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Jack caminaba por el salón de la habitación de invitados mientras el doctor Henry Jacobs examinaba a Lizzie pensando que era realmente extraño que estuviera tan nervioso, como si él fuera el padre. Aquella idea lo hizo detenerse en seco.
No era el padre del bebé de Lizzie. Ya no era responsable de ellos, pero no estaba seguro de que dejara de sentirse un poco responsable, especialmente si el examen resultaba negativo.
Jack se acercó un poco más a las puertas cerradas y oyó a Lizzie y al doctor Jacobs riéndose. Este último rara vez lo hacía. Pero Lizzie sería capaz de hacer que un condenado fuera haciendo payasadas a su fatídico destino en la horca.
El pomo de la puerta giró y Jack retrocedió, pero no lo bastante rápido para ocultar el hecho de que había estado escuchando. El doctor Jacobs cerró la puerta tras él y se acercó a Jack.
—Una mujer muy sana —dijo dándole unas palmaditas en la espalda. —¿Está seguro de que el bebé...?
—Parece que está bien, pero es difícil decirlo porque está en el primer trimestre. Le he dicho a Lizzie que tendría que pedir cita con su tocólogo para hacerse un examen más completo, pero si hubiera ocurrido algo malo, ya lo sabría.
—De acuerdo. Si está tan seguro.
—Sí, lo estoy, así es que puede dejar de estar tan preocupado.
—¿Dónde está? —preguntó Jack mirando por encima del hombro del doctor hacia la puerta del dormitorio.
—Vistiéndose.
Por necio que pudiera parecer Jack estaba celoso de que Lizzie se hubiera desnudado delante del doctor Jacobs, un hombre pequeño, calvo, de unos sesenta y tantos años casado con una mujer de treinta.
—Le agradezco mucho que la haya examinado —dijo Jack.
—No hay problema. Asegúrese de que bebe muchos líquidos y no deje que viaje en barco en las próximas dos semanas y estará perfectamente. Por lo demás, pueden seguir teniendo relaciones.
—¿No hay problema con eso? Quiero decir, con lo de las relaciones.
No sabía muy bien por qué había preguntado eso. No tenía intención de hacerle el amor otra vez. Se iría a la mañana siguiente. Eso podría complicarlo todo. Necesitaba descansar. No lo necesitaba a él.
—Si me está preguntando si hay algún problema por tener un poco de actividad debajo de las sábanas, por lo que concierne al embarazo, no veo ningún problema —dijo el doctor riéndose—. Pero Lizzie podrá indicarle mejor si algo le molesta.
Jack se dirigió hacia la puerta y el doctor lo siguió.
—Cuide de su chica —le dijo con su habitual expresión sobria antes de marcharse —. Es una mujer muy especial. Y felicidades. Ya era hora de que sentara la cabeza.
«Su chica...»
Jack estuvo a punto de contestar, pero en ese momento oyó pasos aproximándose a ellos. El doctor Jacobs levantó una mano a modo de despedida.
—Buenas noches, Lizzie. Ha sido un placer.
Jack no había llegado a negar la suposición del doctor cuando este ya salía por la puerta. Cuando se giró hacia Lizzie y la vio en medio de la habitación, tenía una expresión un tanto avergonzada.
—¿Piensa que es mi bebé? —preguntó él.
—Te juro que no tenía ni idea de que fuera a hacer una suposición así. No me preguntó nada sobre el bebé, solo por el embarazo. ¿Sabías que tiene cinco hijos?
Jack solo sabía una cosa: que tenía que aclarar, lo antes posible, el malentendido con el doctor. El hombre no dedicaba su tiempo libre al golf exclusivamente sino que también se dedicaba a chismorrear sobre todo lo que ocurría dentro del residencial. Al día siguiente todo el mundo sabría que Jack iba a ser padre. La gente no pararía de darle la mano en señal de enhorabuena. Tendría que soportar los comentarios sobre lo de un pequeño grumete. Por supuesto, se esperaría de él que repartiera puros y hablara de la universidad a la que iría su hijo. Él insistiría en que en el estado de Florida, la misma a la que fue él. Lo animaría a estudiar dirección de empresas para que algún día pudiera dirigir él el imperio...
Jack echó el freno a sus pensamientos. Al día siguiente Lizzie se habría marchado. Ella y Hank desaparecerían de su vida. No volvería a oír su risa ni sus chistes malos. No volvería a despertarse a su lado. Era lo mejor. Pero entonces, ¿por qué sentía ese dolor acuciante en el pecho?
Probablemente fuera la falta de una buena comida. Jack le indicó a Lizzie la mesa con la cena.
—La cena está preparada. Cenemos antes de que se enfríe.
Antes de que hiciera alguna estupidez como pedirle que fuera su chica para siempre.
