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6. Appendix

6.5 Appendix E: Relevant TRB/SRB Documentation

El sentido común es ese nombre vago que se le da a la fuente desconocida de una grande y flotante población de juicios elementales que todos hacen, en los que todos confían, y a los que casi todos miran como obvios e indisputables. Aunque implicará alguna repetición, a pienso que tres puntos reclaman nuestra atención: (1) la fuente de estos juicios, (2) su objeto o campo adecuado, y (3) su relación con la ciencia empírica.

5.1 La Fuente de los Juicios del Sentido Común

El fundamento y fuente próximo de los juicios del sentido común se halla en los procedimientos, recién descritos, de los juicios concretos factuales, juicios sobre lo correcto de los chispazos inteligentes sobre las situaciones concretas, y las analogías y generalizaciones concretas. La fuente remota es más compleja. Se tienen que vislumbrar estos procedimientos llevados a cabo sobre la faz de la tierra, de generación en generación, no por individuos aislados, sino por miembros de familias, de tribus, de naciones. Se tiene que tener en cuenta la difusión de juicios por la comunicación y su transmisión por la tradición. Finalmente se tiene que notar que no sólo se da como resultado una ampliación sino una unificación y transformación del proceso autocorrectivo del aprendizaje.

Si se me permite repetir lo que yo dije, además del camino difícil de hallar las cosas por uno mismo, está el camino comparativamente más fácil de aprender de los demás. Arquímedes tuvo que exprimirse el cerebro para descubrir lo que a cualquier estudiante de secundaria puede enseñársele. {315} Porque el enseñar es una amplia aceleración del proceso del aprendizaje. El enseñar lanza las claves, las pistas señaladas que llevan a los chispazos inteligentes ; él {290} atrae la atención para remover las imágenes distractivas que los impiden; plantea las preguntas ulteriores que revelan la necesidad de más chispazos inteligentes para completar, modificar y transformar el depósito adquirido; capta la seriación de actos de entender para empezar por el que es sencillo y trabaja en pos del que es más complejo. Pero lo que los profesores profesionales hacen explícita y deliberadamente, también lo hacen implícita e inconscientemente los padres con sus hijos, y los iguales entre sí. Hablar es un arte humano básico. Por él cada uno revela lo que conoce, y provoca en otros las preguntas ulteriores que dirigen su atención a lo que él había pasado por alto. Más general y más impresionante que el hablar es el actuar: los hechos despiertan nuestra admiración y nos mueven a la emulación; vigilamos cómo se hacen las cosas; experimentamos para ver si podemos hacerlas nosotros mismos; vemos de nuevo para descubrir los descuidos que nos han conducido al fracaso. Así sucede que lo descubierto por cualquiera pasa a ser posesión de muchos, para comprobarse por la experiencia de éstos y confrontarse con la prueba de sus preguntas ulteriores. Así también sucede que los descubrimientos de diferentes individuos entren en una sola serie acumulativa; que los posteriores presupongan y mejoren lo de los anteriores; y que el punto de partida de cada generación se halle donde su predecesor se detuvo.

La fuente remota, pues, de los juicios del sentido común es una colaboración. El proceso autocorrectivo del aprendizaje prosigue en las mentes de los individuos, pero las mentes individuales están comunicándose. Los resultados alcanzados por uno son comprobados por muchos, y nuevos resultados se les añaden a los antiguos para formar un fondo común del que cada uno toma su porción variable, misma que se mide por sus intereses y su energía.

Hay otra cara en la historia. Es humano errar, y los juicios del sentido común son muy humanos. Ellos se apoyan en el proceso autocorrectivo del aprendizaje en cuanto transformado por la comunicación y la colaboración. Pero los hombres comparten no sólo la curiosidad intelectual, sino también las pasiones y prejuicios más terrenos. El carácter mixto de los impulsos humanos pueden generar una desviación común del producto puro de la inteligencia, y aun la deshonestidad común de rehusarse a reconocer la pertinencia efectiva de las preguntas ulteriores pertinentes. Así sucede que nos encontramos a cada tribu y nación, a cada grupo y clase, inclinado a desarrollar su propio tipo de sentido común y a reforzar sus convicciones ridiculizando al sin-sentido común de los demás. Desde las contradictorias variedades del sentido común, han recurrido los hombres al consentimiento común de {316} la raza humana. Pero bien puede dudarse de que tal procedimiento vaya {291} hasta la raíz del asunto. Si uno debe sospechar de la colaboración de grupos y clases, de tribus y naciones, no se sigue que uno no pueda sospechar de la colaboración de la humanidad. El error no es primariamente un producto de clase ni un producto nacional. Es humano. El grupo o la clase, la tribu o la nación, sólo les da un giro más específico a los

que uno mismo en su investigación y selección haya obrado exclusivamente por dicho impulso incontaminado.

