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5.3 Tracking ABCMs with Point Clouds

5.3.4 Application to a Simplified Dressing Task

El primer nivel de desarrollo implica aprender a organizar las maravillosas sensaciones que acompañan a la vida, junto con las respuestas que emite nuestro organismo. A partir de una mezcolanza de sonidos, imágenes, olores y sensaciones táctiles, comienzan a surgir diferentes pa trones. Los sonidos se vuelven ritmos; las imágenes, representaciones que permiten reconocer la realidad. La capacidad de controlar los movimientos de cabeza, brazos y piernas hace posible abrazar, seguir un objeto o ponerse de pie en el regazo de mamá. La seguridad básica se asien ta sobre la capacidad de descifrar sensaciones y de planificar acciones.

Esta seguridad primaria constituye la base del siguiente nivel: esta blecer relaciones. En la medida en que el niño y sus padres van inter cambiando sensaciones surge, frecuentemente, la emoción del placer y de la alegría. A partir de este sentimiento, se va desarrollando un progresivo sentido del compromiso, a medida que el educador responde a las expresiones de curiosidad y asertividad. La madre no ofrece únicamente placer y entusiasmo, sino también consuelo ante las circunstancias que le angustian y un refugio seguro en el que puede realizar afirmaciones manifiestas de rabia y de fastidio. El sentido precoz de la seguridad y la capacidad de relacionar las cosas permite a la mente iniciar un viaje de inin - terrumpido desarrollo que dura toda una vida.

Equipado con un sistema nervioso inmaduro, el bebé aterriza en un mundo estruendoso repleto de estímulos que proceden tanto de dentro como de fuera de su cuerpo en crecimiento. En los primeros meses de vida, el niño que esté

evolucionando de forma correcta comenzará la tarea de poner orden en las sensaciones que fluyen desordenadamente, sin cauce alguno, a través de sus sentidos en proceso de maduración. En primer lugar, debe adquirir control sobre los movimientos de su cuerpo, sus sensaciones internas y sobre su propia capacidad de atención. Debe aprender a permanecer tranquilo m ientras presta atención y toma medidas, a veces simultáneamente, respecto de los objetos o acontecimientos ajenos a su persona. Finalmente, estas habilidades para procesar imáge nes, sonidos y otras sensaciones, y para organizar respuestas de forma tranqu ila y centrada, representan una ayuda de cara al dominio de poste riores habilidades básicas de su desarrollo. El niño que es capaz de estar tranquilo y atento ha dado ya un primer y gigantesco paso en su camino hacia el pleno desarrollo de su potencial hu mano.

Los problemas emocionales graves, incluso las psicosis, pueden ser la consecuencia de un fracaso en la superación de esta tarea evolutiva tan esencial. Cuando el bebé al que llamaré Steven apareció en nuestra consulta por primera vez, mostraba una sensibilidad extrema al tacto y al sonido (incluyendo la voz de su madre y sus caricias), chillaba durante horas o permanecía con la mirada fija y vacía anclada en el espacio. En un centro hospitalario prestigioso ya le habían diagnosticado, anteriormente, síntomas autísticos. Cuando comenzamos a trabajar con él, a la edad de doce meses, no se relacionaba en absoluto con sus padres y sólo lograba tranquilizarse y relacionarse con el mundo exterior frotando reiteradamente una mullida manta. Comenzamos nuestro tratamiento intentando encontrar diferentes maneras para conectar con su particular sensibilidad. Encontramos una estrecha banda de sonido a la que respondía fugazmente y enseñamos a su madre cómo usarla, a modo de apertura, para establecer una relación con él. Nos dimos cuenta, igualmente, de que Steven toleraba que se le presionara firmemente la espalda, lo que aprovecharnos como punto de partida para que aprendiera disfrutar del tacto. A partir de estos comienzos tan modestos se fue creando una relación y, progresivamente, interacciones que devolvieron a Steven el camino que conduce hacia el desarrollo normal.

Cuando no se alcanza uno de estos niveles básicos, los efectos perduran toda vida, como demuestra el siguiente ejemplo. Jeannie, una mujer de veintidós años de edad y diagnosticada de un trastorno de la personalidad tipo borderline, tenía una historia clínica caracterizada por dificultades prácticamente continuas. En las sesiones con su psicoterapeuta, se sentaba acurrucada en un rincón de la habitación, o tumbada en el suelo, adoptando posturas extrañas con sus piernas. Durante largos períodos de tiempo permanecía en silencio, rehusaba mirar a su terapeuta y no respondía a sus comentarios acerca de su conducta. Cuando la calificó de ―pasivo agresiva‖, dejó de acudir a las sesiones definitivamente.

