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tales, es probable que se nos quede alguno por fuera. De i deseamos hacer una selección de los valores fundamen­ todos modos, nos atrevemos a hacer una, que se podrá com­ plementar con los escogidos para la educación.

� La laboriosidad

Consiste en la diligente realización del trabajo con dedica­ ción, energía, orden y constancia, con miras a que se cum­ plan los resultados esperados.

o Juan y Carlos discuten sobre la educación de los hijos, que ya son adolescentes y carecen del suficiente interés y dedicación por el estudio. Como ve a Juan desesperado porque sus hijos estdn a punto de perder el año, Carlos le cuenta la historia de 'Las últimas pie-

Válor para vivir los valores

dras': que le habla sido muy útil con sus hijos. "Habla un pals donde se hablan puesto a lo largo de muchas décadas las primeras piedras de innumerables cosas: puentes, escuelas, hospitales, iglesias, estadios, parques,

etc. Hasta que llegó un gobernante que se empeñó en poner las últimas piedras de todo lo que se habla co­

menzado pero nunca se habla terminado. Sólo hizo eso, no puso una piedra nueva más, pero aquel pals cambió sustancialmente':

"En la vida de las personas': deda Carlos a sus hijos, pasa algo semejante: lo fácil es empezar, como ir al colegio por primera vez, pasar el primer año, empezar cada uno de los siguientes. Lo dificil e im­ portante es ver que cada uno de esos pasos aislado no

significa nada. Lo importante es poner la última pie­ dra de cada una de esas actividades. Eso sólo se logra desarrollando diariamente el valor de la laboriosi­ dad y la constancia, manteniendo la ilusión y el em­

peño por empezar bien la jornada y acabarla bien. Y

asl un dla tras otro, una semana tras otra, un mes tras otros, un año tras otro . . . ". O

La persona es un ser trabajador por naturaleza. El traba­ jo forma parte de su vocación esencial. De ahí que desde la más temprana infancia se nos enseñe a trabajar, al principio en forma muy elemental y fácil, paralelamente al desarrollo de nuestras habilidades físicas. En este "adiestramiento" jue­ gan un papel importantísimo la madre y el entorno familiar,

Algunos valores básicos en la familia

el cual se vuelve más explícito y consciente a medida que transcurre el tiempo.

En el nifio, la noción de juego se equipara, de alguna manera, a la de trabajo. Así, se le ensefia que las diferentes actividades requieren esfuerzo, orden y constancia. Si no se ponen todas las energías y los sentidos en esa tarea, es impo­ sible que se forme este hábito. Por ejemplo, el nifio se da cuenta de que sus tareas escolares exigen disciplina, aten­ ción, el ejercicio de su memoria y la imaginación, y en esto consiste, en este caso, la laboriosidad.

En el adolescente, la conciencia de las exigencias del es­ tudio es mucho más clara, aunque, generalmente, el juego le resulte más atractivo que el estudio o el trabajo, a los que normalmente ve como parte de un futuro lejano.

Un aspecto importante de la laboriosidad es la diligencia con la que se emprenden las tareas. Ésta vence la pereza y la mediocridad y persigue la excelencia, refleja el amor con el que se hace, cómo se hace y por qué motivo se hace.

Es oportuno y relevante conocer siempre los motivos que mueven a hacer las tareas, pues son los que finalmente im­ pulsan, guían, dirigen la acción. Para la persona, desde muy pequefia, resulta oportuno conocer los motivos (el porqué y el para qué) por los que se le ha impuesto cierta tarea, y no llevarla a cabo como fruto de una obediencia ciega.

Así, el valor de la laboriosidad está estrechamente ligado al estudio y el trabajo, porque éstas son actividades que im­ plican determinados deberes y responsabilidades (no nece­ sariamente relacionados con el cumplimiento de un trabajo

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profesional o con alcanzar unas metas de estudio en una ins­ titución educativa) . Por supuesto, hay otros trabajos que exi­ gen el mismo esfuerzo, orden y disciplina, por ejemplo los que se llevan a cabo en el hogar.

En el estudio, es imponante cultivar una dedicación cons­ tante: como el niño tiene afán de conocer y una curiosidad inagotable por todas las cosas, se le puede encausar para que le tome gusto al estudio porque ahí resuelve muchas de sus inquietudes y conoce lo que es aprender para saber.

Como habíamos dicho antes, es habitual que unos valo­ res comprendan o involucren otros valores. La laboriosidad, en este caso, entraña el valor del cumplimiento. Es decir, la laboriosidad implica, además de hacer bien las tareas, cum­ plirlas a cabalidad, terminar lo comenzado. Si no, ese cum­ plimiento sería más bien un "cumplo y miento": digo que voy a hacer algo pero, a la larga, no lo hago; de esta mane­ ra, me engaño a mí mismo y no logro el objetivo que bus­ caba.

