• No results found

El estudio del uso práctico del lenguaje y de su interpretación en contextos específicos se denomina «pragmática». La comunicación lingüística y la comprensión del lenguaje en contextos cotidianos se lleva a cabo gracias a

una serie de inferencias, que elaboramos sin esfuerzo, sin conciencia y muy eficazmente. Así, cuando oímos decir «La hermana de Luis está enferma» no sólo atribuimos una cierta propiedad o estado («enferma») a una perso- na, sino que además presuponemos que Luis tiene una hermana. Esto se debe a que en toda conversación se establece un principio de cooperación entre el hablante y el oyente (Grice, 1975), de forma que éste asume que el primero es veraz y que, además, da toda la información necesaria para re- presentar, de forma plausible, aquello de lo que trata la conversación. Cuando leemos un texto, realizamos también una serie de inferencias. Véa- se, por ejemplo, el siguiente fragmento de una historia:

«Juan y María están comiendo en el vagón-restaurante. Él ha pedido sopa de primer plato, y ella, una ensalada. El tren entró en un túnel. A la salida del túnel, el camarero debió acercarse a la mesa para tratar de limpiar la ca- misa de Juan».

Para comprenderlo, necesitamos entender que el texto hace referencia a dos personajes que viajan en un tren, que «él» se refiere a Juan y «ella» a María y que, cuando el tren entró en el túnel, debido a la oscuridad reinante en el mismo y a que la sopa es un alimento líquido, a Juan se le cayó la sopa so- bre la camisa y ésta se manchó. A continuación, él demandó la ayuda del camarero, a quien habían pedido la comida. Esta información no aparece explícitamente en el texto, pero el lector elabora una serie de inferencias implícitas a partir de su conocimiento sobre el mundo en general.

Esta comprensión ordinaria del lenguaje contrasta con la comprensión analítica que se requiere para evaluar la validez de un argumento formal. En efecto, para determinar si un argumento formal es o no válido, es preci- so suprimir nuestro conocimiento del mundo y ajustarnos a los criterios de teorías normativas, como la lógica formal o la estadística.

Nickerson (1986) considera que los argumentos pueden ser directos o indirectos, completos o incompletos, formales o informales. Define un ar- gumento formal como una secuencia de afirmaciones (las premisas) de las que se sigue necesariamente la conclusión, si el razonamiento es lógico.

De acuerdo con la lógica, si las premisas son verdaderas, la conclusión debe ser verdadera necesariamente. Por consiguiente, es imposible deducir una conclusión falsa a partir de premisas verdaderas. Sin embargo, a partir de premisas falsas puede deducirse, o bien una conclusión verdadera, o bien una conclusión falsa; esto es, a partir de un argumento con una o va- rias premisas falsas, la conclusión puede ser verdadera o falsa. Las inferen- cias deductivas, si son válidas, se elaboran con total certeza.

Ahora bien, la mayor parte del razonamiento en la vida real implica un razonamiento inductivo o probabilístico. A partir de experiencias específi- cas, inducimos reglas por un proceso de generalización, que nos permite emitir juicios y predecir nuevas situaciones. Estas inferencias no son nece-

sarias, sólo tienen un cierto grado de probabilidad e implican, a menudo, un aumento de la información semántica que el razonamiento deductivo no supone (véanse Johnson-Laird, 1988 y el capítulo 7 de este libro).

La mayor parte de la investigación psicológica sobre el razonamiento se ha llevado a cabo con tareas formales, ya que están bien definidas (Mayer y Revlin, 1978). Además, un argumento formal puede ser determinado como válido o no válido mediante criterios normativos lógicos o estadísticos. En cambio, todo lo que se puede decir de un argumento plausible es que es más o menos convincente. Consideremos, por ejemplo, los siguientes argu- mentos:

1. «En todos los países se debería implantar el sistema de jurados. La justicia se volvería más eficaz, ya que no sería una sola persona (el juez) la que tuviese que dictar sentencia. Se rebajaría el riesgo de que un inocente fuese condenado, porque los jurados tenderían a adoptar la perspectiva del acusado. En general, los errores disminuirían en los procesos judiciales, porque los jurados utilizarían su conocimiento del mundo y sus eficaces es- trategias de razonamiento cotidiano a la hora de emitir un veredicto».

