Xalapa es una ciudad en donde la vida de las personas no es ajena a la organización producida por el “sistema de género”. Los homosexuales con quienes se trabajó (unos xalapeños, otros provenientes de otras latitudes) expresaron que en mucho tiempo de su vida se les exigió un comportamiento acorde con el género masculino, es decir, ser heterosexuales, constituir una familia casándose (con una mujer) y teniendo hijos, ser sujetos productivos social, cultural, política, intelectual y económicamente. Sobre este proceso Judith Butler (2010:324-325) menciona que: “se trata de una asignación que nunca se asume plenamente de acuerdo con la expectativa, las personas a las que se dirige nunca habitan por entero el ideal al que se pretende que se asemejen”.
Sin embargo, como señalaron los entrevistados, una vez asignado el género, sucesivamente se estableció sobre ellos una estricta regulación sobre la sexualidad y el deseo, de manera que pronto resultaron ser “naturalmente” heterosexuales y, a través de este proceso, ingresaron a la “trilogía de prestigio” (Nuñez, 1999:52) que consiste en poseer un pene, ser masculino y heterosexual con el correspondiente desarrollo de prácticas sexistas, misóginas y homófobas para ser reconocidos. Dicho reconocimiento y exigencia provenía por parte de quienes detentaban los criterios heteronormativos.
Este imperativo también condicionó simbólicamente las relaciones sexuales entre hombres, en las cuales persiste el vínculo entre sexualidad-poder-placer a través del binomio: activo-pasivo. El homosexual que penetra afirma la libido dominandi. La persistencia del discurso que favorece la diferenciación activo- pasivo está ligada al sistema de género. En contextos donde las diferencias de
género suelen ser más acentuadas, se vincula de manera más inmediata la “pasividad” a la feminidad-debilidad y la “actividad” a la virilidad-poder.
En este sentido, un travesti u homosexual, ubicado como femenino es con quien establecen relaciones los masculinos que, en general, ni siquiera aceptan o se preocupan por identificarse homosexuales sólo porque no son femeninos y son los activos. El problema es que con esta dinámica se sigue reproduciendo la superioridad masculina.
Sin embargo, en la práctica, los cuerpos de los homosexuales no se ajustan a la regulación de la “trilogía de prestigio”, produciéndose una discordancia o ruptura con este régimen de sexualidad, una desestabilización del género (Butler, 2001) lo que, en algunos casos, llevó a la consideración de que su sexualidad y su deseo era “antinatural”. Otros pensaron que “naturalmente” eran homosexuales, como lo consideró Beto: “somos muy creativos porque tenemos un gen más, como de mujer”. Esteban también ligó la homosexualidad con algún tipo de participación de orden femenino:
el homosexual es muy sentimental, eso es algo de lo femenino que tenemos. Los heterosexuales también son sentimentales, nada más que les enseñaron a no demostrarlo y nosotros lo demostramos, pero a veces la gente se vale de eso para herir sentimientos, somos muy susceptibles de que nos dañen de alguna u otra manera. A lo mejor la sensibilidad podría cambiarla, por ser un poco más fuerte.
El problema planteado radica en la naturalización del sexo y de ahí la consideración de una determinada práctica sexual, así como ciertos rasgos. Más bien, es preciso reconocer que la sexualidad es tan amplia y diversa que puede ser hetero-homo-bisexual (Careaga y Cruz, 2004; Núñez, 2011). En una relación homosexual, un factor importante es el placer sexual o grado de excitación sexual, el significado que el sujeto le otorgue a esta vivencia y la creación que de sí mismo realice.
En la actualidad se reconoce que hombres y mujeres ejercen poder en el juego de las relaciones sexuales. En el caso de las homosexuales, cuando uno de
los participantes consiente la penetración, no está, necesariamente, renunciando a su masculinidad. La marca diferenciadora entre activo (masculino-dominante)- pasivo (femenino-débil), está diluyéndose cada vez más al incorporar una visión amplia del placer y el erotismo en las relaciones entre los cuerpos sexuados y los cambios en las formas de significar el género (Butler, 1996).
