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5.3 Article III: Experiences and Expectations of the Tenure Track

Durante la república, el nacionalismo catalán tuvo sus principales líderes en Francesc Ma- ciá y Lluis Companys, sucesivamente.

Siendo Cataluña la región más rica de España, y habiendo prendido el nacionalismo en buena parte de su población, la acción de sus nacionalistas repercutió fuertemente en el conjunto del país. El nacionalismo catalán, como el vasco, tomó cuerpo a finales del siglo XIX, sobre todo tras el «desastre del 98», que produjo en España una sensación de fracaso y revisiones de la histo- ria en un sentido a menudo fantasioso, no sólo por parte de los nacionalistas pera ricos, sino tam- bién de los regeneracionistas, Ortega, Azaña y tantos más.

Pero el nacionalismo catalán difiere del vasco. Éste eligió desde el principio el separatismo (aunque en épocas y sectores relegara esa aspiración a un incierto futuro), y un racismo exaltado y atrabiliario.

Creo especialmente reveladoras estas frases de Sabino Arana, fundador y maestro del PNV, que he citado en otras ocasiones: «El euskeriano y el maketo. ¿Forman dos bandos contra- rios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas.» Tales expresiones encierran todo el programa político del PNV, dedicado en cuerpo y alma a inculcar a los vascos la conciencia de ser una raza superior, «la más noble y libre del mundo», «sin punto de contacto o fraternidad con ninguno de sus vecinos», y en trance de corromperse, por estar «hermanada y confundida con el pueblo español, que malea las inteligencias y los corazones de sus hijos, y mata sus almas». Con- secuencia inevitable de tales concepciones era el intento de romper la amistad y fraternidad con los demás españoles, sentimientos intolerables para Arana, y de marginar a los vascos reacios a aceptar sus doctrinas. Así, el PNV tendía a crear en Euzkadi* una sociedad alejada en lo posible del contacto con Maketania, influyendo mucho menos que el nacionalismo catalán en la historia española. Otro rasgo del PNV, su carácter antiliberal y semiteocrático, le valió el apoyo de buena parte del clero 1.

El nacionalismo catalán es más complejo, también más confuso, y así como en el vasco dominó una línea muy derechista, en aquél terminó por imponerse la izquierda. Parte del nacio- nalismo catalán pensaba en el resto de España como simple mercado reservado a su industria, otra parte aspiraba a elevar a las demás regiones al nivel material de Cataluña, y encabezar un estado imperialista «ibérico» desde Lisboa al Ródano. De ahí su proclividad a intervenir en la política general española. Solía negar la existencia de España, sustituida, también algo mágica- mente, por el término «Estado español», estado de raíces fantasmales, e interpretaba la historia en clave victimista y lastimera, proclive a un exclusivismo resentido. Ello explica su papel ambiguo durante la Restauración, a la cual apoyó a veces, pero más a menudo socavó al lado de los revo- lucionarios, cuyo ímpetu aspiraba a encauzar, un poco como Azaña.

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La palabra «Euzkadi» es una invención de Arana y como señaló Unamuno y se ha observado a menudo, un disparate en vas- cuence, pues emplea un sufijo solo usado para vegetales, como si España fuese transformado en «Españoleda», por afinidad con alameda, rosaleda, etc. Además transformó arbitrariamente «eusko» en «euzko», al parecer con la idea de dar un matiz «solar» (del sol) al término. De hecho los aranistas atribuían al término Euzkadi un carácter literalmente mágico: «palabra má- gica, creada por el genio inmortal de nuestro Maestro», dice el político peneuvista M. de Eguileor. Y debía de serlo, pues fue un término que «no acertó a sacar durante cuarenta siglos nuestra raza del fondo de su alma». ¡Durante tantos siglos los vascos habían sido incapaces, según el PNV, de inventar un término que los distinguiese! Esa pretensión, debe admitirse, no deja en buen lugar la capacidad mental del pueblo que dicen defender, y al cual vegetalizan, por así decir.

