Lizzie no lo lamentaba exactamente, pero quedó un poco frustrada cuando entraron por la puerta del exclusivo club marítimo y residencial de Miami, situado en el canal interior. Jack no había dicho gran cosa durante el viaje de unos veinte minutos, solo que había estado ocupado durante las últimas semanas visitando sus hoteles en todo el mundo. Lizzie pensó con sarcasmo que realmente era un trabajo duro. Lo más destacable que le había sucedido a ella en las últimas semanas eran los reflejos que había puesto en multitud de cabezas.
Y lo que era aún más exasperante era que Jack no le había contado por qué habían ido hasta allí. Y lo más importante, no le había dicho que la hubiera echado de menos.
Metieron el coche en el aparcamiento y Jack apagó el contacto del Mercedes. —Ya hemos llegado.
—Bien. ¿Y qué es lo que querías enseñarme?
Sin importarle la chaqueta que llevaba se subió las mangas, pero aun así parecía incómodo.
—Tengo que darte algo antes de que salgamos. —De acuerdo.
Metió la mano en el bolsillo, sacó una caja de terciopelo color burdeos y se la dio a Lizzie.
El corazón de Lizzie comenzó a latir lleno de alegría hasta que abrió la caja. Sus sentimientos eran una maraña de alegría y decepción al mirar la cadena que había dentro, su cadena, la que pensaba que había perdido para siempre. Aunque estaba encantada de recuperarla, por un momento, un breve y loco instante, había imaginado que la caja contenía un anillo. Un anillo de compromiso. ¿Cómo habría sido tan estúpida?
Tratando de simular entusiasmo, Lizzie sonrió mientras tomaba la cadena entre sus dedos.
—Oh, Jack. No puedo creerlo. ¿Dónde la has encontrado?
—En realidad, los contrabandistas la encontraron en la cubierta. Olvidé decírtelo con todo el caos del momento. La policía la confiscó y me la devolvió hace unos días al hotel. Así es que decidí venir en persona a dártela.
—Me alegra mucho haberla recuperado.
Y era verdad. Había echado mucho de menos sus amuletos de la suerte y los buenos recuerdos de sus padres que siempre habían llevado consigo. Se puso entonces la cadena alrededor del cuello.
Lizzie obedeció y se levantó el pelo para que Jack viera mejor. Sus manos le rozaron la nuca mientras ajustaban el broche y Lizzie sintió un escalofrío, pero tenía que reconocer que aquello había sido un gesto de cortesía, nada más.
Tras el breve roce, Lizzie volvió a la posición anterior en el asiento y trató de recuperar su autocontrol.
—¿Y qué era eso que querías enseñarme? ¿Mi cadena? —Si fuera así, no habría conducido hasta aquí.
Jack salió y rodeó el coche hasta llegar a la puerta del copiloto y la abrió para que Lizzie saliera. Ella aceptó la mano que él le ofrecía y sintió una especie de sacudida al notar el tacto de su mano callosa y una gran sorpresa cuando vio que no la dejaba ir. Se dio cuenta entonces de lo mucho que había echado de menos tocarlo, lo mucho que lo había echado de menos a todo él. Pero no podía perder la cabeza porque estuvieran de la mano. Lo más probable fuera que Jack temiera que pudiera resbalar y caer teniendo en cuenta su torpeza llevando tacones, aunque fueran bajos.
Jack condujo a Lizzie a paso rápido más allá de las lujosas casas junto al mar y llegaron al paseo marítimo entarimado. Caminar a paso ligero no era una de las actividades favoritas de Lizzie ni siquiera cuando no le dolían los pies. Quería decirle que fueran más despacio antes de gritar de dolor mientras caminaban entre montones de yates amarrados de dos en dos. Giraron a la izquierda al final del muelle en forma de L y caminaron unos metros más hasta que Jack se detuvo en seco delante de un yate de tres plantas amarrado.