Tras contactar con el resto de la tripulación de su globo que se habían puestos eufóricos al saber que no había muerto ahogada, Lizzie se comió la cena, no dejó ni una miga de la lasaña vegetal, la ensalada y el helado. A ese paso necesitaría una grúa para que la transportara cuando estuviera de siete meses. Siete meses que pasaría sola hasta el nacimiento de su precioso bebé.
Se recostó sobre el respaldo de la silla, cruzó las manos sobre la tripa y suspiró.
—¿No se supone que es un centavo por mis pensamientos? —dijo él sonriendo con tristeza.
Lizzie le devolvió la sonrisa.
—No teniendo en cuenta cómo está la inflación hoy en día. Pero como no tengo cambio, supongo que no puedo ofrecerte un centavo.
Podía ofrecerle su cuerpo pero decidió ir despacio si no quería espantarlo. Apoyó la cara en la palma de la mano.
—¿A qué viene este humor tan melancólico? ¿Otra vez las ansias de conocer mundo?
La sonrisa de Jack se desvaneció y en su lugar apareció una expresión seria. —Estaba pensando en que te marchas mañana.
¿Significaba aquello que Jack iba a echarla de menos? ¿Que tal vez le pediría que se quedase? Probablemente no. Pero tal vez quisiera verla de nuevo.
—¿Y cuál es el problema?
—¿Cómo te vas a ganar la vida?
Claro, los millonarios pensaban todo el tiempo en el dinero. Jack era millonario. Probablemente multimillonario. Y también era un solitario. No tenía la intención de volver a verla. Y ella no tenía la intención de aceptar una ayuda si eso era lo que le estaba ofreciendo.
—Volveré a mi antiguo trabajo en el balneario. Lo que me dé el seguro por el globo lo meteré en la cartilla de ahorros. No nos faltará nada a Hank y a mí.
—Déjame que te compre un globo nuevo —dijo. Y encima tenía que ofrecerle un regalo de despedida. —No es necesario.
—Insisto.
—Compraré otro algún día.
Pero dudaba mucho que volviera a encontrar un hombre como él, un marinero solitario en busca de una tranquilidad que no conseguía. Un amante consumado. Y detrás de la fachada estoica, un hombre cariñoso.
—Me gustaría que al menos consideraras mi proposición —dijo—. Después de todo, yo fui quien dejó a Bessie fuera de juego.
—Después de que yo casi destruyo a Hannah.
—Hemos pasado por mucho juntos, ¿verdad, Liz? —preguntó él con una sonrisa más luminosa.
A Lizzie le dio un vuelco el corazón. —¿Cómo me has llamado?
—No —Lizzie se mordió el interior de la mejilla para evitar las lágrimas que amenazaban con salir—. Mi padre solía llamarme así porque pensaba que me hacía más adulta. Claro que la primera vez que me lo llamó yo solo tenía diez años y acababa de pelearme con el grandullón de mi vecino y le había ganado. Me di cuenta de que me había metido en un lío.
—Te aseguro que ahora no estás en ningún lío.
Lizzie vio la oportunidad y no dudó en aprovecharla. —Maldita sea, conservaba la esperanza.
—¿A qué te refieres? —dijo Jack inclinándose hacia delante.
Ella se levantó y se acercó a él reuniendo todo su coraje y arriesgándose a recibir una negativa.
—Tenía puesta mi esperanza en un marinero muy atractivo a quien es muy difícil resistirse —apoyó las manos en los hombros de Jack por detrás y se inclinó para besarlo en la mejilla.
Jack puso sus manos encima de las de ella, pero no se volvió. —Te marchas mañana.
—Lo sé.
Jack se levantó de la silla y se puso frente a ella, tan cerca que Lizzie podía oler su colonia y notar la penetrante mirada de sus ojos grises.
—Imagino que estarás cansada. —No estoy tan cansada.
El estaba vestido en tono informal y ella no llevaba puesto más que un albornoz. Pero esto tenía fácil arreglo. Lizzie comenzó a desabrocharle la camisa blanca pensando en todos los argumentos que Jack usaría para detenerla. Pero no lo hizo. Continuó mirándola, los brazos caídos, mientras ella abría la camisa que mostraba el pecho fornido. Lizzie lo miró largo y tendido consciente de que sería la última vez. Guardó la visión de la piel bronceada y el cuerpo musculoso en su memoria, para pensar en ello en un día lluvioso. Sería su rayo de sol particular. Pero no era muy buena haciendo fotos mentales.
Cuando llegó al cinturón, Jack murmuró: —No esta vez.
Lizzie abrió la boca para protestar, pero Jack se la cerró con un beso. Fue como si el suelo se deshiciera bajo sus pies mientras él continuó explorándola con su lengua suave. Entonces se dio cuenta de que Jack la levantaba en sus brazos dejándola sin sentido. Abrió los ojos cuando oyó que la puerta se cerraba tras ellos.