David Isaacs, en su libro La educación de las virtudes hu­ manas, destaca que ser laborioso supone:

1 . Conocer los criterios de un trabajo bien hecho en cada caso;

2. Contar con los motivos suficientes para esforzarse y, 3. Tener bastante desarrollada una serie de capacidades

accesorias para hacer bien la actividad concreta. Si se tienen en cuenta estos tres puntos, será más fácil afrontar las dificultades que se presentan, pues éstos permi-

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tirán que cada persona supere los obstáculos según sus pro­ pias particularidades.

Entre los antivalores asociados a la laboriosidad están la comodidad excesiva, el desorden en el manejo del tiempo, la pereza y la negligencia ante las obligaciones adquiridas. La televisión, los juegos electrónicos e internet, utilizados sin ningún control, son un riesgo para la laboriosidad.

Entre niños y jóvenes hacen especial mella el aburrimien­ to, la apatía o el tedio, la resistencia a esforzarse en lo más mínimo, escudándose, por ejemplo, en que las cosas cues­

tan; pero en el fondo se trata de falta de disciplina y de que

no saben o no conocen el objetivo por el que vale la pena hacer el esfuerzo.

� El orden

Consiste en la realización armónica de la actividad para que logre su finalidad, aprovechando el tiempo al máximo y uti­ lizando bien los recursos disponibles.

o Dos hermanos de

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Y 9 años, mientras recogen sus juguetes para poner orden en su cuarto, comentan en voz baja: "Nuestra mamá se está poniendo pesada con esto del orden. . . Pero no entiendo por qué nos exige tanto, si aqui en la casa nadie sabe a qué horas se come ni cuándo llega uno o cuándo llega el otro. ¿Será que están intentando que nosotros aprendamos lo que ellos nunca aprendieron?" O

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El orden es un valor que sirve, a su vez, de herramienta básica para la vivencia de otros valores: "Virtud sin orden, rara virtud" a. Escrivá) . Este valor está asociado a la respon­ sabilidad, la disciplina, la previsión y la prudencia, que es el valor que ayuda a dirigir la conducta. El orden es el fruto (como sucede con casi todos los valores) de una larga pa­ ciencia para adquirir los hábitos correspondientes.

No nos referimos únicamente al orden material o a la disposición correcta de las cosas en su sitio ("Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio"), sino al orden mental y emocional que requieren el pensamiento lógico y el auto­ control que se logra a lo largo de la vida.

A los hijos, en el hogar, se les puede enseñar a ejercitar este valor aprovechando su capacidad de aprendizaje, su ca­ rencia de excesivos prejuicios, la atención propia de los pri­ meros años. Hay muchas oportunidades en situaciones de practicar el orden y de imprimirlo indeleblemente en el ca­ rácter, poco a poco, a través del ejemplo: corregir el orden en que guarda la ropa o sus juguetes, en las horas de estudio o de sueño, las horas de entretenerse con la televisión o de utilizar el computador, etc.

Son pocas las personas que nacen con una predisposi­ ción especial para cultivar este valor; es decir, para la inmen­ sa mayoría de las personas hacerse a este valor es un asunto de disciplina personal y de perseverancia. Aquí, cabe mencio­ nar la conocida máxima: "Guarda el orden y él te guardará". El valor del orden se puede trabajar en tres aspectos dis­ tintos. Primero está, simplemente, el orden de las cosas, el

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orden de lo que vernos a simple vista. Y éste se puede ense­ ñar fácil y directamente con el ejemplo. Los padres no tie­ nen que ser necesariamente infalibks en este aspecto; de hecho, habrá un padre al que se le dé más fácilmente que a otro este valor. Solamente tendrán que armarse de pacien­ cia para alcanzarlo poco a poco, empezando por el orden material, que servirá seguramente para lograr otros tipos de orden.

Por ejemplo, si los padres les enseñan a los hijos que las cosas que son de uso general deben permanecer en un sitio donde habitualmente todos las encuentren, habrán dado un gran paso hacia la consecución de este valor. Si alguien falla en esto, basta hacerle ver lo importante (y lo sencillo) que es que las cosas estén a la mano de cualquiera que las necesite.

