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2.2 Theoretical models and numerical methods

2.2.1 Theoretical models

Y te amaré hasta que se agote el ancho mar, mi amor. Hasta que el mar se agote y funda

las rocas bajo el sol. Mientras la arena de la vida

se deslice veloz…

“Una rosa, rosa roja”, Robert Burns. Publicado en 1919

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-

A

Y juro sobre cada gota de tinta derramada a lo largo de estas páginas que deseo, más que nada, decir su nombre, pero es tan fuerte la impresión que me causa tenerla frente a frente y tan débil la resistencia de mi corazón, que no puedo sino perder por completo la voz con la primera sílaba pronunciada.

Amelia se pone de pie, y al hacerlo un rayo de luz proveniente de los faroles de la calle y apenas filtrado entre las cortinas cae directo sobre ella, iluminándole el rostro y la mitad del cuerpo. Su cabello recae suavemente sobre su pecho, y es aún más largo que la última vez, y aún más ondulado que la última vez. Todo en ella se me muestra más elevado, más majestuoso, y sin embargo hay algo que ha permanecido intacto y es con ese algo que me mira fijamente, sin desafiarme, sin esperar nada de mí. Solo me mira. Y yo a ella.

Durante los instantes que le siguen a esto, debo aferrar incluso más la mano al hombro del sofá por miedo a que mis rodillas no soporten lo que mi pecho apenas y puede contener. Por miedo a que el velo azul de sus ojos me envuelva, arrastrándome a sus pies como arrastra el viento las hojas secas de los acres. Y confieso que deseo ser arrastrada… cómo lo deseo…

- Espero sepa disculparme si la asusté.

Finalmente, habla.

- No era mi intención. Aunque admito que tampoco deseaba ser vista… al menos no hasta saber qué decir.

Hace una pausa, probablemente esperando mi intervención, pero no la consigue y continúa:

- Señorita Jane, seguramente piense que tengo muchas cosas que decirle, y en efecto las tengo, pero… pero estando tan cerca de usted…

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Vuelve a guardar silencio. No obtiene reacción alguna de mi parte, pero se atreve a dar dos pasos hacia adelante, situándose su figura a poco más de un metro de la mía.

- ¿Le ha gustado —pregunta— el poemario de autores ingleses?

Su interrogante me toma por sorpresa, pero no me cuesta asimilarla ni entender su significado, como tampoco me cuesta deducir con qué propósito la ha formulado.

Veo en su mirada la intención de no solo obtener una respuesta, sino también de establecer, en base a dicha respuesta, qué tanto puede decir y qué tanto debe callar.

- ¿Ha sido usted? —pregunto, haciendo hasta lo imposible por guardar la compostura. - He sido yo —responde.

- Asumo que el señor Crowley no estuvo en Gales —añado. - No. Me temo que no estuvo —contesta.

Hundo los dedos de mi mano libre entre los pliegues del vestido buscando vencer la ansiedad que me sugiere cometer una imprudencia. Y si bien no sé cuánto funcione para tales fines, resulta darme valor suficiente para continuar:

- ¿Cuál era su intención al enviarme ese libro, señorita…?

Y por un momento dudo sobre la manera más apropiada de concluir aquella frase, y termino reformulándola:

- ¿Cuál era su intención al enviarme ese libro, Su Alteza Serenísima? - No tiene por qué llamarme así.

- Disculpe, pero no creo tener derecho a llamarla de otra manera. Al menos que prefiera ser reconocida por su título de Condesa y no por…

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Interrumpe, dando otros dos pasos hacia adelante.

- Mi madre me llamaba Ela. Y usted también puede hacerlo.

En ese momento, justo cuando sus palabras alcanzan mis oídos, justo cuando logro

comprender su magnitud, me invade la convicción de ser una de las personas más ciegas y estúpidas sobre la tierra. ¿Cómo es que la había tildado así, tan fácilmente, de mentirosa? ¿De falsa? ¿Qué otra cosa no vi más allá de su mirada esquiva? ¿Qué otra cosa no escuché más allá de su silencio?

¿Puede ser, acaso, que Amelia me haya confiado todo sin hacérmelo saber? ¿Puede ser que durante aquellos días fuera yo la única que ocultaba algo descaradamente? ¿La única mentirosa, y falsa?

- Señorita Jane, seré breve porque no creo que su padre tarde mucho más en descubrir que el señor Crowley esconde algo.

- ¿Ha sido usted quien…?

- Debía encontrar la forma de estar a solas con usted, porque lo que tengo que decirle…

No completa la frase, y aunque una de sus piernas tiembla como si tuviese la intención de acercarse aún más, al final permanece en su sitio.

- Nunca tuve demasiadas libertades —dice, tornándose su voz más firme aunque ciertamente apagada—. He crecido siendo el último recurso de todos. Lo único que le quedó a mi padre luego de la muerte de mi madre; lo único que le quedó a mi abuela, su única nieta, y la única sobrina de mi tío. No es difícil entender por qué siempre viví al margen de la vida misma tomando en cuenta que fue así como me enseñaron a vivir. Temerosa. Cuidadosa. Porque pobre de ellos si me ocurriera algo, pues ya no les quedaría nada. Crecí temiendo a la enfermedad, al exterior, al

servilismo del mundo… Incluso al servilismo, porque garantizaba proximidad, y de todas las cosas, nada me aterraba tanto como la proximidad… el contacto físico…

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Y de aquello puedo dar buena cuenta, pues llegué a vivir en carne propia su miedo a la cercanía.

