III. System Design
4.2 System Under Test
4.2.1 Assumptions
Para entender cómo se da el manejo de las identidades y las distintas formas de adquirirlas en una cultura determinada, es necesario primero, indagar en la palabra identidad y conocer sus significados y la manera en que ésta se construye e influye en la personalidad del individuo y
sus formas de comportamiento. Según Giménez:
“La identidad supone, por definición, el punto de vista subjetivo de los actores sociales sobre su unidad y sus fronteras simbólicas; sobre su relativa persistencia en el tiempo; y sobre su ubicación en el ‘mundo’, es decir, en el espacio social” (1990:2). Esto indica que el campus o espacio social determinan la construcción de la identidad de sus integrantes a partir de los aprendizajes que vive dentro de su cultura. Es en el espacio social donde se construye la identidad y se reafirma por medio de la convivencia entre pares. Es donde se delimitan los roles masculino y femenino con sus múltiples acepciones y características que distinguen a cada uno de los sexos.
Es así que se entiende a “(…) la identidad como el conjunto de elementos materiales y simbólicos que permiten a los individuos reconocerse como miembros de un grupo o clase ” (Montesinos, 2002:13). El género es un factor
determinante de la identidad, pero va acompañado de una serie de códigos lingüísticos y metalingüísticos que caracterizan a cada uno de los actores sociales y les permite reconocerse como parte de un grupo y fortalecer su identidad colectiva dentro del mismo.
La necesidad de ser parte de un grupo es una característica con la que cuentan gran parte de los seres humanos. Desde el momento del nacimiento, los individuos se ven rodeados de un grupo de personas que, en su mayoría, componen la primera instancia de socialización: la familia. Es este primer espacio de convivencia o socialización, los individuos aprenden la manera de comunicarse y comportarse para después seguir en las siguientes etapas: la escuela y el mercado de trabajo. En este trayecto del ciclo de vida de los individuos, sus experiencias en diferentes espacios en los que interactúa, representa la posibilidad de retroalimentación social de la cultura.
Todos estos aprendizajes, que preparan al ser humano a convivir en sociedad también lo van dotando de características que lo ayudarán a definir sus distintas identidades a lo largo de ciclo de vida y es posible que bajo su criterio quede la manera de utilizar o portar sus identidades frente a los miembros de su mismo grupo social.
“La identidad del sujeto es (…) una identidad ella misma protéica, hecha de muchas identidades divergentes, a veces en conflicto entre sí – entre las que elige y a las que combina en sus metamorfosis -, que lo reclaman según las circunstancias y que sólo al unificarse en torno a una de ellas ‘en última instancia’ dotan de una integridad a su metamorfosis” (Echeverría, 2001:173). Es así como cada individuo hace uso de sus identidades dependiendo de las situaciones en las que se encuentra. Si bien es cierto, en las relaciones de género, por ejemplo, las identidades adoptadas por el género masculino y el femenino se modifican constantemente dependiendo del lugar donde se encuentren o la circunstancia que estén viviendo en ese momento. Una mujer no actúa de la misma manera frente a su esposo que frente a sus amigas, compañeras de trabajo o alguien desconocido. En el momento en que se desarrolle frente a cada uno de ellos, echará mano de las identidades que porta y hará uso de la que más le convenga en el momento, es por ello que Echeverría refiere a estos cambios de identidad como una metamorfosis en la cual, la identidad se verá dotada de diversas transformaciones y cambios determinados por su uso y reafirmación en cada individuo.
individuos aprenden en su proceso de socialización la máscara que deben emplear para cada puesta en escena. Lo que nos permite reconocer la parte consciente del individuo le da capacidad para discernir o elegir.