Otro aspecto central de este valor es el orden de las acti­ vidades, el de los compromisos. Se requiere el aprendizaje de la buena distribución del tiempo. Por ejemplo, la formación y planeación de horarios habituales para cada una de las comidas, para la realización de los trabajos, para los des­ cansos, etc. Aprender a programar las actividades es algo que se consigue progresivamente, sabiendo aplicar un cri­ terio diferente a las tareas que se realizan habitualmente, a las que se realizan sólo ocasionalmente y a las que son even­ tos especiales.

No es necesario convertirse en un maniático del orden y la puntualidad para conseguir ese objetivo. Basta tener pre­ visto lo que se va a realizar dentro de períodos de tiempo

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fácilmente abarcables: un día, una semana, un mes. Y valerse de ayudas elementales para acordarse: una anotación gráfica, apuntar en un calendario, vincular una actividad con otra para que se puedan realizar una seguida de otra, etc.

y el último aspecto de este valor para tener en cuenta: el orden en las relaciones. Es necesario que las personas aprendan a distribuir el tiempo que van a compartir con las otras personas. Este aprendizaje es crucial a medida que los hijos crecen, pues hace falta, a través del ejemplo, mos­ trar que una parte esencial del orden es aquélla que se dedi­ ca a estar con los suyos y que esto redunda en la calidad de vida que se desea para la familia y para cada uno de sus miembros. Después viene pensar el tiempo dedicado a los compañeros de colegio, a los amigos del barrio, etc.

En todo esto es definitivo el ejemplo de orden que ellos observen en sus padres y en el resto de integrantes de su familia. El gran antivalor que amenaza constantemente es el desorden físico y mental, afectivo y de horario de estu­ dio, acostumbrarse a vivir como si el reloj no existiera, a la impuntualidad y a quedar mal en las citas, el incumpli­ miento de determinadas tareas acordadas dentro de ciertos límites de tiempo. Aquí también juegan un papel la pereza mental, la falta de fijeza en lo que se hace, la inconstancia y la flojera de voluntad, aspectos que hay que combatir en todas las edades, pero que en la niñez y la juventud dan pie para forjar los hábitos contrarios y poner una base sólida en el modo de vivir y de trabajar.

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� La responsabilidad

Consiste en cumplir las obligaciones y los compromisos ad­ quiridos, dando respuestas adecuadas a lo que se espera de una persona o colectividad, yendo más allá de la obligación estricta.

o Mariana va con su hijo Mauricio de

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años, quien empieza la universidad en pocos días, a un almacén a comprarle ropa. Entre las prendas escoge una chaqueta roja muy llamativa. La mamá le insinúa que eso le pa­ rece un color muy chillón para su edad. Él insiste y la compra. Pasadas unas semanas y después de recibir va­ rias críticas de parte de algunos compañeros de curso, Mauricio decide no usar la chaqueta. Mariana se da cuenta y le reclama a su hijo. Él se limita a decir: "No me gusta, me equivoqué, tengo que comprar otra': La madre responde: "Si la elegiste libremente a pesar de no se te veía bien, si insististe en tenerla, te toca usarla has­ ta que se gaste. Mientras tanto no podrás tener otra. Cuando uno elige algo, le toca asumir la responsabili­

dad de cumplir. Aprende de eso que te ha pasado ahora con tu ropa para que lo apliques a tu estudio, a tus amistades, a tu vida. No puedes dejarte llevar por el capricho y el gusto. Ser responsable para ti ahora es dar los resultados que esperamos de ti en tus estudios y en tu

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Etimológicamente, el término responsabilidad viene de "res sponsa" : el anillo que simbolizaba la unión del esposo y

la esposa a partir del momento en el que formalizaban su compromiso. La responsabilidad es la capacidad de respon­ der a las expectativas que se crean a partir de determinados vínculos, sean familiares, laborales, fraternales, sociales o pro­ venientes simplemente de una promesa hecha a sí mismo o a otros; no cualquier respuesta a esas expectativas, sino la pro­ pia de una persona que se esfuerza esmeradamente por cum­ plir con lo prometido.

El que lleva a buen término sus obligaciones, lo hace desde los valores que le ayudan a ser responsable: trabajo, entusiasmo, creatividad, seriedad, dedicación, estabilidad, eficacia, etc. La responsabilidad no llega necesariamente con los años o con la experiencia. La persona se hace responsable al aprender a cumplir sus obligaciones y deberes lo más es­ pontáneamente posible, aunque a veces entienda que lo hace por obediencia a unas normas o pactos. Eso no le quita mé­ rito a la acción, como tampoco lo quita la desgana con la que a veces acompaña el cumplimiento de sus deberes.

