Desde el punto de vista físico, Diario de un hombre humillado difiere de la historia del idiota en la medida en que se nota una profunda inclinación al detallismo; lo que permite tener una idea más clara del retrato del humillado. En efecto, el diario que nos brinda este hombre de cuarenta y siete años, morador de una ciudad capital portuaria, pone énfasis tanto en la presentación física, moral como psicológica del innominado personaje. Así, piensa el diarista desde sus primeras líneas que su propia representación es algo imprescindible a la hora de esquematizar los ocho meses que dura el diario: “Me creo en la obligación de ofrecer una imagen de mí mismo” (p. 16).
Se trata, cabe precisar, de una imagen que toma en cuenta todas las partes de su cuerpo, sus rasgos más destacados “huesos”, “las costillas”, “sus muñecas y tobillos”, “el cabello”, “sus pestañas,” incluso su temperamento “soy de naturaleza cerrada”, etc (p. 16).
Esta pintura física constituye la antecámara que nos orientará hacia su situación social en el momento en que redacta el diario. El personaje es un hombre solitario detestado de la presencia de los principales representantes de la vida política
y familiar: “Se me acababa de morir Franco; y aún andaba yo sin saber cómo llenar el hueco, y se me mueren los padres. Y ambos. Todos” (p. 23).
Sin embargo, aunque lamenta la desaparición de sus padres, cabe decir que esta muerte constituye asimismo la desaparición física de las primeras personas que le complicaron la vida. Cururella, su amigo del colegio durante la infancia, condensa él mismo los recuerdos negativos de sus propios padres. Los dos amigos fueron víctimas de maltratos por parte de sus padres respectivos:
Ambos escapábamos del aplastamiento sistemático a que nos habían sometido nuestros respectivos padres, y eso nos unió. En nuestro origen no había sino desprecio, zafiedad y rencor; hombres embrutecidos por una victoria nefasta, empachados de traición y asesinato, violentos explotadores de sus servientes y de sus propios hijos (p. 270).
Estos padres, ilustran pues, una categoría de la población de aquella época que perdieron el amor del prójimo y cuyo espíritu codicioso e inhumano repercutió en sus propios hijos. Así, descuidado por sus padres biológicos que mueren tempranamente en un accidente, el humillado como otros niños de su época ofrece, desde la postura física, la miseria y el aspecto de los despreciados.
Escribir el diario representa entonces, para el humillado, una especie de catarsis, es decir, una manera de exteriorizar las marcas de una vida desagradable. Por eso nos dice: “Poseo en la actualidad un auténtico arsenal de NECESIDADES que sólo puedo satisfacer escribiendo este diario” (p. 54, énfasis en el original). Una de dichas necesidades viene claramente enfatizada por una de las fotos infantiles celosamente guardada por Marta, su amiga. La foto refleja la triste imagen que se transparenta en la obra:
Mira, en estas fotos estoy tan cursi como en el diario, ¿verdad? Marta da por supuesto que puedo imaginar exactamente el diario sólo con ver las fotos, y que al mirar las fotos es como si leyera el diario, ¿qué diferencia va a haber? ¿No son ambas cosas ‘ella misma’ (p. 268).
A partir de esta comparación, se puede notar que además de la figura del humillado anónimo y de Cucurella, personajes que se singularizan por una infancia destrozada, se suma ahora la de Marta. En efecto, según el narrador:
Todas las fotos de niños son iguales. Producen una inquietante impresión de ‘Causa General.’ Los niños de esas fotografías todavía viven, pero nadie sabe dónde están, ni quién los lleva incorporados. Esta niña muerta de la imagen vive recluida en la pirámide adulta de Marta, embalsamada y a la espera de la inmortalidad (pp. 268-269).
El párrafo nos proporciona una pista que nos permite considerar que el humillado escribe no sólo su propio diario, sino que recrea también un momento determinante de la vida de una generación. “La impresión de Causa General” del que habla el narrador constituye el rasgo destacado que surge del análisis y del aspecto físico de todos los niños de la foto.
Todas estas desgracias no le dejarán incólume al protagonista que padece de locura cuya especificidad viene mencionada en sus propias palabras: “Mi complexión coincide con un tipo muy ordinario al que la medicina clásica denomina “melancólico”, de modo que no llamo la atención” (p. 17). Las causas de esta enfermedad mental que Michel Foucault, en su Historia de la locura en la época clásica (1997: 408-432), apunta a la hora de presentar “los rastros de la locura” residen, en cierta medida, en la desagradable situación política, social, como familiar
del momento en que empieza la redacción de su diario. Aún reconociendo que la melancolía se representa siempre acompañada por la tristeza y el miedo, Michel Foucault, menciona la postura de Willis quien establece una diferencia entre melancolía y manía sentenciando:
El espíritu del melancólico está completamente ocupado por la reflexión, de tal manera que la imaginación permanece en ociosidad y reposo; en el maniaco, al contrario, la fantasía y la imaginación están ocupadas por un flujo perpetuo de pensamientos impetuosos (Foucault, 1997: 419).
