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Chapter 7: Conclusion and Future Work

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Es cierto que el cristianismo eliminó más de una superstición pagana, combatiendo desde un principio adivinación y hechicería. Al mismo tiempo, sin embargo, ofreció una buena dosis de nigromancia propia.

No cedamos ahora a la tentación de hablar de cuestiones como la de la deificación de un hombre, del descubrimiento muy posterior del Espí- ritu Santo (como última de las tres divinas personas, que son sin embargo una sola deidad), de la virginidad de María (ante partum, in partu, post partum), de su asunción en vida a los cielos y de otras misteriosas cues- tiones, aunque sería harto difícil hacer creíble que cosas semejantes han fomentado la indagación científica, el pensamiento autónomo y la eman- cipación espiritual del hombre. Lo mismo podría afirmarse de alguna que otra mutación de birlibirloque como la transformación de las obleas en carne o de la sangre en vino, aunque todo ello suceda -por razones evi-

dentes- de manera invisible. El que desde tiempos inmemoriales se dé pá- bulo a esos encantamientos mediante la afirmación de que cosas análogas, cuando suceden en otras religiones, no son sino la negación del dios ver- dadero, oficios demoníacos y entrega a Satán, no contribuye precisamente a hacerlos más convincentes.'43

Por no hablar del hecho de que incluso algunos demonios paganos también volvieron a hallar acomodo en el cristianismo. Tal fue el caso de Acéfalo, una figura acéfala de las creencias populares griegas que reapa- rece en la literatura mágica del sincretismo religioso como dios poderoso de la revelación y encama también al Osiris descabezado. Es ostensible que también reaparece en los acéfalos cristianos, reaparecidos que retor- nan tras morir decapitados. Acéfalo jugaba sobre todo un gran papel en relación con los mártires de la decapitación. Entre los numerosos vesti- gios paganos integrados en las creencias cristianas acerca de espíritus está también Poncio Pilato como «demonio de los jueves», por citar al- gunos ejemplos de entre otros muchos similares.144

A través de todo el Nuevo Testamento «se presupone firmemente la existencia y la actividad de los espíritus. Siguen operantes las prácticas de la antigua magia» (E. Schweizer). Es más, toda «la obra salvífíca de Cristo» va estrechamente unida a la rebelión de los demonios, a la libera- ción de los hombres de las garras de aquéllos: todo ello constituye un pen- samiento verdaderamente central en la teoría patrística de la redención, expuesta a menudo de forma altamente dramática. Hasta los niños de pa- dres cristianos están inicialmente en poder de los «espíritus malignos», que deben ser expulsados antes del bautizo: el daemon adsistens, daemon ad- sidens, daemon adsiduus. En este punto estaban, digamos, al corriente de las cosas más increíbles.145

En virtud de su acusada tendencia dualista, el Nuevo Testamento dis- tingue espíritus buenos y malos, espíritus paganos y aquellos enviados por Dios. Los demonios, que entre los griegos -contrariamente a lo que creían los judíos- eran criaturas semidivinas, están subordinados al dia- blo, mientras que el Espíritu Santo de Dios habla por boca de Jesús. Los sinópticos hablan con relativa frecuencia de exorcismos, espíritus impu- ros y demonios, designaciones que usan como intercambiables.'46

Según algunos escritos del Nuevo Testamento Dios «precipitó en el Tártaro» a los demonios, a los ángeles caídos «los entregó a las prisiones tenebrosas reservándolos para el juicio» (2. Pe. 2, 4), tal como hizo con Sodoma y Gomorra a causa de su fornicación «contra natura [...] sufren la pena del fuego perdurable» (Jud. 6). En otros pasajes del Nuevo Testa- mento, sin embargo, se afirma en contradicción con todo ello que los de- monios siguen activos en la Tierra hasta el día del juicio, como «espíri- tus malos de los aires» e incluso merecen la denominación de «señores del mundo» (Efe. 6, 12).147

