3.6 Research Method
3.6.3 Approach to Data Analysis
Hemos visto a Carranza desde fuera: los estudios, los títulos, honores y rango. Todo esto lo tenia dignamente merecido, tanto por su saber, que nadie podía negar, como por sus virtudes, ya que ni en sus años de desgracia, cuando muchos de sus amigos se retrajeron de él, persona alguna pudo señalar la menor tacha en sus costumbres ni en su vida. Sin embargo, sus enemigos, que indudablemente los tenia, atacaron con saña a Carranza por otro flanco: por sus opiniones religiosas y su doctrina. Esta discrepaba en algunos puntos esenciales de la enseñada formalmente por la Iglesia y, en cambio, rozaba, si no cata de lleno, en los odiados errores luteranos. Cómo Carranza, un teólogo hecho y derecho, podía sostenerlos y al mismo tiempo pretender no apartarse en nada del Dogma es un enigma incomprensible. Conviene, pues, exponer por orden los hechos que condujeron a su caída.
Ya en sus años de estudiante había sido delatado Bartolomé dos veces a la Inquisición por ciertas opiniones personales que había expresado públicamente acerca de la autoridad del papa y del sacramento de la penitencia. A estas denuncias no siguió proceso y quedaron enterradas, hasta que se descubrieron al buscar con frenesí, años más tarde, cargos en contra suya en procesos viejos de los archivos de la Inquisición.
Carranza, creyéndose seguro por su ascendiente y su historial, no habría tenido probablemente temor alguno tampoco, más adelante, en manifestar otras opiniones suyas que podían parecer demasiado libres a la mentalidad fanatizada de los que le rodeaban, por cuanto ya al regresar a España, después de su prolongado contacto con los herejes en Inglaterra y Flandes; se rumoreaba que iba contagiado de herejía como resultado de la copiosa lectura que de sus libros había hecho para calificarlos. Vino a confirmar estas sospechas la publicación de su libro Comentarios al Cathecismo Christiano, en lengua española, del cual hablaremos más
adelante. Digamos ya que numerosas expresiones del mismo podían ser tachadas de reformadas, como efectivamente lo fueron.
Otro factor que fue aprovechado contra el arzobispo fue la detención de los componentes de la iglesia protestante de Valladolid, entre los cuales había varios miembros de las familias de los marqueses de Pozas y de Alcanices. Conocían los inquisidores la amistad que unía a Carranza con estas dos familias y estrujaron a los presos para conseguir de ellos nuevos cargos contra el arzobispo. Se ha querido presentar a estos detenidos como procurando cobardemente guarecerse tras la autoridad del arzobispo para evitar su propia culpa y, de conseguirlo, arrastrarlo en su caída. Luego veremos cuán lejos queda eso de la verdad. Sin embargo, el mismo hecho de su amistad con unas familias tachadas de herejía era desfavorable para Carranza y los inquisidores lo aprovecharon con el mayor interés.
Además de todo esto, recordemos que la rectitud moral y la severidad de carácter de que Carranza había ya dado pruebas, habían de ser consideradas entre el clero como una amenaza latente para el disfrute sosegado de sus prebendas y beneficios; que por motivos de orden personal existía entre él y otro dominico --el gran teólogo Melchor Cano- una vieja y enconada enemistad; añadamos la envidia y resentimiento de Valdés, el inquisidor general, el cual codiciaba el primado que acababa de ser concedido a Carranza, un simple fraile, y, por fin, la malevolencia de muchos otros, como Pedro de Castro, Antonio Agustín, etcétera, todo lo cual se confabuló para hundirlo.
Teniendo presentes estos datos, resumamos sucintamente el curso de los sucesos previos a su detención. El Catecismo fue un arsenal de armas que contra él esgrimieron sus enemigos. Valdés se procuró ejemplares y los entregó a amigos suyos para que los consideraran. Todos ellos -Melchor Cano, Pedro de Castro, Fray Domingo de Cuevas, y otros- opinaron muy desfavorablemente en contra de su doctrina, que consideraron muy peligrosa, y tacharon en el Catecismo gran cantidad de proposiciones como heréticas. Ciento cuarenta y una encontró, sólo en el Catecismo, Melchor Cano.
Vinieron luego las declaraciones de los reformados presos. Creyeran o no los presos que Fray Bartolomé tenia la misma fe que ellós; lo cierto es que poco fruto dieron sus interrogatorios. Ni de Ana Henriquez, ni de Francisca de Zúñiga, ni de Cristóbal de Padilla, ni de otros muchos interrogados, sacaron prácticamente nada útil. Catalina de Castilla había declarado, en 5 de mayo de 1559, que creía que Carranza seguía la doctrina luterana, pero en 29 del mismo mes se retractó de esta declaración y nadie pudo moverla a rectificarse otra vez. Pedro de Cazalla había declarado que Carranza refutó a Seso cuando, ante su presencia,. éste negó la existencia del Purgatorio, pero el mismo Seso desmintió a Pedro Cazalla, lo que corroboró Domingo de Rojas afirmando que Carranza había hablado siempre del Purgatorio en sentido católico.