Jack rompió el beso para depositarla con cuidado en el suelo frente a él y le tomó la cara entre sus manos.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? Ella asintió.
—Será solo esta noche, Lizzie, tengo que... Ella le cerró la boca con un pequeño beso.
—Sé lo que tienes que hacer, y también sé lo que yo tengo que hacer. Tú tienes que encontrar tu camino, y yo el mío. Pero todavía nos queda esta noche.
Retrocediendo un paso, Lizzie se desató el cinturón del albornoz y este cayó al suelo. A pesar de tener los ojos de Jack explorando su cuerpo con detenimiento, y a pesar de estar totalmente expuesta, física y emocionalmente, no sintió la más mínima timidez. Era Jack, el hombre que había conocido hacía tan solo unos días aunque le parecía que lo conocía desde siempre. Y deseó poder conocerle de verdad durante el resto de su vida.
Nunca había dudado que Jack tuviera corazón, especialmente en ese momento en que podía verlo a través de sus ojos, en sus palabras cuando le dijo:
—No creo que haya conocido jamás una mujer tan hermosa en mi vida, por dentro y por fuera.
Lizzie notó cómo se le formaba un nudo en la garganta que no la dejaba hablar. Luchó por contener las lágrimas, una guerra que estaba decidida a ganar, al menos esa noche. Al día siguiente ya lloraría y gritaría. Pero esa noche simplemente amaría. Amaría a Jack con todo el amor que era capaz de dar.
Jack se quitó la ropa mientras ella miraba y después le ofreció su mano. La guió hacia la cama vestida con sábanas de raso azul, y después la llevó hacia el éxtasis cuando comenzó a recorrer su excitado cuerpo primero con las manos y luego con la boca. Ella hizo lo mismo con él, memorizando cada detalle de su magnífico cuerpo.
Lizzie se abrió y Jack penetró en ella mientras ella gemía de placer. El tiempo que habían pasado juntos en los últimos días pareció resumirse en ese momento: dos cuerpos en uno retorciéndose de placer, una fiesta para los sentidos, una experiencia que Lizzie nunca olvidaría.
Y nunca olvidaría cómo él la había rodeado con sus brazos después de hacerle el amor, cómo le había acariciado el pelo en silencio y la había besado en la mejilla como si ella fuera un don para él. Nunca olvidaría lo mucho que amaba a ese hombre.
Se llevaría todos esos recuerdos con ella al día siguiente, pero también se llevaría la imagen de un nombre que no tenía ni idea de lo mucho que podía ofrecer él también, si tan solo pudiera perdonarse a sí mismo.
Jack permaneció despierto mirando a Lizzie que dormía a la luz de la lámpara de la mesilla que había dejado encendida a propósito. Lizzie sonreía de vez en cuando, como si estuviera guardando un secreto. Él tenía unos cuantos secretos también, o al menos los había tenido hasta que apareció Lizzie. Nunca antes se había abierto tanto a una mujer, a nadie en realidad.
Lizzie tenía una forma única de hacer que confesara sus pecados y pidiera la absolución. Tenía una forma de hacer que deseara ser mejor hombre. También sacaba de él su lado protector. Pero Lizzie no necesitaba que la protegiera. Se lo había
demostrado en más de una ocasión. Necesitaba un hombre que pudiera entregarse a ella en cuerpo y alma; necesitaba un padre para su bebé. Jack había enterrado gran parte de su corazón en el mar. No estaba seguro de que pudiera ser capaz algún día de recuperar esa parte de él que estaba cubierta por la vergüenza.
Sí, Lizzie conocía sus secretos, y no parecía importarle demasiado que no fuera el hombre perfecto. Y aun así, se merecía más de lo que él podía darle, al menos en ese momento de su vida. Y aún tenía otro secreto que nunca le contaría, porque era lo mejor.
La amaba, y probablemente siempre lo haría, incluso después de que hubiera desaparecido de su vida.
El día amaneció brillante y soleado, pero una tormenta se cernía sobre el corazón de Lizzie. De pie junto a la limusina del hotel que Jack había ordenado para que la llevara a Miami, consiguió forzar una sonrisa a pesar de que lo que quería era llorar.
Tomándose un momento para apartar las emociones, miró hacia el puerto y vio que el barco de Jack estaba allí. Le había sorprendido mucho que hubiera decidido dejarlo en el mar y volver en la lancha de los Guarda Costas con ella. Había dicho que quería asegurarse de que estaba bien. Otra cosa más que adoraba de aquel hombre, la forma en que quería protegerla a ella y a su bebé a toda costa.
