• No results found

Association Rules between User Categories and Tablet PC Features

5.3 Experimental Results

5.3.1 Association Rules between User Categories and Tablet PC Features

Yūsuf ibn Tāšufīn: (1090)-1106 ‘Ali ibn Yūsuf: 1106-1143 Tāšufīn ibn ‘Alī: 1143-1145

Únicamente la desesperada situación creada por la caída de Toledo en 1085 pudo inducir a Mu’tamid de Sevilla y a otros gobernantes de al-Andalus a llamar a España a Yūsuf ibn Tāšufīn. Para llegar a un acuerdo con él exigieron como condición el regreso de los almorávides a África tras la derrota de los cristianos; Yūsuf aceptó en principio esta condición y formuló otras por su parte. Utilizando Algeciras como base, a finales del verano de 1086 partió con sus hombres al encuentro del ejército de Alfonso VI. Los ejércitos se encontraron en Zalaca, cerca de Badajoz, y los musulmanes se apuntaron una completa victoria; los cristianos que no fueron muertos huyeron en el más completó desorden. Cumpliendo fielmente lo pactado, Yūsuf y sus hombres regresaron a África.

Aunque la victoria de Zalaca constituyó un revés para Alfonso VI, no alteró en lo fundamental la situación en España, es decir, la debilidad de los musulmanes y su incapacidad para rechazar los ataques cristianos a causa de su división interna (y tal vez

de otras razones). En particular, las regiones costeras orientales de Valencia a Lorca permanecían aún prácticamente bajo el control de Alfonso. Una guarnición castellana defendía la poderosa fortaleza de Aledo, entre Lorca y Murcia, y el dominio cristiano sobre la zona se iba afianzando. Por consiguiente, tanto los juristas mālikíes como Mu’tamid y otros príncipes apelaron nuevamente a Yūsuf ibn Tāšufīn. Por su parte, Yūsuf y sus capitanes, que habían gustado ya de las comodidades de al-Andalus, no se mostraron reacios a volver de nuevo. Por añadidura, creían que estaban impulsando la causa del Islam mediante la lucha contra sus enemigos. Así, pues, en la primavera de 1090, fuerzas almorávides desembarcaron por segunda vez en Algeciras y, junto con los contingentes de al-Andalus, pusieron cerco, bajo el mando de Yūsuf, a la fortaleza de Aledo. El sitio se prolongó durante varios meses. Cuando Alfonso VI se aproximó con un ejército de socorro,Yūsuf se retiró a Lorca; peroAlfonso, estimando que la fortaleza era por todos los conceptos indefendible, la demolió hasta la última piedra.Yūsuf había logrado así un importante objetivo.

Durante el sitio, Yūsuf se había ido formando una idea de la situación política general de España. Así pudo comprobar que en la mayoría de los minúsculos Estados el control de los asuntos públicos estaba en manos de los miembros de la aristocracia arábigo-andaluza, los cuales, aun siendo musulmanes, no estaban profundamente vinculados a la religión islámica, sino fundamentalmente interesados en la poesía, la literatura y las artes en general. Por otra parte, Yūsuf se dio cuenta de que tenía un apoyo muy considerable en el pueblo llano y en los juristas mālikíes. Si bien cabe suponer que en un principio pensó regresar de nuevo a África tras fortalecer la situación de los musulmanes españoles, ya en los últimos meses de 1090 había comprendido que esto no era factible. Las aristocracias dominantes de los minúsculos reinos y principados se hallaban enfrentadas por demasiadas querellas como para poder resistir a Alfonso. El interés general de los musulmanes exigía que Yūsuf unificara al-Andalus bajo su mando; y es probable que también le impulsaran en esta dirección sus propias ambiciones, unidas al carácter expansionista del sistema político almorávid, del cual era ya jefe supremo.

Yūsuf no perdió el tiempo en llevar a la práctica su decisión. A fines de 1090 ocupó sin lucha Granada. En marzo de 1091 se le sometió Córdoba. Poco después puso sitio a Sevilla; en septiembre la ciudad y el propio Mu’tamid caían en su poder. Varias ciudades más pequeñas pasaron también bajo su dominio. De esta forma, el sur de España quedó incorporado al imperio almorávid, que pronto extendió sus dominios hacia el Norte. Las etapas más importantes fueron la captura de Badajoz, en 1094; de Valencia, en 1102, y de Zaragoza, en 1110. El Cid había muerto en Valencia en 1099, pero su viuda logró mantener la independencia durante algún tiempo. La caída de Valencia, así como la de los otros pequeños Estados, era un índice de la gran superioridad militar de los almorávides sobre Alfonso. Pese a ello, los almorávides carecían de la fuerza necesaria para ocupar territorios que hubieran permanecido bajo el dominio efectivo de los cristianos, ya que éstos habían seguido la política de repoblar las tierras abandonadas con cristianos mozárabes procedentes de al-Andalus. Por lo demás, los almorávides fueron incapaces de reconquistar Toledo.