Aquellas aventuras desembocaron en la dictadura. La Lliga regionalista, el partido nacio- nalista de derecha dirigido por Francesc Cambó, incitó, probablemente, el golpe de Primo de Ri- vera, en 1923, ante la imposibilidad de frenar el terrorismo en Cataluña, pero luego negó su con- curso a Primo. El nacionalismo catalán, de derecha o de izquierda, no ofendió gran cosa a la dic- tadura *, ni ésta a aquél. Lo mismo ocurrió con el nacionalismo vasco.

Finalizada la dictadura, Cambó defendió, limitado por su precaria salud, una vuelta a la monarquía constitucional. El filósofo Ortega y Gasset, por entonces partidario entusiasta de la re- pública, quiso atraerle a ella, pero Cambó rehusó, y Ortega «tuvo que escuchar una exposición se- rena de mis argumentos dirigidos a hacerle ver que aquella República de que me hablaba era un puro ensueño; que si la República venía (...) supondría el comienzo de una era de convulsiones para España (...). Al oírme, tuvo un ataque de furia. Salió del salón batiendo la puerta» 2.

En cambio los nacionalistas más o menos de izquierda, no articulados aún en verdaderos partidos, entraron en el Pacto de San Sebastián. El acuerdo entre ellos y los republicanos no re- sultó fácil. El nacionalista Carrasco i Formiguera, declaró: «A partir del nacimiento del nuevo ré- gimen, Cataluña recaba su derecho a la autodeterminación y se dará a sí misma el régimen que le convenga». Es Maura quien lo relata: «A este desatino sucedió un silencio general y penoso». Maura contestó a Carrasco y los otros «algo que estoy seguro que tenían bien sabido: que por tal camino se iba derecho a la guerra civil». Según el acuerdo final, las Cortes aprobarían la autono- mía una vez los catalanes la hubieran aceptado en referéndum 3.

El Pacto de San Sebastián fue verbal, un «acuerdo entre caballeros». Los nacionalistas, re- ticentes e incrédulos ante una república próxima, mostraron pocas ganas de participar en el Go- bierno Provisional Revolucionario, constituido para prepararla. Sin embargo, cuando de forma tan inesperada nació, en abril del 31, el nuevo régimen, supieron explotar el desorden y la emo- cionalidad del momento para hacerse con el poder, colocar a sus hombres en todos los niveles de la administración regional, y proclamar, por boca de Maciá, la «república catalana», invitando a las demás regiones a entrar en una «confederación de pueblos ibéricos». Ello rompía el Pacto de San Sebastián, y prometía conflictos. Presionado, Maciá retiró la «república catalana», pero obtu- vo lo esencial, pues copó la administración con gente adicta. Los republicanos y socialistas vieron en tales conductas una preocupante deslealtad.

Maciá, ya anciano, estaba en la cúspide de su gloria. Cambó, en sus momentos más bajos, observa con razonable acidez: «Francesc Maciá, a quien nadie tomaba en serio en los primeros años de la Dictadura, cuando hacía ridículas maniobras en los alrededores de París, se había con- vertido en un símbolo. La ida a Prats de Molló, que consistió en embarcar un día unas decenas de jóvenes uniformados en París, debidamente vigilados por la policía, para hacerse detener en Per- piñán, se presentaba como una gesta heroica» 4.

En marzo, sólo un mes antes de la república, varios grupos nacionalistas se habían fusio- nado, bajo la presidencia de Maciá, para formar la Esquerra Republicana de Catalunya, de acusa- do corte jacobino, y de peso muy notable en los destinos del régimen.

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La excepción principal fue la expedición de Maciá a Prats de Molló. Maciá, antiguo coronel muy españolista, evolucionó ha- cia el separatismo, y fundó el partido Estat Catalá. Desde Francia trataba de organizar un movimiento de «almogávares» para imponerse en Cataluña, y buscó al efecto apoyo en Moscú. «Todo por la liberación de Cataluña, incluso el comunismo», había dicho. Al saberlo, algunos millonarios catalanes residentes en Hispanoamérica amenazaron con retirarle el dinero que le pasa- ban, y así concluyó la peripecia moscovita de Maciá. La intentona de Prats de Molló culminó de forma algo tartarinesca, con el arresto de los aguerridos expedicionarios por la policía francesa, y una campaña de propaganda en Francia contra la «España intolerante e inquisitorial».

