Si la totalidad del conocimiento, y posiblemente de la racionalidad, se identifican con el ámbito científico, puede resultarnos extraña la atracción que la metafísica ha ejercido durante siglos sobre el género humano. Para Carnap, una vez aceptado el emotivismo anteriormente expuesto, únicamente cabe un motivo para su aparición.
La metafísica surge de la necesidad de dar expresión a una actitud emotiva ante la vida; a la postura emocional y volitiva del hombre ante el medio circundante, ante el prójimo, ante las tareas a las que se dedica, ante los infortunios que le aquejan. Normalmente […] se manifiesta de modo inconsciente en cada una de las cosas que el hombre hace o dice, y aún podemos considerar posible que […] se llegue a reflejar en sus rasgos faciales o en su deambular (Carnap, 1965b, p. 85).
A pesar de ello, todavía nos queda un interrogante por contestar: si la metafísica puede ser fácilmente reconocida como un género literario, ¿de
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dónde surge esta necesidad investigadora de sus principios? Carnap contestará a esta pregunta. Por un lado, podría decirse que la metafísica utiliza conceptos que, posiblemente, poseían un significado en origen. Sin embargo, tras perderlo, se insistió en su uso sin otorgarles nuevos criterios empíricos de significación, quedando, a lo sumo, ciertas imágenes o sensaciones asociadas a aquel significado primitivo. A pesar de lo cual, Carnap nos advierte de que el hecho de que una palabra pierda su significado original no siempre es motivo de que devenga asignificativa. Esto únicamente ocurrirá cuando no se le adjudique un nuevo método de verificación. Es decir, cuando pase de un significado literal a uno metafórico (Carnap, 1965b, pp. 72-77).15 Por otro
lado, estos extravíos lingüísticos han sido ocasionalmente causados por no tener en cuenta el “tipo” al que cada palabra pertenece (Ibid., p. 81). Pensar que cualquier sujeto gramatical puede ir acompañado de toda clase de predicados originaria absurdos del tipo “César es un número primo” o “el Bien ha de ser buscado”. Es decir, en el primero de los casos, comprobamos
15 Con estas afirmaciones, Carnap parece situarse en el extremo opuesto de pensadores como Nietzsche, para quien los conceptos serían metáforas petrificadas. Es decir, éste último defendió la idea de que son las metáforas a través de su uso continuado lo que termina convirtiéndose en conceptos, pudiéndose trazar una historia de las palabras donde podría configurarse la manera en las que éstas delimitan sus significados a lo largo del tiempo. Sin embargo, Carnap parece asumir que este camino se realiza en dirección contraria, y los conceptos serían el estado primordial de las palabras que, a través de malos usos terminan por convertirse en simples metáforas carentes de significado. A pesar de lo cual, siempre podrá salvarse el concepto asignándole un nuevo criterio de significación. Estas ideas resultan interesantes puesto que abren las puertas a los cambios de significado que acaecen en el transcurso de lo que Kuhn denominó “revoluciones científicas”. Es decir, Carnap piensa que existe la posibilidad de que los conceptos muten su significado, sin embargo, para evitar posibles acusaciones de escepticismo, afirma que estos cambios nunca deben entenderse como si los conceptos tuvieran realmente un carácter metafórico, sino que únicamente
deben considerarse conceptos aquellos sobre los que se establecen nuevos criterios de significación. Desde este punto de vista, un concepto se transformaría directamente en otro sin pasar por una fase intermedia. Es decir, sería como un salto en el cual se pasaría de unos criterios a otros sin que nunca hubiese una pérdida real de estos. Bajo mi punto de vista, esta forma de entender el lenguaje resulta más que similar a la que Kuhn defendió en La estructura de las revoluciones científicas donde las comunidades de científicos debían dar el salto de un paradigma a otro en bloque o no darlo nunca. Debido a afirmaciones como ésta, su propuesta fue declarada escéptica y, de hecho, es considerada como el comienzo de lo que se ha denominado metaescepticismo. Sin embargo, leído desde una concepción carnapiana, los márgenes de estas ideas se difuminan, puesto que Carnap parece aceptar estas condiciones aun cuando se niega a caer en un relativismo o, al menos en principio, no encuentra problemática alguna en los cambios de significación conceptual.
