Todo recuerdo trae a la mente una imagen, toda imagen evoca una circunstancia específica, toda circunstancia plasmada de forma estética a través del arte- en este caso el arte bidimensional- genera un impacto visual que no solo la recrea, sino que lo perpetúa a través del tiempo, bien fuese como signo de reflexión, crítica, contradicción o como propuesta.
A lo largo del proceso de investigación creación llevado a cabo en la maestría, se reflexionó acerca de la pertinencia de variadas temáticas abordadas en este estudio de posgrado pasando por diversos estados anímicos y reflexiones internas, las cuales llevaron a concluir que el presente trabajo investigativo
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comprende una exploración no solo de mi círculo familiar, conocidos y amigos cercanos, sino un recorrido a través del recuerdo que conlleva tener que enfrentar nostalgias y emociones propias de un pasado que aún resuena, evocando vivencias y aprendizajes de toda índole.
Surgió entonces la idea de desarrollar una expedición que ha implicado discurrir en torno al transcurrir del tiempo, el contraste evidente en el cambio de los escenarios y espacios, entre lo que fue la casa de Anita durante aquellos años y las tiendas que he visitado actualmente; así como de las personas que hicieron parte del Club de Anita, al ser conscientes y testigos del paso del tiempo en ellos, el envejecimiento normal de las personas y la falta que a muchos nos hace el club, buscando - en un juego de narrativas visuales – generar una recordación del mismo, fruto de las memorias e imágenes que de él existen.
Esta expedición tiene la particularidad de ser de carácter discontinuo, término que he utilizado para simbolizar la constante travesía que ha implicado ir al pasado y volver al presente en una misma temporalidad, hecho que conlleva a que esta estrategia metodológica que se convierte de igual forma en una propuesta de creación- conste de una serie de herramientas que permiten a la imagen ser signo del paso del tiempo, buscando entonces generar puntos de intersección entreel ayer y el hoy, lo visual y lo escrito, teniendo como finalidad generar un diálogo sensible y estético.
A través de esta propuesta busco entonces evocar y explorar el pasado por medio del dibujo y la ilustración, realizando un continuo contraste con el presente pues concibo al dibujo como el fotógrafo concibe a la cámara, es decir, como el medio para capturar momentos o recuerdos del pasado que surgen durante el mismo acto de trazar, brindando así una sensación de libertad única en donde me enfrento con el trazo, a la blancura del papel, haciendo uso del recurso etnográfico directo, la inmersión en el espacio específico con sus particularidades.
De esta manera, el dibujo se constituye como el elemento metodológico por medio del cual se ha logrado- a través de la creación de imágenes- descubrir y
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“encontrar el contenido del propio almacén de observaciones pasadas” (J. Berger, p. 7, 2011) pues sin duda alguna, la imagen permite recordar y es, a través del recuerdo constante, que han surgido nuevos trazos y composiciones que se han conjugado en un juego de técnicas y dimensiones variadas, que en palabras de Le Corbusier se puede afirmar que “dibujar es, primeramente, mirar con los ojos, observar, descubrir (…). Para un artista el dibujo es el medio por el cual investiga, escruta, anota y clasifica, es el medio de servirse de aquello que desea observar y comprender, y luego traducir y expresar” (Aman, Axtu.s.f).
Parafraseando a Berger (2011), las líneas o planos de color no importan por el hecho de ser registro de lo que se ha visto, sino por lo que llevarán a seguir viendo. Los dibujantes que estén leyendo este texto entenderán sobre la mágica experiencia que es sentir que los trazos fluyen por sí solos, hasta el momento de conexión con ese lenguaje bidimensional inicial.
Dada la importancia y trascendencia que tiene el dibujo para mí, he logrado identificarme con el trabajo de William Kentridge, artista surafricano que retoma y mantiene el dibujo tradicional como estructura y principal elemento en sus creaciones. Representa, desde mi punto de vista, el virtuosismo auténtico, que es alimentado por la disciplina, la constancia, fidelidad a la técnica y honestidad que imprime en el acto creativo. “Él provoca una reflexión sobre el proceso de ver constantemente a un mundo cuyo significado debe ser construido por cada uno de nosotros a través del sentido de la vista” (Instituto Moreira Salles, Fundacao Ibere Camargo, p. 7, 2017).
Precisamente, los dibujos que conforman la creación en este proyecto, son producto del proceso de recopilación, observación y nostalgia; hilados en un camino de rememoración visual constante no solo del espacio físico y sus características, también de las nuevas emociones, experiencias, atmósferas y aprendizajes que surgieron en los diferentes “clubes” a los que asistí.