En este sentido, la consideración biológica del sexo es importante para la comprensión de las homosexualidades masculinas, pero no las define. El análisis de género nos ayuda a comprender cómo se ha organizado la sexualidad a partir del género y no que necesariamente el género determine una específica forma de sexualidad (Scott, 1996). La homosexualidad acontece y se expresa de diversas maneras en los sujetos, los cuales, según sus referentes históricos e intereses personales en relación con el uso de los placeres, dan sentido y significado de sí mismos. Esto sucede de manera muy diversa y variable, pues ni los homosexuales afirmados públicamente se presentan así en todos los espacios sociales ni los homosexuales no afirmados están exentos de ser visibilizados.
Beto insistió en considerar la creatividad como atributo de los homosexuales, pero en este caso ya no como algo genético, sino como una estrategia de subsistencia y resistencia: “nos ha costado mucho trabajo lidiar con la sociedad, porque al mismo tiempo tenemos tres vidas diferentes: con tu familia, con tus amigos y con tu pareja”. Esta lucha por parte de los homosexuales es producto del discurso homofóbico que produce para ellos una condición de vida imposible, como lo expone Halperin:
Como construcción del discurso homofóbico, “el homosexual” es en efecto una criatura contradictoria e imposible. Pues es al mismo tiempo: 1) un inadaptado social, 2) un monstruo raro antinatural, 3) un ser que representa el fracaso de la moral y 4) un perverso sexual. Es imposible que una persona, bajo un sistema ético postkantiano al menos, sea todas esas cosas al mismo tiempo –por ejemplo, que sea a la vez enfermo y culpable de su enfermedad. Igual, no importa demasiado: tales atributos pueden ser mutuamente incompatibles en términos lógicos, pero se vuelven compatibles en la práctica, es decir, en términos políticos. No sólo no se cancelan mutuamente en la práctica, sino que se refuerzan unos a
otros y trabajan juntos de manera sistemática para producir siempre el mismo efecto: a saber, la denigración del “homosexual” (2004a:69).
A esta situación se han enfrentado constantemente las personas con una orientación sexual hacia otras del mismo sexo. Según Beto “a los homosexuales se les presenta la necesidad y urgencia de ser alta y sutilmente estratégicos en las relaciones humanas que la vida les obliga a tener”, condición que viene dada porque a veces con la pareja no se puede ser muy “puto”, con los amigos homosexuales sí, es decir, con los que gustan del joteo, y con la familia, en la mayoría de los casos, no pueden presentarse abiertamente homosexuales. Esto último es algo que cambia con el paso del tiempo en la medida en que la propia homosexualidad se torna cada vez más pública sucediendo que, o bien ya no es posible ocultarla ante la familia o ésta contribuyó para que la expresión pública del hijo homosexual se fuera dando sin mayores problemas. Martín comentó de un caso: “tengo un amigo que interactúa muy abiertamente como homosexual con su familia y de ésta recibe un trato respetuoso y de reconocimiento a su orientación”.
De este modo, los homosexuales se han abierto paso en un contexto social que no había creado los referentes simbólicos para la expresión pública de la homosexualidad como una forma más de vivenciar la sexualidad y de crear estilos de vida. Se destaca la creatividad como un elemento positivo, más como una reacción a las restricciones sobre la homosexualidad que como producto de la pura genética “femenina” presente en los hombres homosexuales, así como producto de las complejas relaciones sociales que establecen y que, en la mayoría de los casos, produce diferentes maneras estratégicas de interacción según sea el grupo de personas con quienes se conviva.
Esto permite observar cómo, de manera general, los homosexuales proceden de una formación masculina-heterosexual, reconocen la existencia de un orden de sexualidad que trastocan cuando perciben que su deseo se orienta hacia personas del mismo sexo y piensan que transgreden mucho más si su expresión
es pública, pues de no hacerlo, estarían otorgándole primacía a la heterosexualidad como normalidad sexual.