- Cuando el señor Crowley me trajo aquí, admito que no me lo tomé de la mejor manera. No soportaba la idea de estar en un lugar desconocido, rodeada de

desconocidos, y como estaba convencida de que mi identidad solo causaría revuelo preferí ocultarla… pero debe saber… Señorita Jane, debe saber que estando a su lado me sentí yo más que en toda mi vida. Debe saber que nunca le mentí, al

contrario, no existe ni existirá jamás quien despierte en mí tal grado de confianza, y a usted le confiaría mis peores miedos como le confiaría todo lo mío.

Aprieta los puños mientras una bocanada de aire se le escapa entre los labios como un suspiro extenuado; como el suspiro de quien ya no volverá a suspirar.

De pronto, da uno… dos… cuatro pasos largos, y su cuerpo y mi cuerpo quedan tan

próximos el uno al otro que puedo sentir su calor sofocándome. A la altura de mis ojos, los suyos; a la altura de mi boca, su boca; y nunca fue tan excitante aquella igualdad como lo es ahora. Nunca sentí esta pasión descomunal, este impulso ardiente por romper la delgada línea del espacio ajeno.

- Lo que intento decir es que usted es, para mí, como el más bello y eterno amanecer, y que al apartarme de su lado he vivido en la más horrenda e insoportable

oscuridad… Y entenderé que sus sentimientos hayan cambiado, y aceptaré que yo ya no sea motivo de su agitación ni de su afecto, pero he venido hasta aquí para decirle que fui una niña tonta y cobarde, y que sin importar cuánto me haya alejado de usted para intentar olvidarla, la he visto cada día, a cada segundo, porque se ha adueñado de mi alma, y ahora ya es parte de mí.

La mano se me desliza sobre el hombro del sofá hasta caer chocando mi cadera, y me sorprende que al soltarme consiga mantenerme en pie. Aunque no son mis piernas lo que me sostienen, sino su presencia, y sus palabras.

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- Entiendo que esto va en contra de todo lo que nos han enseñado, y debe creerme cuando le digo que no es mi intención perturbar su calma, yo solo…

Inclina la cabeza como si buscara claridad para sí misma en la capa negra con que la noche ha cubierto el suelo, pero al verse incapaz de distinguir nada en la penumbra, vuelve a levantarla y sigue:

- No le quitaré más tiempo. Le deseo a usted, a su padre y a su hermano una vida larga y próspera.

- Es curioso que mencione a mi hermano, tomando en cuenta que solo hablamos de él una vez.

Pestañea nerviosamente.

- ¿Sabe? Walter vendrá a casa mañana gracias a que le han otorgado un permiso especial. ¿No le parece, también, algo curioso?

Sus labios se fruncen en un leve gesto de resignación antes de responder:

- Admito que tuve algo que ver en eso. Le ruego disculpe mi intromisión, pero no considero justo que una familia permanezca separada tanto tiempo. Quiero que sepa que aunque nuestros caminos estén destinados a no enlazarse, velaré por su

bienestar y el de su familia mientras tenga vida. Y si en algo pudiera servirle mi apellido, algún día, no dude en buscarme y yo moveré cielo y tierra por usted.

Todo esto sale de su boca en una declaración inusualmente atropellada para alguien tan calculador como Amelia Capel, no por errores de pronunciación sino por la prisa con que intenta deshacerse de las palabras, y entonces comprendo que aquello había estado en su mente durante mucho tiempo, y que le había robado la calma durante mucho tiempo.

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- ¿Acaso no me odia por haber ocultado lo de su padre? —pregunto, conteniendo la respiración.

- ¿Odiarla? —repite ella, con dulzura—. Yo no podría odiarla ni aunque hubiese venido al mundo para eso.

Sus pupilas destellan con incandescencia, y su mirada recorre el espacio de mi rostro de la boca a los párpados, y de los párpados a la boca.

- Entiendo que haya hecho lo que hizo, y no le guardo ni la más diminuta pizca de resentimiento. No podría hacerlo. No soy capaz, porque… porque yo la amo… - No han cambiado.

La mirada se me inunda en lágrimas tras las cuales a penas y puedo distinguir las facciones de su rostro, aunque no necesite distinguirlas porque hace mucho que se han grabado en mi mente… Aquí, debajo de mi piel...

- Sigo sintiendo lo mismo —continúo, temblándome la voz—. Y no creo que se detenga. No creo que pueda detenerse…

Mis manos se posan sobre su rostro delicadamente, una en cada mejilla, una en cada caricia, y su piel suave y blanca como la piel de la luna se funde entre mis dedos.

- Dilo.

Susurra, y sus pupilas también se humedecen, y sus manos descansan sobre las mías.

- Dilo de nuevo y repite otra vez que me quieres… - Te quiero.

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- Te quiero.

Digo de nuevo.

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Mayfair, Ciudad de Westminster, Londres Diciembre 2, 1920

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