El diarista, ya consciente de su estado mental, expone unos detalles que, a contrario, asimilan melancolía y manía17:
Los melancólicos sudamos mucho, pero no nos cansamos. Somos ágiles, nerviosos. Pasamos horas quietos como piedras y de pronto, sin que nada exterior intervenga, saltamos como un muelle. El príncipe Hamlet, a pesar de su aspecto gordinflón y fofo, era un espadachín muy competente. Estoy casi tan gordo como Hamlet (p. 38).
Es más, el personaje se sentirá desde luego frustrado en su fuero interior y en la Ciudad en la que vive ya que su aspecto físico no le permita suplantar esta deficiencia mental. Menciona sin rodeos que “Al verme en el espejo siento una profunda repulsión a mí mismo, de mi cuerpo, de mi suciedad” (p. 150). Por eso es por lo que intenta hallar en la indumentaria un instrumento susceptible de velar su
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Nos parece atinado señalar que el caso del nuestro personaje corrobora el juicio de James en su
Diccionario, pues, nos dice, “Es absolutamente necesario reducir la melancolía y la manía a una sola
especie de enfermedad, y consecuentemente examinarlas conjuntamente, pues hemos encontrado, por medio de nuestras experiencias y observaciones diarios, que la una y la otra tienen el mismo origen y la misma causa [...]” (Michel Foucault, 1997: 431).
raro aspecto físico. Así, tras llamarle la atención en el estilo de sus pantalones que se pasaron de moda, Marta suscita una profunda preocupación por parte del humillado:
Comprendo su disgusto por mis pantalones, y aun su irritación; los rasgos de estilo, cuando pasan de moda, dejan emerger a la luz sus ridículas pretensiones. Es necesario seguir la moda para OCULTAR la petulancia. La moda es un sistema de disimulo. Tengo que comprarme ropa hasta que me confundan con un cretino elegante. Debo tenerlo presente a la hora de escribir (p. 269, énfasis en el original).
En efecto, la ropa desempeñará una gran importancia tanto en el fortalecimiento de su propio orgullo como en la redefinición de su personalidad, pues, la humillación constituye su rasgo caracterial más destacado:
Las gentes humilladas son reconocibles al primer golpe de vista; tenemos la mirada hastiada y ciceroniana de quienes han visto hundirse el universo sin que suene un solo disparo (p. 161).
El protagonista aparece, a primera vista, como un calco del modelo del personaje decimonónico, pormenorizadamente retratado desde el punto de vista físico y víctima de la influencia del medio. Hablando de su estado mental, huelga decir que el hecho de ser melancólico no le exime de ideas delirantes. A veces, se comporta de manera desenfrenada y rara en su propia habitación en la calle Ovidi:
Oigo por la ventana: ‘malaits siguin els sacraments!’ Camino hasta el bidet; me lavo la cara; me pongo la ropa de ayer, de antes de ayer, de antes de antes de ayer y así hasta siete (p. 51).
Además, sumido en sus alucinaciones, hace una pintura perversa del acto sexual con Marta, la novia de el Chino el hombre de negocio: Estas son las palabras del humillado:
¡Reventaré si no meto mi lengua en su boca empapada de saliva, si no chupo sus pechos, si no muerdo sus nalgas, si no introduzco mi pie derecho en su sexo caliente y viscoso antes de enterrarle este músculo hinchado de sangre que es que no sé qué hacer con él todo el día! [...] Me consuelo lamiendo sus sandalias robadas y hundiendo la cabeza hasta el fondo de la taza del retrete en busca de huellas olfativas (pp. 245-246).
Así pues, tenemos un desequilibrado que se ahoga espiritualmente en un desayuno, pues, su estado psicológico no le permite discernir lo concreto simbolizado aquí por “las sandalias robadas”, “la taza de retrete” y lo imaginario representado aquí por el acto sexual. Sin embargo, huelga señalar que está rodeado con otros personajes con desarreglos mentales como Cucurella, especie de maníaco “brillante, agresivo, predador”, que a veces, bajo el impulso de la locura, disparaba contra todo lo que se movía. El narrador precisa que “con un punto de locura contenida, como de epiléptico ruso, era una cabecilla ecuánime y duro [...]. Mató incluso cucarachas, con aquellas cartuchos de náuser. Creo que estaba completamente loco” (p. 84).
En el núcleo familiar del diarista, alude aunque implícitamente al tía Braulio presentándole como “un desequilibrado que firmó más de cien fusilamientos en 1939” (pp. 68-69) pero considera a su primo Toni como “nuestro único retrasado mental de la familia” (p. 173).
