hedónica y la capacidad de disfrute tienen que ver con las necesidades psicofisiológicas y psicosociales; sus modos de satisfacción están vinculadas al sistema de valores de la cultura (Cohen, J., 1977; Reeve, J., 1999). Las condiciones fundamentales del bienestar devienen de la Calidad de la Sociedad; pero no toda nación próspera genera satisfacción con la vida, pues un PBI elevado puede acompañarse de desigualdad en la posesión de bienes materiales y comodidades; y discriminación en lo relativo al trabajo, la educación y la salud, y a posiciones superior - inferior que se acompañan de egoísmo, codicia y envidia y la búsqueda de compensaciones e igualación por vías destructivas e ilícitas, como la mentira, la farsa, la violencia, el estropicio y el crimen. Hay sociedades en las que la pertenencia a grupo etáreo (explotación infantil, descuido de la senilidad) o grupo de género (machismo, rituales islámicos, etc) incide en la felicidad más allá de las condiciones biológicas.
Por todo lo expresado el desarrollo orientado a la satisfacción de necesidades debe comprometer al ser humano en su totalidad por vínculos entre necesidades y satisfactores. Las necesidades a la vez son a la vez carencia y potencialidad y no se limitan a la mera subsistencia, pues “en la medida en que las necesidades comprometen, motivan y movilizan a las personas son también potencialidad y, más aún, pueden llegar a ser recursos” (Max-Neef, M., Elizande, A., Hopenhayn, M., 1986; p. 34). Las necesidades nunca se colman pues están sujetas a un proceso dialéctico en función de un medio que reprime, tolera o estimula la función tanto receptora como organizadora del individuo y el grupo.
Los satisfactores “definen la modalidad dominante que una cultura o una sociedad imprimen a las necesidades”, pues no son los bienes económicos disponibles sino todo aquello que, por representar formas de ser, tener, hacer y estar, contribuye a la realización de necesidades humanas incluyendo ”formas de organización, estructuras políticas, prácticas sociales, condiciones subjetivas, valores y normas, espacios, contextos, comportamientos y actitudes; todas en una tensión
permanente entre consolidación y cambio” (Max-Neef, et. al.; p. 35) como producto de la generación de bienes y de la organización del consumo de objetos y artefactos que permiten incrementar o mermar la eficiencia de un satisfactor, al entrar en dialéctica con las necesidades y los bienes económicos, como productos históricamente constituidos con participación de lo subjetivo, al convertir parte de lo existente en deseable, procesándolo a través de valores y actitudes con capacidad para transformar los medios en fines per se tal como ocurre con el surgimiento de las necesidades de identidad y de trascendencia.
Los estados deprivacionales sociales crean contextos frustrantes y deprimentes generando malestar en individuos, vecindarios y comunidades. Paradójicamente la saciedad también puede ser causa de infortunio: el ´sobrante de riqueza o de bienestar´ puede deformar las costumbres, valores e ideales de la sociedad: el ocio puede ser manejado negativa o positivamente.
Por la paradoja de Easterlin, en sociedades desarrolladas hay relación directa entre bienestar e ingreso, hasta que se logra la satisfacción de las necesidades básicas; luego, la felicidad depende cada vez menos del nivel de ingreso; por ello el vínculo bienestar - renta es más claro en países menos desarrollados (Iglesias, E., Pena, J. y Sánchez, JM. 2007; pp. 7 - 8). La insatisfacción prevalece en naciones en precariedad de oportunidades y posibilidades, pues se hace ostensible la idea del bien limitado: que los bienes tienen un límite hasta no quedar espacio para más usuarios, provocando una lucha social para nivelar los pesos en la balanza de los logros - aspiraciones, pues interviene la diferencia por renta relativa: el bienestar subjetivo de una persona estaría positivamente relacionado con su nivel de ingresos y negativamente con el de los ingresos de los demás. Las naciones depauperadas al comparar sus estilos de vida con las naciones acaudaladas, agudizan la percepción y sensibilidad de su pobreza relativa al constatar las características de los bienes consumidos: productos destinados a impedir o remediar dolores (por motivación D o de déficit) y productos destinados a generar satisfacciones (por motivación B o de realización).
Hay acontecimientos agradables o desagradables que dan lugar a las vivencias de euforia o penuria, vinculadas con la satisfacción o insatisfacción de necesidades según la persona y la situación (no todos conceden el mismo valor a los objetos de satisfacción, ni todos los objetos son apreciados para todas las situaciones). La posibilidad de que ocurran acontecimientos ´gratos´ o ´desafortunados´ no es igual para todos: depende de la biografía del sujeto, de la historia social de su colectivo y, además, de la circunstancia (el azar, lo fortuito).
Lo bien o mal que nos sintamos también depende de interpretaciones: las creencias de la gente, sus disposiciones y ficciones sobre lo que puede ocurrir o el por qué ocurren las cosas influyen en su estado de ánimo. El modelo de Seligman examina el estilo explicativo: un estilo explicativo optimista bloquea la experiencia de desamparo; un estilo explicativo pesimista hace que dicha experiencia continúe, se amplifique y se propague a otras situaciones: los estados depresivos se intensifican o atenúan según el estilo interpretativo (Martin, B., 1985, p. 380; Wittig, A., 1982; p. 47).
Todo lo cual ejemplifica suficientemente la mediación psíquica en la valoración de la experiencia: el logro de satisfacciones significativas está relacionado con el éxito y el optimismo; y su fracaso con el pesimismo y la depresión, pero eso depende de las atribuciones que se les asignen y del gradiente resiliencia - vulnerabilidad del sujeto. Los sentimientos y las emociones refuerzan o inhiben experiencias matizándolas de tonos agradables o desagradables que impulsan o frenan el comportamiento.
Cuando la necesidad de auto estimación se encuentra insatisfecha aparecen las vivencias de inferioridad y de vergüenza; el desprecio de sí (cuando uno mismo atenta contra sus propios valores) y el arrepentimiento (Lersch, 1966; p. 292 y ss). Los mecanismos de defensa se entienden también como modos de reducir el impacto de la ansiedad en la autoestima para disimular o justificar las disonancias y contradicciones respecto de la Imagen del Yo (Kon, 1984; p. 78 y ss). Adler
explicó el funcionamiento de la personalidad por la relación sentimiento de inferioridad - compensación.