Después del estudio de la denominación y de la representación del personaje en Un mundo exasperado, conviene ahora enfocar la atención en la función dramática que es otro elemento imprescindible para definir y construir al personaje. Este último aspecto, unido a los dos elementos precedentes, permite establecer su identidad. Pone énfasis en cómo actúa en la narración, en sus diferentes peripecias y su impacto en el desenlace del relato. Además, el estudio de la función dramática permite entrar en el meollo de la obra en la medida en que nos proporciona una conclusión simbólica de la misma. El momento en que se desarrolla la acción, que nos parece necesario señalar, viene explícitamente subrayado por el protagonista cuando habla de:
Esta noche fría y simétrica en que me mantengo en vela para tratar de recomponer y justificar, para intentar hacerme cargo siguiera de lo que ha sucedido hace unas horas y sucedió ayer todo el día o me ha sucedido quizás igualmente durante toda la vida” (p. 25).
Estas aclaraciones nos permiten tener una idea del marco temporal de la narración. Se trata, de un relato que abarca los cuarenta años de existencia del protagonista, y contribuye a conferir al conjunto de la obra un tono trágico, pues rompe con su deseo de quedarse encerrado en su casa como hemos mostrado en el apartado anterior. La estructura externa de la obra, que consta de setenta capítulos, nos ayuda a poner de relieve su esquema dramático sobre todo cuando tenemos en cuenta los espacios recorridos por el protagonista en el momento de la narración. Por un lado su casa o el balcón y, por otro lado, el Café de la Esquina o la calle cuando sale a defender al “hombre borracho” y aprovecha para imitar al imitador.
El relato que nos cuenta aislado en su casa, ocupa los sesenta y seis primeros capítulos. Es un relato pretérito que empieza a partir del día de su nacimiento, transita por la infancia, la adolescencia, la vida profesional como “corrector homologado”, sus relaciones con las mujeres, etc. Pero es desde la infancia que se visualiza uno de los componentes de lo que Greimas denomina “la dimention pragmatique”, es decir, las acciones que lleva a cabo y que son determinantes para dibujar su “etiqueta”. Apuntemos, primero, que las conductas del protagonista durante la infancia nos permiten encasillarle en la rúbrica de lo que Carlos Castilla del Pino (1989: 27) denomina “protosujeto”, pues, aún siendo niño, da a conocer comportamientos que se atribuye a una figura adulta. La manera con la que solía revelarse en la casa de los padres, o en la Escuela, denota su espíritu de firmeza y la condena de un mundo que le comprime y le asfixia. Basta con recordar, una vez más, el episodio del encierro en el armario, que dio lugar a su segunda expulsión de la escuela (p. 342), y que le convirtió en una figura singular que atraía la curiosidad de todos. A este respeto afirma:
Todavía congregaba mayor público a la salida, pues se había corrido la voz y concurrían los alumnos de otros cursos, el personal no docente. Querían ver cómo estaba instalado, qué posición tomaba, […], y se maravillaban con mis circunferencias, con mis trazos continuos o discontinuos en el fondo del armario y también con mi dominio y mi recogimiento, con todo lo que daba de sí aquella angostura (pp. 345-346).
A lo que precede habrá que sumar “la escena del jarrón”, cuando el protagonista lo hizo caer descomponiéndose en pedazos minúsculos y, de repente, el protagonista sale del mundo quimérico en el que se había aislado (pp. 232-234). En
efecto, la escena que ocurre en la casa familiar de El Valle, es un recuerdo infantil muy semejante a una aventura quijotesca. Habiéndose empezado a acariciar “el caballo blanco de porcelana” con el que el Gobernador de la Provincia les obsequió el día de su nacimiento, y que hasta entonces servía de adorno en la habitación, el protagonista menciona:
En seguida comencé a imaginarme montado en su grupa, enhiesto, recorriendo al paso itinerarios insólitos y atravesando páramos y bosque al trote -resolviendo encrucijadas-, cabalgando días y noches al galope sobre aquel animal potente y hermoso cuyas riendas sin embargo manejaba a mi antojo (p. 233).
Cuando sale de este mundo onírico y nota los daños causados por él mismo, el niño toma conciencia de “el intento extraviado e imposible de recomponer lo descompuesto” (p. 234). Se trata de un relato que muestra las acciones desencadenados por el protagonista en la infancia y que le hacen ganar amplitud en el campo de esta dimensión dramática y adquirir “una identidad precoz”. Así, se le puede atribuir el calificativo de “niño precoz” según la perspectiva de Carlos Castilla del Pino (1989: 27).
Sin embargo, no existe ninguna frontera entre la riqueza de estas peripecias infantiles y las acciones enlazadas con la adolescencia del protagonista, pues seguirá con el mismo ímpetu. No estará de más señalar que se caracteriza por un espíritu vengativo que le permite socorrer a una persona víctima de una injusticia. El castigo que inflige al hombre que agredió al portero, traduce nítidamente su porfía, y realza la tensión dramática en la medida en que lo sucedido le conduce a la cárcel, espacio que se convierte en un lugar de meditación sobre el mundo que pretendía corregir.