Los políticos de la Esquerra, entre ellos el leridano Companys, que iniciaba a sus 49 años una rutilante carrera política, se habían adueñado de la administración en Cataluña, y luego, gra- cias a ello y a su popularidad del momento, arrasaron en las elecciones, hundiendo a la Llíga de Cambó (36 escaños contra 3). También atrajeron los votos de la CNT, con la cual vivían una luna de miel, finalmente corta, pues los ácratas no se dejaron controlar. La CNT se rehízo con rapidez y violencia, asesinando a obreros de otros sindicatos, y promoviendo constantes disturbios, ante los cuales la Esquerra miraba hacia otro lado, o fingía buena cara.

En julio, Azaña consigna cómo «Maciá no está conforme con que se tomen medidas de excepción (...). No quiere indisponerse con los sindicatos, de quienes espera votos para el refe- réndum del Estatuto». Además, «las autoridades se rinden al ambiente sentimental (...), y como los niños besan a Maciá, los gobernadores se impresionan como ante un santón *, y no se atreven a contrariarle». Un enviado de la Generalitat, Lluhí, fue a Madrid a tratar el caso. Entendía la gra- vedad del asunto, pero vacilaba. «Maura le hace observar cómo va a recibir la Generalidad la economía de Cataluña, si ésta continúa como hasta aquí, y de qué medios va a disponer para con- servar el orden, si se encuentra con el sindicalismo desbordado, y con la industria paralizada, co- mo ya lo está» 6. Sin embargo, con el tiempo la Esquerra aplicaría una represión inmisericorde a sus turbulentos aliados de primera hora.

En agosto, la autonomía recibió masivo respaldo en referéndum, y comenzó un penoso trámite para aprobarla en Cortes. Muchos socialistas y republicanos recelaban de los nacionalis- tas, por las que juzgaban deslealtades anteriores; más recelaban las derechas, por la ambigüedad de la Esquerra hacia la unidad española; y causaba malestar la «comprensión» nacionalista hacia la violencia ácrata. Entre unas cosas y otras, las discusiones se prolongaban, como las de la re- forma agraria, hasta que, en agosto de 1932, aprovechando la derrota de Sanjurjo, Azaña logró aprobar en las Cortes el estatuto. En cambio el estatuto vasco sufría la abierta hostilidad de socia- listas y jacobinos, temerosos de «un Gibraltar vaticanista» en las provincias Vascongadas, debido al carácter del PNV, tan derechista y clerical.

En un muy citado discurso Azaña expuso: «Cataluña dice, los catalanes dicen: queremos vivir de otra manera dentro del Estado español. La pretensión es legítima; es legítima porque la autoriza la ley (...) constitucional. La ley fija los límites que debe seguir esta pretensión, y quién y cómo debe resolver sobre ella. Los catalanes han cumplido estos trámites y ahora nos encontra- mos ante un problema que se define de esta manera: conjugar la aspiración particularista o el sentimiento o la voluntad autonomista de Cataluña con los intereses o los fines generales y per- manentes de España dentro del Estado organizado por la República».

Estas palabras limaron asperezas y dieron la impresión de superar el conflicto. Pero la Es- querra, ¿haría del estatuto una clave para su integración en España, o un resorte para la secesión? Casi todos los catalanistas lo aceptaban como un cuadro satisfactorio de convivencia, pero en la Esquerra tenían fuerza los separatistas, que presentaban a España como una entidad ajena o ex- tranjera, y esperaban una ocasión favorable para romper la unidad.