El proceso creativo inicia entonces con un boceto principal, el cual va siendo transformado gracias a los nuevos enfoques que surgen del proceso físico de dibujar, pero esto no termina allí. El dibujo empieza, se comunica, mientras yo como observadora y viajera del pasado y presente, espectadora de la experiencia
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interna y visual, percibo la narrativa del dibujo y me dejo guiar por ella mientras aparecen nuevas posibilidades de imagen, nuevos recuerdos y memorias. Como lugar temporal “todo tiene señales de haber sido puesto ahí y haber sido construido” (Kentridge, p.298) y todos sus rasgos esconden nuevas conexiones y pensamientos que emergen del observador.
Kentridge en algunas de sus animaciones borra y vuelve a dibujar encima del rastro anterior, capturando los momentos para posteriormente convertirlos en movimiento. Seguí esta metodología de dibujo en algunas imágenes que presento, y en otras se perciben ciertos pentimentos como técnica para abolir la sensación de rigidez, pero de igual manera como acto de permanencia de la memoria para no desdibujar los primeros pasos de la etapa de visualización previa a generar el dibujo final, y así mismo se buscó como herramienta para lograr plasmar las capas como metáfora de la memoria.
Ilustración 2 Dibujo de William Kentridge
Ejemplo de lo anterior se manifiesta en esta imagen, donde se evidencia un primer dibujo a la derecha en el cual se ha usado el borrador para generar
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transformaciones de una escena que presenta Kentridge; el borrador en el rostro, en el pie de la izquierda, en el brazo y la mano del mismo lado. Este artista realiza películas animadas con carboncillo, en las cuales cada escena debe ser sometida el proceso de dibujo, borrado y volver a dibujar. Se ve también, la falta de fondo en la primera imagen, de la cual se toma una foto para continuar las trasformaciones posteriores. En la segunda imagen, se puede evidenciar un acabado más detallado, no solo en las partes mencionadas anteriormente, también en el fondo, en el cual se incluye un personaje cuadrúpedo. La espacialidad cambia, la atmósfera y las texturas con el trabajo manual del carboncillo. Cada trazo nuevo, fragmento borrado o espacio añadido genera un nuevo movimiento en la imagen, que cobra vida no solamente al proyectar la película, así mismo en los procesos de bocetación y secuencia que se generan.
Ilustración 3 Dibujo. Grafito sobre papel basic
Esta imagen que forma parte del proceso de creación se desarrolla con la técnica de borrado y dibujado, apropiando el método de Kentridge. Adicionalmente, implementa el transfer, que se describe a continuación.
La técnica del transfer- que busca desempolvar algunos fragmentos de la creación literaria de mi abuela que fueron varias veces eje de conversación en el club- pretenden crear esa simbiosis entre imagen y palabra que es casi
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connatural al relato, generando de esta forma aquella discontinuidad espaciotemporal que se enfatiza en el paso del tiempo.
Ahora bien, al retomar el tema de la expedición como actividad de búsqueda, recolección y registro de información, vivencias y memorias, es claro que se ha convertido en un medio sensible de investigación e indagación acerca del recuerdo. La expedición, en su acepción científica, se entiende como “una excursión hacia un punto distante por lo general de difícil acceso” (Pérez & Gardey, 2011, p.1), en el caso de este trabajo esa excursión tiene que ver con el pasado del club y sus protagonistas, y así mismo se relaciona con el presente de las tiendas que visité, viví y he etnografiado, buscando apropiarlo desde lo artístico y lo emocional, lo que implica una travesía que conecta con aquel punto distante que es el ayer, la nostalgia y lo ausente, contrastado con el renacer del Club a través de la experiencia con las comunidades.
Estos elementos se encuentran en el espacio del club, en su arquitectura y características específicas, siendo un recorrido en ocasiones intrincado y de “difícil acceso”, pues tal y como lo afirma Ricoeur (2002, p.11), la búsqueda en los recuerdos se configura en “(…) una operación…un paralelismo entre, por un lado, el acto de construir, es decir, edificar en el espacio y, por otro lado, el acto de narrar, disponer la trama en el tiempo”.
A modo de aclaración, es importante tener en cuenta que esta expedición aporta mucho más que huellas del pasado, su riqueza “obedece a que no se nos ofrece simplemente lo que ha sido, sino que se nos sitúa en un espacio de confrontación de diversos testimonios y con diferentes grados de fiabilidad” (Ricoeur, 1999, p. 10), lo cual permite la apertura del espacio a nuevas potencialidades e interpretaciones. Por esta razón, la propuesta artística y visual que surge de este proceso se basa en lo que fue el club y sus personajes, sumado a los descubrimientos hechos en los demás lugares; más la animación que se ilustra y proyecta es fruto de mi imaginación como propuesta creativa que resalta todo lo que el texto anteriormente escrito revela.