Posteriormente, Jeannie cayó en manos de un segundo terapeuta que detectó un origen diferente de sus dificultades: la incapacidad para regular sus sensaciones o, dicho en otras palabras, el anclaje en el primer nivel básico de la organización psicológica. Tal como dictaminó finalmente, Jeannie había padecido durante toda su vida una extremada sensibilidad al tacto. Un contacto con su piel que pasaría desapercibido a cualquier persona - rozar, involuntariamente, a un desconocido, por ejemplo - le enervaba, e incluso la dejaba completamente anonadada. Como ocurre con otras muchas personas que padecen estas hipersensibilidades, únicamente una delimitación física clara entre su cuerpo y los demás objetos permite que se sientan protegidos. La presión de las paredes de la esqui na o del suelo contra su espalda, por ejemplo, le aportaron esa confianza en sí misma.

Posteriores indagaciones revelaron, a su vez, una historia clínica caracterizada por problemas de coordinación motriz. Le resultaba difícil llevar a cabo movimientos que la mayoría de las personas superaban con facilidad, como mantener el equilibrio sobre una pierna o planificar una serie de movimientos destinados a atarse el zapato o a pintar un cuadro.

Por este motivo, le gustaba adoptar posturas que le dieran sensación de bienestar, aunque a los demás les parecieran extrañas; así se explica ban las contorsiones que realizaba en el suelo del despacho de su primer terapeuta. Y finalmente, después de mucho indagar, el terapeuta se dio cuenta de que a Jeannie

siempre le habían molestado ciertos ruidos que dejaban impertérritos a los demás. Cuando la voz de un compañero parecía demasiado fuerte o estruendosa, ella reaccionaba refugiándose en sí misma: de ahí su aparente rechazo a responder.

Niños o adultos con problemas similares a menudo tienen dificultades a la hora de comprender o descodificar cierto tipo de información sensorial. A algunos les cuesta descifrar los sonidos o las palabras que es cuchan. Otros pueden mostrar dificultades al interpretar aquello que ven: cómo cuadran, por ejemplo, las formas y los diseños. Afortunadamente, éste no era el caso de Jeannie.

A pesar de tener sus sentidos extraordinariamente afinados, Jeannie nunca había superado el hito básico de regular su nivel de atención para poder, así, responder atenta y tranquilamente a las personas y los acontecimientos de su entorno. Aquellos estímulos que muchas personas toleran fácilmente o dan por supuestos, la absorbían por completo, distrayéndola y robándole gran parte de la atención que debería dedicar a otros asuntos. El primer objetivo de su terapia intensiva consistió, por lo tanto, en que aprendiera a relacionarse eficazmente con su entorno, a su - perar una habilidad crucial que se le había resistido desde la infancia. El tratamiento se dividía en dos partes. En primer lugar, mientras explora ba las sensaciones físicas que le resultaban molestas, su terapeuta le ayu dó a encontrar diferentes métodos para superarlas que le aportaran una sensación de seguridad. «Me doy cuenta de que cuando hablo en voz más baja, te resulta más fácil comprenderme», dijo en cierto momento. En otro, comentó: «Veo que la presión de la pared contra tu espalda te ayuda a sentir dónde está tu cuerpo».

Posteriormente, Jeannie investigó sensaciones, ideas y conductas ---la experiencia emocional vivida— que resultaban de sus intensas sensaciones físicas. «Cuando me encuentro en una habitación con mucho ruido», dijo, «no lo puedo resistir. Comienzo a pensar que alguien me quiere hacer daño.». Llegó a tomar conciencia de sus peculiares reacciones y de las emociones que resultaban de ellas, y también aprendió diferentes maneras para lograr controlarlas. Ella podía, por ejemplo, buscar un ambiente tranquilo y sosegado, o sentarse en una silla de respaldo duro que ejerciera la presión física que le resultaba tranquilizadora. Mediante métodos tan sencillos como éstos aumentó, en gran medida, su capacidad para centrar la atención mientras permanecía tranquila.

El aprendizaje de las tareas primarias que llevan al pensamiento y a la experimentación de sensaciones debe respetar cierto orden, precediendo las tareas más elementales (pero no por ello más sencillas) a aquellas mas complejas; el trabajo del nivel superior, como ocurre con todo aprendizaje, depende de las habilidades asimiladas con anterioridad. Habitualmente, los niños aprenden ciertas habilidades y avanzan hacia tareas más complejas dentro de determinadas franjas de edad. Pero aquellos que, como en el caso de Jea nnie, no superan una habilidad, o bien permanecen anclados en esa etapa, incapaces de evolucionar hacia objetivos más ambiciosos, o bien avanzan sólo parcialmente y con gran dificultad.