2. «En ningún país se debería implantar el sistema de jurados. Debe ser un profesional (el juez) el que dicte sentencia, aunque la justicia se apli- cara de manera menos participativa. Con el sistema de jurados no disminui- ría el riesgo de que un inocente fuese condenado, porque los jurados no tenderían a adoptar la perspectiva del acusado. En general, los errores au- mentarían en los procesos judiciales, porque los jurados se verían afectados por su conocimiento del mundo y por sesgos del razonamiento cotidiano a la hora de emitir un veredicto».

Algunas personas estarán de acuerdo con el primer argumento, y otras, con el segundo, ya que los dos son plausibles.

La lógica convencional es un sistema de reglas y axiomas que, indepen- dientemente del contenido de las premisas y del contexto en el que se pre- senta un argumento, prescribe cuándo éste es válido, y cuándo, incorrecto. Por tanto, conduce a conclusiones necesarias, en un sistema bivalórico de verdadero o falso. Ahora bien, las personas no interpretamos las premisas sobre las que debemos razonar de esa forma restrictiva. Por el contrario, utilizamos cotidianamente una serie de cuantificadores probabilísticos o no convencionales («la mayoría», «bastantes», «varios», «pocos», etc.) y mo- dificadores o marcadores lingüísticos («en principio», «posiblemente», «en cierta manera»), que sirven para matizar la pertenencia, o no pertenencia, a una categoría y para establecer las relaciones de un conjunto; en definitiva, para modular nuestro razonamiento pragmático (Valiña, 1985; Valiña y De Vega, 1988).

Además, muchos de los problemas de la vida real no están bien defini- dos, algunas premisas están implícitas, no está claro cuáles son sus objeti-

vos o los medios que debemos aplicar para llegar a la solución correcta e, incluso, implican incertidumbre acerca de si se ha llegado, o no, a la mejor so- lución (por ejemplo, el problema del aumento del paro no tiene la misma solu- ción para una persona que halló su primer empleo que para un empresario).

El razonamiento formal es equivalente, en cierto modo, a un razona- miento matemático, conceptual, necesario, deductivo, algorítmico, basado en la forma del argumento y básicamente académico. Por el contrario, el ra- zonamiento informal es no matemático o no cuantitativo, empírico, contin- gente, no deductivo, heurístico, basado en el contenido de las premisas y conectado con el razonamiento cotidiano (Johnson y Blair, 1991; Galotti, 1989). De hecho, en la vida real los criterios formales y lógicos son de du- dosa utilidad (De Vega, 1981), y surge entonces una serie de heurísticos que utilizamos cotidianamente porque son eficientes y adaptativos en los ámbitos ecológicos y sociales en que aparecen (De Vega, 1984). Sin embar- go, también pueden llevarnos a errores y sesgos en el razonamiento. Per- kins (1989) reconoce tres tipos de errores en el razonamiento cotidiano:

1) Errores formales o falacias lógicas (negación del antecedente y afir- mación del consecuente, en inferencia condicional).

2) Falacias informales (recurso a la autoridad; es decir, apelar a la opi- nión de un experto para mantener un punto de vista sin tener en cuenta que una idea no es necesariamente cierta porque la apoye un experto).

3) Errores en la modelación o en la simulación mental de la situación, que puede ser incompleta, estar sesgada o ambas cosas a la vez. Uno de los resultados más contrastados en la literatura sobre psicología es la influencia en el razonamiento de factores de contenido y de contexto y, en general, pragmáticos. Veamos algunas de las teorías que explican di- chos efectos.