El poder de esta dinastía beréber no permaneció por mucho tiempo en su cenit. Los generales y los demás oficiales y soldados quedaron deslumbrados por la cultura y

el refinamiento material de al-Andalus, que sobrepasaba con mucho el de las ciudades del norte de África, y aún más el de las tierras esteparias de las que originariamente procedían. Esta admiración abrió paso, si no a una corrupción de las costumbres, sí al menos a un debilitamiento de la fibra moral. Cada uno de ellos comenzó a anteponer sus propios intereses a los generales, y los oficiales perdieron el control de sus subordinados. Se produjo una pérdida de cohesión en todo el sistema político. Las dificultades económicas se superpusieron al arrogante comportamiento de la soldadesca beréber hasta crear en sectores del pueblo llano una actitud de oposición; y esta actitud de oposición fue suficiente para producir un cambio en la suerte del régimen.

La decadencia comenzó en 1118, con la conquista de Zaragoza porAlfonso I de Aragón (el Batallador); la deslealtad de gran parte de la población contribuyó a este revés. Alfonso el Batallador realizó incursiones que penetraron profundamente en el sur del país en 1125 y en 1126, y trasladó núcleos de población mozárabe para repoblar las regiones recientemente conquistadas por los cristianos en el Norte. Alfonso VII de Castilla llevó a cabo una expedición similar hacia el Sur en 1133. Finalmente, la oposición y descontento popular, cada vez mayores, culminaron en las rebeliones de 1144 y 1145, que pusieron fin a la dominación almorávid en España.

No existe, sin embargo, acuerdo general entre los autores sobre la valoración de la España almorávid. SegúnDozy, cuya opinión ha prevalecido durante mucho tiempo, Yūsuf ibn Tāšufīn y sus generales eran semibárbaros, y los juristas mālikíes, fanáticos de mente estrecha, siendo unos y otros responsables de que el brillo y el esplendor de la cultura de al-Andalus se transformaran en tinieblas, y de que los poetas y los demás escritores se vieran privados de libertad de expresión. Aunque una serie de datos parecen confirmar esta opinión, en conjunto resulta excesivamente unilateral3; en cualquier caso, el problema es de los que requieren ulterior estudio. Por un lado, hay en juego un elemento de «lucha de clases». La clase dominante del período anterior, a la que hemos denominado aristocracia arábigo-andaluza, había perdido su poder en beneficio de la dinastía almorávid, apoyada por los juristas mālikíes y las simpatías del pueblo llano (que probablemente se encontraba en un principio más satisfecho que durante el período de los reyes de taifas). Sin embargo, nuestros conocimientos sobre la dominación almorávid proceden fundamentalmente de los miembros de la antigua clase dominante, precisamente la clase para la cual la vida se había hecho difícil. Y, aunque los poetas mundanos apenas pudieron encontrar protectores, sabemos hoy que las artes decorativas tuvieron un período de florecimiento, así como las formas populares de poesía y de canción.

Por otra parte, parece que fue precisamente durante el período almorávid cuando los musulmanes españoles tomaron conciencia por primera vez del carácter específico de su religión y de su comunidad religiosa. Hasta aquel momento, el Islam había sido en España muy a menudo, y quizá casi siempre, una religión formal y oficial, aceptada como algo natural pero sin ardiente entusiasmo. Por aquel entonces, sin embargo, se convirtió para muchos en una cuestión de profunda convicción interna. A esta acentuación del carácter religioso del Islam se debió sin duda el que los juristas mālikíes

hicieran la vida difícil a los judíos y a los cristianos. Esta nueva conciencia del Islam quizá fuera en parte una respuesta a la creciente conciencia de sí mismos de los cristianos. La oposición a la poesía y a la literatura pudo obedecer también al hecho de

que fueran profanas y españolas y no suficientemente islámicas. Las aristocracias cristianas y la aristocracia arábigo-andaluza compartían un ámbito cultural común muy extenso; prueba de ello es la gran facilidad con que los musulmanes aceptaron seguir viviendo en las ciudades en las que habían vivido (con garantías legales) después de que cayeran en poder de los cristianos.

Tras el final del poder almorávid en España en 1145, se produjo un periodo de gran confusión, al que puso termino la conquista de al-Andalus por los almohades hacia 1170. A veces se denomina a esta época de confusión como «segundo período de los reyes de taifas», pero el nombre no es en absoluto adecuado. Se produjo efectivamente una cierta ruptura en pequeños Estados gobernados por régulos, pero éstos no eran iguales a las banderías (tawaif) surgidas tras el derrumbamiento del califato Omeya. Asimismo, después de 1145, algunos de los gobernantes de los pequeños Estados reconocieron la soberanía de los almohades, y otros la de diversos reyes cristianos. Bástenos con indicar para los fines de nuestro estudio que el período almohade comienza en 1145, con su primera intervención en los asuntos de al-Andalus.

Related documents