La colaboración llamada sentido común no sólo ofrece enormes beneficios y ventajas, sino que también los entrelaza con más de un peligro de desviación y aberración. Tampoco nosotros mismos como espectadores estamos fuera de esta colaboración. Hemos nacido dentro de ella. No tenemos otra posibilidad que la de hacernos participantes, que la de aprovechar sus beneficios y compartir sus errores. No tenemos posibilidad de retirarnos de ella, porque no es más fácil desprendernos del desarrollo previo de nuestro propio intelecto que desprendernos del crecimiento anterior del propio cuerpo; y el desarrollo futuro tendrá que tener lugar esencialmente bajo las mismas condiciones y limitaciones que el del pasado. Hay, pues, un problema fundamental, y no podemos discutir de momento cómo ha de resolverse. Nuestro objetivo inmediato tiene que reducirse a discernir el campo o dominios dentro de los cuales puede esperarse que el sentido común opere exitosamente. Esto nos trae a nuestro segundo tópico.

5.2 El Objeto de los Juicios del Sentido Común.

Ya se ha trazado una distinción entre la descripción y la explicación. La descripción trata las cosas en cuanto relacionadas con nosotros. La explicación trata las mismas cosas en cuanto relacionadas entre sí. Las dos no son totalmente independientes, porque manejan las mismas cosas y, como hemos visto, la descripción aporta, por así decirlo, las tenacillas con que agarramos las cosas mientras se descubren o verifican, aplican o revisan las explicaciones. Pero a pesar de su conexión íntima, queda el que la descripción y la explicación miran las cosas de maneras fundamentalmente diferentes. Las relaciones de las cosas entre sí son, en general, un campo diferente del de las relaciones de las cosas con nosotros. Hay un traslape aparente sólo cuando consideramos las relaciones de los hombres entre sí; y entonces los diferentes procedimientos de descripción y explicación impiden que el traslape {317} sea más que aparente, porque la descripción {292} se hace en términos de lo dado, mientras que la explicación se hace en términos de lo último alcanzado por el análisis.

No sólo son distintas la descripción y la explicación, sino que también se dan dos principales variedades de descripción. Están las descripciones ordinarias que pueden hacerse en lenguaje ordinario. Están también las descripciones científicas para las que el lenguaje ordinario se muestra rápidamente inadecuado y así es forzado a cederle el sitio a una especial terminología técnica. Tampoco es difícil discernir tras esas diferencias lingüísticas una diferencia más fundamental. Las descripciones ordinaria y científica se interesan en las cosas en cuanto relacionadas con nosotros, pero no se interesan las dos en las mismas relaciones con nosotros. El científico selecciona las relaciones de las cosas con nosotros que llevan más directamente al conocimiento de la relación entre las cosas mismas. La descripción ordinaria está libre de esta preocupación ulterior. Así como empieza, así termina teniendo como centro las aprehensiones e intereses humanos.

Existe, pues, un campo o unos dominios determinados de la descripción ordinaria. Su punto de vista formal, o que lo define, es la cosa en cuanto relacionada con nosotros, en cuanto entra dentro del interés del hombre. Su objeto es lo que ha de conocerse por los juicios concretos factuales, por los juicios acerca de lo correcto de los chispazos inteligentes sobre situaciones concretas, por las analogías y generalizaciones concretas, y por la colaboración del sentido común. Es un objeto del conocimiento tanto como cualquier otro, ya que se alcanza empezando desde el nivel de las presentaciones, avanzando por la pregunta, los chispazos inteligentes, y la formulación, y culminando en el preguntar crítico del entender reflexivo, la captación del incondicionado, y la afirmación racionalmente impuesta del juicio. Para anticipar un vocabulario que aparecerá después, el dominio de la descripción ordinaria es una sección del universo del ser, de lo que es captado inteligentemente y afirmado razonablemente. Cuánto de esta sección alcanza realmente la descripción ordinaria, es por supuesto otra pregunta. Al menos algo es conocer la meta a la que tiende, y ese ha sido nuestro tópico restringido.