Ahora bien, he referido a la personalidad como el conjunto de identidades que componen una identidad individual. Por ejemplo, si hablamos del género, un hombre o mujer, construye su identidad de género a partir del sexo con el que nació. Este punto puede causar diversas interpretaciones porque muchas veces el género difiere del sexo. En este escrito entenderemos al sexo como parte constitutiva de la biología del ser humano, no se entrará en discusión sobre las modificaciones que hombres y mujeres hacen de manera voluntaria, o en ocasiones involuntaria, sobre el cambio de sexo o género. Trataremos el tema bajo el entendido de mujer-femenina y hombre-masculino. Una mujer es mujer desde que nace hasta que muere, pero esta identidad “única”, se irá modificando con el paso del tiempo; la identidad de niña no será la misma que la identidad de adolescente o la de mujer adulta. A pesar de que no deja de identificarse como mujer, esta identidad irá viviendo transformaciones influida por el aspecto temporal que vive cada individuo, a su ciclo de vida, por tanto, a lo que espera la sociedad en cada etapa de vida de hombres y mujeres.
Requerimos considerar, entonces, la variable tiempo en la construcción de las identidades, pues esta determinará y dotará de cambios significativos las vivencias y experiencias con las que se desarrolla cada individuo. Esto quiere decir, que no sólo se cuenta con múltiples identidades sino que, además, cada una de las identidades no es estática, se modifica con el paso del tiempo y con los cambios que vive cada uno de los seres humanos. Ésta es la esencia de la cultura.
Otro ejemplo pertinente para identificar los cambios de una identidad es el aspecto educativo, tema de fundamental interés para esta investigación. Una mujer que ha cumplido sólo con educación primaria desarrollará una identidad que la asemeja con personas que han tenido la misma educación que ella y es capaz de convivir con otras personas, pero difícilmente sentirá identificación con quien ha desarrollado una identidad en un grado de estudios superior como puede ser la universidad. La mujer universitaria desarrollará su personalidad a partir de lo que ha aprendido en este nivel educativo y tendrá mayor reconocimiento social que la que apenas tiene educación primaria. En todo caso, la
calificación institucional de las personas propicia que los individuos cuenten con un nuevo status quo. Que el individuo incorpore a su persona otro elemento distintivo de su identidad.
En palabras de Bourdieu, a mayor capital cultural, mayor posibilidad de obtener capital económico y, por tanto, mayor capital social. Es decir, quien desarrolla una identidad dentro de un grado mayor de estudios ha pasado por identidades relacionadas a menores grados de estudio, ya sea la primaria, secundaria, bachillerato o carrera técnica pero la ha ido modificando o, en este caso, acrecentando su capital cultural y, por tanto, modificando su identidad a partir de la adquisición de nuevos conocimientos que lo dotarán de estatus y reconocimiento social, mismo que, en parte, serán determinado por la clase social.
Esto quiere decir que la identidad está determinada no sólo por el aspecto temporal sino por componentes diversos, como es la educación, el trabajo, el ingreso económico, las relaciones sociales, clase social, etc., que de una u otra forma logran que cada identidad constitutiva de los individuos está sujeta a transformaciones constantes a lo largo de su vida y éstas, en conjunto, componen un aspecto que distingue a cada uno de ellos: su personalidad. “La construcción de la identidad es, como señala Giménez: esencialmente distintiva (es lo que me hace identificarme y/o diferenciarme de los otros); relativamente duradera (porque cambia con el tiempo, por cambiar de posición y por adaptarse al entorno) y socialmente reconocida (cuando no es reconocida por los otros carece de existencia social)” (Montesinos, 2002:56).
Entonces, se puede afirmar que la identidad o identidades se construyen y buscan su reconocimiento en los demás integrantes de la sociedad. Cada ser humano construirá sus identidades a partir de la convivencia y el reconocimiento con los otros y la reafirmará por medio de la aceptación o rechazo de la misma ante sus pares.
Es a partir del papel que juegan los símbolos que, entonces, los individuos y los grupos sociales desarrollan un sentido de dependencia, una percepción que les concede certidumbre por el solo hecho de ser parte de un grupo, clase, raza o género (Turner, 1980; Leach,l1985).
