A medida que la posición de la mujer se iba consolidando en el plano económico, laboral, jurídico y político, y las vinculaciones matrimoniales parecían debilitarse, la atención a los niños se presentaba cada vez como más perentoria.
Se tiende a un mayor equilibrio en el reparto de las tareas domésticas entre el hombre y la mujer, a la vez que se produce una diversidad de los tipos de vida familiar. Lo que era el modelo único de estilo de vida familiar tiende a ser reemplazado por una pluralidad de modelos.
La actividad social y moral del hombre es satisfacer sus necesidades, lo cual puede ir poniendo en juego sus capacidades diversas, cuyo fundamento último es su organismo animal y su libertad.
El conjunto de las costumbres es un sistema, de manera que cada una suele mantener conexiones de diversa índole con las demás.
A cada cultura corresponde un sentido común, una determinada concepción de lo que es natural.
2. La categorización de lo erótico por el sentido común
Que el sentido común categorice los términos significa que las dicotomías tienen una vigencia transcultural y transhistórica, y que señalan un contenido permanente y también una permanencia en el modo de organizarlo. Puede decirse que la cartografía de lo erótico tiene una constancia que es lo que permite su estudio a través de la historia, de las culturas y de los niveles sociales.
El sentido común elabora sus propios criterios éticos y jurídicos en el cruce y en el cambio de las mediaciones racionales por las que se satisfacen las necesidades.
Hay ámbitos en los cuales lo propio y adecuado no aparece como evidente o claro para todos, en los que lo natural no se manifiesta como tal al sentido común. Se trata de cuestiones de regulación de la dinámica erótica: regulación del matrimonio, divorcio, aborto, fecundación asistida, prevención de la violencia doméstica, etc., ámbitos en los que, por no haber formado el sentido común sus propios criterios, hay que buscarlos mediante la reflexión intelectual en sus diversos niveles y proponerlos desde la autoridad correspondiente.
3. Lo erótico clandestino y la moralidad pública
La arqueología parece indicar que existe en los seres humanos una tendencia a expresar de un modo informal y clandestino, las formas de la actividad erótica consideradas inaceptables en la vida pública.
Las actividades eróticas se pueden dividir en legítimas públicas (noviazgos, matrimonios, etc.) y legítimas privadas (unión conyugal, efusiones afectivas, etc.) y en ilegítimas, que se desarrollan en ámbitos públicos (prostitución y otras) o que tienen lugar privadamente (abusos deshonestos).
La constitución de la autoridad en la familia y en la sociedad civil, excluye unas formas de lo erótico como inadecuadas. La exclusión tiene vigencia transcultural y transhistórica.
El ámbito de lo público en tanto que sociedad civil y el de lo privado en tanto que familia, excluyen, lo malo y lo falso de la dinámica erótica. De este modo se establece el ámbito de la moralidad pública, que reconoce y protege lo privado legítimo.
El ámbito de la moralidad pública, del reconocimiento social, es el escenario de la hipocresía.
4. La definición de la normalidad erótica
Lo erótico clandestino contribuye a la definición de la normalidad y a la constitución de la identidad masculina o femenina de los individuos.
En el siglo XX, se ha dado un cambio en el matrimonio mismo, que pasa de estar cimentado fundamentalmente sobre una base institucional, a estarlo sobre una base personal.
Se ha dado una sustanciosa mejora del status de la mujer, de su autonomía económica, y de su capacidad de elección. Junto a eso se registra una disminución de la estabilidad matrimonial y un incremento anual del número de divorcios.
Se produce un cambio en las expectativas respecto al matrimonio. Tiende a considerarse más que un estado, una relación de amor, de amistad y de cooperación.
Por último, se registra un cambio en la percepción del sexo. Se inicia el proceso de permisividad sexual. Todo en correlación con una mayor tolerancia recíproca de las relaciones sexuales extramatrimoniales.
No parece que un sistema jurídico pueda erradicar la existencia de nacimientos ilegítimos.
5. El deber como inclinación, como norma y como hábito
Si la libertad es absoluta, no tiene costumbres, no tiene hábitos y no tiene inclinaciones. Solamente tiene actos, y esos actos son en sí mismos normas.
La libertad siempre tiene como punto de referencia lo que viene de antes, las inclinaciones y las costumbres, y el grado de desarrollo de ella misma en cada una de las etapas anteriores. La normalidad erótica y la identidad sexual y personal son una necesidad, y por eso constituyen la meta de unas inclinaciones, el contenido de unas costumbres y el objetivo de un deber.
La sistematización estoica de las virtudes en cuatro grandes familias, las de la prudencia, justicia, fortaleza y templanza, es acogida en el cristianismo y difundida por él en todo el occidente.
La definición de la normalidad erótica y de la identidad sexual no puede consistir en una distribución de funciones según una relación de opresor - oprimido.
La normalidad que se busca, el deber hacia el que se siente inclinación, es aquella norma que establezca lo que es propio y adecuado para la personalidad femenina y para la masculina, recogiendo lo legítimo y viable en costumbres anteriores, y posibilitando nuevas costumbres.
6. Poder y libertad
El poder no es capaz de aceptarse a sí mismo.
El poder, si no se autoformaliza, no dispone de sí, y entonces es un poder impotente.
Si no puede controlarse a sí mismo no es libertad, y las limitaciones le vienen de fuera.
Aunque el poder se puede perder, su dinámica es la de crecimiento y autoafirmación.
Capítulo X: Para una teología del sexo, el amor y el matrimonio