Un yate monstruoso, de al menos veinticinco metros de largo, que casi podría describirse como un mini crucero.
Jack soltó entonces la mano de Lizzie, para decepción de esta, y la miró. —¿Y bien?
—¿Y bien qué? —¿Te gusta?
Lizzie examinó el enorme barco reluciente a la luz de sol.
—¿Que si me gusta? Es maravilloso. Un hotel flotante. ¿De quién es?
—Mío —dijo con una sonrisa—. Lo he comprado esta mañana. Una decisión espontánea.
—¿Lo has comprado así sin más?
—Sí. El vendedor me llamó esta mañana y me lo dijo. Hecho a medida. Es el mejor crucero que se puede comprar con dinero.
De acuerdo. Ya lo sabía. Había ido a Miami para comprar un extravagante barco y ya que estaba en la ciudad había decidido devolverle la cadena en persona. La decepción de Lizzie iba en aumento.
—No, no tiene. Completamente motorizado y provisto de toda serie de comodidades. Espera a ver el interior.
Lizzie no quería ver el interior. No quería enamorarse del barco ni del capitán, para descubrir que los dos estaban fuera de su alcance. Hoy aquí, mañana no.
Pero Jack estaba decidido a enseñárselo tanto si quería como si no. Tomándola de la mano otra vez, la condujo hacia la entrada de la popa y desde allí hacia la puerta que comunicaba con la cubierta principal. Entraron en un salón enorme, todo elegancia y refinamiento, desde el sofá blanco hasta los armarios de madera de teca de la cocina circular. Unos enormes ventanales conferían al salón un aire de libertad. Los colores del caribe, coral y lima, daban el toque exótico. Y cómo no enamorarse de la televisión con pantalla plana suspendida de la pared frente al sofá.
Jack caminó por el salón mientras Lizzie paseaba tocando el carísimo mobiliario con incredulidad. No podía ni imaginar el precio astronómico de esa casa con forma de barco. Ni siquiera quería imaginárselo.
—¿Adonde lleva esta escalera? ¿A la luna? —preguntó señalando la escalera que subía al piso superior.
—Al puente de mando. Tiene una cubierta específicamente diseñada para tomar el sol, con o sin ropa.
La voz profunda de Jack incitaba a Lizzie, pero no lo suficiente como para bajar la guardia y que su resistencia se viniera abajo.
—Genial. Supongo que al pobre Hannah le ha quitado el sitio un modelo más moderno.
—Todavía lo tengo, pero este es mucho más grande y ofrece mayor protección contra los elementos —dijo Jack indicando hacia otra escalera que llevaba hacia abajo—. Abajo hay un camarote para visitas con dos camas pequeñas y una grande. Tres en total. En general hay mucho sitio para...
—¿Una reunión de la alta sociedad? —Para una familia.
—Muy impresionante, Jack. Me alegro por ti y por tu nuevo juguete. Ya sabes lo que dicen de los hombres y sus juguetes.
—No lo he comprado por eso, Liz.
Tampoco entendía por qué demonios tenía que llamarla así. Y por qué la miraba como si significara algo para él.
—¿Estás seguro, Jack? ¿No será esta la manera de llenar ese vacío que hay en tu vida? Está muy bien, pero ¿realmente crees que las cosas materiales pueden hacer algo así?
—No, no pueden. Y nadie lo sabe mejor que yo, especialmente ahora. Lizzie se puso las manos en las caderas.
—¿Entonces por qué lo has comprado? A menos que tengas la intención de meterte en el negocio de los cruceros. Pero no puedo imaginar por qué ibas a hacer algo así. Obviamente no necesitas el dinero.
—Tienes razón, no necesito el dinero, pero te necesito a ti. No podía haber dicho... no, debía haber oído mal.
—¿Perdona?
—Has oído bien. Te necesito. Todo lo demás no importa, ni todo el dinero ni el prestigio. No, si no puedo compartirlo contigo.