Es evidente que diferentes personas alcanzan distintos niveles de real ización en cada etapa. Algunos niños consiguen maravillas: se convierten en virtuosos de las matemáticas o de la redacción, esforzados gimnastas o patinadores, prodigios con el piano o la batería. La mayoría de personas alcanzan metas más modestas, mostrándose razonablemente competentes pero no necesariamente expertas. Y algunos, simplemente, batallan para arreglárselas de la mejor manera posible. Los estudiantes pueden aprobar un curso con un sobresaliente o con apenas un suficien - te, pero, indudablemente, aquellos que tengan la mejor base tendrán las mejores oportunidades para optar a un puesto de trabajo en el futuro. Lo mismo es válido para cada una de las etapas del desarrollo.

Muy a menudo, son justamente las primeras adquisiciones las que no han sid o asimiladas del todo. Algunos niños fracasan, sencillamente, debido a ciertos defectos congénitos o a una estimulación inadecuada, o por una combinación de ambos factores. Ciertas alteraciones en el nivel del sistema nervioso, la musculatura o los órganos sensoriales del bebé pueden impedir el desarrollo de alguna habilidad en concreto, como ocurrió en el caso de Jeannie. Un niño con un sistema nervioso en perfectas condiciones también puede fracasar en el dominio de cierta faceta en el

caso de que sus cuidadores no le aporten la estimulación que requiere. Una madre toxicómana, por ejemplo, quizá deje a su niño abandonado en la cuna mugrienta de una habitación vacía, sin imágenes ni sonidos, sin el contacto físico necesario para que su atención se aleje de sí mismo y se dirija hacia el fascinante mundo que le rodea.

Cualquiera de estos déficit --neurológico o emocional, en el individuo o en su entorno-- puede generar un niño que no esté preparado para un progreso futuro, limitado en su capacidad para establecer una buena autorregulación, crear amistades y darle un sentido al mundo. Cuando el problema descansa en un déficit congénito, un educador perspicaz, sea por una empatía excepcional o por la intervención de un profesional competente, puede aportar la a yuda necesaria para posibilitar un crecimiento. Los padres, por ejemplo, pueden ofrecer a un niño hipersensible la cantidad precisa de estimulación placentera, una combinación relajante de tacto y sonrisas, que atraiga su atención sin abrumarle en exceso.

El niño dispone, entonces, de una buena oportunidad para aprender a fijar la atención, para avanzar en la superación de este objetivo y de los demás que se le presenten en el futuro. Durante la primera etapa del aprendizaje, habitualmente en los tres o cuatro primeros meses de vida, el niño que se desarrolla de forma correcta adquiere una herramienta poderosísima para enfrentarse al mundo: la capacidad para regular su estado mental. A cada niño, no obstante, su universo sensorial y su capacidad para planificar acciones, basada en sus cualidades innatas y moduladas por los cuidados de los que ha sido objeto, le pertenecen única y enteramente a él. La mayoría de las personas dan por sentado —y durante muchos años lo creyeron así los clínicos y los científicos-- que las experiencias de oír, ver, tocar y moverse eran, más o menos, lo mismo para todo el mundo, a excepción, quizá, de ese individuo poco común que di fiere en su percepción cromática. Un sonido es un sonido o así lo parece, al menos; un punto rojo es un punto rojo.

Pero ahora sabemos, indudablemente, que el funcionamiento de los sentidos varía de un individuo a otro y así ocurre, también, con la expe riencia sensorial. Cada individuo tiene una versión personal del mundo de las sensaciones, y es ést a la versión que cuenta. Si los sonidos fuertes, las luces brillantes o el contacto suave irritan a un niño, lo mismo da que usted los encuentre agradables. Si un niño no puede organizar suficientemente bien lo que ve para distinguir la sonrisa de su madre, de nada sirve que otro niño sí pueda. Cada niño comprende y reacciona a cada una de las sensaciones de una forma característica e individual. Pero, independientemente de que el niño haya nacido con un sistema nervioso normal o dañado, cuando los niños desarrollan la capacidad reguladora y comienzan a organizar sus sensaciones, pueden utilizar estas habilidades para adquirir aquellas experiencias sobre las que construirán su identidad personal.