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El comienzo de la amistad entre María Zambrano y Miguel Hernández tiene la fecha de un poema (1934). Junto a él, un artículo de 197759 y una carta de 1979 son todos los

documentos que pueden dar un testimonio sólido de la «dilecta amistad», como la llamó Ramón Pérez Álvarez. Miguel Hernández publicó el poema titulado La morada amarilla dedicado a María Zambrano en la revista El Gallo Crisis (núm. 2, Virgen de agosto, 1934) que dirigía su gran amigo y paisano Ramón Sijé. Reconstruir el motivo y el origen de este poema es reconstruir el primer encuentro entre Zambrano y Miguel Hernández. El 19 julio de 1934, Miguel Hernández viaja por tercera vez a Madrid, y como en los anteriores viajes tiene el único propósito de darse a conocer y acaso ir buscando el modo de instalarse en la capital. Esta visita, especialmente breve, está relacionada con la publicación de su auto

58 Ibíd., p.102

59 El artículo se publicó en el suplemento «Arte y pensamiento» del diario El País con fecha de 9 de julio de

1978. El artículo está dedicado al sacerdote Alfonso Roig. «A don Alfonso Roig que en tiempos de impenetrable oscuridad dio aliento de vida y palabra verdadera con la obstinación del agua» Según carta de María Zambrano a Ramón Pérez Álvarez, el origen del artículo fue una carta que ésta escribió al sacerdote hablándole de Miguel Hernández y que fue el mismo Alfonso Roig quien le conminó a escribir el artículo. Vid. Carta de María Zambrano a Ramón Pérez Álvarez (Ferney-Voltaire, 11 de enero de 1979) en Ramón Pérez Álvarez, Hacia Miguel Hernández, edición de Aitor L. Larrabide y José Luis Zerón Huguet. Ed. Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2003, p. 88

sacramental Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras, que en tres entregas (julio, agosto y septiembre) irá dando la revista Cruz y Raya (números, 16, 17 y 18) 60. Así pues, en

la pequeña tertulia de la revista que se formaba en la calle madrileña General Mitre y cuyo anfitrión era Bergamín, pudo tener lugar el primer encuentro e incluso pudo ser el propio Bergamín quien los presentara61, como sucedió en ese mismo viaje con Pablo Neruda, otra

personalidad fundamental para Miguel Hernández, que con el tiempo sería su gran amigo y valedor.

Sorprende que un encuentro tan breve como su estancia en Madrid fuera suficiente para que Miguel Hernández, recién llegado a Orihuela, escriba y dedique un poema a Zambrano y aparezca ya publicado apenas un mes después de haberse conocido. No existen testimonios de cuánto duró ese primer encuentro ni cuál fue el tema de conversación, sin embargo Zambrano recordará años después haber tenido una sensación tan intensa como la que suponemos que debió tener el poeta oriholano al apresurarse a escribir «La morada amarilla». El poema, aun pudiéndose inscribir en el orden de las inquietudes religiosas del primer Miguel Hernández, parte de un motivo, sin embargo poco común en su poesía, como es cierto «paisajismo» castellano:

«(...)

muy pobremente rica, muy tristemente bella, la tierra castellana ¿se dedica? A ser Castilla ¿ella?

El desamparo cunde -¡qué copioso!- al amparo -¡qué inmenso!- de la altura incansable mapa de reposo,

sacramental llanura:

de más la soledad y la hermosura Pan y pan, vino y vino

Dios y Dios, tierra y cielo,

enguizcando a las aves y al molino, pasa el aire de vuelo

60 Vid. José Luis Ferris, Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta. Ed. Temas de Hoy, Madrid, 2002,

pp. 174-6

61 El encuentro se produce en 1934 y de ese año data la última colaboración de Zambrano en Cruz y Raya, así

sube la tierra al cielo paso a paso Baja el cielo a la tierra de repente (un azul de llover cielo encendido bueno para marido)

cereal y vinícola en el raso Dios al fin accidente

hace en la viña y en las mieses nido ¡Qué morada es Castilla!

¡qué morada! de Dios ¡qué amarilla! ¡qué solemne morada!

de Dios la tierra arada, enamorada, la uva y verde la semilla

(...)