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que el sustantivo “César” acota las posibles afirmaciones que podemos hacer de él, restringiéndonos exclusivamente a esa clase de predicados que pueden ir con los sustantivos que se incluyen en el tipo de las personas. Por otro lado, la segunda de estas expresiones nos hace suponer que lo que llamamos “Bien” es algo que se encuentra en el mundo como un objeto de la realidad el cual podemos encontrar mediante algún tipo de investigación.
Finalmente, al igual que los neopositivistas se declaran deudores de la tradición ilustrada, deben dar cuenta de qué otra corriente es la que ha mantenido viva esa forma equivocada de hacer filosofía.
Es posible apuntar presuntamente que la metafísica surgió del mito. El niño se enoja con la “malvada mesa” que le causó el daño. El primitivo se esfuerza por congraciarse con el amenazador demonio de los terremotos o adora agradecido a la divinidad de las lluvias fertilizadoras. Nos encontramos aquí con personificaciones de fenómenos naturales que son la expresión cuasi-poética de las relaciones emocionales del hombre con el medio que le rodea. La herencia del mito es asumida por una parte de la poesía, en la que de manera deliberada y consciente se reproduce e intensifica la efectividad vital de éste, y por la otra es asumida por la teología, en la que el mito se transforma en un sistema (Carnap, 1965, p. 85).16
16 Aun cuando no lo cite explícitamente, la referencia al positivismo clásico de Comte es más que obvia. Según este autor, el pensamiento humano pasaría por diversos estadios hasta alcanzar la madurez. Lo que Carnap denomina como el estado primitivo del ser humano se correspondería con lo que Comte denominó el estadio teológico, donde el ser humano explica el mundo que le rodea llenándolo de entes anímicos que impulsan y ejecutan Los fenómenos naturales. Por otro lado, Comte instaura un segunda estadio al que califica como metafísico. En él, se desecha la Idea de seres animados que habitan las cosas y se busca las esencias que las configuran más allá de las apariencias físicas. Carnap identifica este momento con la teología que convierte la metafísica en sistema. Por último, ambos coincidirán en la idea de Que únicamente la ciencia positiva representa la madurez del pensamiento humano y es la culminación de su racionalidad. Sin embargo Carnap no parece mostrarse igual de tajante que Comte, puesto que no habla de la literatura como una etapa que haya de ser superada. Por el contrario, admite su validez emotiva y la carga vital que supone para el individuo. Por lo tanto, habría que tomar en reconsideración muchas de las lecturas que afirman que el Círculo de Viena despreciaba este tipo de manifestaciones culturales o que lo consideraban irrelevante.
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Haber confundido el mito con un verdadero logos es lo que ha causado esta pérdida de sentido. Asimismo, pensar que aquello que no era más que consecuencia de explicaciones primitivas, irracionales y emotivas de los fenómenos de la naturaleza poseía un verdadero valor cognoscitivo, originó que este engaño perdurara en el tiempo, puesto que las formas gramaticales en las que aparecían mostraban la apariencia de verdadero argumentos filosóficos. Por último, su uso para la creación de grandes sistemas hizo que este modo de pensamiento cobrara una aparente consistencia cuyo resultado fue el de su inclusión en la historia del pensamiento.17
Por mi parte, únicamente diré que esta concepción de la metafísica presenta numerosos problemas que llevan a sus argumentos hacia la circularidad. Cuando Carnap asume la posibilidad de que existan cambios en el significado de los conceptos, parece estar diciendo que existe algo así como una historicidad de los significados. Lo que una palabra significa en un momento determinado no tiene por qué permanecer invariable. El único problema es que, en uno de estos cambios, pierda el referente físico sin que le sea adjudicado uno nuevo. Por lo tanto, el estudio de la ciencia podría resultar incompleto si no se le sumaba una investigación histórica de sus manifestaciones. Lo cual suponía un problema, puesto que previamente
17 La concepción de Carnap según la cual el pensamiento metafísico es propio de etapas infantiles o bárbaras pone de manifiesto dos posibles relaciones. En primer lugar, sitúa este modo de pensar en un estilo de pensamiento primitivo como también hiciera Comte en su Discurso. Sin embargo, mientras que este pensador francés se preocupaba por mostrar cómo el advenimiento del pensamiento positivo se producía mediante una evolución de las formas de entender el mundo, Carnap parece tratar de realizar una ruptura con estas corrientes asumiendo que la propuesta del Círculo de Viena supone un distanciamiento radical respecto a todas ellas. El positivismo lógico no sería un resultado de la evolución del pensamiento anterior, sino una superación de éste mediante la creación de unos nuevos criterios de significación y racionalidad. Por otro lado, es evidente la actitud kantiana de nuestro autor, puesto que en ambos ejemplos se refleja la aceptación del pensamiento positivo como una manera de llegar a la “mayoría de edad” del ser humano, superando la infancia y el estado brutalmente natural del primitivo.