Esta vez le tomó las dos manos y la condujo hasta el sofá. Se sentaron uno al lado del otro mientras Lizzie trataba de aclarar la bruma que cubría su mente contando los vasos que había en la barra de bar frente a ellos. Los vasos eran reales. Aquello también lo era.
—Lizzie, mírame. Traté de volver a mis negocios como antes. Cuando vi que no funcionaba, zarpé de nuevo a bordo del Hannah con la esperanza de reencontrar la forma de vida que llevaba antes de conocerte. Y no pude.
—¿No pudiste? —preguntó ella que estaba dejando que la esperanza se colara por el hueco.
—No, pero la soledad se convirtió en un buen aliado esta vez. Aclaré mis ideas y tomé unas cuantas decisiones.
—¿Qué decisiones?
—Que no quiero ser el padrino de Hank.
Cualquier tipo de esperanza que Lizzie hubiera empezado a tener cayó de golpe en el fondo de su alma.
—No pasa nada. Lo comprendo. No tienes por qué.
—Quiero ser su padre. Quiero ser parte de su vida, de tu vida, si me lo permites.
Lizzie contuvo el aliento y lo dejó escapar lentamente. —No estoy segura de seguirte, Jack.
—Cuando fui al salón de belleza hoy, permanecí fuera un rato porque no estaba seguro de lo que iba a decirte. Y me fui.
—¿Que te fuiste? —Lizzie no comprendía nada. —Sí. Me fui a comprar algo más.
Le soltó las manos y metió la suya en un bolsillo de donde sacó esta vez una caja de terciopelo azul que abrió delante de ella.
—Probablemente debería haberte dejado elegirlo a ti, pero me quedé prendado de este. Espero que te guste.
¿Que si le gustaba? Esa no era la palabra más adecuada para describir lo que le parecía aquel anillo de diamantes y esmeraldas. Lizzie no podía hacer nada más que mirar, la boca entreabierta por la impresión.
—¿Te casarás conmigo, Elizabeth Matheson?
Lizzie miraba el anillo y los ojos plateados de Jack alternativamente. —¿Casarme contigo?
—Sí.
—¿Casarme contigo?
—No me había dado cuenta de que este sitio tuviese tanto eco.
—Jack, si haces esto por Hank, te prometo que estaremos bien. Puedo darle una buena vida. No volveré a estar sola.
—Hago esto porque no puedo soportar la idea de no tenerte en mi vida para darme quebraderos de cabeza —dijo Jack sacando el anillo de la caja y dejando esta sobre la mesa— Y lo más importante, lo hago porque te quiero.
—¿Estás seguro, Jack?
—Nunca antes había estado tan seguro de algo. —Voy a necesitar muchos cuidados, creo que... —Lizzie...
—Asumámoslo, es una gran responsabilidad, casarte con una mujer embarazada.
—Lizzie...
—Además, no como carne. —Lizzie.
—¿Qué?
—El día que te marchaste, me dijiste que me querías. Espero por Dios que sigas haciéndolo, pero comprendería que no lo hicieras después de la forma en que te he tratado.
—¿La forma en que me has tratado?
Las lágrimas que pugnaban por salir le escocían a Lizzie en los ojos y tuvo que luchar para que no salieran.
—Has sido maravilloso conmigo. Cuidaste de mí y me protegiste. Me salvaste la vida.
—Tú salvaste la mía.
—Agarré un trofeo y le di un golpe en la cabeza a un ladrón con él. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—No me refería a la noche que los contrabandistas nos visitaron, aunque también entonces me salvaste. Me refería que me has salvado de una vida sin
sentido. Hiciste que me diera cuenta de lo mucho que me he perdido por no tener a alguien con quien compartir mi vida. Pero no puede ser cualquiera. Tienes que ser tú —Jack observó los ojos de Lizzie durante un largo y significativo minuto—. ¿Sigues queriéndome?
¿Cómo podría negarse? No podía.
