• No results found

APPENDIX D – SAMPLE OF ATHLETE TRANSCRIPT

Para los griegos el individuo no es ni un ser gregario ni un yo autónomo sino una idea (Jaeger, 2004), una abstracción. Esta tradición de la Antigüedad viene repre- sentada por Aristóteles y su concepción del ser humano como animal político, que implica que el yo solo se puede definir a partir de su inevitable relación con la polis (el Estado). A esta tradición se adiciona, a partir de san Agustín, la idea cristiana del valor infinito del alma individual humana41 y posteriormente la libertad del individuo reclamada a partir del Renacimiento. Para los griegos se trató de una individualidad al servicio de la totalidad; para el cristianismo, el individuo es solo un instrumento de Dios, su juguete de barro.

En el siglo xvii aparece un individualismo «posesivo» que se convierte en la base de lo político y del Estado de derecho. El individuo ya no se concibe como un todo moral ni como la parte de un todo social que lo sobrepasaba, sino como su propio propietario (MacPherson, 2005). El poder soberano (el Estado) ahora está al servicio del individuo. En palabras de Hobbes: «autorizo y transfiero [al Estado] mi derecho de gobernarme a mí mismo» (Hobbes, 2006, 141). La filosofía normativa de Thomas Hobbes y el papel heurístico del egoísmo como motor de la acción humana contribuyó enormemente a la construcción de este individualismo en los dos siglos siguientes (Sabine, 1989).

6.2.2. El individualismo moderno: el proceso de individualización

La modernidad industrial desde el siglo xix constituye una nueva fase en la histo- ria del individualismo occidental (Lipovestky, 1986). Para Tocqueville (2002), es la democracia la que potencia el individualismo y fomenta el aislamiento del sujeto42. Para Durkheim (1993), la alta especialización y diversificación funcional del trabajo,

41 Para san Agustín el individuo es una criatura de Dios cuya labor es utilizar la gracia que el señor le otorga para su salvación (Casalis, 1995). Pero no olvidemos que se trata del mandato de un dios narcisista que ordena amarlo a él sobre todas las cosas, por lo que aquí el fin es más la salvación per se (a mayor gloria de Dios) que el propio ser salvado (el individuo).

42 La democracia no solo «relega a los antepasados de un hombre al olvido, sino que le vela sus descendientes y le se- para de sus contemporáneos; sin cesar lo concentra sobre sí mismo, amenaza encerrarlo completamente en la sole- dad de su propio corazón» (Tocqueville, 2002, p. 130).)

propia de la industrialización, amplía las potencialidades de las individualidades al hacerlas más complejas y, de paso, fomenta la cohesión social. Simmel (2003) con- sidera que la «diferencia entre particulares» generada por estos procesos fue un gran logro histórico y cultural ya que fomentó la existencia de personalidades regidas por su propia normativa. Estas diversas interpretaciones son muestra del giro que se produce en este momento al pasar de la construcción del individuo en clave filosó- fica a una construcción en clave sociológica; la individualidad se pone en estrecha relación con la sociedad. La modernidad, con su desarrollo económico y democráti- co, produjo una mutación histórica en las relaciones entre individuo y sociedad que rompe con el individualismo posesivo de Hobbes y dará lugar a un individualismo productor y consumista. Los individuos se convierten en unidades de consumo, con lo que el individualismo adquiere una importante dimensión económica y cambia o pierde buena parte de sus connotaciones políticas.

El hiperindividualismo neoliberal de los años noventa del siglo xx sería la mayor expresión de esta perdida de protagonismo del espacio público, político, en pos de intereses privados que producen sujetos no programados para crear lazos sociales (Bauman, 2007). Esto supuso una redefinición profunda del concepto de participa- ción social y la pérdida de la fe en las grandes utopías colectivas. En una situación así, ¿en quién creer? En uno mismo/a. Se produce entonces una gran expansión de la subjetividad y de las legitimidades individuales. Se pasa del grupo al sujeto. Los grafitis de los espacios urbanos son un buen ejemplo de esta primacía del yo frente a lo colectivo: la colectividad ha tenido que asumir la desagradable panorámica visual de miles de «firmas», unas amontonadas sobre otras, de neuróticos individuos ansiosos por expresar su «yo» a toda costa, aunque ello implique alcanzar la trascen- dencia a través de un bote de spray.

Durkheim ya intuyó lo «obligatorio» del modelo de individualización bajo las condi- ciones del capitalismo de producción. Los nuevos sujetos están «obligados a elegir», a tomar decisiones continuamente en un proceso abierto de construcción identitaria individualizada. Pero además, deben hacerlo solos. El «proyecto reflexivo del yo» (Giddens, 2006; 2008) implica que cada vez más áreas de la vida de una persona se deben conformar sin atender a modelos y hábitos preexistentes. Solo ante el peligro, sin el amparo de la familia, la comunidad local, la clase o el grupo social. Y, además, autorresponsable. Este es el nuevo estatus del individuo contemporáneo.

El proceso de individualización de la modernidad es estructural, implica un tipo de «individualismo institucionalizado», es decir, fomentado y facilitado por las instituciones sociales como estilo colectivo de vida. La mayoría de los derechos del Estado del bienestar están pensados para individuos más que para familias o grupos, gran parte de los productos del mercado se diseñan para consumos individualizados, los hospitales del futuro dispondrán de habitaciones individua- lizadas, en publicidad lo que funciona es la lógica del pack individual43...; hasta la herencia genética está empezando ya a ser personalizada. Y las instituciones se adaptan a las motivaciones y deseos de las personas a través de una meta- morfosis permanente; las empresas adaptan su producción y sus mensajes publi- citarios a un nuevo sujeto caprichoso y variado. E incluso el Estado cambia su rol para favorecer al individualismo. La bravuconería del «autorizo y transfiero» se ha tornado más bien indiferencia. El individuo ya no espera del Estado solo que le represente en la defensa de sus valores e intereses y que le proteja y le dé seguridad. En la actualidad, el Estado tiene otras funciones más proactivas: con- formar y controlar comportamientos, o lo que es lo mismo, construir individuos. El Leviatán ha colgado la espada y ahora hace sutiles sugerencias a través de refinados «juegos de lenguaje» (Wittgenstein, 2008); se ha convertido en un es- tilista postmoderno que funciona a base de guiños zalameros, autoconstrucción y seducción44.

6.2.3. El individualismo postmoderno: el «personismo»