Páramo mondo, mondas majestades: Mondo cielo, luz monda, mondo olivo: monda paz: y silencio mondo y vivo: ¡Soledad, soledad de soledades! con una claridad a la redonda viuda, sola y monda.

¡No hay luz! más aflictiva ¡no hay soledad! más honda ¡no hay angustia! más viva (...)» 62

Podemos apreciar como rasgo del poema cierta mística de la llanura y del paisaje castellano, amarillo y cereal, morada divina como el de La Mancha; igual al que pudo contemplar en sus viajes en tren a Madrid y granado de metáforas con sabor evangélico sobre la germinación y los frutos. Hay cierto empleo del lenguaje místico en la propia idea de morada, en el juego de contrarios amparo-desamparo, el matrimonio del cielo y la tierra, en su viudedad y en su soledad ascética, así como todo ese tono exclamativo que viene a subrayar la intuición de lo sagrado. De una actitud contemplativa se pasa a una voluntad de comunión, así los elementos eucarísticos, el pan y el vino, aparecen de forma insistente: «Pan y pan/ vino y vino/ Dios y Dios» al igual que aparecen bajo sus símbolos del cáliz y la

62 Miguel Hernández, «La morada amarilla», en El Gallo Crisis nº 2, (Virgen de agosto, 1934) Orihuela, Edición

espiga. Voluntad de comunión con la tierra, con la amiga, con lo total: «Y has de ser resumible ¡siempre! –Amiga-/ en un racimo, un cáliz y una espiga»63.

El poema, como ya se ha dicho, pertenece a un momento de inquietud y tal vez crisis religiosa que se manifestó en toda una serie de poemas escritos entre 1933 y 1934, en la etapa que va desde su primer libro Perito en lunas (1933) a El rayo que no cesa (1936). Es por tanto una etapa de lecturas intensas con una huella muy fuerte de poetas como San Juan de la Cruz o Fray Luis, a lo que cabría añadir la influencia religiosa del ambiente oriholano a través, sobretodo, de su gran amigo Ramón Sijé. De este período ha quedado un buen número de poemas sin libro aunque el propio Hernández tuviera el propósito de agruparlos en uno.

No será hasta 1977 cuando Zambrano escriba un artículo titulado «Presencia de Miguel Hernández». Aunque su memoria se remonta a un Miguel Hernández asistiendo a la tertulia que organizaba en su casa de la Plaza del Conde de Barajas, no recuerda cuándo y cómo le conoció pero da a entender que en su casa64, aunque sí precisa la fecha de su

llegada a Madrid, 1934, y es que más allá de los datos –parece que Zambrano en los escritos biográficos se encuentra más cómoda en la alusión que en el dato- lo que tiene real importancia es la presencia de Miguel Hernández, presencia primera en la que encontrarse y conocerse fue todo uno –como dice-, presencia de su inédita persona en el Madrid de los años anteriores a la guerra y ausencia de su persona desde 1942 pero, recuerdo y obra viva. No por este modo de aludir desconoce aspectos de su vida como el trabajo para la Enciclopedia taurina de Cossio, «un trabajo que no se si le gustaba» o como el rechazo que Miguel Hernández, en general bien recibido por el mundo literario, provocaba en Lorca:

63 Ibíd., p.22

64 Al no asegurar Zambrano que se encontrara con él en su tertulia de la Plaza del Conde de Barajas nos

permite sostener la hipótesis –mantenida por Ramón Pérez Álvarez- de que se conocieran en la tertulia de

Cruz y Raya, ya que tanto la brevedad del viaje como el motivo del mismo tienden a hacer pensar que Miguel

Hernández se mantuviera en la órbita de Bergamín. Poco después de ese viaje, el poeta se asentará en Madrid y ya serán frecuentes sus visitas a la tertulia en casa de Zambrano, que por los datos que ésta menciona en el artículo aluden a ese tiempo en que el poeta vive en la capital. Otro testimonio nos habla de la frecuencia de Hernández en la tertulia de Zambrano: Camilo José Cela, Memorias, entendimientos y voluntades. Ed. Espasa, Madrid, 2001, p.169.