La vida amorosa del protagonista desempeña un papel importante a la hora de presentar su función dramática. Cabe decir que su conducta con las mujeres le acerca al personaje de don Juan Tenorio. Lo que más le interesaba no era casarse con una de ellas, sino ir cambiándolas según sus fantasías. Además, tenía una libido que nos parece extraña, y que nos permite calificarle de maniático sexual en la medida en que atestigua:
No pasaba día sin que hiciese todo lo que estuviera a mi alcance para hacer el amor o para ‘echar un palo’, como he oído -iba a decir para ‘joder’-, para ‘ayuntarme’; pero no ‘joder’ o ‘ayuntarme’ de una forma prudencial, una vez o un par o dos veces cada día, sino hasta seis y hasta dieciséis veces cada día o más bien cada fin de semana si mal no recuerdo. No vivía entonces más que para eso [...] (p. 203).
Por lo que atañe a los cuatro últimos capítulos de la obra, que tienen como espacio ficticio el Café de la Esquina, la calle y su habitación, puede decirse que representan el clímax de la obra. Su salida de la habitación es una especie de disparador que aligera el relato hacia un desenlace trágico y le confiere, además, un hondo valor simbólico.
Se puede decir que sale, primero, empujado por la voluntad de socorrer al hombre borracho que fue golpeado por el dueño del Café de la Esquina y, luego, víctima de una ecopraxia, el protagonista toma la resolución de unirse al espectáculo del imitador que ya tenía un público bastante importante. Mientras que el segundo imitador se preocupa por atraer la mirada de las gentes, podía entonces ver muy de cerca a “la anciana de caballo cano y su nieta” que llevaba muchas horas observando desde el balcón. Sin embargo, dentro de este regocijo del público que aplaude sin
parar a los dos imitadores, un coche atropella a la nieta de la anciana. Ante esta escena macabra, el público del Café se queda indiferente y sólo se oye:
El llanto agrio y disonante del niño de pocos meses [...] Ahora sus lloros resonaban más fuertes y destemplados entre el público del Café que había seguido paso a paso el espectáculo e imitación tras imitación y asistía de nuevo ahora a un definitivo e inimitable espectáculo (p. 389).
Enfatiza el narrador-personaje para dejar sentado el carácter patético e irremediable de la situación. Fiel a su propósito de “corregir” todo tipo de injusticia, el protagonista se echó sobre aquel hombre y le estranguló con todas sus fuerzas hasta “dejar su cuello lánguido e inanimado sobre el asfalto” (p. 392).
“L’ironie du sort” que deriva de este asesinato es que aquel hombre es González Arrieta, el “Gobernador de la Provincia” que, cuarenta años antes, propició su nacimiento en El Valle. Se puede ver, en este último acto macabro del protagonista, la concreción de los dichos de Ismael, el Escultor de El Valle. En efecto, hablando de aquella noche en la que el protagonista nació y que se caracterizaba particularmente por una oscuridad y un frío inéditos dice: “En días como éstos nacen los grandes constructores, los grandes capitanes de ejércitos y los grandes hacedores” (p. 15); pero matiza estas observaciones añadiendo lo que sigue: “Y en las noches de días como éstos nacen también los grandes solitarios, los grandes despechados y los asesinos (p. 15).
Esta última opinión de Ismael supone un aspecto importante del estatuto semiológico del personaje del loco en Un mundo exasperado: un hombre solitario, despechado, como hemos mostrado, y ahora asesino. El asesinato de González Arrieta, que ya era mayor de edad, asociado con la muerte de la niña, confieren a la
obra de González Sainz un alcance dramático y existencial. Aunque el protagonista hace un juicio de conciencia tras la muerte de la niña, y confiesa que “Me preguntaba asimismo acuciándome en qué medida habría colaborado a aquello con mi imitación” (p. 391), creemos que a él le incumbe la responsabilidad del lúgubre colofón de la obra.
Se trata de una burla al hombre que pretendía dar un toque particular al mundo, corrigiéndolo y perfeccionándolo. De ahí las frases que el protagonista piensa que hubiera pronunciado Margarita Martínez Frau después de la tragedia:
‘Ahora ya has corregido por fin’ [...] ‘ahora ya has completado y has realizado tu obra y puesto en práctica tu voluntad de corrección y tu ansia de enmienda. Y es que las tensiones nunca se deshacen’, se alivian o acentúan, pero no se deshacen, se dilatan o contraen y se tienden o distienden, pero jamás se deshacen para que justamente pueda haber alegría y tristeza, vida y muerte [...] (p. 393).
