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Los chispazos inteligentes directos e introspectivos surgen como respuesta a una actitud inquisitiva. Hay datos por entenderse; el inquirir busca entender; y el chispazo inteligente surge como la intelección relevante. Pero una cosa es una idea meramente brillante, y otra, una idea correcta. ¿Cómo distinguimos las dos?

La pregunta no se hace en toda su generalidad sino respecto a situaciones concretas que divergen de nuestras expectativas y que por tal divergencia nos plantean un problema. Así, para mantener nuestra ilustración anterior, el hombre que regresa a su casa pudiera haber dicho: Ha habido un fuego. Puesto que ya no había fuego, tal juicio supondría un chispazo inteligente que sumó: dos y dos son cuatro. Nuestra pregunta es ¿qué base puede tener tal chispazo inteligente para considerarse correcto?

Primero, pues, nótese que los chispazos inteligentes no sólo surgen para contestar preguntas sino que también son seguidos por preguntas ulteriores. Nótese, además, que tales {309} preguntas ulteriores son de dos clases. Ellas pueden agarrarse al primer asunto, o pueden proseguir suscitando asuntos distintos. ¿Qué inició el fuego? ¿Dónde está mi mujer? Nótese, en tercer lugar, que el paso a asuntos distintos puede darse por razones muy diferentes; puede ser que lleguen {284} diferentes intereses que dirijan la atención a otra parte; pero también puede ser que el asunto inicial se haya agotado porque no haya más preguntas que hacer sobre él.

Distingamos ahora entre los chispazos inteligentes vulnerables y los invulnerables. Los chispazos inteligentes son vulnerables cuando quedan más preguntas por hacerse sobre el mismo asunto. Porque las preguntas ulteriores llevan a ulteriores chispazos inteligentes que ciertamente complementan el chispazo inteligente inicial, que en una mayor o menor medida modifican su expresión e implicaciones, que tal vez lleven a un parecer enteramente nuevo sobre el asunto. Pero cuando no hay ya más preguntas, el chispazo inteligente es invulnerable. Porque sólo con preguntas ulteriores es como surgen los chispazos inteligentes ulteriores que completan, modifican o revisan el acercamiento y explicación inicial.

Ahora bien, esto revela una ley inmanente y operante en el proceso cognoscitivo. Antes de nuestra distinción conceptual entre chispazos inteligentes correctos y errados, se da una distinción operativa entre chispazos inteligentes invulnerables y vulnerables. Cuando un chispazo inteligente enfrenta de plano el asunto, cuando da en el blanco, cuando determina la materia, ya no hay más preguntas que hacer y por eso ya no hay ulteriores intelecciones que le planteen un reto a la posición inicial. Pero cuando el asunto no se enfrenta de plano, habrá ulteriores preguntas que revelarán lo insatisfactorio del chispazo inteligente y evocarán los chispazos inteligentes ulteriores que arrojen nueva luz al asunto.

Tal es, pues, el elemento básico de nuestra solución. El nexo entre el condicionado y sus condiciones es una ley inmanente y operante en el proceso cognoscitivo. El condicionado es el juicio anticipado: "Este o aquel chispazo inteligente directo o introspectivo es correcto." La ley inmanente del proceso cognoscitivo puede formularse con nuestro análisis. Tal chispazo inteligente es correcto si ya no hay ulteriores preguntas pertinentes.

De inmediato se sigue que las condiciones para el juicio anticipado se cumplen cuando ya no hay ulteriores preguntas pertinentes.

Nótese que no basta con decir que las condiciones se cumplen cuando ya no se me ocurren a mí ulteriores preguntas. La mera ausencia en mi mente de preguntas ulteriores puede tener otras causas. Mi curiosidad intelectual puede estar entorpecida por otros intereses. Mi disponibilidad para satisfacer otros impulsos puede rehusarles a las preguntas ulteriores la posibilidad de emerger. Formular

ulteriores en mi mente no es suficiente, así también es demasiado pedir que la misma posibilidad de preguntas ulteriores tenga que excluirse. Si de hecho ya no hay ulteriores preguntas, entonces de hecho el chispazo {285} inteligente es invulnerable; si de hecho el chispazo inteligente es invulnerable, entonces de hecho el juicio que lo aprueba será correcto.

