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The How, Where and When of Repression and Mobilization: The

Una perspectiva que enriquece la reflexión que adelanto es la propuesta por Teresa de Laurettis (1989), quien aclara que la diferenciación de géneros trasciende del reconocimiento del aspecto biológico, y en realidad adquiere valor por su componente semiótico, es decir la construcción de significados referidos a lo masculino o femenino se introducen en las subjetividades de las personas por la reiteración de dichos significados elaborados que son aprobados o naturalizados. Una propuesta dada por la autora es observar la concepción del género como una categoría resultante de la incorporación de discursos, patrones culturales impulsados desde dispositivos tecnológicos. La autora menciona el cine, aunque también puede ser la música, la religión, entre otros, que refuerzan concepciones para delimitar los comportamientos de los sujetos en su

44 cotidianidad. En palabras de Michael Foucault, la tecnología del género. El género debe comprenderse como el conjunto de efectos producidos en los cuerpos, los comportamientos y las relaciones sociales. En palabras de Foucault, por el despliegue de una tecnología política compleja.

Retomando la semántica de las palabras por medio del diccionario, el género se concibe como un camino de relacionamiento entre un individuo y su pertenencia a un grupo específico; de este modo, el género asigna a una entidad, digamos a un individuo, una posición dentro de una clase y, por lo tanto, también una posición vis-a-vis con otras clases preconstituidas.

Las concepciones culturales de lo masculino y lo femenino como dos categorías complementarias aunque mutuamente excluyentes en las que los seres humanos están ubicados, constituye en cada cultura un sistema de género, un sistema simbólico o sistema de significados que correlaciona el sexo con contenidos culturales de acuerdo con valores sociales y jerarquías. A pesar de que los significados cambien en cada cultura, un sistema sexo-género está siempre íntimamente interconectado en cada sociedad con factores políticos y económicos. La autora a partir de allí reconoce como dichos sistemas sexo-género a lo largo de las culturas son la base para legitimar unas relaciones de poder desiguales dentro del grupo social.

En ese sentido la autora conceptualiza que el género es el resultado de una construcción sociocultural, donde se usan signos comunicativos que expresan representaciones y contribuyen a una asignación social con determinados privilegios o condicionantes que contribuyen o vulneran el ejercicio del ser. La autora recoge lo elaborado por Althusser quien desde el marxismo maneja el concepto de “ideología” (relación imaginaria que moldea la realidad de los sujetos), para establecer una conexión de semejanza con el concepto de género, en el sentido de que tanto el género como la ideología deconstruyen y construyen constantemente a los sujetos y sus relaciones. No obstante, la ideología desconoce los efectos reales que el género en su representación imaginaria conlleva.

Michèle Barrett, retomada por Laurettis (1989) para su argumentación, afirma que no sólo es la ideología un lugar primario de construcción del género, sino que la ideología de género ha jugado un papel importante en la construcción histórica de la división capitalista del trabajo y en la

45 reproducción de la fuerza de trabajo, y en consecuencia es una fiel demostración de la conexión integral entre la ideología y las relaciones de producción.

Laurettis (1989) define al género como la configuración de variables sexo discursivas, considera en últimas que las ideas de Barrett sobre la comprensión de la ideología de género no son del todo totalizantes en el ejercicio de las prácticas sociales, en la medida en que se limita a darle importancia a la configuración de los medios y fuerzas de producción, dejando a un lado una óptica de la intersensibilidad, la emocionalidad que se configura en los seres que se representan en uno u otro género. Para enriquecer su postura del género como producción representacional, Laurettis (1989) toma de Joan Kelly su perspectiva de la multiplicidad de intersecciones de relaciones que hombres y mujeres asumen en diferentes escenarios. Así deshace la idea de que el género se ejerce en dos esferas separadas como lo público y lo privado. Esto conlleva a Laurettis (1989) a considerar que el género como representación social e individual denomina la autorepresentación. Y entran en una constante tensión entre ellos dos, en la medida en que se transforman uno frente al otro.

Otro aspecto crucial en la formación de la representación del género para la autora, es lo descrito por Althusser con la palabra interpelación, definida como el proceso por el cual una representación social es aceptada y absorbida por un individuo como su (de ella o de él) propia representación y así volverse, para ese individuo, real, aun cuando en realidad es imaginaria. Esta interiorización de la representación no es un proceso ciento por ciento consciente por parte del individuo, involucra una serie de factores externos que se han diseñado premeditadamente por las instituciones y clases dominantes que deciden cómo debe ser la percepción, la sensibilidad, la emocionalidad, la corporeidad de los sujetos que en las relaciones de poder social están en desventaja. Laurettis (1989) retoma el concepto de tecnología del sexo, planteado por Foucault en su libro La historia de la sexualidad, para dar cuenta de la existencia de la gran variedad de mecanismos tecnológicos culturales que regulan el ejercicio de la sexualidad: la sexualización de los niños y del cuerpo femenino, el control de la procreación y la psiquiatrización del comportamiento sexual anómalo como perversión. Lo anterior se consolidaba gracias a los discursos pedagógicos, médicos, económicos y demográficos, generando una vigilancia a las prácticas sexuales de los sujetos.