La identidad, o conjunto de identidades, es por tanto, una construcción que se desarrolla a partir de la dependencia de los individuos con su grupo social, con sus mismos
pares y, por ende, con su cultura. Representa, así aprendizajes que ha adquirido cada ser desde su infancia y que irá reforzando con el paso del tiempo en un proceso de socialización en el cual el individuo se irá mimetizando o camuflando con lo que su cultura exige para desenvolverse como parte de ella.
La identidad personal o individual, como he mencionado anteriormente, está compuesta por una variedad de referentes identitarios que convergen en su persona “La identidad personal se define en primer lugar por referencia a los ancestros y a los padres; el individuo de una tribu se designa en primer lugar como “hijo de” y después por un nombre que puede ser de un pariente un patriarca, un profeta….Nuestra identidad no se fija separándose, sino por el contrario incluyendo los ascendentes y pertenencias” (Morin, 2003: 93).
Las identidades no se crean por sí solas, se van formando mientras se conoce más sobre la cultura y sobre quienes forman parte de la misma. En este sentido, se podría decir que las identidades se construyen porque se aprenden. Cada individuo crea sus identidades a partir de lo que ve y aprende de las generaciones anteriores, y de la interacción con sus pares, imitando patrones de comportamiento y formas de comunicación que reforzará mientras se educa en diferentes espacios sociales y, en general, en el contexto de su propia cultura e
intercambio con otras.
A esta multiplicidad de personalidades se añade, en nuestra civilización, la multiplicidad de roles sociales, y en ocasiones ambos interfieren. Adoptamos roles sociales diferentes en el hogar, en la familia, en el amor, en el trabajo, con nuestros superiores, con nuestros inferiores, con nuestros amigos. Así el funcionarillo sometido ante su jefe, será un tirano doméstico arrogante, y el jefecillo odioso en la oficina no replicará ante su mujer. Los roles sociales son personalidades estereotipadas… (Morin, 2003: 99)
La cita anterior explica claramente cómo se echa mano de las múltiples identidades con las que cuenta cada individuo para desenvolverse ante los demás. El ser humano es una especie de camaleón que se camufla ante los demás y dependiendo de la situación en la que se encuentre, pues la cultura lo dota de múltiples enseñanzas que lo prepararán para comportarse y desenvolverse en diversas situaciones, tiempos y espacios determinados.
Es por ello que no se puede hablar de identidades estáticas. Las identidades son subjetivas y, al igual que la cultura, se encuentran en constante cambio: “(…) las identidades subjetivas son procesos de diferenciación y distinción, que requieren la eliminación de ambigüedades y de elementos opuestos con el fin de asegurar (y crear la ilusión de) coherencia y comprensión común” (Scott, 1996:283).
A pesar de que las identidades no son siempre iguales, están desarrolladas de tal forma que cada una servirá para un fin determinado que asegura el desarrollo de las sociedades: la comunicación. Si esto es cierto, las identidades adquieren su significación a través de la interacción con el otro. Es con el intercambio que posibilita la comunicación que se hace posible la consolidación de una identidad(es), o de redefinirse según sea el curso cultural de su comunidad. Donde el cambio social imponga a los individuos la resignificación de su identidad, en este caso, genérica.
Ahora bien, una de las identidades que es tema fundamental de este trabajo de investigación es la identidad de género. Intentaré explicar cómo es que la identidad de género se ha constituido como un componente que no sólo dota de diferencias a hombres y mujeres, sino que también delimita las relaciones de poder entre ambos.
Así “(…) la identidad de género se define, en primer lugar, en el contexto de las relaciones sociales, tales como clase, etnia, religión, nacionalidad, generación, trabajo, educación, etcétera. Esta articulación de las relaciones sociales es la que propicia la representación simbólica asignada a cada uno de los sexos” (Montesinos, 2002:29)
Cada identidad adquirida por el individuo estará, entonces, influida por las demás identidades. La identidad religiosa, por ejemplo, será la misma para hombre y mujeres en tanto ambos ejerzan la misma religión, pero diferirá porque cada género tiene su propio lugar dentro de la religión que la pareja profesa. Mientras un hombre puede tomar el papel de guía en una religión determinada, la mujer se encargará de servirle y reconocerle como guía. Puede
suceder el caso contrario dependiendo del contexto y de la religión que se trate. Lo mismo puede pasar con la mezcla de otras identidades como nacionalidad y género. Cada
nación determina los roles asignados para cada género y estos tendrán impacto dependiendo de las limitaciones que sean impuestas en la sociedad donde se han formado. Así, las
identidades interactúan entre ellas y tienen la capacidad de modificarse dependiendo de la influencia que pueda tener una sobre otra y del impacto que puedan generar entre ellas.