Pero antes de pasar a nuestro tercer tópico, puede ser bueno prevenir posibles malos entendidos. Primero, pues, la colaboración humana que da como resultado un sentido común implica la creencia. El análisis de la creencia no puede todavía emprenderse. Pero el tipo de creencia que es esencial en esta colaboración se parece a la del alumno que le cree a su maestro sólo para que después él mismo sea capaz de entender y de juzgar por sí mismo. Se parece a la del científico, que no insiste en explorar por sí mismo todos los callejones sin salida por donde vagaron sus predecesores, sino que se contenta {293} con probar sus resultados finales ya sea directamente repitiendo unos experimentos, o {318} más comúnmente operando con el principio de que si fueran errados esos resultados, el error se hubiera revelado indirectamente en los experimentos que él mismo realiza. De aquí que un hombre que pronuncia un juicio de sentido común está convencido de que está expresando, no lo que otro haya dicho, sino lo que él mismo conoce.

resultados, está dictado por el objeto por conocerse, por la cosa en cuanto ella está relacionada con nosotros y en cuanto entra en los intereses de los hombres. Fue una escuela filosófica quien inventó la noción de que las ideas son verdaderas porque sucede que funcionan. A pesar de su practicidad, el sentido común está convencido de que las ideas funcionan sólo si son verdaderas. Tampoco esto es sorprendente, porque la pregunta práctica ulterior es una pregunta ulterior que lleva a la modificación o revisión de un chispazo inteligente; y el criterio pragmático de éxito es la ausencia del fracaso que revelaría la necesidad de pensar las cosas de nuevo.

Tercero, la colaboración humana que tiene como resultado el sentido común está sujeta a las desviaciones y aberraciones que tienen su raíz en los motivos mezclados del hombre. Pero sólo en la medida que yo mismo comparto esos motivos mezclados sucede que mi intelección y mi juicio sufrirán el mismo sesgo y se alinearán con las mismas desviaciones y aberraciones. En tanto que las comparta, mis esfuerzos por la corrección y selección serán tan sospechosos como los juicios que deseo eliminar. Sólo cuando voy a la raíz del asunto y me hago eficazmente crítico de mí mismo puedo empezar a ser un juez confiable; y entonces dicho empezar a ser consistirá en el proceso autocorrectivo del aprendizaje que ya se ha descrito.

5.3 Juicio del Sentido Común y Ciencia Empírica

Nuestro tercer tópico principal fue la relación del sentido común con la ciencia, y nuestra afirmación fundamental es que los dos miran campos distintos y separados. El sentido común se interesa en las cosas en cuanto relacionadas con nosotros. La ciencia se interesa en las cosas en cuanto relacionadas entre sí. En principio, no pueden chocar, porque si bien hablan de las mismas cosas, lo hacen desde puntos de vista radicalmente diferentes.

{319} Cuando digo que en principio no pueden chocar, quiero decir por supuesto {294} que de hecho sí pueden y lo hacen. Para eliminar el conflicto actual se necesita captar el principio y aplicarlo cuidadosamente.

La dificultad básica ha sido captar el principio. Los científicos del renacimiento se daban bien cuenta de que había alguna diferencia en principio, pero lo expresaban como una distinción entre las cualidades primarias y secundarias. La ciencia se interesa en las cosas y en sus cualidades primarias, esto es, en las cosas tal como ellas son en realidad. El sentido común se interesa en las cosas y en sus cualidades primarias y, sobre todo, en sus cualidades secundarias; esto es, principalmente en las cosas en cuanto que ellas meramente aparecen. En esta muestra, el conocimiento es ciencia, y donde el sentido común diverge de la ciencia, parcialmente se trata de las tinieblas de la ignorancia y el error, parcialmente se trata del crepúsculo al que ha de reemplazarlo pronto la aurora científica. Naturalmente estas pretensiones exclusivistas encontraron pretensiones opuestas igualmente exclusivistas, y se agrió el debate sobre un asunto equivocado. Hoy, pienso, podemos estar no sólo más fríos sino ser más sabios acerca de todo el asunto. Como se ha argumentado en capítulos anteriores, dentro del conocimiento es necesario distinguir unos territorios separados pero complementarios. Hay un territorio comprensivo, universal, invariable, no imaginable; su objeto es la cosa misma, cuyas diferencias de especie las definen los conjugados explicativos, y cuyas diferencias de estado las definen las frecuencias ideales. También está un territorio experiencial, particular, relativo, imaginable; su objeto es la cosa para nosotros, cuyas diferencias de especie las definen los conjugados experienciales, b y cuyas diferencias de estado las define la expectativa de lo normal. El primer campo de la ciencia empírica ha de alcanzarse sólo abstrayendo del residuo empírico. El último campo incluye el residuo empírico; ve las cosas en su individualidad, sus determinaciones accidentales, su arbitrariedad, su continuidad.

La significatividad de esta distinción aparece en la lógica como la separación de dos universos del discurso. Para concretar el asunto, tomemos unas proposiciones ilustrativas y consideremos los tres casos de (1) ignorar la distinción de los territorios, (2) negar la distinción de los territorios, y (3) aceptar la distinción de los territorios.

Primero, si uno ignora la distinción de los territorios, entonces uno tiene el problema de escoger entre las proposiciones: Los planetas se mueven en órbitas aproximadamente elípticas teniendo al sol en su foco.