—Te quiero. Realmente creí que podría dejar de hacerlo, pero supe que eso nunca ocurriría cuando te vi hace un rato en el salón.
Jack tomó la mano izquierda de Lizzie y la levantó sosteniendo el anillo en la punta del dedo.
—¿Entonces me harás el honor de ser mi compañera para toda la vida?
Aquel no era el momento más idóneo para quedarse callada, pero no podía articular palabra.
—Lizzie —Jack frunció el ceño—, solo tienes que decir sí o no. Nunca creí que pudieras quedarte sin palabras en algún momento.
—Podrías haber evitado decirlo —dijo ella tratando de parecer seria cuando estaba que estallaba de alegría en su interior.
—Es una de las múltiples cosas que me gusta de ti, Liz.
Ella lo miró a los ojos, unos ojos llenos de promesas y vio su futuro en ellos. El suyo y el de Hank, y la palabra que no conseguía articular salió de sus labios sin trabajo ninguno.
—Sí.
Jack deslizó el anillo en su dedo, le quedaba casi perfecto. —Bien. Ahora cállate y bésame.
Los labios de Jack se encontraron con los suyos, cálidos y agradables, en un beso que empezó siendo tierno hasta que comenzó a hacerse más apasionado. Jack cubrió con su mano un pecho de Lizzie y esta deslizó su mano hasta el muslo de él. Una caricia más de su sensual lengua y lo tumbaría sobre el sofá.
Pero para frustración de Lizzie, Jack rompió el beso, levantó la mano que le acariciaba el pecho y apoyó su frente contra la de ella.
—Lo siento. No quiero que creas que solo es sexo lo que quiero.
—Pues yo no lo siento. Hace poco descubrí las maravillas del sexo y fue gracias a ti.
—Tengo que enseñarte una cosa más —dijo levantándose del sofá y arrastrándola a ella con él.
—¿J. J.?
La forma en que Jack sonrió era como para hacerle perder la cabeza. —En un momento.
—Cierto. No hemos visto nuestro camarote aún —dijo Jack acariciándose la barbilla pensativo y muy atractivo.
—Yo estoy preparada si tú lo estás —dijo Lizzie abrazándolo a la altura de la cintura.
—Estoy más que preparado, pero primero tenemos que salir. —¿Quieres hacerlo fuera?
—Una idea brillante, pero hay algo que quiero enseñarte. Primero, cierra los ojos.
—Pero Jack...
—Te prometo que te gustará —dijo él dándole un beso.
Lizzie no tenía ni idea de qué más podría ofrecerle Jack que pudiera superar el haberle devuelto su cadena, el anillo de compromiso, la propuesta matrimonial y especialmente su admisión de lo mucho que la quería. Pero decidió confiar en él una vez más mientras salían de nuevo a la luz del sol y Jack le pedía que no abriera los ojos que solo quedaban unos pasos más.
—De acuerdo, ya puedes abrirlos —dijo él sujetándola por los hombros frente al barco.
Lizzie así lo hizo y vio que estaban de nuevo en el paseo entarimado frente a la parte trasera del barco.
—¿Qué se supone que tengo que ver?
—Está ahí, bajo la plataforma —murmuró él con las palmas de las manos firmes sobre sus hombros.
Lizzie consiguió aclarar su confusa mente cuando se dio cuenta del nombre que se leía en letras negras sobre el casco. Su nombre. El Lizzie.
Se volvió hacia Jack y lo abrazó con fuerza, apenas si podía contener la emoción.
—Nadie le había puesto mi nombre a nada antes.
—Bueno, en realidad ya venía con ese nombre —dijo él un poco incómodo—. Cuando el vendedor me llamó esta mañana, no tenía ninguna intención de comprar otro barco, y mucho menos un crucero. Pero cuando me dijo que el Lizzie estaba en Miami tuve que creer que era el destino, por loco que pueda parecer. Que tú y yo estábamos destinados a estar juntos.