Estas frases materializan no sólo el carácter ilusorio del proyecto que pretendía llevar a cabo, sino también una toma de conciencia de la dualidad de la vida, que no es nada más que una simbiosis de lo bueno y lo malo, de lo feo y lo bello, etc. Así, Un mundo exasperado es el símbolo de la vida con sus lacras, y también símbolo del Hombre virtual que presta más atención al juego, a cosas irrisorias, como presenciar el espectáculo de los mimos antes que sentirse preocupado por el dolor del prójimo, como aquella niña de “pocos meses” que lloraba pero que nadie le atendía y cuyos llantos representan los gritos de angustia de una inocente en un mundo exasperado. La muerte de la niña y el asesinato del “anciano”, explayan la sombra lúgubre de la tragedia de la existencia humana
situando a la muerte en las dos extremidades de la vida, infancia y vejez, como un destino implacable que atosiga a cualquier ser humano.
Más allá de este final trágico, nuestro análisis nos permite desembocar en lo que Gérard Genette llama “transtextualité”, esto es, “tout ce qui met le texte en relation, manifeste ou secrète, avec d’autres textes” (Genette, 1979: 87). El autor de Volver al mundo parte de la experiencia vital del protagonista para poner énfasis en la absurdidad de la vida, una idea filosófica cultivada por escritores como Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Samuel Beckett y Franz Kafka. Un mundo exasperado es la pintura de una existencia absurda, angustiosa y oscura. El pesimismo, los sentimientos melancólicos por causa del “non sens” de la vida, nos permiten considerar al protagonista de la obra como el alter ego de Josef K. en El proceso de Kafka. En efecto, en la mañana de su trigésimo cumpleaños, este empleado ejemplar de un banco es arrestado por dos hombres sin saber el crimen que cometió. Ante ellos afirmará ingenuamente:
[...] el asunto no puede tener mucha importancia. Esto lo deduzco por el hecho de que estoy acusado, pero que no puedo hallar la más mínima culpa por la que se me pudiera acusar. Pero esto también es secundario, la pregunta principal es: ¿Por quién he sido acusado?, ¿qué autoridad instruye la causa?, ¿son ustedes funcionarios? Ninguno lleva uniforme, [...] (Kafka, 2006: 74-75).
Hasta su asesinato, no tendrá ninguna respuesta a estas preguntas y permanecerá como un hombre cándido en un mundo insondable, aunque como dice el narrador: “K. vivía en un estado de derecho, la paz reinaba por todas partes, todas las leyes se mantenían vigentes” (Kafka, 2006: 68). El universo de El proceso que
ahora relacionamos con Un mundo exasperado, viene claramente expresado por Bernard Groethuysen, el prologuista de Le procès, cuando dice:
Dans le monde de Kafka, il n’y a pas de vide où l’on puisse se refugier. La ligne est tracée. Vous la suivez. Et à mesure que vous la suivez, elle se raccourcit d’autant. À droite et à gauche, il n’y a rien, pour vous du moins, car vous ne sauriez atteindre les lignes des autres. Tout se passe more geométrico, et tout ce qui est, est d’une géométrie infiniment complexe. Sachez voir sans comprendre. Le non-moi est avant le moi. La géométrie précède l’esprit (Kafka, 1957: 13; el subrayado es nuestro).
Tanto Josef K. como “el último hombre moral” de González Sainz, son víctimas de un mundo incomprensible hecho con leyes preestablecidas e inquebrantables. La única conducta que tienen que adoptar es la resignación. El imperativo de la antepenúltima frase de la cita arriba mencionada, “Sachez voir sans comprendre”, constituye la quintaesencia del mensaje filosófico del pensamiento de Kafka que el escritor soriano transmite también en su obra. Hablando de su proyecto artístico, González Sainz testifica que opta por:
una literatura que se enfrenta a los grandes temas de la condición humana y que intente decir algo relevante sobre nuestro mundo de hoy, sobre este mundo que está dando vueltas de tuerca epocales y donde las viejas visiones del mundo, incluidas las progresistas, hacen ya aguas por muchas partes […]. Me interesan poco las historias de éxito, la literatura bisutería, que sin embargo no desdeño –cada cosa tiene su momento-, y la literatura resultona que tiene más de telefilm ruidoso lleno de efectos especiales que de literatura. Como referentes intento tener a los grandes escritores del siglo XIX y XX: Faulkner,
Proust, Kafka, Bernhard, Benet, Galdós, Musil, Dostoievski…con ellos, y con muchos otros, creo que es con quien hay que entablar un diálogo continuo porque ellos acertaron a ver y expresar de forma admirable algunos de los misterios y los problemas de la vida y la índole del hombre y del mundo […]10”
El final siniestro de la obra pone en entredicho el inmenso proyecto humanitario del protagonista, cuya preocupación durante toda su vida ha sido defender lo que él mismo considera: “Causas abnegadas y excelentes como ‘la felicidad y la justicia universales’, ‘la belleza y la armonía de la Ciudad’ o [...] ‘la paz mundial’, ‘el fin de las contradicciones’? [Sic] (p. 186). El hecho de no haber alcanzado estos excelsos objetivos, sería un llamamiento a aceptar el mundo tal como se presenta, sin la mínima intención de hacer una corrección absoluta del mundo, tal como lo ha intentado el personaje del loco en un mundo exasperado.
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Véase Javier Narbaiza, entrevista a González Sainz, en www.soria-going.com/Biblioteca/autores/au_10.htm