6. Optimization of sample preparation for the analysis of comple
6.3.3 Embedding medium infiltration
El hombre mediterráneo estaría naturalmente dispuesto a constituirse en defensor de sí mismo en la misma medida en que el hombre nórdico estaría en vez inclinado a erigirse en juez de sí mismo. El primero sería siempre más indulgente consigo que con los otros y por lo demás intolerante en examinar bajo un punto de vista cmdo y objetivo todas las arrière-pensées de su vida interior. Esta oposición es por lo demás unilateral, En todo caso, no hay que olvidar los peligros inherentes a una exagerada introspección o análisis interior; las aberraciones que surgen del sentimiento semítico de la “culpa”, así como las derivadas en vez del protestantism o y del puritanismo, constituyen al respecto una saludable admonición. Es ver dad sin embargo que un estilo de simpleza y de lealtad, en lo relativo sobre todo a la propia alma, es un elemento esencial para cualquier rectificación de una raza en sentido nórdico-ario; así como también el precepto de ser duros consigo mismos, cordiales y comprensivos ante los otros, forma parte, a nivel de raza del alma, de toda ética viril, constructiva y aristocrática.
Otro elemento del alma mediterránea sería una cierta susceptibilidad y facilidad en sentir las ofensas y un cierto exagerado y -nuevamente- casi teatral sentido del honor. Aquí, queriendo ser justos, habría que resaltar que tales disposiciones son bailables por lo menos en igual medida en pueblos no mediterráneos, como el húngaro y el polaco. En el Mediterráneo, quizás los Españoles, en Italia, quizás algunos Sicilianos y Napolitanos pueden aparecer así. En cuanto a la “rectificación”, nadie rechazará como una cualidad de “raza” en sentido superior la reacción inmediata de la propia sangre ante una ofensa injusta. A ser superada será más bien la reacción pasional basada en el simple hecho de que la propia persona, el propio “yo”, se siente golpeado y por ende reaccionar no sólo cuando se tiene razón, sino también cuando la ofensa toca en nosotros un punto débil y algo que no se encuentra en verdad en orden. En tal caso se puede por cierto pensar en una rectificación, sobre todo en el sentido de no estar dispuestos a hacer depender de otros el juicio sobre nuestro valor y nuestro honor. Sin ir hasta los excesos de la moral estoica, que sin embargo es generalmente reco
nocida como una adaptación, por decirlo así, desesperada del estilo nórdico de vida, se pueden recordar las palabras de Sé n e c a, el cual notaba que la ofensa implicaba la intención de hacer el mal, mal que puede ser la injuria; pero esta injuria no puede sentirla quien es consciente de la propia rec titud. Este sabrá siempre pues quitar la punta filosa vinculada a la inju ria y a la ofensa, buscando provocar así la reacción descompaginada de un alma impulsiva; él no dejará penetrar en sí esta punta filosa y la reacción consistirá simplemente en la aniquilación de la intención del adversario, el cual hallará un muro allí donde creía encontrar una sustancia sensiti va que le hacía el juego; y consistirá luego en proceder objetivamente para impedir al adversario difundir mentiras, hacer daño y en fin medir a los otros con sus propias medidas.
En cuanto a una excesiva inclinación a la “gracia”, a la “fineza”, a los “modales”, que tales racistas atribuyen a la raza mediterránea, teniendo quizás en vista sobre todo a sus ejemplares femeninos y a sus variedades francesas, no hay dem asiado que decir y que “rectificar”. “F ineza” y “modales” los posee también el gentleman anglosajón. Nosotros no queremos por cierto elegir como estilo general una rudeza de regimiento o de jóvenes sin educación; se trata, en todo caso, de combatir los excesos, es decir un exteriorismo y un estilo de salón, comprendido en cubrir con las “maneras” a la interioridad escuálida de seres sin rostro, de marionetas mundanas. Cosa ésta que sin embargo, más que la inclinación de una determinada raza, hoy es la característica general de ciertos ambientes “bien” de cualquier país que constituyen la denominada “sociedad”, le monde: estando en ello Norteamérica a la cabeza batiendo todo record.
Sobre un plano más vasto se puede en todo caso estar de acuerdo en lo relativo a no adherir a la importancia exagerada y anormal que el mundo moderno acuerda a las artes y a las letras, a todo lo que es estética y que puede decirse, “civilización afrodítica” contemporánea. Frente a esto un cierto carácter bárbaro e iconoclasta debe ser concebido como un loable reactivo para reconducir al equilibrio y para reafirmar valores ario-romanos. Es en el fondo nuestra más antigua tradición: se recuerde el desprecio alimentado por la primera romanidad aria hacia el mundo helénico de las letras y de las artes, considerado catonianamente como molicie y corrupción; se recuerde que la característica de la religión romana fue la aversión por la mitología estetizada y el relieve dado a la pura y desnuda acción ritual, así como al elemento ético y guerrero. Así como el Renacimiento fue sólo una falsificación de la antigüedad, retom ada tan sólo en sus aspectos
decadentes, por más que impactantes estéticamente, del mismo modo tam bién debe pensarse que el Humanismo italiano tiene muy poco que ver con la tradición ario-romana de nuestra raza; en aquel período, en todo caso,
tal tradición fue mucho más viva en figuras como Sa v o n a r o l ay en otros
hombres empeñados en impedir que exteriorismos y estetismos condu jesen a las fuerzas sobrevivientes de la raza aria en Italia al nivel de una cultura “afrodítica”, en el sentido técnico ya explicado anteriormente. Por lo tanto deben avanzarse precisas reservas en contra de la tradición “hu manista” de la raza italiana, sobre todo hoy que Italia no es más precisamente la de los museos, las ruinas, los monumentos y las cosas pintorescas para uso de los turistas extranjeros y que entre los mejores exponentes del Fascismo se manifiesta un rechazo por tales cenáculos de “literatos” y de “intelec tuales”, ambientes tan vanos como superficiales y dilettantes, que ni si quiera poseen las cualidades de los antiguos juglares de la nobleza feu dal: la de divertir.