—No me parece una locura, Jack. Solo me pregunto por qué has tardado tanto en darte cuenta.
—Supongo que soy un poco lento en los asuntos amorosos. Sin tener en cuenta esto, le habría puesto tu nombre a un barco.
—Estoy segura de que se lo dices a todas tus novias —bromeó Lizzie.
—¿Y el Hannah?
—Era el nombre de mi madre.
—Lo siento, Jack —dijo Lizzie acariciándole la cara—. Supongo que echas de menos a tus padres igual que yo a los míos.
—Sí, pero ahora nosotros formaremos nuestra propia familia. Hank, tú y yo. —¿Sacamos a Lizzie a dar una vuelta?
—No hasta que haya sido bautizado con champán. Y como no tenemos champán en este momento, supongo que tendremos que inaugurar el barco a nuestra manera mientras está amarrado.
—¿Qué propones, capitán?
—Vayamos dentro y que J. J. te lo enseñe —dijo él guiñándole un ojo.
—Suena muy bien si no fuera por que mis atormentadas pies no pueden dar un paso más.
—Eso tiene fácil arreglo —dijo Jack tomándola en brazos y llevándola hacia el interior del barco. Cuando llegaron a la entrada de popa, Lizzie dijo:
—Bájame un segundo —Lizzie se acercó a la barandilla, se quitó los zapatos y los tiró por la borda. Después se giró y lo miró—. No podía soportar los tacones ni un minuto más.
—Con una traviesa sonrisa, Jack se apoyó sobre la puerta. —¿Quieres quitarte alguna otra cosa?
—Apuesta a que sí —contestó Lizzie después de echar una ojeada alrededor de la zona desierta. Diciendo esto se bajó los tirantes del sujetador y se lo sacó fácilmente de debajo de la blusa sin mangas y lo lanzó a la bahía.
—¿Qué te parece eso?
Jack cruzó los brazos y la miró con la pasión ardiente que ella había visto muchas veces.
—No pares ahora. Lo estás haciendo muy bien. —Eres muy malo, Ahab.
—Y tú eres muy buena, Dorothy.
Lizzie se levantó la falda, se quitó las bragas y las lanzó al agua junto a los zapatos y el sujetador.
—¿Algo más?
—Estoy pensando —dijo él mirándola de arriba abajo.
—Bueno —comenzó ella mirando hacia la bragueta de Jack—, ¡voto a bríos! Jack. Creo que J. J. tiene sus propias ideas.
—Te lo vas a pasar muy bien, pero de momento me interesa más averiguar qué has planeado hacer conmigo ahí dentro ahora.
—¿Y quién ha dicho nada de esperar hasta que estemos dentro? —dijo Jack levantando una ceja.
—De acuerdo. ¿Quién eres y qué has hecho con el precavido capitán Jack? — dijo ella señalándolo con un dedo.
—Digamos que me he deshecho de toda precaución. —Me gusta cómo suena.
—Bien. Y ahora ven aquí.
Como la obediente niña que nunca había sido, Lizzie respondió a la orden de Jack e inmediatamente descubrió que su buen comportamiento recibía recompensa. Jack giró con ella en brazos y la puso de espaldas contra la puerta empotrada entre dos paredes no muy altas, su única protección ante ojos curiosos. La besaba con impaciencia mientras ella le desabrochaba los botones de la camisa y acariciaba el maravilloso cuerpo.
—No tienes ni idea de lo mucho que he pensado en esto en los últimos dos meses —susurró él.
—Oh, sí lo sé —dijo Lizzie—. Y cuando nazca el bebé, subiremos a un globo y haremos el amor en el aire.
Jack deslizó la mano por el interior de los muslos de Lizzie. —No estoy muy seguro de eso, Dorothy.
—Te encantará cuando estés arriba. Es lo más cerca que estarás del cielo.
—No estoy de acuerdo —dijo él al tiempo que enterraba su rostro en el cuello