• No results found

6. Optimization of sample preparation for the analysis of comple

6.3.4 Artwork sample analysis

Es un mérito de las teorías de las que aquí hemos hecho mención el de no poner la sensualidad en la cuenta exclusiva del hombre mediterráneo: “La inclinación sensual no tiene nada que ver con una determinada raza”,

-escribe Cl a u s s- “Hombres de cualquier raza pueden verse inclinados a

la sensualidad: sólo que la sensualidad en cada raza se manifiesta en manera diferente. Es una fábula decir que el hombre del Sur es sensual y el hombre nórdico no lo es; verdadero es tan sólo que el primero se porta respecto de la sensualidad en manera diferente del segundo”. Se afirma más bien que la raza mediterránea da a todo lo que se refiere a la sensualidad y a las relaciones entre los sexos un alcance m ayor que el hombre de otras razas, sobre todo por permitir que estas cosas tengan un peso en el orden de los valores propiamente morales y espirituales.

Vale la pena examinar esta tesis; sin embargo ello debe hacerse con especial relación a una “rectificación” más de la mujer que del hombre mediterráneo, puesto que creemos que sobre todo ésta sea aquí la parte decisiva. Es efectivamente verdad que no sólo cada extranjero, sino también cada italiano que haya vivido durante un cierto período en el exterior, yendo a los países mediterráneos y, casi diríamos, ya en el momento de cruzar la frontera, no puede hacer a menos que advertir una impresión curiosa ante la psicología y el “estilo” del comportamiento de los dos sexos. Es efectivamente verdad que si, en abstracto, el hombre del Sur puede no ser más sensual que el del Norte, su actitud ante la sensualidad, el amor y la mujer es muy diferente y que aquí las cuestiones y las preocupaciones relativas al sexo encuentran en muchos casos con una facilidad preocupante la vía para convertirse en problemas morales e incluso espirituales.

Es así como nos encontramos ante conexiones extremadamente uni­ laterales, por ejemplo, entre honor y cosas del sexo, conexiones singulares y que no denotan en nada un alto sentido de la dignidad masculina. Re­ saltaremos en efecto que es difícil señalar una raza heroica que haya dejado decidir justamente a la vida de alcoba acerca del honor viril. En la mis­ ma medida singular aparece el puesto que en la misma religión posee el

sexo: el “pecado” -que correcta y arianamente debería sobre todo refe­ rirse a la vida interior y al mundo ético- recibe en ella una interpretación prevalecientemente ligada a este plano carnal y sensual. Sea suficiente recordar al respecto la deformación moralista que ha padecido por ejemplo la palabra “virtud”: lejos de tener que ver con preceptos de una moralina sobre todo sensual, virtus en la antigüedad aria significaba la cualidad viril, de vir, hombre en sentido eminente (y no homo), significaba la fuerza, el coraje, el poder de la afirmación de la decisión masculina. No hay que hacerse ilusiones al respecto: interviene aquí una fuerza extraña al elemento ario, una influencia, cuya relación con la actitud semítica difícilmente podría ser refutada.

Sobre un plano más concreto, no se trata sólo de exagerar la impor­ tancia dada a las cosas sexuales y sentimentales: también, y sobre todo en razón de un correspondiente sistema de complicaciones, limitaciones y artificialidades en la vida cotidiana, el comportamiento genérico del hombre y de la mujer mediterráneos se diferencia del estilo nórdico-ario. Ya la mujer mediterránea, casi sin excepción, posee la propia vida dirigida en la manera más unilateral y casi diremos más primitiva hacia el hombre. Nosotros estamos muy lejos de desear a la mujer masculinizada o neutra y hemos es más indicado en ello una degeneración característica para las razas del Norte: lo que pretendemos resaltar es que la mujer mediterránea deja a un lado casi siempre de formarse una vida interior propia, autónoma, aunque sea conforme a la propia naturaleza y a su función normal. Su vida interior se agota en vez en las preocupaciones del sexo y en todo lo que puede servir para “aparecer” bien y para atraer al hombre a la propia órbita. Es así como nosotros vemos a mujeres muy jóvenes, mantenidas por la familia muchas veces en un aislamiento casi completo de los hombres, todas pintadas y maquilladas como en cambio en los países del Norte no lo estarían ni siquiera las “profesionales”: y es suficiente con examinar un momento para darse cuenta, a pesar de todo, que el hombre y sus relaciones con el hombre son su única preocupación, tanto más manifiesta por cuanto más escondida de cualquier especie de limitaciones burguesas y convencionales o bien de una sabia y racionalizada adm inistración del abandono. A lo cual enseguida se agregan complicaciones muy comprensibles dada la corres­ pondiente actitud del hombre.

