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8.2 Limitations and future work

8.2.5 Application Scenarios

Me encontró llorando amargamente en la habitación del hospital.

—¿Qué sucede? —me preguntó Richard, sabiendo que ambos teníamos razón para llorar.

En las últimas cuarenta y ocho horas me había enterado de que tenía un tumor canceroso en el seno, que se había extendido hasta los ganglios linfáticos, y que había una posible propagación en el cerebro. Los dos teníamos treinta y dos años, y tres hijos pequeños.

Richard me abrazó con fuerza y trató de reconfortarme. Nuestros amigos y familia se habían quedado sorprendidos de nuestra paz interior. Jesús había sido nuestro Salvador y consuelo antes de que supiéramos que tenía cáncer, y así continuó después de mi diagnóstico. Pero Richard supuso que la aterrorizante realidad de mi situación finalmente me había golpeado en el poco tiempo que se había alejado de la habitación.

Mientras me abrazaba, Richard trató de reconfortarme. —Ha sido demasiado, ¿no es así, Suz? —declaró.

—No es eso —respondí llorando y levantando el espejo de mano que acababa de encontrar en el cajón. Richard se desconcertó.

—Nunca imaginé esto —seguía llorando mientras miraba impactada mi reflejo en el espejo. Ni yo misma me reconocía, estaba terriblemente hinchada. Después de la cirugía me había quejado mientras dormía, y amigos bien intencionados me conectaron el autodispensador de medicamentos para aliviar lo que pensaron era dolor. Por des

gracia, era alérgica a la morfina y me había hinchado como salchichón. La betadina de la cirugía me había manchado el cuello, los hombros y el pecho, y era demasiado pronto para un baño. Una manguera colgaba a un lado drenando el líquido de la cirugía. El hombro izquierdo y el pecho, del lado donde había perdido una porción del seno, aparecían fuertemente envueltos en gasa. Mi largo cabello rizado estaba hecho una gran maraña. Más de cien personas me habían ido a visitar durante las últimas cuarenta y ocho horas, y todos habían visto a una mujer con manchas cafés y blancas, hinchada, sin maquillaje, con el cabello enmarañado y en bata gris. ¿Dónde estaba mi verdadero yo?

Richard me recostó de nuevo sobre la almohada y salió de la habitación. Al poco rato regresó con los brazos llenos de pequeños envases de champú y acondicionador que confiscó de un carrito en el pasillo. Sacó almohadas del clóset y colocó una silla junto al lavamanos, desenredó la manguera de la intravenosa, apretujó la larga manguera en el bolsillo de su camisa, se inclinó, me cargó y llevó junto con el armazón de la intravenosa y demás, hasta la silla. Me sentó con cuidado sobre su regazo, acomodó mi cabeza entre sus brazos sobre el lavamanos y empezó a dejar correr agua caliente por entre mi cabello. Vertió el contenido de los envases sobre mi cabello, lavó y acondicionó mis largos rizos, envolvió mi cabello en una toalla y me llevó, junto con la manguera y el armazón de la intravenosa, de regreso a la cama. Lo hizo con tanta delicadeza que ni un punto de la sutura lo resintió.

Mi esposo, quien jamás en la vida había utilizado una secadora, sacó una y me secó el cabello, entreteniéndome todo el tiempo dándome, según él, consejos de belleza. Luego continuó, basándose en la experiencia de verme arreglar mi cabello durante los últimos doce años. Me reí cuando se mordió el labio, más serio que cualquier estudiante de belleza. Me lavó los hombros y el cuello con una toalla caliente, con cuidado de no lastimar el área alrededor de la cirugía, y me frotó loción en la piel. Enton- ees abrió mi bolso de cosméticos y empezó a aplicarme el maquillaje. Jamás olvidaré cómo nos reímos mientras trataba de aplicarme el rímel y rubor. Abrí los ojos todo lo que pude y sostuve la respiración mientras con manos temblorosas me aplicaba rímel en las pestañas. Me aplicó rubor en las mejillas con un pañuelo desechable para matizar el color, y para el último toque, me mostró dos lápices labiales.

—¿Cuál? ¿Malva o vino apagado? —preguntó. Aplicó el lápiz labial como artista que pintaba sobre un lienzo y luego sostuvo el espejo para que yo me viera.

De nuevo era un ser humano. Un poco hinchada, pero olía a limpio, mi cabello caía suave sobre mis hombros y me volví a reconocer.

—¿Qué piensas? —preguntó. Comencé a llorar de nuevo, esta vez de agradecimiento—. No, preciosa. Vas a destruir mi trabajo —me reprendió, y solté la carcajada.

Durante esa difícil época de nuestra vida se me dio sólo el 40 por ciento de posibilidades de sobrevivir más de cinco años. Eso fue hace siete años, y he salido adelante durante todo este tiempo

gracias al consuelo que me da Dios, a la ayuda de mi maravilloso esposo y a lo mucho que me río. Este año vamos a celebrar nuestro aniversario número diecinueve, y nuestros hijos ya son adolescentes. Richard comprendió lo que significaba la vanidad y las tonterías en medio de la tragedia. En aquellos momentos todo lo que había dado por hecho se me tambaleó, esto es, ver a mis hijos crecer, mi salud, mi futuro. Con un solo acto de bon- dad, Richard me devolvió a la normalidad. Siempre consideraré ese momento como una de las mayores muestras de amor de nuestro matrimonio.

Una suave caricia