Pero ¿cómo va uno a atinarle a este feliz equilibrio entre la prisa y la indecisión? ¿Cómo va a saber uno que se ha alcanzado? Si hubiera alguna fórmula o receta simple para responder estas preguntas, entonces los hombres de buen juicio podrían producirse a placer indefinidamente. Todo lo que podemos intentar es un análisis de los factores principales del problema, y delinear la naturaleza general de su solución.

En primer lugar, pues, uno tiene que dejarles a las preguntas ulteriores la posibilidad de surgir. La semilla de la curiosidad intelectual tiene que crecer hasta ser un árbol rugoso para defender lo propio frente los deseos y temores, conatos y apetitos, impulsos e intereses que habitan el corazón del hombre. Más aún, cada chispazo inteligente tiene su séquito de presuposiciones, implicaciones y aplicaciones. Uno tiene que dar los pasos necesarios para que dicho séquito salga a la luz. Las presuposiciones e implicaciones de un chispazo inteligente dado tienen que trabarse coherentemente con las presuposiciones e implicaciones de otros chispazos inteligentes. Sus posibilidades de aplicarse correctamente tienen que entrar en el campo de operaciones y superar la prueba del éxito o fracaso. Yo no digo, por supuesto, que la vida concreta sea proseguir esta expansión lógica y operativa a la manera explícita, deliberada y elaborada del investigador científico. Pero sí digo que algo equivalente ha de buscarse estando alerta intelectualmente, tomándose el tiempo necesario, hablando de los asuntos, y aplicándoles a los puntos de vista la prueba de la acción.

En segundo lugar, ha de notarse el primer asunto. Detrás de la teoría de los chispazos inteligentes correctos está también la teoría de los problemas correctos. Esquivar este primer asunto fue lo que supusimos en una situación concreta que diverge de nuestras expectativas y dicha divergencia define el problema. En otras palabras, se ha postulado alguien que inquiere, que entiende los antecedentes de la situación y así conoce lo que ha de esperarse; también se ha postulado un problema existente, que se define exactamente por la divergencia de la situación respecto a las expectativas corrientes, que a su vez proporciona una definición de la pertinencia de cualesquiera preguntas ulteriores.

Ahora bien, esto equivale a decir que el buen juicio acerca de cualquier chispazo inteligente tiene que descansar en la adquisición previa de una gran cantidad de otros chispazos inteligentes conexos y correctos. Pero antes de intentar romper este círculo vicioso, {311} asegurémonos antes del hecho de su existencia. Los niños hacen preguntas interminables; no tenemos duda de su curiosidad intelectual; pero lejos de reconocerles por ello un buen juicio, no suponemos que alcancen el uso de la razón hasta que cumplen siete años. Los hombres y las mujeres {286} jóvenes tienen la mente alerta que justifica el que pueblen las escuelas y universidades, pero la ley duda de lo sano de su juicio y los considera menores de edad, mientras que Aristóteles negaba que tuvieran suficiente experiencia para aprovechar el estudio de la ética. 54 Y no se da sólo la dificultad inicial de la adquisición, sino que también se da la necesidad subsiguiente de mantenerse en contacto. El hombre que regresa a un campo del comercio o la industria, a una profesión o a un medio ambiente en el que en otro tiempo se sintió completamente situado, puede tratar de proseguir desde el punto donde se había quedado. Pero a no ser que de los errores e ineptitudes menores aprenda a ser más cauteloso, sólo estará convocando a los disparates y al desastre. El buen juicio sobre los chispazos inteligentes concretos presupone que se haya adquirido con anterioridad un grupo organizado de chispazos inteligentes complementarios.