Puede verse cada día en cualquier calle de gran ciudad de los países mencionados qué es lo que sucede cuando úna mujer apenas deseable pasa delante de un grupo de jóvenes: éstos la devoran con la vista y la siguen

con una mirada “intensiva”, como si se tratasen todos de Don Juanes o de hambrientos retomados después de muchos años del Africa o del Polo Norte; ella en cambio, mientras que a través de las pinturas, las vestim entas y maquillajes no hace ningún misterio de toda su calificación femenina, asume un aire de suprem a indiferencia y de “desapego”, de m odo tal que el observador de tales escenas es llevado a preguntarse seriamente si la una y los otros no tengan nada mejor que pensar para complacerse de un teatro semejante. Con el carácter inmediato y, digamos también, tosco de sus inclinaciones eróticas, un cierto hombre mediterráneo alarma a la mujer, la pone en defensa, propicia toda una serie de complicaciones dañinas; dañinas en primer lugar justamente para él. La mujer, mientras por un lado no piensa sino en las relaciones con el hombre y en el efecto que ella puede producir sobre el hombre, por el otro se siente como una especie de presa deseada y perseguida que debe estar muy atenta a cada paso en falso y “racionalizar” adecuadamente cada relación y concesión.

Pero no todo lo referente a la actitud falsa y no aria de la mujer me­ diterránea se explica con estas circunstancias exteriores, de las cuales el hombre es culpable. Puede afirmarse que en el 95 % de los casos una mujer de tal raza puede haber dicho interiormente “sí” en una cierta relación, pero que ella se sentiría envilecida al comportarse resueltamente en tal consecuencia antes de someter al hombre a toda la serie de complicaciones y de limitaciones, a una verdadera vis crucis erótico-sentimental. De otra forma temería de no ser considerada como una “persona seria” o “de bien”, allí donde en cambio, desde un punto de vista superior, justam ente una tal insinceridad y artificialidad son signos de su poca seriedad. Sobre una base análoga se desarrolla la vida ridicula de los flirts, el ritual de los “cumplidos”, de “hacer la corte”, del “quizás sí y quizás no”. Y que en todo esto el hombre no sienta una ofensa dirigida justamente a la propia dignidad, un juego, cuya dedicación no es de su incumbencia; todo esto es un mdice inquietante que atestigua la presencia efectiva de un componente “mediterráneo”, en el sentido malo, no sólo en las costumbres italianas, sino en la civilización burguesa en general, componente que el hombre nuevo, viril, ario, deberá sin más superar.

Es indiscutible que la “mujer mediterránea”, y la misma italiana, aparte de las cualidades, por decir así, “naturales”; que podrá también tener como esposa verdadera y propia y como madre, tiene mucha necesidad en ser “rectificada” de acuerdo a un estilo de espontaneidad, de claridad, de

ayuda, en primer lugar haciéndole sentir que, por más que sean importantes, amor y sexo no pueden tener sino un papel subordinado en su vida for­ mada según un estilo nórdico-ario; en segundo lugar, terminándola de actuar permanentemente como un Don Juan insaciable o como una persona que nunca ha visto a una mujer, puesto que en un nivel normal entre los dos, es la mujer la debe buscar y solicitar al hombre, y no a la inversa. Aislamiento, distancia: o bien relaciones de amistad, sin sobreentendidos y sin claudi­ caciones; o bien relaciones reales e inatenuadas entre hombre y mujer.

Se puede reconocer la justicia de tal postura, de acuerdo a la cual a los pueblos románicos, a partir del período provenzal, les había sido propia una separación artificial entre los sexos, en el fondo desconocida al hombre nórdico-ario. Una tal separación ha conducido sea a una falsa idealización como a una falsa degradación de la mujer: a la Beatriz y a la Dama de cierta caballería por un lado, a la '‘femina”, a la criatura de la carne y del pecado por el otro. Tipos éstos, el uno y el otro, “construidos” alejados de la realidad o por lo menos, de la normalidad. El primer tipo ha desaparecido con el ocaso del romanticismo del ochocientos, junto a los Werther y a los Jacopo Ortis. Pero tampoco se puede decir que permanezca hoy entre los pueblos románicos el segundo tipo, es decir el de [afemina en el sentido pleno, de “raza”, de la palabra, puesto que nos encontramos más bien en su versión reducida, domesticada, empeñada en “estar en orden” con las convenciones burguesas y en “brillar” en las escaramuzas de los flirt y en las ferias de la vanidad mundana.

Que el antídoto no sea ni Xagar^orme, ni el tipo anglosajón “emancipado”, ello debe ser subrayado aquí. Es necesario convertir en más sinceras, directas y orgánicas las relaciones de la mujer con el hombre, relaciones que no pueden naturalmente ser como entre pares, sino la de un encontrarse y de un compensarse de dos diferentes maneras de ser. Y la intensidad de tales relaciones dependerá de la medida en la cual cada uno sabrá ser verda­ deramente sí mismo, ser completo, sin complicaciones internas y fiebres artificiales, leal, libre y decidido.

VI.

LA ITALIA NUEVA.