Aunque el derrumbamiento del califato ocupa un lugar central en la historia de la España islámica, las razones que lo explican no han sido totalmente esclarecidas. Por consiguiente, nuestras hipótesis tienen, una vez más, un carácter provisional.
El hecho inmediatamente evidente que subyace al derrumbamiento es lo que se ha denominado «particularismo», tanto local como racial. Las dificultades de comunicación, debidas a las cadenas montañosas, probablemente fomentaban las tendencias de cada región a convertirse en una unidad política independiente. El poder efectivo estaba en manos del gobernante local, y únicamente un gran derroche de energías por parte del gobierno central podía mantener en jaque a estos gobernantes locales. Asimismo, aproximadamente desde mediados del siglo X, la mezcla de razas se fue convirtiendo cada vez más en un problema. Es posible que para aquel entonces los elementos extranjeros que entraron en la Península en el siglo VIII hubieran sido ya en gran medida asimilados. Incluso aunque el entrelazamiento físico no fuera muy acentuado, parece haber existido una cierta homogeneidad cultural. En el siglo X, sin embargo, se convirtió en una práctica normal la importación de gran número de esclavos del norte y del este de Europa, llamados ṣaqāliba o eslavos, para servir como soldados u ocupar cargos en la administración. Su jefe llegó a alcanzar una considerable influencia. Por otra parte, Almanzor, en su escalada hacia el poder, había traído de África nuevos contingentes de beréberes, cuyas actitudes eran distintas de las de los beréberes establecidos en la Península desde hacía tiempo. Todos estos hechos eran síntomas de una agudización de las divisiones raciales.
Aunque ese estado de cosas está bastante claro, no resulta ya tan evidente la causa de que la unidad fuera tan difícil de mantener a principios del siglo XI. Incluso aunque algunos de los que trataron de restablecer el gobierno central fueran incompetentes, es indudable que no era ésta la tónica general. ¿Se había producido entonces un cambio en el carácter de las gentes? Sabemos que la riqueza había aumentado mucho bajo Abd al-Raḥmān III, y es posible que el grueso de la población hubiera adoptado una concepción tan estrechamente materialista que fueran ya muy pocos los capaces de realizar los sacrificios que requería la unidad. Esta actitud materialista de los dirigentes o de sus partidarios, o de ambos a la vez, fue probablemente uno de los factores que condujeron al derrumbamiento.
Si tenemos en cuenta las analogías con la situación de Bagdad, puede sugerirse otra línea de explicación. En Bagdad el poder se había ido escapando de entre las manos del califa para pasar finalmente en el 945 a una familia de jefes militares; pero ni éstos ni sus sucesores lograron mantener el control de todo el territorio del califato. Aunque el derrumbamiento en Bagdad nunca llegó a ser tan completo como en al-Andalus y fue seguido además de un resurgimiento parcial, tanto la «dictadura»‘āmirí como la falta de
unidad en al-Andalus tienen precedentes comparables en Bagdad. ¿Existía, entonces, algún fallo fundamental en la civilización islámica o en toda la estructura medieval de la sociedad? Hay dos aspectos que parecen revestir especial importancia: la incapacidad para adaptar las ideas islámicas a los problemas contemporáneos y la ausencia de una clase media sólidamente asentada, interesada en mantener un gobierno central efectivo.
Con respecto al primero de estos puntos debe observarse que el Islam, pese a su fama de religión política, nunca ha dado frutos muy señalados en el campo de las ideas políticas2. Las cosas marcharon bastante bien durante la vida de Mahoma porque éste supo adaptar las ideas e instituciones existentes a las necesidades de su comunidad, cada vez más amplia. Pero tanto Mahoma como sus inmediatos seguidores se limitaron prácticamente a seguir las concepciones políticas de las tribus árabes. Tales concepciones se mostraron susceptibles de desarrollo eficaz en uno o dos campos, a saber: en la consideración de la comunidad de los musulmanes como algo incomparable a una tribu, y de las comunidades de no musulmanes como tribus subordinadas. Pero estas ideas por sí solas eran insuficientes para un gran imperio, que inevitablemente tuvo que adoptar las ideas persas sobre el arte de gobernar, a título de ensayo, bajo los Omeyas de Damasco y ya sin reservas con los‘Abbāsíes.
Algunas de estas ideas penetraron también en España. En el caso de España lo más notable fue, sin embargo, como ya hemos señalado, la aceptación de algunas de las concepciones feudales de Europa occidental. Los gobernantes musulmanes que se mostraron dispuestos a tener bajo su soberanía a príncipes cristianos (dejándoles, sin embargo, autonomía local) ¿pensaban que estaban actuando según el modelo dictado por Mahoma para el tratamiento de las comunidades subordinadas, sin reparar en las diferencias existentes, o bien, conscientes de estas diferencias, decidieron ¾acertadamente¾ seguir las prácticas locales? Caso de que esta última alternativa se aproxime más a la verdad, ¿tal vez la religión islámica fue menos eficaz que la cristiana a la hora de respaldar la relación de un vasallo con su señor feudal (aun teniendo en cuenta que la cristiana distaba mucho de ser perfecta)? Dado que las ideas políticas que guiaban a los musulmanes no estaban estrechamente vinculadas con las ideas básicas del Islam como religión, la actividad política apenas tenía una sanción religiosa y los hombres tendían, por tanto, a seguir el interés propio o la raison d'état. En otras palabras, la principal preocupación de todo régimen vino a ser su propio mantenimiento, y no el bienestar de los gobernados.