« Y toda aquella “pléyade de poetas” que lo acogió como mejor podían, con la excepción de un poeta prometido al “sacrificio” en modo fulgurante, que experimentaba una especie de “alergia” por su presencia personal. Y de ello poco supe, pues que Miguel acusaba la tristeza mas no la causa»65

Entre los años 35 y 36 la amistad del poeta y la pensadora debió alcanzar su momento de trato más frecuente, confianza y confidencia pero también preocupación ante los acontecimientos que se avecinaban:

«Salíamos a pasear por aquellos lugares de la entrada a Madrid, cuesta abajo calle de Segovia para sentarnos algún rato en el puente o sobre alguna piedra a la entrada de la Casa de Campo, solos y como si estuviéramos abandonados. Por mi parte pasaba un momento extremadamente difícil y creo fuera ello lo que nos unió tan diáfanamente. Mas no sólo contaba lo que de difícil tuvieran nuestras singulares situaciones, sino más todavía la amargura que brotaba de aquellos racimos de viña tan floreciente porque el dolor se nos adelantaba ya (...) veneno y sierpe se nos daban a beber y a sentir. Y cierta estoy de que no éramos los únicos en sentirlo, digo únicamente que Miguel Hernández se acompañaba y me acompañaba más que nadie en este sufrimiento. A pocos seres he visto sufrir así “cuando todo le iba bien”».66

El artículo se mueve entre la sentida semblanza simbólica y el sentido que tiene la unidad de hombre y obra en Miguel Hernández. Así, y lejos de la condescendiente imagen del poeta-pastor que tanto ha pesado sobre él, Zambrano arriesga una osada comparación con el indígena, que por un secreto surco de la memoria le recuerda a César Vallejo67. Es el

65 María Zambrano «Presencia de Miguel Hernández» El Pais (Sup. Arte y Pensamiento) 6 de julio de 1978,

Madrid pp. VI-VII, también (y por el que citamos) en María Zambrano y Ortega y Gasset Andalucía sueño y

realidad. Ed. Biblioteca de la Cultura Andaluza, Granada, 1984 p. 164

66 Ibíd., p. 165

67 Como veremos más adelante César Vallejo, con el que a penas pudo tratar Zambrano, adquiere cierta

«sufridor de siglos contados y de los que no se cuentan», una suerte de hombre como surgido de la tierra «Seres polvorientos, de polvo de la tierra y de polvo estelar», en definitiva «seres que al extinguirse se encienden».68

Como en contacto o rozado por algo misterioso o sagrado presencia tan inédita como la de Miguel Hernández lleva a Zambrano a hablar del hombre en unidad con el amor y la poesía. Una entrega total al amor: «era uno de esos bienaventurados que aman sin avidez, y que aman sin afán de posesión, dispuestos a unirse únicamente» y que tiene incluso «figura de esposo. De aquel que ha ido siempre hacia la boda como forma de unión».69

Es un ser elegido a entregarse por amor. Una poesía como relación nupcial con el mundo, un esposo (de Josefina Manresa) y un soldado (voluntario del quinto regimiento), porque para Zambrano tanto la implicación de Miguel Hernández en la causa que defendía en las trincheras, como el desencanto que sufre el poeta a su regreso de la URRS le dejan «hermético», «enmudecido». Para Zambrano, Miguel Hernández es, en definitiva,

«Un creyente en la comunión que se da también por la palabra. Parecía usarla por primera vez o como si la hubiera recobrado. Su poesía delata una especie de deslumbramiento ante la palabra que en él, heredero de tantos silencios, se abría. Debió de ser una maravilla, una pura maravilla el descubrimiento de los clásicos españoles de la llamada época barroca».70

Un creyente que pasa por el trance de la conversión y de la entrega, que a su vez son el principio de la extinción y de la calcinación. La enfermedad, la fatiga y el desencanto que fue padeciendo Miguel Hernández a medida que transcurría la guerra resume para Zambrano ese sentido del desaparecer al entregarse. Su última poesía –dice- «nace como chorro de la fuente del dolor y del amor. Era un creyente y creyó siempre en lo mismo en

escribió «España aparta de mí este cáliz» y por toda la carga de significados que ese número XXIII de la revista tenía para Zambrano.