Mientras Jack hablaba con el conductor, el botones se acercó a Lizzie y le preguntó si tenía equipaje.
—Solo esto. Viajo ligera de equipaje.
Le entregó una bolsa con su ropa. Esa mañana al despertar se había encontrado con una caja que contenía un vestido sin mangas que llevaba puesto en ese momento, y unas sandalias a juego. Jack le había dicho que había mandado a su asistente a la exclusiva boutique del hotel para buscar la talla adecuada, pero que él había insistido en que fuera de un color que contrastara con sus hermosos ojos.
Llena de gratitud lo había abrazado y besado hasta que finalmente habían terminado de nuevo en la cama en un ataque de pasión descontrolada. Más recuerdos de su dulce amor.
Y en ese momento estaban a punto de decirse adiós. Un momento inevitable que se estaba acercando.
Jack se aproximó a ella, las manos en los bolsillos, y un gesto de admiración mientras la observaba con detalle.
—Estás preciosa.
Lizzie se alisó el vestido con una mano.
—Gracias de nuevo por esto. Me alegra poder ponérmelo antes de que deje de valerme.
Jack miró al suelo como si fuera demasiado doloroso mirarla a ella. —Llámame cuando nazca el bebé.
—He estado pensando en eso —dijo ella y era cierto, lo había estado pensando toda la noche y la mañana—. Me gustaría pedirte algo. Un favor, en realidad.
—¿Qué? —preguntó él mirándola un tanto alarmado.
—No te preocupes —dijo ella dándole un golpe juguetón en el brazo—. No voy a pedirte que seas su papá.
—Oh.
—Pero me gustaría que consideraras la posibilidad de ser su padrino. —Tú podrías hacerlo mejor que yo, Lizzie —dijo él riéndose con cinismo. —Date un respiro, Jack. Me gustaría que Hank te tuviera como modelo. Eres un buen hombre.
Jack dudó un momento antes de hablar.
—Y tú vas a ser una gran madre. Pensaré en ello.
—Bien. Y si alguna vez decides que quieres tener una amiga, llámame. Estoy en la guía.
—Lo haré.
Lizzie dudaba mucho que lo hiciera, pero la esperanza era lo último que se perdía.
—¿Tienes familia cerca?
Jack bajó la cabeza y se rascó la nuca.
—Ninguna de la que se pueda hablar. Mis padres murieron hace tiempo. —No me gusta que estés solo —dijo ella viendo que tenían algo en común. —Como ya te dije, no me importa...
—Estar solo —terminó Lizzie—. Lo sé. Pero no es tan divertido como tener a alguien cerca para meterse con uno. De verdad que voy a echar eso de menos.
—Sí, y yo voy a echar de menos tener a mi propia peluquera a bordo. Supongo que me dejaré crecer el pelo.
—Y la próxima vez que te vea te lo cortaré.
Cuando Jack no respondió, al no reconocer que volverían a verse, Lizzie tomó el pomo de la puerta del coche y dijo:
—Bien, supongo que será mejor que me vaya para que puedas trabajar, o lo que sea que tengas que hacer.
—Lo primero que haré es esto.
Retiró la mano de Lizzie del pomo y la abrazó contra su cuerpo para darle un cariñoso beso.
—Nunca te olvidaré, Dorothy.
—Estoy seguro de que J. J. te echará de menos también —dijo él volviendo a sonreír.
«¿Pero y tú?» En vez de decir nada, Lizzie abrió la puerta del coche y se metió dentro. No tenía sentido prolongar lo inevitable. Además, se pondría a llorar si seguía mirándola como un niño perdido con aquellos conmovedores ojos gris plata.
Siempre había sentido predilección por los seres extraviados, desde los perritos hasta las personas, pero Jack no estaba extraviado, simplemente sufría por un cruel revés del destino. Ella no podía salvarlo de una existencia sin sentido. Eso solo dependía de él.
Jack cerró la puerta y con ella el capítulo de Dorothy y Ahab, una historia que se había parecido mucho a un cuento de hadas, excepto por una cosa. Que no había tenido final feliz.
Lizzie sabía que si no se lo decía en ese momento, antes de que se le escapara la oportunidad, siempre se preguntaría si habría podido ser diferente. Lo más probable era que no, pero su padre le había dicho que tenía que ser siempre sincera y luchar por lo que deseaba, que había que tratar de evitar las lamentaciones a toda costa.
Bajó la ventanilla y llamó a Jack. Él se inclinó un poco para hablar con ella y esta sacó los brazos y, rodeándole el cuello, habló en un susurro.
—Prométeme una cosa, Jack. —Sí.
—Prométeme que volverás al reino de los vivos. Ya es hora de que te perdones.
—Lo intentaré. —Bien.
Le retiró un mechón de la cara y acercándolo a ella le susurró en el oído.