La tierra está en quieta, y el sol se levanta y se pone.

{320} {295} Segundo, si uno niega la distinción de los territorios, uno está comprometido con la elección más difícil entre las proposiciones:

Desde cualquier punto de vista los planetas se mueven en órbitas elípticas teniendo al sol en su foco. Desde cualquier punto de vista, la tierra está quieta, y el sol se levanta y se pone.

Tercero, si uno afirma la distinción de los territorios, entonces uno rechazará las cuatro proposiciones precedentes para afirmar las dos siguientes:

Desde el punto de vista de la explicación, los planetas se mueven en órbitas aproximadamente elípticas, teniendo al sol en su foco.

En esta tercera posición se dan dos universos separados del discurso. Todas las afirmaciones de la ciencia empírica contienen la reserva calificativa "desde el punto de vista de la explicación". De modo semejante, todas las afirmaciones del sentido común contienen la reserva calificativa "desde el punto de vista de la descripción ordinaria". Automáticamente se elimina todo conflicto lógico, porque las reservas calificativas impiden que las proposiciones de un universo contradigan las proposiciones del otro.

Subyacentes bajo esta separación lógica estarán unas diferencias metodológicas más fundamentales. Tanto la descripción ordinaria como la ciencia empírica alcanzan sus conclusiones por el proceso autocorrectivo del aprendizaje. Con todo, ellas alcanzan conclusiones muy diferentes porque, aunque usan esencialmente el mismo proceso, operan con diferentes estándares y criterios. Lo que para la ciencia empírica es una pregunta ulterior pertinente no es necesariamente una pregunta ulterior pertinente para la descripción ordinaria. A la inversa, lo que para la descripción ordinaria es una pregunta ulterior pertinente no es necesariamente una pregunta ulterior pertinente para la ciencia empírica. Esta diferencia fundamental en el criterio de relevancia de las preguntas ulteriores es el que señala la gran división entre una actitud científica y una actitud de sentido común. Puesto que pretende una explicación última, el científico tiene que seguir preguntando ¿Por qué? hasta que se alcance la explicación última. Puesto que el lego quiere conocer las cosas en cuanto relacionadas con nosotros, en cuanto que entran en los territorios de los intereses humanos, cesa su preguntar tan pronto como un inquirir ulterior no conduce a diferencias inmediatas, {321} apreciables, en la vida diaria del hombre. De aquí que el lego intente imponerle su criterio al científico cuando le pregunta qué está haciendo y prosigue con la pregunta: {296} '¿Para qué sirve?' Porque si bien la pregunta práctica puede hacérseles a unos ingenieros, técnicos y médicos, el único efecto que tendría en la ciencia pura sería eliminar cualquier progreso ulterior. A la inversa, quien se dedica a la ciencia pura está intentando imponerle sus criterios al sentido común cuando interpreta una actitud práctica como una falta de interés en la verdad; es, por cierto, una falta de interés en la verdad que busca el científico, pero ese no es el único territorio en donde se aprende la verdad. El entender reflexivo puede alcanzar el incondicionado virtual, formular juicios correctos sobre el hecho concreto y discernir chispazos inteligentes correctos sobre situaciones concretas. Sin esos juicios básicos la ciencia carece de punto de partida, e igualmente, los gloriosos logros de la ciencia aplicada no podrían afirmarse verdaderamente.

La diferencia de los territorios aparece no sólo en los diferentes criterios de lo pertinente de las preguntas ulteriores, sino también en la diferencia de los términos empleados y en las posibilidades que ellos ofrecen respectivamente para la deducción lógica. Debido a que la descripción ordinaria se interesa en las cosas-para-nosotros, deriva sus términos de la experiencia cotidiana; debido a que los elementos de la experiencia diaria son constante, los términos de la descripción ordinaria son constantes; las formas visibles y el espectro de los colores, el volumen, elevación y tono de los sonidos, lo caliente y lo frío, lo húmedo y seco, lo duro y suave, lo lento y rápido, el ahora y el entonces, el aquí y el ahí, no cambian de significación con las revisiones sucesivas de las teorías científicas; las unidades concretas que son los hombres, los animales y las plantas, las regularidades de la naturaleza y las expectativas de un curso normal de eventos forman una base y contexto necesarios e inmutables en los que la ciencia aplicada introduce sus mejoras.

A la inversa, debido a que la ciencia busca el conocimiento de las cosas en cuanto relacionadas entre sí, debido a que tales relaciones quedan fuera de nuestra experiencia inmediata, y debido a que lo último en dichas relaciones ha de alcanzarse sólo cuando se alcance la explicación última, por eso, cada gran paso adelante en el conocimiento científico implica una revisión más o menos profunda

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