El proceso de animación se llevará a cabo a través del folioscopio- técnica inexplorada hasta el momento por mí- con diferentes imágenes pero con un
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concepto de unidad: el Club de Anita. Esta forma de dibujo ha sido de interés dada la intención de viajar a través del tiempo con este trabajo, ya que se busca representar a través de esta técnica una narrativa visual dotada de movimiento para dar vida a las vivencias que me han acompañado durante años.
En esta narrativa visual se puede apreciar la imagen de una botella de whisky, el favorito de mi abuela, que generalmente era Old Parr comprado por mi mamá en San Andresito del Norte. Sobre el líquido que va siendo servido, se puede observar un texto particular, el cual se va moviendo junto con el resto del dibujo. La acción de servir el trago se quiso enfatizar, ya que Anita requería de ayuda en su oficio de bar tender, debido a que su visión era reducida y sus manos no le permitían hacer ciertos movimientos con precisión. Cabe aclarar en esta parte que Anita usaba un embudo para re envasar el wiski a la botella de Costeñita que conservó durante años y anhelamos siempre que estuviera lavada, ya que era de aquel envase del cual servíamos las copas del apreciado licor. A lo largo de los años no he visto a otro tendero o tendera que haga uso de esta técnica para servir el trago, y vale la pena aclarar que Anita la desarrolló debido a la dificultad visual que presentaba, así como a la falta de pulso para no regar ni una gota del alcohol.
La otra animación relata una historia creada a partir de características propias de Anita, Anselmo – contertulio y socio vital del club - y del lugar. Pretende retratar con sencillez situaciones que parten de vivencias reales, pero se dotan de algo de humor que nos acompañó durante aquellos sábados de encuentro.
77 Propuesta de creación artística de este proyecto.
Dibujos
Técnica: Mixta sobre papel Dimensiones variadas Año: 2018
82 Propuesta de creación artística de este proyecto
Folioscopios.
85 SOCIOS ILUSTRES
El Club de Anita fue, sin lugar a dudas, un espacio dedicado a la camaradería, en donde hubo un grupo de socios que no faltaba a su cita de los días sábados en horas de la tarde, siendo especialmente acogidos por la propietaria del lugar. Dentro de estos especiales comensales se encuentran tres personas que llegarán a constituirse en la esencia o, dicho coloquialmente, el alma del lugar en cuestión, además de Anita, por supuesto.
Estas tres personas, las cuales serán protagonistas de este capítulo, fueron mi abuela Isabel Parra Rosas, mi tía la Señora María Cristina Pinzón y mi amigo Anselmo Torres.
Isabel Parra Rosas (1925 – 2014), más conocida como Isabelita o Mami- como la llamábamos los nietos más cercanos- fue la fundadora y por lo tanto una de las más constantes visitantes del club. Se conocieron en la década de los ochenta en la primera tienda que Anita tuvo en el barrio Cedritos y, hasta los últimos días de mi abuela- en la medida en que la salud se lo permitió-, ella asistió sin falta a su lugar de reunión a tomar su consabido wiski.
Nació en Bogotá, aunque solía decirme que era oriunda de Buga. Nunca supe la razón de esto, aunque revisando su cédula, dice que fue en Bogotá el 17 de diciembre de 1925. Fue la segunda de cinco hijos del matrimonio de la señora Inés Rosas y el señor Pablo Emilio Parra, joyeros y plateros de la capital.
Su vida no fue fácil. Como muchas mujeres de inicios del siglo XX, fue obligada a casarse con tan solo catorce años de edad con un hombre mayor llamado Pepe Pinzón. Fruto de esa primera unión fueron cinco hijos a quienes levantó sola y a puro pulso pues, a la edad de los 23 años se separó de su esposo después de haber aguantado nueve años de maltrato y sumisión, lo cual era algo extraño para su época dadas las imposiciones sociales, el conservadurismo que daba a la mujer los roles de ama de casa, la fuerte influencia de la Iglesia y la imagen patriarcal que existía en la sociedad del momento.
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Los años siguientes fueron duros y extenuantes, con pocas horas de sueño y mucho trabajo pues fueron pocas las ocasiones en que pudo contar con el apoyo de sus padres para el cuidado de sus hijos. Después de separarse trabajó vendiendo platería, zapatos, en una librería, como secretaria, lugares en donde además vendía obleas que ella misma realizaba, con lo cual sostenía su hogar y daba educación a sus pequeños.
