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4 Data and Method

4.3 Limitations and Reflection on the Interview Process

cada uno de los cuales es tan posibie como ése. Así lo dicen los m atem áticos en form a unánime.

1.402. La exactitud absoluta de los axiomas geométricos y la creencia correlativa en los axiomas metafísicos se refuta, y te­ niendo en cuento la dependencia de la metafísica respecto de la geometría, debe seguirla con seguridad a la tumba de las creen­ cias extinguidas. Lo primero en desaparecer debe ser la proposi­ ción que todo acontecimiento en el Universo es determinado de una manera precisa por causas según una ley inviolable. No tene­ mos motivos para pensar que esto es absolutamente exacto. La experiencia muestra que es así hasta un admirable grado de apro­ ximación, y eso es todo. Ese grado de aproximación será un va­ lor que la futura investigación científica deberá determinar, pero no tenemos más razones para pensar que el error del enunciado ordinario es precisamente cero, que cualquiera de una infinidad de valores situados en esa cercanía. Las probabilidades de que no sea cero están en la relación de infinito a uno, y nos vemos obli­ gados a pensar en el mismo como una cantidad de la cual cero es tan sólo un valor posible. Phoenix, en sus Lectures on A stro-

nomy, al referirse a la orden de Josué al sol de que permaneciera

inmóvil, decía que no podía dejar de sospechar que se podía ha­ ber meneado un poco mientras Josué no lo estaba mirando direc­ tamente. Sabemos que cuando tratamos de verificar cualquier ley de la naturaleza por el experimento, encontramos siempre discre­ pancias entre las observaciones y la teoría. Las relacionamos correctamente con errores de observación, pero, ¿por qué no puede haber aberraciones similares debidas al acatamiento de la ley por los hechos?

1.403. Admitimos que esto sea concebible y que nada hay en la experiencia que lo niegue. Cosa extraña, hay mucha gente que tendrá dificultad en concebir un factor de desorden en el Universo, y que tal vez puede sentirse tentada a reconocer la doctrina de la perfecta vigencia de la causalidad como una de las creencias instintivas originarias, al igual que la vigencia del espa­ cio de tres dimensiones. Lejos de esto, desde el punto de vista histórico es una idea totalmente moderna, una inferencia libre extraída de los descubrimientos de la ciencia. Aristóteles afirma a menudo que algunas cosas son determinadas por causas, en tanto que otras ocurren por azar. Siguiendo a Demócrito, supo­ ne que sus átomos primordiales se desvían de sus trayectorias rectilíneas en forma sencillamente fortuita, y sin ninguna razón en absoluto. Para los antiguos nada extraño había en tales ideas; eran cosas normales; lo extraño habría sido decir que no existía ningún azar. Por eso no sentimos la necesidad interior de creer en una causalidad perfecta si no encontramos ningún hecho que la corrobore.

] .404. Estoy muy lejos de sostener que la experiencia es nuestra única luz; las opiniones de Whewell sobre el método científico me parecen más verdaderas que las de Mili; hasta tal punto que yo afirmaría que los principios conocidos de la física constituyen tan sólo un desarrollo de creencias instintivas origi­ narias. Pero no puedo dejar de reconocer que se encuentran de tal modo mezcladas con el error que no se puede confiar nunca en las mismas hasta que hayan sido corregidas por la experien­ cia. Ahora bien, lo único que nos puede enseñar alguna vez la in­ ferencia a partir de la experiencia es el valor aproximado de una proporción. Se basa por^completo en el principio del muestreo; tomamos un puñado de café de una bolsa, y estimamos que hay aproximadamente la misma proporción de granos sanos en toda la bolsa que en esa muestra. Si continuamos así, toda proposi­ ción que estemos en condiciones de hacer acerca del mundo real debe ser de carácter aproximado; no podemos tener nunca el de­ recho de afirmar que cualquier verdad es exacta. La aproxima­ ción debe ser la estructura con la cual corresponde construir nuestra filosofía.

