Se esforzarán además en disciplinarse recíprocamente según las exigencias psicológicas que hacen posible y viva la intimidad. Entre ellas, la primera es la sinceridad. Querer fran-
quearse con el otro. Esto puede ser mucho más difícil de lo que se cree o de lo que parece.
Porque cada uno de nosotros quiere guardar ocultos los secretos de su corazón. Accede gus- toso a hablar de esto o de aquello, siempre que no se trate más que de cosas secundarias y externas. Pera descubrir el propio yo para dejar ver lo que se agita en el interior del mismo, es algo que cuesta. Inconscientemente nos negamos a abrirnos. Se encubre esta negativa tras numerosos pretextos, se encuentran mil y una razones de guardar para sí mismo el cur- so de sus pensamientos; en realidad lo que uno quiere es sustraerse al juicio ajeno. Hay, a este respecto, un reflejo defensiva que cada cual experimenta a la manera de la tortuga que esconde la cabeza dentro de su concha no bien se siente amenazada.
Los novios no deben «esconder la cabeza». Por el contrario, deben franquearse mutua- mente, lo más posible, dentro de, claro está, los límites de una sana decencia. No se debe in- currir en el exceso contrario y llegar a un exhibicionismo tan inútil como fuera de lugar, que les llevaría a detallar todas sus sandeces pasadas. Se trata de revelar al otro el pensamiento propio; de definir ante él esas grandes orientaciones por las cuales un ser se diferencia de cualquier otro, y conforme a las cuales efectúa su elección en la vida. Todas las almas se pa- recen, en cierto modo, pero todas son también diferentes. Estos elementos diferenciales son los que hay que poner al descubierto a fin de que los novios puedan orientarse con respecta a su futuro cónyuge.
Por tanto, hay que hacer un esfuerzo para entregarse. Desatar esos lazos del individua- lismo. «Traducirse» al otro, nos atreveríamos a decir aquí, porque el lenguaje del alma es pe- culiar de cada cual; nadie tiene acceso a ese misterio, como no sea introducido en él. Por todo cuanto hemos dicho podemos ver hasta qué punto el amor está basado en la comunidad de pensamiento. Ahora bien, ésta no existirá sino en la medida en que los novios muestren una voluntad, decidida y eficaz, de realizarla. Desde la época de las relaciones, hay que aplicarse a ello con energía, porque si la unión interior no se inicia ya en ese período, no será nunca posible después. Por lo menos así lo revela la experiencia, que nos muestra a tantas parejas separadas por el muro impenetrable del individualismo.
Habrá que añadir a la sinceridad un gran afán de lealtad. Porque no se debe intentar presentar una imagen favorable de sí, cuando ésta no corresponde a la realidad. A este res- pecto ¿no es también una tendencia espontánea de nuestra naturaleza la de mostrarnos tan sólo bajo el aspecto más halagador? Con los extraños, no hay nada anormal en ello. Nadie está obligado a ser totalmente sincero con el primer venido. Pero cuando se trata del futuro
cónyuge, éste tiene derecho a saber a qué ser va a ligar su existencia. No vivirá el día de mañana con una persona idealizada; se encontrará con un ser que oscilará, como toda cria- tura humana, entre perfecciones e imperfecciones, cualidades y defectos, virtudes y vicias. Por lo cual, es preciso guardarse de disimular. No podría haber mayor mezquindad, ni ma- yor estupidez, que la de no mostrar más que el lado favorable de uno mismo. Evidentemen- te, el futuro esposo o la futura esposa podrían quedar decepcionados, lo cual es como decir que sería de temer una crisis conyugal tanto más profunda cuanto más se hubiera disimula- do.
Nunca se insistirá bastante sobre esta lealtad que deben mostrar los novios, recíproca- mente. Todas sus relaciones deben estar impregnadas de ella, a fin de que su amor pueda conseguir así la solidez que necesitará para subsistir a lo largo de los años. La franqueza de
alma con la más total lealtad será, pues, el medio por excelencia de evitar, el uno y el otro,
las ilusiones pueriles. Con esta actitud, el amor encontrará realmente su fuerza y sólo con ella impedirá que se destruya, en breve plazo, contra los primeros obstáculos que surjan. Unas relaciones que no estuvieran animadas por este espíritu no serían más que una diver- sión tonta. Los novios que no quieran hacer de payasos y reducir su matrimonio a una triste bufonada, deberán, pues, seguir esta regla con todo rigor, a lo largo de esos meses durante los cuales se preparan para casarse.
Pero para practicar esa fórmula, tendrán que tener una gran humildad. Esta ocupa un lugar en el amor, como en todas partes, por lo demás; por haberla olvidado, muchos han acabado por no amarse ya. Porque no puede haber amor duradero sin sinceridad, como aca- bamos de observar. Ahora bien, toda sinceridad es radicalmente imposible sin humildad.
El peligro, en la vida conyugal, está siempre en alzarse el uno contra el otro, encerrán- dose cada cual dentro de sí. En la mayoría de los casos, semejante actitud proviene de un orgullo demasiado vivo que no se ha aprendido a dominar durante las relaciones. Cuando los primeros lazos del amor han ligado a un joven y una muchacha con la suficiente fuerza para que piensen en entregarse por entero y de un modo definitivo el uno al otro, deben aceptar manifestarse según la más estricta verdad, sin intentar hacer creer —aunque sea sin mali- cia— que son personas superiores. Tener la humildad de reconocerse tal como es uno, ni más ni menos, y presentarse al otro sin falsa riqueza, sin falso esplendor, sin ese brillo de bondad con el que cada cual procura adornarse sin saberlo. Es ésta una condición necesaria para la futura armonía de la pareja y para la verdad del amor. Sin esto, se corre el riesgo de sustituirse por un personaje inexistente; y cuando llegue la hora decisiva de la vida en común, que suprime todas las apariencias reduciendo cada cual a su verdadera estatura, se verá que el otro descubre poco a poco el error. Y desde ese memento, el amor no puede ya vi- vir, ni la unión subsistir.
Las relaciones deben desarrollarse ante todo en la verdad, y la verdad no será posible sin humildad, una humildad nacida del amor mismo y basada en el respeto mutuo con que deben tratarse los novios. Porque es necesario un inmenso respeto al otro para confesarle que uno no es más… que lo que es… y que él habrá de acomodarse a esta pobreza durante toda su existencia. Tiene uno entonces todas las probabilidades de que esta pobreza misma tome el aspecto de una gran riqueza, iluminada como estará por el amor, la verdad, la humildad. De este modo se habrá colocado la piedra angular de un matrimonio que tendrá todas las garantías posibles de duración, al haber sido preparado por unas relaciones verda- deramente serias.
CÓMO TRATARSE DURANTE LAS RELACIONES 101