Review of the Literature
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Para emitir, en este sentido, un juicio sano y verdadero, hay que procurar no crear un clima ficticio. La artificialidad es uno de los peligros más temibles. Es exponerse a un error de juicio establecer un ritmo de frecuentación que sustraiga al novio o a la novia de su medio propio. Los hay que se ven así: van en coche, se detienen un momento en el hogar —apenas el tiempo de saludar a los padres— recogen a la muchacha y vuelven a partir en seguida hacia otro objetivo: cine, club, montaña. Ambos se separan entonces del medio normal y se crea un ambiente en el cual pierden contacto con la realidad. El peligro de este modo de pro- ceder estriba en condenar a los novios a vivir en la ilusión. Pasados unos meses, cuando en- tren en la vida en común, no vivirán en el cine, ni tampoco en el club nocturno, ni en la mon- taña. Vivirán en un hogar muy sencillo, la mujer desplegando sus dotes de ama de casa, el hombre aportando allí su buen sentido y su amor al hogar. Si es así el cuadro normal de evo-
CÓMO TRATARSE DURANTE LAS RELACIONES 95
lución de la pareja casada, así debe ser también el cuadro normal de las relaciones. Estas, deben, por consiguiente, hacerse en el hogar mismo.
En el hogar de la muchacha, primero. El novio podrá observar allí a su futura esposa en su papel por anticipado. Lo que sea ella en su casa, lo será en su futuro hogar. Si él la en- cuentra por entonces agria, sin interés, torpe, desdeñosa ante los trabajos hogareños, soña- dora, siempre en acecho una reivindicación o de una protesta, así será el día de mañana. Si por el contrario la encuentra valiente, activa y hábil en los trabajos caseros, llena de anima- ción y de buen humor, si la encuentra capaz de vivir en su casa alegre y serena, así será ella mañana en su propio hogar.
Y esto se aplica en los dos sentidos. El joven debe, a su vez, permitir a la muchacha que le vea evolucionar en su medio familiar. Si, observándole, le ve ella desaliñado e indolente, violento y grosero, impaciente y exigente, sabrá que él será así cuando vivan juntos. De igual modo si le ve amable con sus padres, lleno de delicadeza y de solicitud con su madre, cordial con sus hermanas, afable con todos los suyos, puede ella estar segura de que será así el día de mañana.
Esta regla es importante, porque siguiéndola se podrá levantar el telón de las actitudes artificiales y bosquejar, tras la fachada de las atenciones, toda la red de costumbres que ca- racterizan una personalidad. No es, en verdad, frecuentando los cines dos o tres veces por semana, agazapándose en la oscuridad para entregarse a unos sueños, la mayoría de las ve- ces estúpidos y ridículos sugeridos por la pantalla, como se prepara uno a entrar en la vida en común. Es viendo cómo evoluciona el otro en la vida real, observándole cuando se despoja de toda cohibición y se desenvuelve con plena naturalidad, mostrándose espontáneamente bajo su verdadero aspecto, como se prepara el futuro.
Importa también saber cómo es juzgado el otro por quienes le rodean. Desde hace años los padres, hermanos, hermanas viven juntos; han tenido ocasión de estudiar las constantes más hondas de la personalidad del hijo o de la hija. Escuchando discretamente, el novio podrá descubrir lo que es su novia a través del juicio, por lo general bastante justo, que sus íntimos forman de ella; y recíprocamente.
Captar así, a lo vivo, el comportamiento del otro es de primerísima necesidad, porque no hay nada más revelador que esta experiencia. Tanto más cuanto que permitirá al mismo tiempo saber en qué medio familiar el futuro cónyuge ha llegado a ser lo que es. Los recien- tes adelantos de la psicología y de la psiquiatría han subrayado suficientemente el aspecto decisivo de la influencia familiar sobre la constitución de la personalidad para que se sepa que volviendo a situar los novios en su medio habitual, se les une a su origen mismo. Por eso resulta prácticamente imposible no ser uno mismo cuando retorna a su casa. Los desdobla- mientos se hacen difíciles cuando hay que mantenerlos ante aquellos a quienes se les debe el ser como uno es, y con quienes se vive a diario.
Con miras a una comprensión profunda del otro, este conocimiento del medio familiar y de las reacciones que suscita, no puede ser más importante. Allí se sabrá por qué el joven ha evolucionado en un sentido más que en otro, por qué la muchacha se ha hecho esto en vez de aquello; allí se descubrirá el camino seguido por cada uno en la elaboración de su personali- dad, y al mismo tiempo, se sabrá lo que debe decirse y lo que no debe decirse, lo que convie- ne hacer y lo que es preferible no hacer, las actitudes susceptibles de ayudar o de perjudicar la expansión del otro. Sin contar, además, que así se establecerá contacto con los futuros pa-
dres políticos. Sería superfluo insistir sobre la importancia de las relaciones entre jóvenes esposos y suegros. Las dificultades tan célebres que oponen a menudo unos a otros, no son solamente tema para fáciles bromas. Son, por desgracia, una realidad. «Quien se casa ad-
quiere una familia». Ciertamente, no hay que exagerar, haciendo creer que con el marido o
con la mujer, se casa uno con toda la familia. No se casa uno con ésta, pero pasa a ser parte integrante de ella. Lo cual supone que se ha aprendido también a conocerla y a adaptarse a ella.
Tal adaptación no se realizará por el simple hecho del matrimonio. Este instituye de de-
recho al nuevo cónyuge miembro de la familia del otro. Queda la cuestión de hecho que es,
sin duda, la más importante. Con arreglo a las circunstancias concretas que rodean tal acon- tecimiento, el cónyuge ¿aceptará que esa familia sea ahora la suya? Por otro lado, la familia ¿va a dispensar una acogida cordial al recién llegado o va a cerrarse a él? A fin de responder a esta pregunta se debe frecuentar el medio familiar lo más posible. Cada cual deberá en- tonces esforzarse para no dejarse dominar por unos prejuicios antipáticos. No se trata de conceder un diploma de alta perfección a la familia del otro, pero aquí también (¡siempre se vuelve a lo mismo!) se trata de comprender, para poder, luego, amar. Porque bajo pena de dejar infiltrarse entre ellos un veneno que, no por estar disimulado y por pasar desapercibi- do, será menos nefasto, los jóvenes esposos tienen el deber de querer a sus padres políticos. Ahora bien, ¿cómo llegar a quererlos sin aprender a conocerlos? ¡Cuántos conflictos se evi- tarían si, desde el período del noviazgo, supieran, tanto el joven como la muchacha, percibir claramente esta dificultad y prevenirla! Pueden existir circunstancias que separen a los es- posos de su familia política, pero si esto se produce —y es caso excepcional— que se sepa al menos desde el período de las relaciones, a fin de evitar, después, dar pasos en falso que comprometerían el equilibrio del hogar.
Será, pues, el afán de adherirse a la vida concreta sin dejarse llevar sobre las alas siem- pre peligrosas del idealismo, lo que obligará a frecuentar, primeramente y ante todo, el me- dio familiar.