221 1.405. Llego ahora a otro punto. En su mayor parte, los sis­

temas de filosofía sostienen ciertos hechos o principios fundamen­ tales. En verdad, en cierto sentido todo esto es fundamental, es decir, en su aislada obstinación agresiva y su realidad individual. Lo que Escoto llama las hecceidades de las cosas, su carácter de presencia y actualidad, son por cierto fundamentales. Podemos preguntar por qué esto que está aquí es como es; cómo, por ejemplo, si resulta ser un grano de arena, es tan pequeño y tan duro; también podemos preguntar cómo fue traído aquí; pero en este caso la explicación nos retrotrae simplemente al hecho que estaba una vez en algún otro lugar, donde se podía esperar natu­ ralmente que estuvieran cosas similares. Por qué la c o s a, inde­ pendientemente de sus caracteres generales, termina por tener un lugar definido en el mundo, no es una pregunta a formular; constituye simplemente un hecho fundamental. Hay también otra clase de hechos de los cuales no es razonable esperar una ex­ plicación, a saber, los hechos indeterminación o variedad. Se puede preguntar por qué un tipo definido de evento es frecuente y otro raro, pero sería injusto exigir el motivo del hecho general que algunos tipos de acontecimientos son comunes y otros raros. Si todos los nacimientos ocurrieran en un día determinado de la semana, o si hubiera siempre un número mayor en días domingo que en días lunes, sería un hecho a explicar, pero el hecho de que ocurran en proporciones aproximadamente iguales todos los días no requiere explicación particular alguna. Si comprobáramos que todos los granos de arena en cierta playa se separan en dos o más clases agudamente diferenciadas, unas esféricas y otras cúbi-

cas, habría algo a explicar, pero el hecho de que sean de diversos tamaños y formas, de un carácter no definible, sólo puede ser referido a la multiplicidad general de la naturaleza. En conse­ cuencia, la indeterminación, o primeridad pura, y la hecceidad, o segundidad pura, son hechos que no exigen ser explicados ni pueden serlo. La indeterminación no nos aporta nada que nos permita formular una pregunta al respecto; la hecceidad es la úl­

tima ratio, el hecho brutal que no será cuestionado. Pero todo

hecho de naturaleza general u ordenada exige una explicación, y la lógica nos prohíbe suponer con respecto a cualquier hecho de­ terminado de ese tipo que es absolutamente inexplicable por su propia naturaleza. Es lo que Kant llama principio regulador, es decir, una esperanza intelectual. El único propósito inmediato del pensar consiste en tornar inteligibles las cosas; y pensar y no obstante, en ese mismo acto, estimar inteligible una cosa es una autorridiculización. Es como si un hombre provisto de una pisto­ la para defenderse contra un enemigo, al percatarse que ese ene­ migo es muy temible, usara su pistola para saltarse los sesos, con el fin de evitar que lo mate su enemigo. La desesperación es locu­ ra. Es verdad que puede haber hechos que nunca serán explica­ dos, pero que cualquier hecho dado sea de esta clase, es lo que la experiencia nunca nos dará motivo de pensar, y mucho menos puede demostrar que cualquier hecho es ininteligible por su pro­ pia naturaleza. Por lo tanto, debe guiarnos la regla de la espe­ ranza y, en consecuencia, corresponde que rechacemos toda filo­ sofía o concepción general del Universo que pueda llevarnos en algún momento a la conclusión que cualquier hecho general dado es de carácter fundamental. Debemos buscar la explicación no de todas las cosas, sino de cualquier cosa determinada. Aquí no hay contradicción, como no la hay en que sostengamos cada una de nuestras opiniones, al tiempo que estamos dispuestos a admitir como probable que no todas sean verdaderas, o como no lo hay al afirmar que todo tiempo futuro habrá pasado en algún momento, aunque nunca habrá un momento en que todo tiempo sea pasado.

1.406. Entre otros hechos regulares que hay que explicar,

está la ley o regularidad misma. Exageramos enormemente el pa­ pel que desempeña la ley en el Universo. Lo poco que entende­ mos del mundo, lo comprendemos por medio de regularidades, y por tal motivo hay una especie de perspectiva mental que lleva a primer plano los fenómenos regulares. Decimos que todo evento es determinado por causas de acuerdo con una ley. Pero al mar­ gen del hecho que no se puede considerar esto como absoluta­ mente verdadero, no significa tanto como parecería. Por ejem­ plo, no queremos decir que si un hombre y otro situado en su antípoda estornudan al mismo tiempo, ese evento cae bajo algu-

na ley general. Es tan sólo lo que llamamos una coincidencia. Pero lo que queremos decir es que había una causa para que el primer hombre estornudara y otra causa para que estornudara el segundo hombre, y el conjunto de estos dos eventos constituye el primer evento que comenzamos a investigar. La doctrina es que los eventos del universo físico son tan sólo movimientos ele la materia, y que éstos cumplen las leyes de la dinámica. Pero esto sólo equivale a decir que entre los incontables sistemas de rela­ ciones existentes entre las cosas hemos encontrado uno que es universal y que al mi$mo tiempo está sujeto a la ley. No hay 223 nada, salvo este carácter singular, que confiera a este sistema

particular de relaciones una mayor importancia que a los otros. Desde este punto de vista, se advierte que la uniformidad es, en realidad, un fenómeno altamente excepcional. Pero no prestamos atención a las relaciones irregulares, por considerar que carecen de interés para nosotros.