Desde la heteronormatividad, ninguna forma de asunción y expresión de la homosexualidad está legitimada. A los homosexuales les resulta posible asumirse y, según les interese, expresarse públicamente, cuando han llegado a reconocer que la homosexualidad, por sí misma, no es motivo de desprestigio. No sucede lo mismo para quienes piensan que sí lo es, entonces ellos evitan a toda costa que públicamente se conozca que mantienen relaciones sexuales con personas del mismo sexo o evitan encuentros públicos con personas “visiblemente” homosexuales, siendo esto otra de las caras de la homofobia. Por ejemplo, en los relatos de los entrevistados acerca de los inicios de sus prácticas homosexuales se presenta la recurrencia que haya sido con hombres (de la “trilogía de prestigio”) muy cercanos a ellos: parientes, amigos, vecinos; en ocasiones casados y con una vida “normal”, según el régimen de sexualidad tradicional.
Resulta interesante cómo estos sujetos, ahora asumidos como homosexuales, reconocen que con quienes se iniciaron continúan siendo heterosexuales. En algunos casos, aún tienen relaciones sexuales con ellos, siempre y cuando se mantenga la absoluta discreción. De este modo, para quienes expresan su homosexualidad públicamente, la posibilidad de volver a los encuentros sexuales disminuye de manera considerable, a menos que quede salvaguardada la total discreción para el que se asume heterosexual.
El estudio evidencia un desajuste del discurso normalizado de la sexualidad y las formas diversas en las que los sujetos ejercen y expresan la sexualidad y su deseo, sin embargo, la visibilización homosexual masculina no es más que el resultado de un proceso de cambios que en el contexto xalapeño ha ido ocurriendo. En este contexto, la ortodoxia sexual considera normal a la heterosexualidad, y el ejercicio y expresión de la homosexualidad como una “heterodoxia” sexual. El “campo” sexual de Xalapa, desde las representaciones
sociales acerca de la sexualidad, genera distintos “habitus” en los homosexuales a partir de los “capitales” económicos, culturales, corporales (Bourdieu, 1986; 1995; 1997) con los que se desplazan por la vida.
Derivado del sistema de género, se produce el imaginario social que un hombre soltero, a los 36 años por ejemplo, que convive mayoritariamente con hombres y sus relaciones con mujeres son únicamente amistosas, es sospechoso de ser homosexual, según aquella expresión coloquial que dice: “soltero y maduro, puto seguro”, o bien “cotorro”54. Esteban mencionó: “un hombre, si no se casa, es
porque es homosexual; es el parámetro que tenemos para decirlo”.
Aunque la sospecha no hace del sospechoso necesariamente un homosexual, opera como un mecanismo de regulación en la sexualidad de los hombres, instándolos al régimen de sexualidad: heterosexual -reproductivo- proveedor, pues se supone que, a cierta edad, ya debió de haber organizado su vida casándose, teniendo hijos y siendo el proveedor de la familia, reproduciendo de esta manera los cánones de la masculinidad dominante. Lo contrario será motivo de sanción, según la organización sexual de las relaciones entre hombres y mujeres. Esta regulación induce a que algunos, aún sabiéndose homosexuales, se casen y tengan hijos, con la finalidad de ajustarse a las estructuras tradicionales de la sociedad.
Esta misma regulación produce formas consentidas de homosexualidad, por ejemplo, los homosexuales de apariencia masculina, “a los que no se les nota”, tendrán menos problemas de índole pública, pues son tratados por la sociedad como heterosexuales, siempre y cuando no se ocupen de hacerlo público; no así a los homosexuales de apariencia afeminada, “a los que sí se les
54“Así se le dice a todo aquel hombre o mujer que no se ha logrado casar o que ha decidido no
nota”. Ellos(as)55 están mucho más expuestos(as) a las mofas y burlas, no
obstante, los homosexuales afeminados son consentidos socialmente si reafirman la masculinidad y virilidad del hombre con quien se relacionan, además de saber entender, comprender y auxiliar a las mujeres (Córdova, 2003b).
La sociedad xalapeña, a través de un proceso de “larga duración”, física y simbólicamente, se encuentra organizada desde un pensamiento hegemónico masculino-heterosexual. En este sentido, la organización del espacio y de la sociedad de Xalapa está estructuralmente configurada por las relaciones de género y de poder, destacando la supremacía masculina-heterosexual (Vianello, 2002) a pesar de esto, el camino para una visibilización de la homosexualidad se ha ido ampliando.