Toma todo mi amor, mi amor, tómalo todo. ¿Qué tendrás, en ese instante, que no tuvieras antes?
“Soneto 40”, William Shakespeare. Publicado en 1609.
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ería absurdo negar que a veces, sin darme cuenta, sin haberlo planeado ni por un segundo, me descubro pensando en ella. Recreando sus formas, trazando en la imaginación la línea de su boca y esa dulce y perfecta curva que le
empequeñecía los ojos al sonreír. O su gesto de indiferencia, de frío y rotundo
desconocimiento, tras el cual se escondía una curiosidad infantil. O esta misma curiosidad, que al emerger hacía de ella la criatura más inocente, y más atrevida, y más adorable. El tacto de sus dedos entre mis dedos, o bien, la completa ausencia de tacto. El vacío. La distancia. O bien la cercanía. Esa calidez que lo inundaba todo cuando Amelia me inundaba…
Me descubro imaginando episodios que nunca fueron, pero que en otra vida pudieron haber sido. Y nada hay más doloroso que ver de lejos esta vida, muy de lejos, y no poder llegar a ella.
A todo esto le procede uno de dos estados: o la más profunda depresión acompañada de un pesimismo y desánimo hacia todo cuanto me rodea, o el más profundo desprecio y
resentimiento, por haberme entregado en alma y mente a quien nunca tuvo la intención de entregarme nada.
Desprecio por haber permitido que se acercara demasiado.
Desprecio por haberme acercado demasiado. Por haber creído, estúpidamente, que el amor es justo… y que no destruye.
Suele decirse que el tiempo se encarga de sanar incluso las heridas más profundas, pero lo que Amelia dejó en mí no fue una herida, no fue un rasguño…
Amelia no dejó nada, porque ella lo fue todo, y al irse me arrancó del pecho lo más cercano que tuve a la felicidad. No hay tiempo que pueda sanar ese abismo, esa desolación, esa desesperanza… El tiempo es inútil cuando se trata de llenar espacios. El tiempo nunca llena, al contrario, siempre quita. Arrebata. Y no devuelve.
- Bueno, creo que esto ya está —dice, bajando de la escalera—. Le he pasado una lechada de cal. Debería estar seca mañana, así que… ¿Jane?
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Sus cejas se arquean repentinamente en una mueca de preocupación y las pupilas se le ensanchan como si buscase ver algo en mí que es invisible a simple vista.
- ¿Te encuentras bien?
Pregunta, y solo entonces me percato de que Amelia no está solo en mis pensamientos, sino también en la expresión de mi rostro, en la poca vida que me envuelve la mirada…
En todo.
- Sí, desde luego. ¿Por qué lo preguntas? - Bueno, por un momento pareció que… - ¿Sí?
- Pareció que estabas en otro sitio.
Asiento con la cabeza levemente.
- Puede que estuviera pensando en algo —digo, no dispuesta a dar detalles. - Claro, entiendo.
Alastair coloca la llana cubierta de cal sobre el cubo de plástico que yace en el suelo, justo entre sus pies y los míos.
- Sé exactamente lo que te preocupa —añade, cuando endereza la espalda. - ¿Ah sí?
- Por supuesto —afirma, con una seriedad que resulta incompatible con su humor desenfadado—. Es Walter. Te preocupa tu hermano Walter, ¿no es verdad?
Hace poco más de un año que Alastair trabaja en el hotel. Entre la partida de Amelia y su llegada solo hay dos meses de diferencia, por lo tanto no conoce a Walter, y lo poco que sabe de él lo ha escuchado de los empleados, o de mí.
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Alastair y yo hemos establecido una gran amistad, no resultó difícil ya que nuestro carácter se presta para ello y tenemos casi la misma edad. Diría que es el único amigo que he tenido en años, y aun así hay cosas dentro de mí que no puedo ni podré compartirle nunca.
Cosas a penas y me comparto a mí misma.
- Walter. Sí.
Respondo, y la única razón por la que consigo sostenerle la mirada sin sentir vergüenza es que, una parte de mí, en efecto está preocupada Walter. Una pequeña parte de mí. La que me sobra. La que ella no ocupa.
- ¿Es lo del permiso especial?
- El supuesto permiso especial —le corrijo.
- Jane, ¿lo que te preocupa es no saber por qué vuelve a casa?
Pregunta, y una tímida sonrisa de incredulidad se le escapa entre los labios.
- ¿Te parece poco?
- No, no me lo parece. Pero creo que deberías reestablecer tus prioridades. - ¿A qué te refieres?
- Bueno, la vida no es como en tus libros. Pasan cosas que no tienen sentido, que quizás nadie se tome la molestia de explicarte nunca. Pero pasan. ¿No es eso más importante? ¿Que pasen?
Guardo silencio, y él aprovecha para limpiarse las manos llenas de cal humedecida contra el overol de trabajo.
- Todo tiene una moraleja, Jane —continúa, luego de un rato—. Solo falta saber encontrarla. Y recuerda…
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- … que siempre se llega a algún lado si se camina lo suficiente.
- ¿Has leído Alicia en el País de las Maravillas? —le pregunto, esbozando una sonrisa de oreja a oreja.
- No eres la única que lee libros —responde, radiante—. Creo que pocas veces alguien puede ser el único en algo, el problema es que siempre lo parece. Siempre parece estar tan solo…
Mi diario consta de ochenta páginas. Setenta y siete de ellas hablan de Amelia y en las tres restantes se repite la misma pregunta, trazada de un lado a otro, en caligrafía temblorosa y forzada:
¿Cuándo dejará de doler?
Y ni en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera página he escrito respuesta alguna, porque no creo que deje de doler nunca. Y, de cierto modo, está bien.
Dilo, dilo otra vez, y repite de nuevo que me quieres…
¿No es curioso que esas palabras las haya escrito la señora Barret Browning?
¿No es curioso que al leerlas no sea mi voz sino la de Amelia quien las pronuncia en mi cabeza, suplicando?
¿No es curioso que para mí aun no haya terminado? ¿No es curioso que duela tanto algo que nunca empezó?
Y como reconozco en mí ese quiebre que se ha vuelto tan habitual, concluiré ya este capítulo porque no quiero ser redundante en mi sufrimiento. No quiero detallar para ustedes cuánto, y cómo, y de qué manera estoy muriendo lentamente mientras escribo esto.
No quiero mojar el folio y que la tinta se corra. Tendría que volver a empezar. Y ya no sé si pueda.