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debíamos haber asumido que la única forma de encontrar resultados objetivos era la aplicación de los criterios científicos impuestos por el positivismo lógico. De esta forma, el estudio de la historia de la ciencia debería ser en sí mismo científico. Lo cual, en mi opinión, nos aboca a dos posibilidades: o la historia no puede dar cuenta objetivamente de la ciencia en tanto sus conceptos están sujetos al mismo cambio significativo que los de cualquier otra ciencia y su comprensión reclama de una meta-historia de la historia, o la historia se convierte en una meta-ciencia cuyos conceptos adquieren una objetividad superior que los de la ciencia por su capacidad de dar cuenta y explicación de ellos. Una filosofía de la historia podría jugar un papel representativo en el primero de los casos, mientras que el concepto de “Historia” estaría destinado a encumbrarse como tal en el segundo supuesto. El trabajo de Kuhn que expondré en el capítulo correspondiente quizá suponga un modo de introducir la historia en el estudio de la ciencia que no termine de encajar en ninguna de las dos posibilidades.18
18 Éste ha sido un debate que se ha llegado mantener. Saber si la obra de Thomas S. Kuhn podía englobarse dentro de la filosofía de la ciencia o simplemente consistía en un estudio de historiografía, pareció volverse relevante para decidir a qué doctrina le correspondía la potestad de incluirla en la discusión. Sin embargo, por increíble que pudiera parecer, la voluntad de ambas no fue la de reclamar su propiedad, sino todo lo contrario. Principalmente, la epistemología se preocupó por destacar la poca profundidad de sus argumentos y la falta de preparación filosófica del autor. Por eso, la prefirieron calificar como una obra perteneciente a la psicología de masas, o a algún tipo de ciencia social. Por otro lado, los historiadores de la ciencia han recopilado parte de la correspondencia entre Carnap y Kuhn donde el primero entra a debatir algunos puntos del segundo al tiempo que lo anima a continuar con un trabajo que, posteriormente, debería haber sido incluido en la Encyclopedia of Unified Science. Bajo mi punto de vista, pese a todos estos esfuerzos, aun cuando es cierto que el trabajo de Kuhn puede tomarse desde alguna de estas perspectivas, resulta innegable que parte de ella se encuentra profundamente inmersa en la epistemología. Por tanto, lo realmente problemático no sería saber si se trata o no de una obra de teoría de la ciencia, sino descifrar el modo en el que consigue ponerla en relación con todas estas otras posibilidad que, repentinamente, aparecen como temas relevantes dentro un área que había estado encerrada en la lógica formal durante mucho tiempo. Posiblemente, un estudio conjunto de esta obra desde las Humanidades aportaría resultados fructíferos y sorprendentes. Para una introducción a las diferentes posturas enfrentadas en el debate expuesto más arriba, J. C. Pinto de Oliveira, “Carnap, Kuhn, and revisionism: on the publication of the Structure in Encyclopedia”. Journal of General Philosophy of Science. Nº 38. 2007.
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