En cuanto al humillado de Félix de Azúa, pese a su desequilibrio mental, se encarga de hacer la radiografía de esta ciudad en la que vive ceñiéndose, además, a los aspectos literarios y filosóficos que constituyeron el meollo de su formación intelectual. En el marco literario, el protagonista afirma haberse entregado a la banalidad huyendo de la poesía. Pero sigue demostrándonos su filiación a una corriente literaria dejando brotar en su diario rasgos vanguardistas propios del telquelianismo. Este viene claramente destacado en las siguientes líneas:
No: lo asombroso, lo fenomenal, es que escribíamos que estábamos escribiendo que escribíamos. Como dijo un célebre crítico francés, manteníamos el motor del lenguaje al ralenti: le moteur, la langue, la parole, el sursum corda! [Sic] (p. 35).
La primera oración saca a la luz un agramatismo que da lugar a una ensalada de palabras característica del movimiento Tel Quel, como bien indica a continuación con la expresión: “manteníamos el motor del lenguaje al ralenti”. En este contexto, el discurso pierde su principal función, pues, se aleja del contrato social para producir el efecto de agujero. Jean-Edern Hallier, una de las figuras destacadas del movimiento Tel Quel, dictamina:
L’artiste est là comme le mollusque à l’intérieur de son coquillage: le problème de la littérature pourra alors être posé dans sa simplicité véritable. Il ne s’agira plus de bien écrire, ni de mal écrire : il s’agira d’écrire (Hallier, 1960: 42; el subrayado es nuestro).
Desde este mismo ángulo, cabe mencionar palabras inusitadas que emplea el humillado como “el secreto del uniferso, del universo” (p. 229), el uso recurrente de juegos de palabras como “littterattttttura!”, “litttttteratttttura” (p. 192), “Mira, la
verdad, yo frepiero, prefiero mi egoísmo” (p. 230), “una cantidad” y “una kantidad” (p. 240).
Tenemos así unos detalles lingüísticos que dejan planear la sombra de la “incomunicación” en algunos fragmentos de la obra y nos permiten considerar al humillado, no sólo como partidario de las corrientes Tel Quel o el Nouveau Roman, que se distinguieron por su estilo vanguardista y experimentalista, sino también como una manifestación del libre albedrío, pues, transgrede las normas de la estructura sintáctica. En efecto, al preguntarse por qué escribe su diario, responde: “escribo este diario porque escribo para mí mismo en perfecta libertad” (p. 54). Una perfecta libertad que le convierte en un personaje inconformista que emplea los elementos de la lengua de manera arbitraria muchas veces.
Por lo que se refiere a la reflexión filosófica, el diarista parte de una pintura negativa de la ciudad para desembocar en una puesta de relieve del sustrato de la dialéctica hegeliana. En efecto, la ciudad en la que vive se caracteriza por una injusticia notable acarreada por la dominación de unos dueños poseedores de la gran parte de las riquezas en detrimento de “una horda de miserables” (p. 30) que se estanca en la pobreza, la desesperanza y la desgracia.
La ciudad es, desde hace siglos, una colonia de antiguos forajidos castellanos. Tal condición favorece mi proyecto, ya que el espíritu de la ciudad es un espíritu de fracaso, desunión y pérdida. La tragedia de ser una colonia no ha hecho, en absoluto, más compasivos a los amos respecto de sus siervos, sus compatriotas (p. 30).
Se trata de una ciudad gangrenada por la busca desenfrenada de la satisfacción inmediata, la codicia de gentes adineradas; factores que contribuyeron en
ahondar la separación entre pobres y ricos; lo que obliga a los jóvenes a ganarse la vida desde la infancia.
En los larguísimos años de derrota, las mujeres ganan su primer dinero a las doce o trece años [...] los hombres conquistan su primer cadáver comercial antes de afeitarse la pelusa de la adolescencia (p. 31).
Estos detalles nos permiten glosar la estructura social de la Ciudad que descansa en las leyes del capitalismo que propician la dominación y la explotación de la clase baja por un puñado de ricos. El protagonista subraya a este propósito que
Al fin y al cabo una ciudad es un pedazo de tierra, y todo pedazo de tierra tiene amo, incluido el desierto. Los amos de esta ciudad decidieron poner a los pobres abajo y a los ricos arriba. La proximidad del puerto creaba un semicírculo insalubre, difícil de controlar, muy útil para los negocios ilegales dada su condición laberíntica y semiexplorada (p. 29).
Aquí, se desprende subrepticiamente el pensamiento de Hegel que descansa en la dialéctica del amo y del esclavo. Desde esta dialéctica, el narrador asienta otra idea maestra en la filosofía hegeliana aunque citando más bien a Montaigne: “meditar la muerte con antelación es meditar la libertad; quien aprende a morir, no sabe ser esclavo” (p. 265). Por su parte, hablando de Hegel, Alexandre Kojève afirma:
Ser Hombre, para Hegel, es poder y saber morir. ‘El ser verdadero del Hombre’ es pues en última instancia, su muerte en tanto que fenómeno consciente (Kojève, 1982: 103).
El humillado de Félix de Azúa integra este pensamiento pero prefiere más bien aludir al filósofo francés.