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7.8 Discussion of Accuracy

7.8.1 Assessing the Total System Accuracy

Accedemos a los valores por diversos caminos. Unos ya están en nosotros, porque los hemos recibido a través de nuestros propios genes (la herencia biológica) y los vamos desarro­ llando poco a poco. Otros están en el ambiente en el que nos desenvolvemos: en la familia y en la escuela, gracias al con­ tacto permanente con personas que actúan inspirados en ellos (la infancia es, precisamente, la etapa en la que hay una dis­ ponibilidad natural, una sensibilidad especial para captar y vivir los valores). Los encontramos también en la empresa o en otras instituciones. Pero hay otros que son necesariamen-

Vivir los valores

te fruto de un aprendizaje. Si yo me lo propongo, aprendo a ser leal o generoso o buen compañero de trabajo. De esta manera adquiero experiencia, y la experiencia misma se con­ vierte en fuente de valores, pues de ella extraigo lo más gra­ nado, lo mejor y más valioso de mí mismo y de los demás, y lo incorporo a mi jerarquía personal de valores.

Esa jerarquía no es una lista de valores, sino un marco de referencia de aquello que es más valioso para mí como fruto de mi esfuerzo, de la experiencia acumulada, del aprendizaje y la educación. Y todos son importantes, pero no todos va­ len lo mismo. Por algunos valores daríamos la vida (la liber­ tad, por ejemplo) mientras que por otros (por ejemplo la belleza de una melodía) no valdría la pena ir más allá de una discusión interesante. Por eso cada uno establece personal­ mente su propia jerarquía de valores, juzgando cuáles son los principales y cuáles los secundarios o accesorios. Se supo­ ne que por los primeros lo jugamos todo y que los segundos son más cambiantes y menos importantes, pero no quiere decir que no cumplan un papel necesario en la vida.

A la luz de esa jerarquía, que conviene establecer desde muy temprano en la vida con ayuda de padres y educadores, cada uno sabe qué es lo que defiende y con qué argumentos lo defiende. Esta jerarquía no depende de lo que los demás hagan, piensen o vivan, ni de lo que dicten las encuestas sobre cuáles son los valores de moda en determinado grupo social, sino de lo que cada uno de nosotros elige responsa­ blemente para su propia vida, asistido por su inteligencia, su voluntad y sus afectos. Mi inteligencia emocional, mis senti-

Valor para vivir los valores

mientos, mis emociones y mis motivaciones desempeñan un papel decisivo en esa jerarquía de valores y en la manera como éstos modelan mis comportamientos cada día.

En la familia, la educación y la empresa, los valores no pueden ser un discurso ideal, alejado de los intereses de cada uno de sus integrantes; por el contrario, deben ser objeto de discusión, de perfeccionamiento y, sobre todo, de esfuerw para traducirlos en vivencias operativas, que conduzcan a mejorar el comportamiento. Cuando se afectan mis valores, se afecta todo mi ser; de lo contrario, no tendríamos unidad de vida, ni conductas coherentes que brinden un soporte a nuestra vida.

Las personas que encarnan valores, lo decíamos antes, son puntos de referencia para los demás. Así, el mejor argu­ mento para consolidar los míos consiste en confrontarme con los de ellos. Las personas con valores son dignas de imi­ tación y se convienen en ejemplos que mueven a los demás a obrar de manera parecida.

"Héroes" para no imitar

La crisis de valores en la sociedad actual puede mirarse bajo el prisma de la falta de héroes, es decir, de personas que en­ carnen valores y a quienes valga la pena imitar. Hay dema­ siada mediocridad y conformismo, demasiada aspiración al éxito económico y al disfrute del poder como metas supre­ mas de la vida. Muchos eligen el modelo equivocado. Como no hay padres "modelos", o escasean, los hijos a veces esco-

V,"vir los va/ores

gen al deportista famoso que es un modelo en la práctica de un deporte pero que, a veces, en su vida personal es poco ejemplarizan te. Es un ídolo de barro cuya fragilidad no le permite a quien lo admira forjar una construcción seria de valores. Ese tipo de "héroes" son héroes para admirar, no para imitar. Los medios de comunicación se han encargado de fabricar montones de estos "héroes".

Deberíamos hablar más bien de héroes que acerquen el ideal de los valores a todos, pero no como un producto de consumo, sino como fruto del esfuerzo por construir hábi­ tos estables de una vida con calidad y de excelencia. Éstos, a la hora de la vivencia de los valores, adquieren aun más relie­ ve. No tanto para ser mirados como algo inalcanzable, sino al contrario, para mostrar que todos somos seres humanos iguales a ellos (con las mismas condiciones y capacidades) y que, por tanto, podemos vivir los valores de la misma mane­ ra.

Por esto, los padres, los maestros y los jefes, cuando en­

carnan los valores que quieren promover, pueden convertir­ se en "motores de ejemplaridad". No se trata de que se lo propongan para causar impresión y, por consiguiente, para

alejarse de las personas; al contrario, se trata de que sean modelos de carne y hueso, con debilidades y fortalezas, que

estén cerca de los demás animándolos a crecer. Si el hijo, el alumno o el empleado descubre sencillez en vez de ostenta­ ción, humildad en vez de prepotencia, si comprueba sacrifi­ cio en vez de facilismo, acepta gustosamente ese ejemplo.

Va/or para vivir los va/ores

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