En tercer lugar, pues, está el proceso del aprendizaje. Éste es la adquisición y acumulación gradual de intelecciones que se dan en un mismo territorio. Durante dicho proceso, el juicio propio de uno se halla en suspenso. Se va desarrollando y formando pero todavía no ha alcanzado la madurez necesaria para su ejercicio independiente. Porque la adquisición y acumulación gradual de los chispazos inteligentes no son un mero avanzar en el entender directo o introspectivo. Al mismo tiempo la curiosidad intelectual se está afirmando a sí misma frente a los otros deseos. Al mismo tiempo el séquito lógico de presuposiciones e implicaciones de cada chispazo inteligente se está expandiendo, ya sea para entrar en conflicto y provocar más preguntas, ya sea para enredarse en incoherencias. Al mismo tiempo, se vislumbran las posibilidades operativas para probarse en experimentos pensados, para contrastarse con la práctica actual, para ejecutarse en empresas que gradualmente crecen en inercia y pretenden iluminarnos con los fracasos y generar confianza por los éxitos.

Así es como el proceso del aprendizaje rompe el círculo vicioso. El juicio sobre lo correcto de los chispazos inteligentes supone la adquisición previa de un gran número de chispazos inteligentes correctos. Pero los chispazos inteligentes no son correctos porque juzguemos que lo sean. Ellos ocurren dentro del proceso autocorrectivo en que los resultados de cada chispazo inteligente provocan preguntas ulteriores para que resulten chispazos inteligentes complementarios. Más aún, este proceso autocorrectivo tiende a un límite. Nos familiarizamos con las situaciones concretas; conocemos qué esperar; cuando sucede lo inesperado podemos localizar exactamente lo que sucedió, {312} y por qué, y lo que puede hacerse para favorecer o impedir su recurrencia; o si es muy novedoso lo inesperado, conocemos bastante como para recomenzar el proceso de aprendizaje y podemos reconocer cuándo, una vez más, tal proceso 54 [ARISTÓTELES, Ética, I, 3, 1095a 2-12.]

En cuarto lugar, el apresuramiento y la indecisión por lo común tienen una base en el temperamento. Aparte de arranques ocasionales, que vemos como salidas de carácter, el hombre apresurado casi siempre está bastante seguro, y el hombre indeciso por lo regular es incapaz de formarse una opinión. En tales casos no basta con apuntar que el aprendizaje es un proceso autocorrectivo que tiende a un límite, ni que aunque el límite no esté señalado por una etiqueta, con todo, revela su logro la habilidad habitual de saber de qué se trata. Porque a no ser que se haga un esfuerzo especial para controlar al temperamento mismo, el hombre apresurado sigue presumiendo demasiado rápidamente que no tiene nada más que aprender; y el hombre indeciso continúa sospechando que unos depósitos más profundos de posibilidades sombrías amenazan invalidar lo que él conoce bastante bien.

Finalmente, notamos haber dejado para otra ocasión discutir las opiniones filosóficas de que nadie puede tener certeza. Nuestro propósito inmediato es explicar los hechos. Los juicios humanos y los rechazos a juzgar oscilan alrededor de un término medio central. Si bien el lugar preciso de dicha localización puede definirse difícilmente, al menos hay muchos puntos en los que aun el apresurado no se aventuraría a pronunciarse, y muchos otros en los que aun el indeciso no dudaría. ¿Cuál es, pues, la forma general de dicha certidumbre de la ignorancia, y de dicha certidumbre del conocimiento?

Nuestra respuesta se da en términos del incondicionado virtual. Ahí se da un chispazo inteligente reflexivo en que a la vez uno capta (1) un condicionado, el juicio anticipado de que un dado chispazo inteligente directo o introspectivo es correcto, (2) un nexo entre el condicionado y sus condiciones, y basándose en un análisis introspectivo, se ve que éste consiste en que un chispazo inteligente es correcto si es invulnerable, y es invulnerable si ya no hay más preguntas pertinentes, y (3) el cumplimiento de las condiciones, a saber, que el chispazo inteligente dado pone fin al preguntar ulterior pertinente, y que esto ocurre en una mente alerta, familiarizada con la situación concreta, y con el dominio intelectual de ella.

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