquellos tiempos seguramente se adoraban muchos dioses. Entonces, lo lógico es que en caso de traslado de la tribu, el primer afán estaba en salvar o llevar consigo a sus ídolos junto
con los implementos que se consideraban indispensables para las ceremonias religiosas. En la mayoría de las alfombras que son de origen persa, árabe, y en general de los pueblos de Oriente, la estilización de las figuras es tan exagerada que muchos detalles habría de adivinarlos. Pero, por lo general, abundan los signos que claramente indican flores, animales, copas o fuentes de ofrendas, etc. Muchas veces, en el centro llevan una especie de medallón que probablemente represente algún acontecimiento antiquísimo. En otra alfombra encontré como centro una figura que termina a ambos lados en unas cornamentas. No sería exagerado pensar que esta figura representa a los toros
celestiales, o sea, a los míticos toros alados, de los cuales quedan tantas reminiscencias en el pasado de los pueblos mediterráneos y africanos (ver capítulo Los Dragones
Celestiales).
Si los choapinos y las lamas araucanas llevan mensajes en sus originales símbolos, para descubrirlos habría que reunir los mismos en su totalidad y tratar de descifrarlos con ayuda de los caciques más ancianos, que probablemente conozcan el significado de uno u otro símbolo. Bonito problema para algún aficionado a esta clase de estudios, tan valiosos para desentrañar los enigmas del pasado de nuestra raza araucana, raza llena de
virtudes y de particularidades, que sería digna de preferente atención, ya que sabemos muy poco de ella.
En otros países americanos se ha dado importancia a la conservación de los idiomas autóctonos, como también a la de las costumbres típicas, de la vestimenta y de las fiestas indígenas las que son una poderosa atracción turística. Deberíamos hacer algo por conservar intacto todo aquello que signifique un acervo tanto cultural como sen- timental para nuestro pueblo. No bastan los magníficos museos históricos y
antropológicos. Habría que proteger también los monumentos primitivos que tanto abundan en nuestro país, tanto en la parte continental como también en la isla Rapa Nui. Habría que formar un mapa arqueológico con indicación precisa de los sitios dignos de estudio, y proteger a los mismos en contra del saqueo por parte de los aficionados que, por lo general, están llenos de entusiasmo por descubrir vestigios de civilizaciones anteriores, pero que se adueñan sólo de las piezas arqueológicas valiosas, despreciando todo estudio científico relacionado con la posición de las momias o cuerpos
encontrados, forma de sepultación, estudio de las capas del suelo, etc. Las piezas arqueológicas de valor deberían ingresar a museos, o por lo menos, ser conocidas y encontrarse a disposición de los especialistas para su estudio.
Tal vez podría conseguirse que los propietarios de piezas arqueológicas desconocidas para los científicos chilenos, aceptaran participar con ellas en una exposición especial, entendiéndose que las mismas les serían devueltas a su término. Seguramente
aparecerían valiosas contribuciones al conocimiento de la prehistoria de nuestro país.
QUINTO CAPITULO