Companys era más bien autonomista, y Maciá lo era sólo de modo provisional. Un mal presagio fue la creación de milicias por el grupo Estat Catalá, integrado en la Esquerra y dirigidas por Josep Dencás. Las milicias, llamadas escamots, «pelotones», por afinidad con las «escuadras» mussolinianas, tenían ideología izquierdista y estilo fascistoide. Declaradamente separatistas,

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Josep Pla escribe: «La terminología política de la Esquerra está llena de todos los tópicos del humanitarismo más insincero y tronado (...). Hacen grandes gestos, se ponen cada dos minutos la mano en el pecho, dan chillidos sentimentales y hacen unos terribles aspavientos de bondad (...). Toda la pornografía del exilio, el onanismo de los catalanes de América, los estados más abyectos de la mugre sensorial se han implantado en Cataluña de la manera más simple y natural 5.

cultivaban modos exaltados y violentos, gustaban de desfiles uniformados y aparatosos, y practi- caban la intimidación y acciones de «castigo», en una de las cuales destrozaron los talleres de una revista satírica cuyas burlas les enfadaban. Llamadas, medio en broma, medio en serio, «el fascio de Maciá», generaban tensiones en la propia Esquerra, pero sus furores antiespañoles eran con- sentidos y estimulados, por creerlos un medio útil de presión frente a Madrid.

En noviembre del 33, al barruntarse el fracaso electoral izquierdista, la Esquerra llamó: «Contra el alud reaccionario, contra el fascismo, contra la dictadura, Cataluña, baluarte de la Re- pública». Y, dice Cambó, «se lanzó a toda suerte de violencias (...), se llegó a la rotura de urnas, cosa que no había ocurrido en Barcelona desde 1901, es decir, desde que por primera vez fue ver- dadero el sufragio. ¡Tenían que ser los que gobernaban la Cataluña autónoma los que diesen este triste espectáculo!». Contados los votos, la furia esquerrista llegó al summum. Su prensa clamó contra «la tropa negra y lívida de la inquisición y el fanatismo religioso», vencedora en las urnas por «el llamamiento al fanatismo, a la locura, a la traición, a la miseria moral y mental (...) de una conciencia de esclavo y de iluminado»; y dio la consigna: «el arma al brazo y en pie de guerra». «Tomen nota la Lliga, el obispo y su tropa siniestra (...) y mediten bien el significado de nuestras palabras (...). No amenazamos, advertimos (...). No hacemos literatura, nosotros». En vano les exhortó la Lliga a la paz, y a no repetir «la historia de España en el siglo XIX» * 7.

Maciá murió en Navidad de ese año, y le sucedió a la cabeza de la Generalidad Lluis Companys, cuya compleja trayectoria política le había llevado, en opinión de Cambó, de ser «netamente anticatalanista» a un catalanismo de circunstancias. Como abogado, había defendido a muchos anarquistas, y tenía simpatías entre ellos. Durante la dictadura había sido detenido, pero pronto soltado sin acusaciones graves. En la jornada del 14 de abril de 1931 se había apoderado del Ayuntamiento, con algunos seguidores y ácratas, autoproclamándose alcalde de Barcelona. Para su embarazo, algunos nacionalistas le reprochaban su viejo historial.

Ante los comicios municipales catalanes, en enero del 34, las izquierdas unieron sus fuer- zas, con ayuda de figuras como Azaña, Prieto, Marcelino Domingo o Casares Quiroga, preludio de un recobro de la unidad izquierdista en toda España. El título de «baluarte de la república» da- do a Cataluña, volvía a testimoniar su concepción del régimen, no como un sistema democrático, sino como una propiedad de la izquierda. Lema curioso, además, porque el poder en Madrid ha- bía pasado, tras las elecciones, al más votado y antiguo de los partidos republicanos, el de Le- rroux. La CEDA había aplazado su entrada en el gobierno, a fin, decía, de calmar los rencores.

En los meses siguientes menudearon los roces entre la Generalidad, dominada por la Es- querra, y el gobierno central, para alcanzar su culmen con motivo de una ley de contratos agra- rios. Alegando abusos de la Esquerra, la Lliga había abandonado el Parlament, y la ley pasó en él sin trabas. Pero la Lliga, considerándola contraria a la tradición catalana y a los derechos de pro- piedad, la denunció ante las Cortes por rebasar el estatuto, y el conflicto llegó al Tribunal de Ga- rantías Constitucionales, creado en tiempos de Azaña para resolver tales contenciosos. El tribunal dictaminó contra dicha ley, pero el gobierno, presidido por Samper y ansioso de aplacar a la Es- querra, propuso a ésta unos ligeros retoques «sin alterar en nada su contenido esencial», y pro- mulgar la norma enseguida, para no dar tiempo a nuevos recursos.