Los evangelios no sólo atribuyen a los demonios la posesión diabóli- ca, sino, de forma ocasional, también la enfermedad. (El «espíritu de la enfermedad» es, según Jesús, el mismo «Satán»). Los malos espíritus pueden, incluso, participar del saber sobrenatural, saber de su futuro des- tino; pueden morar en una persona, pero también ser expulsados de ella. Si no es Dios quien ocupa después esa morada, el espíritu volverá con otros siete espíritus malignos. Es Jesús mismo quien enseña que un «es- píritu impuro» desea volver a la «morada» que abandonó. «Cuando entra en ella, la halla vacía, barrida y en buen orden. Al momento va y lleva consigo otros siete espíritus peores, incluso, que él mismo y entran y se aposentan en ella [...]».148

El Jesús de la Biblia se toma muy en serio la expulsión de los malos espíritus, lo que ya no resulta muy grato a los oídos de los apologetas. Pero el texto es relativamente abundante en conjuraciones de espíritus, exor- cismos, que no son, en principio, sino órdenes dirigidas a los demonios para que «salgan de personas y cosas o no les sean adversas» (Luegs).149

En la sinagoga de Cafamaúm Jesús expulsa a un «espíritu impuro» de un hombre: «¡Cállate y sal de él!». El poseso se retuerce espasmódica- mente y finalmente el «espíritu impuro» sale «dando un fuerte grito». El pueblo se asombra: «¡También manda a los espíritus impuros y éstos le obedecen!». No es de admirar que aquella misma tarde «le llevaran a to- dos los enfermos y endemoniados». Marcos relata que «echó muchos de- monios y a éstos no les permitía hablar». Poco después cuenta Marcos que Jesús recorrió «toda Galilea y echaba a los demonios». También curó a la hija de una mujer cananea «horriblemente atormentada por un espíri- tu maligno» y a numerosas mujeres de su entorno personal, a Juana, a Susana y a «muchas otras». De María Magdalena había expulsado hasta siete demonios.150

Jesús cura a los endemoniados, a los lunáticos y a los epilépticos. A veces expulsa los «malos espíritus» tan sólo mediante «la palabra», a ve- ces por medio del «dedo de Dios». A veces se retiran calladamente, pero es más frecuente que «den gritos» y no olvidan lanzar éste: «Tú eres el Hijo de Dios». Cuando en cierta ocasión libera a un poseso mudo de un «espíritu maligno» y el pasmo de la gente es tan enorme como en simila- res ocasiones, los fariseos opinan que «expulsa a los espíritus en alianza con el príncipe de los malos espíritus». Jesús, ciertamente, afirma expul- sarlos «con el espíritu de Dios».151

La muestra más brillante de este arte supremo de conjurar a los dia- blos la constituye a buen seguro la curación de dos endemoniados en el país de los gadarenos (que, probablemente, quiere decir «gerguesenos»). Aquéllos, literalmente, pobres diablos, «salieron de los sepulcros y eran sobremanera furiosos» estando poseídos por toda una «legión» de espíri- tus malignos (una legión romana tenía entonces unos 6.000 hombres).

Pero Jesús expulsó a los espíritus malignos «hacia una numerosa piara de cerdos», que pacía lejos de allí, a raíz de lo cual aquélla se lanzó por un precipicio al mar y se ahogó. Nada menos que «unos 2.000 animales», según Marcos. Los animales no significaban nada ya desde los comien- zos del cristianismo y la misma pesca milagrosa muestra diferencias cra- sas respecto a la más antigua de los pitagóricos. De ahí que este milagro evangélico no me parezca a mí tan «gracioso» como a Percy Bysshe She- Iley, quien no obstante, comenta sarcástico: «Se trataba de una cofradía de cerdos hipocondríacos y magnánimos, muy distintos de todos aque- llos de quienes tenemos tradiciones fehacientes».152

Jesús confirió a sus discípulos el mismo poder. Y a raíz de su «voca- ción» les concedió «poder sobre los espíritus impuros, de modo que tenían virtud [...] para expulsarlos». Y también con ocasión del discurso de la «misión» de los doce les ordena así: «Expulsad a los espíritus malignos [...]». Éstos fracasan en algunos intentos y se preguntan mutuamente con irritación: «¿Por qué nosotros no hemos podido expulsar este espíritu?»; pero en general aciertan: «¡Señor, hasta los espíritus malignos se nos so- metían en virtud de tu nombre!». Y a partir de ahí se alejan «dando gran- des gritos»: incluso a través de los pañuelos y el ceñidor de Pablo.153

El exorcismo constituyó una de las piezas clave

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