1.407. Llegamos entonces a esto: la conformidad con la ley sólo existe dentro de una gama limitada de eventos, y aun allí no es perfecta, pues se mezcla, o por lo menos se debe suponer que se mezcla, con la ley en todas partes un factor de espontaneidad pura o de originalidad no sometida a una ley. Más aún, la con­ formidad con la ley es un hecho que requiere explicación, y como la ley en general no puede ser explicada por ninguna ley en particular, la explicación debe consistir en mostrar de qué mane­ ra se desarrolla la ley a partir del puro azar, la irregularidad y la indeterminación.

1.408. Nos vemos obligados a enfocar este problema, y re­ sulta particularmente necesario hacerlo en la actual situación de la ciencia. La teoría de la constitución molecular de la materia ha llegado hasta donde hay indicaciones claras para orientarnos, y ahora nos encontramos en las brumas. Desarrollar las consecuen­ cias matemáticas de cualquier hipótesis relativas a la naturaleza y las leyes de las partes más pequeñas de la materia y luego probar­ las por el experimento físico requerirá años, y entre las innumera­ bles hipótesis que se podrían esbozar no parece haber nada que haga que una sea más anticipadamente probable que otra. Si se­ guimos así, ¿cuánto tiempo requerirá realizar cualquier progreso decidido? Necesitamos algún indicio acerca de la forma en que se puede esperar que se comporten las moléculas; establecer, por ejemplo, si es probable que se atraigan o se repelan en función in­ versa de la quinta potencia de la distancia, de tal modo que poda­ mos ahorrarnos muchas suposiciones falsas, si no se nos muestra inmediatamente el camino hacia la suposición verdadera. Díga­ senos de qué modo surgieron las leyes de la naturaleza, y podre­ mos distinguir en cierta medida entre las leyes que pudieron y las que no pudieron haber resultado de tal proceso de desarrollo.

1.409. Descubrirlo es nuestra tarea. Comenzaré el trabajo con esta conjetura. Las uniform idades en los modos de acción de las cosas han surgido por el hecho de que adquieren hábitos. En la actualidad el curso de los eventos es determ inado aproxim ada­ m ente por la ley. En el pasado esa aproxim ación fue menos p er­ fecta; en el futuro, lo será más. Siempre creció y siempre crecerá la tendencia a cumplir leyes. Nos rem ontamos hacia un punto del pasado infinitam ente distante en que no había ley, sino una sim-

224 pie indeterminación; podemos mirar hacia adelante, a un punto del futuro infinitamente distante, en que no habrá indetermina­ ción o azar, sino un completo reinado de la ley. Pero en cual­ quier fecha fijada del pasado, por remota que sea, ya existía una cierta tendencia a la uniformidad, y en cualquier fecha fijada en el futuro habrá alguna leve desviación respecto de la ley. Por otra parte, todas las cosas tienden a adquirir hábitos. Para los átomos y sus partes, para las moléculas y los grupos de molécu­ las y, en resumen, para todo objeto real concebible, existe una mayor probabilidad de actuar como en una ocasión similar ante­ rior que de otro modo. Esta misma tendencia constituye una re­ gularidad, y está en continuo aumento. Cuando miramos hacia el pasado estamos contemplando períodos en que representaba una tendencia cada vez menos decidida. Pero su propia naturale­ za esencial consiste en crecer. Se trata de una tendencia generali- zadora: hace que las acciones en el futuro sigan alguna generali­ zación de acciones pasadas, y esta misma tendencia representa algo susceptible de una generalización similar; por tal motivo es autogeneradora. Por lo tanto, sólo necesitamos imaginar su más pequeño rastro en el pasado, y ese germen se habría visto obliga­ do a desarrollarse, convirtiéndose en un principio poderoso y do­ minante, hasta que se sustituye a sí mismo consolidando hábitos hasta convertirlos en leyes absolutas que rigen la acción de todas las cosas, en todos los aspectos, en el futuro indefinido.

De acuerdo con este cuadro, existen tres elementos activos en el mundo: primero, el azar; segundo, la ley, y tercero, la adquisi­ ción de hábitos.