Esto me permite concluir que la amistad que surgió entre mi abuela y Anita fue producto de la solidaridad de género, tras situaciones como la descrita anteriormente que se vincula con las vivencias de Anita. Mujeres luchadoras, trabajadoras, que no tuvieron una buena relación con las mujeres que las engendraron, y tal vez este aspecto las unió mucho más. Así mismo características la personalidad; las dos de un carácter muy fuerte cuando debían hacerse sentir, respetar o defenderse de alguna injusticia. Amables y serias, inteligentes y firmes cuando algo no les gustaba, y siempre dispuestas a trabajar, mi abuela por sus hijos e hijas y Anita por su propia subsistencia.
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Años después mi abuela conoció a Hernando Acosta Ángel, quien sería mi futuro abuelo. El, al igual que mi abuela, había estado casado con anterioridad, pero en el caso de Papi- llamado así cariñosamente por la familia- fue abandonado por su esposa, quien no solo le quitó sus bienes materiales, sino que lo alejó de sus primeros hijos.
Salieron durante unos años sin adquirir ningún tipo de compromiso, pero, después de un tiempo de conocerse decidieron vivir juntos. Mi abuelo aceptó a mi abuela con todos sus cinco niños del matrimonio anterior, a saber: María Cristina, Marina, Luis Alberto, Fernando Alfonso y Daniel Ernesto, los hermanos Pinzón. Fruto de la nueva unión nacieron cuatro hijos más, Virginia (mi madre), Marta, Fabio y María Claudia, llamados, en ocasiones de forma despectiva, como los Acosta.
Según recuerdos de mi mamá, los primeros años de unión con mi abuelo fueron tranquilos y había una atmósfera en donde se sentía amor mutuo y unidad, aunque con múltiples trabajos por lo que supone levantar y mantener un hogar con nueve hijos, sin embargo- pocos años después de que sus hijos naturales dejaran la etapa de la primera infancia- la infidelidad de mi abuelo y su promiscuidad deterioraron tajantemente su relación llevando a mi abuela a una profunda depresión que la sumió en el alcoholismo.
Cuando trato de hablar con mi mamá sobre esa situación, es fácil percibir el dolor de esos años por ser precisamente la etapa en que ella entraba a la adolescencia. De hecho, indagar o tratar de profundizar en los hechos llega a resultar un tanto incómodo pues, aunque fue una realidad de la cual los hijos no fueron ajenos, nunca llegaron a inmiscuirse a pesar de las peleas, los continuos reclamos de mi abuela a mi abuelo y el dolor que ella exteriorizaba en sus momentos de embriaguez, los cuales se postergaron hasta su vejez pues, a pesar de la dura realidad, vivieron bajo el mismo techo hasta el fallecimiento de mi abuelo a sus 92 años de edad.
Los ratos en que mi abuela salía al club se convirtieron para ella, a raíz de su dura situación familiar, en instantes de esparcimiento en donde trataba de olvidar
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sus penas sumiéndose en el consumo de alcohol junto a Anita, quien sabía por entero su historia, y los variados contertulios. Esa fue la forma para enfrentar su cotidianidad o, mejor, evadirla. Fue “el medio que encontró para alejarse de su cruel realidad pues …le ayudó a calmar el dolor de una vida llena de soledad, desesperación y frustración” (Munive García, 2016), aunque en las tertulias afloraban en ocasiones sus dolores y penas con comentarios del duro pasado que vivió, de los mucho que amó a mi abuelo y lo duro que fue saber de su engaño, acompañados claro está de una que otra sentida lágrima que todos tratábamos de consolar.
Mi tía Martha Acosta, aunque no era asidua al club y asistía de forma esporádica, fue testigo ocasional de los momentos de desahogo de mi abuela. Al respecto comenta:
“Me molestaba que el tema de conversación fuera Papi (mi abuelo). No me gustaba que se expusieran temas personales o familiares allí…y obvio, era inevitable...En el fondo supe siempre y con el tiempo entendí que ese era un espacio que Mami necesitaba para desahogarse, para soltar tristeza, dolor, resentimientos, frustraciones y lágrimas”.
Con respecto a esto se generaba en momentos un ambiente incómodo, obviamente porque a mis tías y a mi mamá no les gustaba que criticaran a mi abuelo, entonces, pedían que se cambiara el tema. Los demás que estábamos presentes solo escuchábamos, y se aprendió a no juzgar al otro, a respetar los errores de los demás
y a ser solidarios para no extender un tema que no era tan grato. Pero, además de
las vivencias relatadas también hubo espacio para el repaso de historia- que lideraba mi abuela- a quien le gustaba de manera particular hablar de la Revolución Francesa, probando con sus variadas preguntas cuánto sabíamos de cultura. Siempre, sin importar la respuesta, correcta o no, ella complementaba la información evidenciando su excelente memoria y amplio conocimiento histórico de diversos sucesos. Este aspecto fue recurrente debido