Fernando Corominas (en Educar hoy) sostiene que la mejor edad para arraigar la responsabilidad se sitúa entre los 7 y los 11 años, porque se vive un período sensitivo que facilita su cumplimiento: amor a la justicia, disposición a ayudar, deseo de quedar bien y afán de superación. Eso faci­ lita realizar con perfección los compromisos adquiridos.

Ser responsable es saber asumir las consecuencias de los propios actos. En este sentido, la vida familiar está llena de

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continuas situaciones en las que los padres pueden contri­ buir decisivamente a que los hijos se hagan responsables. Por ejemplo, al hacerles ver que cuando eligen algo (una cosa, una actividad, una relaci6n) tienen que saber por qué lo ha­ cen, cómo lo hacen y hasta d6nde llega su compromiso con ella, y no al dejarlos seguir el capricho, la arbitrariedad o simplemente lo que les resulta más c6modo. Todo ello im­ plica un ejercicio de la autoridad que ayude a los hijos a cumplir sus compromisos y terminar bien las cosas, a no dejarlas empezadas.

Muchas veces, tener que hacer cosas que no nos gustan en principio es una buena escuela para madurar la responsa­ bilidad. Por ejemplo, cuando el hijo no quiere hacer sus ta­ reas escolares, cuando no quiere estar con los demás en la casa, cuando tiende al aislamiento o a la indiferencia frente a ciertas costumbres familiares, hay que hacerle ver que para llegar a hacer lo que uno quiere, hay que recorrer el camino de hacer muchas cosas que no necesariamente nos gustan.

Lo importante es contar siempre con algo de motivaci6n para hacerlas, una raz6n que le dé sentido a la acci6n: pensar en lo que se quiere llegar a ser, relacionarlo con la felicidad que se le causa a los demás si uno hace las cosas bien. Tam­ bién la preocupaci6n por los demás es una fuente inspiradora de actos responsables.

No s610 los hijos, sino prácticamente todas las personas tenemos que aceptar responsabilidades basadas en decisio­ nes que otros han tomado por nosotros y eso no significa ser esclavos de nadie. La vida se encarga de darnos unas deter-

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minadas "cartas" en las que se combina lo que nos viene dado con lo que asumimos por decisión propia, y en ambos casos se vive el valor de la responsabilidad, como una fuente de libertad. Si se actúa responsablemente, se aprende a no dar excusas por lo que sale mal y a no cargar con nuestras res­ ponsabilidades a los padres, profesores o compañeros.

10 cierto es que aprender a tomar decisiones propias adquiere una mayor urgencia en la enseñanza de la respon­

sabilidad hoy en día. Si se aprende a hacerlo, se podrá con­ quistar una mayor autonomía y ser más consciente de las fortalezas y debilidades. Ante la pregunta de "¿Qué hago?", a veces la mejor respuesta es "¿Qué piensas que debes hacer?" Eso evita que las personas se justifiquen porque estaban ha­ ciendo algo que no decidieron hacer, sino algo que les impu­ sieron, se trate del estudio, de las amistades o de su futuro profesional.

La responsabilidad no se limita a cumplir deberes. Va más allá. Como tiene por meta la excelencia, requiere, ade­ más de un sentido de la obligación adquirida, la libertad para cumplirla y la libertad para realizarla creativamente. La llamada de la responsabilidad, en cualquier ámbito de la vida o en cualquier edad, no implica sentirse coaccionado o mo­ tivado sólo por la obediencia a una norma. Hay que vivir eso con iniciativa y con un gran sentido de libertad interior (que no son incompatibles con las normas) .

Como afirma López Quintás en El libro de los valores: "Si la responsabilidad implica siempre una respuesta positiva a un valor, tenemos una clave certera para discernir cuándo

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somos de verdad responsables. Si un niño se consagra al es­ tudio para obedecer una orden de su padre, pero no logra aceptar por cuenta propia el valor que entraña el adquirir una formación adecuada, podemos decir que es obediente, aplicado, tenaz, pero no que se porta de una forma respon­ sable".

La persona responsable aprende así a asumir las conse­ cuencias de sus acciones, incluso cuando son negativas; como se toma en serio lo que hace, piensa muy bien todas las ac­ ciones que va a ejecutar antes de iniciarlas, es decir, se apoya en la reflexión serena de los hechos. Y hace todo lo posible, desde el principio, para que la tarea se haga bien.

Los antivalores que se deben combatir son el descuido, la irreflexión, la inmadurez, el desinterés por lo que se hace y la precipitación en el obrar, que impide el logro de los obje­ tivos y afecta negativamente las relaciones con los demás.

� El respeto

Es tener conciencia del valor del propio ser y del ser y la dignidad de los demás, para poder comprenderlos y aceptar­