46 Las representaciones del género si bien son construídas bajo la influencia de relaciones de poder externas al sujeto constructor de dicha representación, bajo la premisa de Hollway el sujeto agencia para lograr una reformulación de aquella representaión que acepta construir, orientado por las tecnologías de género circundantes en la sociedad. No obstante, Laurettis (1989) es críticada en el sentido de que dichas movilizaciones de las representaciones generadas por la cultura heteronormativa no trascienden en gran medida, necesitan que exista un cambio espistemológico profundo en la manera de pensar de las personas en la cotidianidad. Laurettis (1989) considera que al imaginar al género (varones y mujeres) de otra manera, y (re)construirlo en otros términos que aquellos dictados por el contrato patriarcal, debemos dejar el esquema de referencia centrado en lo masculino en el cual género y sexualidad son (re)producidos por el discurso de la sexualidad masculina.

En ese orden de ideas el discurso de Lauretis (1989) se sintetiza así: la construcción de género prosigue hoy a través de varias tecnologías de género y de discursos institucionales con poder para controlar el campo de significación social y entonces producir, promover e “implantar” representaciones de género. Pero los términos de una construcción diferente de género también subsisten en los márgenes de los discursos hegemónicos, ubicados desde afuera del contrato social heterosexual e inscritos en las prácticas micropolíticas, estos términos pueden tener también una parte en la construcción del género, y sus efectos están más bien en el nivel “local” de las resistencias, en la subjetividad y en la auto-representación.

Laurettis (1989) usa el término experiencia para designar al proceso por el cual se construye la subjetividad para todos los seres. Las autorepresentaciones emergentes en esas experiencias son producidas en el sujeto por las prácticas socioculturales, los discursos y las instituciones dedicadas a la producción de mujeres y varones. En la medida en que la autorepresentación se va configurando, se pone en práctica de la auto-conciencia. Porque la comprensión de la propia condición personal como mujer en términos sociales y políticos y la constante revisión, revaluación y reconceptualización de esa condición en relación con la comprensión de otras mujeres de sus posiciones sociosexuales, generan un modo de aprehensión de toda realidad social que se deriva de la conciencia de género.

Es un movimiento entre el espacio discursivo (representado) de las posiciones que los discursos hegemónicos vuelven disponibles y el fuera de plano, la otra parte, de esos discursos: esos otros

47 espacios tanto discursivos como sociales que existen, desde que las prácticas feministas los han (re)construido, en los márgenes (o “entre líneas”, o “a contrapelo”) de los discursos hegemónicos y en los intersticios de las instituciones, en prácticas de oposición y en nuevas formas de comunidad.

De Lauretis (1989) plantea que la representación como la auto-representación del género también son el producto de diferentes tecnologías sociales ─tales como el cine─, de discursos institucionales y de las prácticas críticas además de las cotidianas. El género como representación, muestra que esta representación no alude a un individuo sino a una relación social, que refiere a un individuo en una clase. Afirma luego que en toda sociedad hay un sistema sexo-género, conformado en estrecha relación con factores políticos y económicos. Entonces, la construcción cultural de sexo en género la lleva a sostener que la construcción del género es tanto el producto como el proceso de su representación, y de su auto-representación.

Esta caracterización de los sujetos generizados como seres sociales se construyen a partir de los efectos del lenguaje y la representación, colocados en una posición de significación que varía históricamente. A partir de esas significaciones, el individuo elabora su subjetividad genérica. Lo anterior me permito enlazarlo con el concepto representación, que abordaré más adelante. Infiero que el camino como se contruyen tanto las representaciones sociales como las concepciones subjetivas de género tiene en común su proceso de formación. Es decir, a partir del relacionamiento de una con la otra, se van incorporando las nociones de un determinado tema en nuestras estructuras mentales, asi como sintientes y corporales. De esta manera recalco que la investigación busca desde dicha interacción y del despliegue de creaciones visuales, comprender cómo las mujeres desde sus vivencias remotas y actuales autoreferencian o valoran sus concepciones acerca de ser hombre, y del cuidado como acto humano específico de relacionamiento.

48 Foto 2. Grupo de trabajo Las madrugadoras