Companys no sólo rechazó la decisión del tribunal, poniéndose en rebeldía, sino también la propuesta conciliatoria de Samper. «El fallo [del Tribunal] -afirmó- es la culminación de una

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La historiografia nacionalista catalana, de izquierdas y de derechas, acostumbra olvidar estos lenguajes y violencias, presen- tando en toda ocasión a unos catalanistas razonables, víctimas de la incomprensión y el fanatismo ajenos. Ejemplo típico son las voluminosas memorias de Carles Pi i Sunyer, casi inútiles para el historiador, excepto como expresión de un talante y re- cordatorio peculiares.

ofensiva contra Cataluña», y «los buenos catalanes» debían «defender su prestigio con la sangre de sus venas». «Tal vez yo os diré a todos: ¡hermanos, seguidme! Y toda Cataluña se levantará». El 12 de junio, mientras grupos de manifestantes gritaban «¡lucharemos hasta la muerte!», decla- ró en el Parlament: «Me han llenado de estupor unas declaraciones del (...) señor Samper, lanzan- do la sugerencia (...) de que tal vez, si se modificaban algunos aspectos (...) podría haber un plano de avenencia que, en este problema, la sola palabra nos cubre de vergüenza». A su entender Ca- taluña sufría «la agresión de los lacayos de la monarquía y de las huestes fascistas», y por tanto «se nos plantea el problema de si las libertades de Cataluña están en peligro por haberse apodera- do de la República todo lo viejo y podrido que había en la vida española». No cabía la transac- ción, pues «¡oh amigos!, si eso sucediese y yo tuviese la desgracia de quedar con vida, me envol- vería en mi desprecio y me retiraría a mi casa para ocultar mi vergüenza como hombre (...) y el dolor (...) de haber perdido la fe en los destinos de la Patria».

El nacionalista moderado Abadal advirtió, entre insultos de los demás, el deber de acatar al Tribunal, fundado con acuerdo de la Esquerra, y el riesgo de perder la autonomía por tales triful- cas. Companys le replicó: «Admitamos que Cataluña sea vencida y que nos arrebaten todas las li- bertades; pero como los que estamos al frente perderemos la vida, renacerá de una manera triun- fante la nacionalidad catalana». Con cierta incongruencia añadió: «No somos hombres que nos dejemos llevar por los nervios ni por exaltaciones clamorosas momentáneas (...). Sabemos adop- tar aquel tono ponderativo de táctica y equilibrio, de saber hacer (...). No somos unos insensatos». Según sus adeptos, por aquellos días la figura de Companys «adquiría proporciones épicas, de le- yenda, mientras que Samper, Lerroux, Salazar Alonso [ministro de Gobernación], aparecían en su miserable minusculidad» 8.

Companys, a quien Azaña trata con desprecio, se parecía mucho a éste en su tendencia a utilizar y espolear fuerzas sociales que se les volvían incontrolables. Menos sobrio que Azaña, Companys era aficionado a escenas teatrales, como recoge Bolloten del comunista Serra Pámies, que le conocía bien: «Le daban ataques, se tiraba de los pelos, arrojaba cosas, se quitaba la cha- queta, rasgaba la corbata, se abría la camisa. Este comportamiento era típico». Sin embargo, su temperamento era más bien pacífico como el de Azaña.

Estos sucesos, de gran efecto sobre el régimen, han recibido interpretaciones varias. La iz- quierda y los nacionalistas los presentaron como causados por una provocación de la derecha a «Cataluña», pero suena más auténtica la versión de Amadeu Hurtado, agente negociador de la propia Generalidad en el conflicto: «Supe que a la sombra de aquella situación confusa, la ley de Contratos de Cultivo era un simple pretexto para alzar un movimiento insurreccional contra la República, porque desde las elecciones de noviembre anterior no la gobernaban las izquierdas» 9.