1.410. Tal es nuestra conjetura sobre el secreto de la esfin­ ge. Para elevarla de la categoría de una especulación filosófica a la de una hipótesis científica, debemos mostrar que se pueden de­ ducir con mayor o menor probabilidad de la misma ciertas con­ secuencias, que es factible comparar con la observación. Debe­ mos mostrar que hay algún método de deducir los caracteres de las leyes que podrían resultar de este modo de la acción de ad­ quirir hábitos en circunstancias puramente fortuitas, y algún mé­ todo para averiguar si tales caracteres corresponden a las leyes reales de la naturaleza.

miento regular. Si un átomo no tuviera atracciones ni repulsiones regulares; si una masa fuera en un instante nada y en otro una tonelada, en otro una cantidad negativa; si su movimiento, en lu­ gar de ser continuo, consistiera en una serie de saltos de un lugar a otro sin pasar por ningún lugar intermedio, y si no existieran 225 relaciones precisas entre sus diferentes posiciones, velocidades y

direcciones de desplazamiento; si estuviera en cierto momento en un lugar y en otro en una docena de lugares, tal pluralidad desar­ ticulada de los fenómenos no conformaría ninguna cosa existen­ te. No sólo las sustancias, sino también los eventos están cons­ tituidos por regularidadel. Por ejemplo, el flujo del tiempo es en sí mismo una regularidad. Por consiguiente, el caos original, donde no había ninguna regularidad, era en realidad un estado de simple indeterminación, en el cual nada existía ni ocurría real­ mente.

1.412. Nuestras concepciones de los primeros estadios del

desarrollo, antes incluso de que existiera el tiempo, deben ser tan vagas y metafóricas como las expresiones del primer capítulo del Génesis. Debemos decir que de la matriz de la indeterminación debe haber provenido algo, por el principio de Primeridad, que podemos llamar un destello. Luego, por el principio del hábito, debió surgir un segundo destello. Si bien aún no existía el tiem­ po, este segundo destello estaba en cierto sentido después del pri­ mero, por provenir de éste. Luego vinieron otras sucesiones cada vez más íntimamente conectadas, que se consolidaron, hasta que los eventos quedaron unidos en algo parecido a un flujo conti­ nuo. No tenemos ninguna razón para pensar que aun ahora el tiempo es perfectamente continuo y uniforme en su flujo. No obstante, el cuasi flujo que resultara diferiría esencialmente del tiempo, en el sentido de que no estaría necesariamente en una única corriente. Diferentes destellos podrían iniciar diferentes corrientes, entre las cuales no debería haber relaciones de con­ temporaneidad o sucesión. De este modo, una corriente se po­ dría ramificar en dos, o bien dos reunirse en una. Pero el resulta­ do posterior del hábito consistió inevitablemente en separar por completo las que durante mucho tiempo estuvieron separadas, y juntar en una unión perfecta las que presentaban frecuentes pun­ tos comunes. Las que estuvieron completamente separadas for­ marían otros tantos mundos diferentes que nada sabrían el uno del otro, de tal modo que el efecto sería exactamente el que ob­ servamos en realidad.

1.413. Pero la Segundidad es de dos tipos. En consecuencia, además de destellos genuinamente segundos de otros, de modo de venir después de éstos, habrá pares de destellos o bien, dado que ahora se supone que el tiempo se ha desarrollado, sería me­ jor decir pares de estados, que son recíprocamente segundos,

cada m iem bro del par con respecto ai otro. Es el primer germen de la extensión espacial. Tales estados experimentarán cambios y 226 se form arán hábitos de pasar de ciertos estados a otros, y de no pasar de ciertos estados a ciertos otros. Los estados a los cuales pasará inm ediatam ente un estado serán adyacentes a éste, y de tal m odo se form arán hábitos que constituirán un continuum es­ pacial, pero que difiere de nuestro espacio por el hecho de ser muy irregular en sus conexiones, por tener un cierto núm ero de dimensiones en un lugar y otro número en otro, y por el hecho de ser diferente para un estado en movimiento de lo que es para otro.

1.414. También los pares de estado comenzarán a adquirir

hábitos, y así, al tener cada estado hábitos diferentes en relación a los otros diferentes estados, originará un manojo de hábitos, que serán sustancias61. Ocurrirá que algunos de estos estados ad­ quirirá hábitos de persistencia, y será cada vez menos factible que desaparezcan, en tanto que los que no adquieran tales hábi­ tos desaparecerán de la existencia. De este modo las sustancias terminarán por ser permanentes.

1.415. En realidad, los hábitos, por el modo en que se for­ man, consisten necesariamente en la permanencia de alguna rela­ ción y, por lo tanto, según esta teoría toda ley de la naturaleza consistiría en cierta permanencia, como la de la masa, el momen­ to y la energía. En este sentido la teoría se adapta admirable­ mente a los hechos.

1.416. Las sustancias que llevan sus hábitos con ellas en sus