Pero se debe tener claro que la identidad genérica siempre se verá influenciada por las demás identidades y, de alguna forma, ésta influirá sobre las demás en la medida en que se dé importancia al desarrollo y reforzamiento de las identidades genéricas dentro de las demás identidades.
Para entender lo que es el género recurriré a palabras de Scott, para quien
El núcleo de la definición reposa sobre una conexión integral entre dos proposiciones: el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder. (…) Como elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos, y el género comprende cuatro elementos interrelacionados: primero, símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones, múltiples (y menudo contradictorias) (…) pero también mitos de luz y oscuridad, de purificación y contaminación, inocencia y corrupción. (…) Esos conceptos se expresan en doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas, que afirman categórica y unívocamente el significado de varón y mujer, masculinas y femeninas. (…) La intención de la nueva investigación histórica es romper la noción de fijeza, descubrir la naturaleza del debate o represión que conduce a la aparición de una permanencia intemporal en la representación binaria del género. Este tipo de análisis debe incluir nociones políticas y referencias a las instituciones y organizaciones sociales, tercer aspecto de las relaciones de género. (…) El cuarto aspecto del género es la identidad subjetiva (…) una descripción de la "transformación de la sexualidad biológica de los individuos a medida que son aculturados" (Scott, 1996:298-300)
Es así como en el proceso de culturización o socialización se van definiendo las características de la identidad de cada uno de los géneros y se van delimitando sus acciones y formas de comportamiento ante los demás, pues cada cultura impondrá a los individuos las características del rol que les ha tocado ejercer dentro de ella. “Así, la identidad de género constituye la identificación sobre la representación simbólica asignada culturalmente a cada sexo, en una sociedad y época determinada, y esta representación no es estática, pues existen diferencias en las distintas sociedades y culturas” (Montesinos, 2002:29).
En otro espacio, este autor ofrece una explicación más amplia respecto al carácter dinámico de la identidad, que desde luego puede o no acontecer en el marco del cambio
cultural a la que inevitablemente se someten todas las culturas modernas (Montesinos y Rangel, 2009).
Como indica Montesinos (2002), la definición del género dependerá de la sociedad y la cultura en donde se desarrollen los individuos. Cada uno se adaptará a las costumbres, tradiciones e ideologías que la cultura le imponga o inculque, y definirá su identidad a partir de los conocimientos adquiridos dentro del espacio social.
Por ello, es importante destacar el concepto de habitus desarrollado por Bourdieu, quien lo describe como “(…) el sistema de disposiciones que es a su vez producto de la práctica y principio, esquema o matriz generadora de prácticas, de las percepciones, apreciaciones y acciones de los agentes” (2000:25), un espacio social donde el individuo aprende y desarrolla sus percepciones/ apreciaciones y acciones dentro de un sistema determinado. Por tanto, el género forma parte de estas percepciones que cada individuo desarrolla al momento de socializar dentro de su campus.
De este modo, “El individuo va adquiriendo su identidad genérica, y por tanto, comienza a distinguirse de la otredad. Es mediante la vida cotidiana que comprende cuál es el rol que la sociedad ha asignado a los de su sexo, de tal forma que su interacción en los diferentes habitus ha de reflejar una actitud adecuada hacia su género” (Montesinos, 2002:144). La identidad de género es, entonces, una de las múltiples identidades que vive cada ser humano, pero ésta influye de manera significativa a las otras identidades, ya que serán vividas en función del género y, por supuesto, de la cultura.