Una y otra vez repitió Domingo de Rojas que si bien los escritos de Carranza contenían proposiciones aptas para ser interpretadas en sentido reformado, el arzobispo siempre las había explicado en sentido católico.
Cuando algunos testigos declararon que le habían oído a Domingo de Rojas enseñar doctrina acerca del Purgatorio y la justificación, que él decía precedente de Carranza, contestó Domingo de Rojas ante los inquisidores que si lo había dicho, pero (no sabemos si para cubrir a su antiguo amigo o si era efectivamente cierto) que había hablado mentira, que la doctrina era suya y que, si había dicho que procedía de Carranza, había sido sólo para dar mayor autoridad a su enseñanza. Con el mismo argumento desmintió la afirmación de Agustín Cazalla de que Domingo le había dicho a Cazaba que Carranza seguía la doctrina luterana. Quizá fue Agustín Cazalla el único que, hasta que se decidió ante el tormento a confesar sus convicciones luteranas, había procurado echar los cargos que a él se hacían sobre el arzobispo.
Una declaración de Luis de Rojas, que en cierto grado inculpaba a Carranza, era absurda y se demostró su falsedad. Por lo que respecta .a Domingo, en su declaración del 7 de octubre de 1559, la víspera de su muerte, afirmó otra vez que jamás Carranza le había dicho palabra alguna en sentido luterano, sino al contrario, le había amonestado siempre «que estas opiniones suyas eran engañosísimas y artificiosísimas», que en su enseñanza en la iglesia de Valladolid jamás se había apoyado Carranza, sino en libros luteranos que él leía.
Hasta aquí la participación de los reformados en el asunto de Carranza, que se ha abultado exageradamente. Múltiples denuncias, espontáneas las unas, más o menos coaccionadas las otras, se presentaron
contra él, pero no es posible, ni incumbe a nuestra historia, detallarlas. Baste decir, como resumen, que los cargos acumulados contra Carranza fueron, fundamentalmente:
Haber defendido de palabra y escrito, con pertinacia, proposiciones luteranas. Estaban estas doctrinas contenidas en sus Comentarios al Catecismo, en tratados varios, en sermones y en los resúmenes de sus clases. Algunos escritos de que se le acusaba pudo demostrar Carranza que no eran suyos.
Haber tenido trato y familiaridad intima con herejes excomulgados. (Rabia tratado, efectivamente, con deferencia y estima a Juan de Valdés, y últimamente a Domingo de Rojas, Pedro Cazalla y Carlos de Seso.)
No haber denunciado a la Inquisición a personas que él sabia positivamente estaban contagiadas de herejía. (Los antes citados, especialmente de Seso.)
Haber retenido y usado en sus explicaciones como profesor libros heréticos. (Así obras como las
Advertencias, atribuida a Valdés, un libro de Escolampadio, y otros.)
Valdés, en poder de estos datos, recabó autorización del papa para proceder contra él. El breve del 7 de enero de 1559, al que nos referimos en otro capítulo, fue la respuesta.
Entretanto, Carranza, que desde Flandes --donde se encontraba- tuvo noticias de las maquinaciones tramadas contra él, procuró averiguar cuáles eran los cargos que se le hacían. Valdés, el inquisidor, se negó a comunicarle nada. Intentó Carranza defenderse ante el Santo Oficio en el asunto de sus relaciones con los detenidos de Valladolid; asimismo, para defender las proposiciones tachadas de su Catecismo, solicitó la opinión de gran número de prelados sobre el mismo, los cuales contestaron en masa en sentido altamente favorable al Catecismo. Valdés contrarrestó toda esta labor defensiva prohibiendo a nadie emitir opiniones sin consultar con la Suprema, ya que se estaba preparando un Índice. Se avino entonces Carranza a suprimir la edi- ción del Catecismo y a corregirlo. Sin embargo, todo fue en vano. Su suerte estaba ya decidida.
Valdés recibió el breve en 8 de abril. Aun antes de dar un paso más adelante, pidió Valdés permiso a Felipe, quien no movió un dedo para defender a su antiguo predicador favorito y hombre de máxima confianza.
Carranza no creía que pudieran llegar a detenerlo. Rechazaba la imputación de herejía: «Si no ha entrado por la manga del hábito, sin advertirlo, no tengo pecado en esta parte, por la misericordia de Dios, y así dejó corres las cosas por su curso regular» Contra la opinión de sus amigos, no vaciló un instante en trasladarse a Valladolid cuando fue requerido por la princesa gobernadora doña Juana para que lo hiciera, «para comunicarle ciertos negocios personalmente. Se trataba, en realidad, de una añagaza para sacarlo de Toledo y así, según palabras de Felipe, evitar que el escándalo fuera mayor. Como antes se dijo, detenido el 22 de agosto, en Torrelaguna, fue llevado a Valladolid, donde se le sustanció el proceso.