68 María Zambrano y Ortega y Gasset, o.c Ed. Biblioteca de la Cultura Andaluza, Granada, 1984., p. 166 69 Ibíd., p. 167

“el rayo que no cesa”, en el amor que no acaba» . Así tras su último encuentro en Valencia y en ese hermetismo de Hernández a su regreso de la URRS:

«No volví a verlo más –dice Zambrano- Más visible y manifiesto ha quedado a través de sus diversas agonías. De prisión en prisión, cerradas las puertas del amparo y del exilio, pasaba ya la raya de aquel Portugal. Las sentencias de muerte de emanadas de aquella “justicia” menos que humana, no se ejecutaban en virtud de intervenciones de escritures de fama mundial. Su inexorable agonía –pienso- que debía de apurarla gota a gota. Por breve tiempo le fue dado el único lugar de su ser: el hogar con su mujer única y su hijo (...) El lugar, único crisol de donde, aun en ausencia su palabra nació. Su poesía era ya nacida y naciente (...) al morir, su cuerpo, debía ser un signo»71

El valor documental del artículo no sólo permite reconstruir la honda amistad entre ambos, sino que puede considerarse como una aportación para entender el modo en que Zambrano se acerca a los poetas y sus obras. Un ejercicio de crítica literaria en que sin forzar la propia voz del poeta, es más, desde una sintonía con ella aproxima la poesía a un espacio de reflexión filosófica enraizado en los propios temas del poeta: el amor, el padecimiento, el mundo de lo sensible, etc.

Por otra parte, y teniendo en cuenta una circunstancia como la del exilio que una de las pérdidas que lleva aparejada es la «desconexión» con los sucesos y las personas que pueden narrarlos, Zambrano, seguramente de un modo incesante, no dejó de recabar toda clase de testimonios de aquellos que siguieron el hilo de los sucesos, como muestra, por ejemplo, su carta a Ramón Pérez Álvarez, paisano y compañero de prisión y agonía de Miguel Hernández, que –como ha quedado recogido- tuvo la iniciativa de, ante la imposibilidad de sacar una mascarilla mortuoria del poeta, pedir a otro preso, José María Torregosa, que sacara a lápiz unos retratos, lo que hizo no sin riesgo. Para concluir, cabe

71 Ibíd., p.171

citar la carta que Zambrano envía a Pérez Álvarez en respuesta a esa necesidad que muestra el interés de nuestra autora por conocer los sucesos y los testimonios:

«Mi buen amigo Ramón Pérez Álvarez:

Recibí ayer su conmovedora carta. Qué interminable agonizar, qué martirio. Si Lorca es el símbolo del poeta asesinado. Miguel lo es del hombre que no podía ser sino poeta, y su agonizar que no acaba recoja en vaso diáfano el agonizar de todos, de todos ustedes y de nosotros de otra manera (...) Según un relato, el entierro se verificó en el patio de la prisión, llevado el féretro a hombros por los de Orihuela y que ese día se inauguró la banda de música formada por los presos (...) lloro una vez más. La lápida es hermosa. (...) Tuve ocasión de hablar con el pintor Díaz Caneja que estuvo muy cerca de él en los últimos tiempos de Madrid (...) según este amigo, Miguel se hubiera salvado si sigue en casa de un amigo que no pudiera suscitar sospecha (...) Tenía yo el dibujo ardiente del cadáver de Miguel. (...) Le envío un cordial saludo. María Zambrano [Carta de María Zambrano a Ramón Pérez Álvarez Fernay- Voltaire, 11 de enero de 1979]».72

72 Ramón Pérez Álvarez, Hacia Miguel Hernández, edición y prólogo de Aitor L. Larrabide y José Luis Zarón

Huguet, Ed. Fundación Cultural Miguel Hernández- Ediciones Empireuma, Orihuela, 2003 pp. 88-89. Un extracto mayor de la carta, en que Zambrano, por ejemplo, pide a Pérez Álvarez una biografía de Miguel Hernández así como un comentario al poema, el artículo y su mecano-escrito puede verse mi ponencia «Miguel Hernández y María Zambrano: lectura de un poema y un artículo» en Presente y Futuro de Miguel

Hernández Acatas del II Congreso Internacional (Orihuela-Madrid, 26-30 octubre de 2003) Ed. Fundación Miguel