Las consideraciones sobre las ideas de tipo feudal son especialmente pertinentes al estudiar las causas de que los musulmanes no sólo no lograran extender su dominio sobre la Península Ibérica, sino que ni siquiera consiguieron mantener el que ya poseían. Pero también afectan a otros aspectos del problema, tales como el de la política militar. La razón de la llegada de nuevos inmigrantes beréberes y eslavos fue la necesidad de mantener a raya a los príncipes cristianos y de extenderse por el norte de África. Pero ¿era una política auténticamente islámica, tendente al mantenimiento de un organismo político en el cual los hombres pudieran adorar libremente a Dios y prepararse para afrontar el Juicio Final? Los gobernantes de al-Andalus hablaban, desde luego, de la guerra santa; pero ¿significaba esto algo más que una mera fórmula para elevar la moral de sus tropas? Las relaciones entre la política y la religión no constituyen nunca un asunto sencillo. La política tiene su propia autonomía, y las actividades políticas han de
guiarse por consideraciones políticas. Sin embargo, en el mundo islámico se llevó a cabo en ocasiones una política totalmente enmarcada en un sistema de ideas religiosas; y ello sucedió en algunos de los períodos de mayor esplendor. Pero por lo general, y también en el caso de al-Andalus, la política desbordó el marco religioso, y cabe preguntarse en qué medida influyó esto en los fracasos políticos.
El segundo punto a examinar es la ausencia de una clase media interesada en el mantenimiento de un gobierno central fuerte, y también en este aspecto tienen importancia algunos de los problemas que acabamos de mencionar. La cuestión de la estructura de clases en el Oriente medieval es bastante compleja. A rasgos generales, parecen existir dos clases: una superior y otra inferior. Esta última se componía del proletariado urbano y rural; la primera, de los gobernantes, los funcionarios civiles y otros administradores, los propietarios agrícolas (que a menudo eran también administradores) y quizá los grandes comerciantes. Los intelectuales, cuyos principales representantes eran los juristassunníes, se mantenían aparte, aunque en una situación de considerable dependencia y subordinación respecto a los gobernantes. En la medida en que los intelectuales realizaron su función de salvaguardar la base intelectual del Islam ejercieron cierta influencia sobre el proletariado urbano. Por lo demás, sólo la clase superior era políticamente activa e influyente.
Parece, sin embargo, que el efecto que sobre la clase superior produjo el enriquecimiento creciente del país (tanto en al-Andalus como en el Irak) fue acentuar la división en grupos o camarillas, cada uno de los cuales trataba de mejorar su posición material en detrimento de los demás grupos. En toda la historia islámica fueron contados los casos en que la clase superior halló su motivación principal en las ideas religiosas; y en al-Andalus, a fines del siglo X, las motivaciones no religiosas eran indudablemente fuertes. Mientras que los que se hallaban en el poder estaban dispuestos a utilizar ideas religiosas, tales como la guerra santa, para espolear al proletariado a la realización de mayores esfuerzos, probablemente otros miembros de la clase superior reconocieron esta explotación en sus términos reales. Seguramente las camarillas rivales pensaron que la política militar expansionista de los ‘āmiríes se proponía aumentar el poder y la gloria de éstos más que mantener en jaque a los príncipes cristianos. En tales circunstancias era poco probable que la clase superior apoyara esta política, y tal actitud podía, en parte, extenderse al resto de la sociedad. En todo caso, las comodidades cada vez mayores debieron crear en muchos hombres un estado de ánimo poco propenso a las privaciones y riesgos de las campañas militares.
En la raíz de algunas de las dificultades inherentes a esta situación se encontraba la incapacidad para crear una concepción de base religiosa acerca de la función de la clase superior en la comunidad musulmana. Existía una cierta idea sobre la posición especial del imām o dirigente, pero en teoría nadie se interponía entre aquél y el musulmán corriente. La consecuencia práctica era que las relaciones entre el califa y la clase superior estaban guiadas no por ninguna idea religiosa, sino por el mero interés. Nada podía estimular en los miembros de la clase superior una lealtad al gobierno central como principio estructural de la comunidad. Cuando se oponían a los gobernantes, lo hacían únicamente por interés propio, con la esperanza de aumentar su propia participación en el poder. Los miembros más pudientes del proletariado carecían asimismo de razones para tratar de conservar la estructura de la sociedad. Aunque
ciertamente las ideas religiosas podían movilizar a las masas a vigorosas acciones, tales como la oposición a innovaciones heréticas, sin embargo, esas ideas apenas tenían relación con las circunstancias contemporáneas, y su aplicación a estas circunstancias era meramente oportunista.
Es también posible que, en al-Andalus existiera en realidad un respeto casišī’í, oculto por un exteriorsunní, hacia la persona delimām legítimo. Esto guardaba relación con la actitud de los pueblos norteafricanos. Que este factor era importante se desprende de las informaciones sobre la consternación que causó en muchas gentes la autodesignación del hijo menor deAlmanzor (que, desde luego, no era en absoluto de la sangre de la familia del Profeta) como heredero del califato.
Estos son, pues, algunos de los factores de la situación de al-Andalus en la época inmediatamente anterior al derrumbamiento del califato y del gobierno central. Antes de hacer una valoración definitiva de los mismos serán precisas investigaciones mucho más amplias.