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Hasta aquí hemos insistido sobre todo en los aspectos práxicos de la motri- cidad. Conviene que prestemos ahora atención a los aspectos más simbóli- cos, pero en el bien entendido de que unos y otros son indisociables y de que no podemos hablar de la representación del cuerpo sin referirnos a las actividades que con él se realizan y al contexto espacial y temporal en que esas actividades ocurren.

El concepto de esquema corporal se refiere a la representación que tene- mos de nuestro cuerpo, de los diferentes segmentos corporales, de sus posi- bilidades de movimiento y acción, así como de sus diversas limitaciones. Esa compleja representación se va construyendo lentamente como conse- cuencia de las experiencias que realizamos con el cuerpo y de las vivencias que de él tenemos; gracias a dicha representación, conocemos nuestro cuer- po y somos capaces de ajustar en cada momento nuestra acción motriz a nuestros propósitos (Mora y Palacios, 1990).

Imagínese el lector o la lectora en estas diversas situaciones: un amigo le dice que tiene una mancha justo debajo de la barbilla; estando sentado, se le cae el lápiz entre los pies y, sin mover la silla, trata de alcanzarlo guián-

dose por el sonido que el lápiz produjo al caer o por la visión que ha tenido de la posición del lápiz antes de agacharse; el despertador suena estridente por la mañana temprano y es imperioso apagarlo cuanto antes; quiere tirar un papel al interior de una papelera que se encuentra a una cierta distancia, y tiene que decidir sobre la marcha si acercarse a la papelera o arrojarlo desde donde se encuentra. En estas situaciones y en otras muchas semejan- tes que se podrían utilizar como ejemplos, se producen comportamientos rápidos y no meditados en respuesta a las demandas de la situación: llevar- se la mano justo debajo de la barbilla, flexionar el tronco y dirigir la mano al sitio en que el lápiz está (mientras se mantiene la mirada fija en el interlo- cutor), llevar directamente el índice al interruptor del despertador, acercarse un poco a la papelera y tirar el papel a su interior. Como resulta evidente, nos estamos aprovechando continuamente de tener una representación bien articulada de nuestro cuerpo y de sus relaciones con el entorno. Si no fuera así, la realización de nuestra actividad motora se vería continuamente en- torpecida y estaríamos de continuo envueltos en penosos ensayos y errores motrices.

¿Cómo se llega a poseer una representación del esquema corporal y de las relaraciones cuerpo-medio tan afinada y compleja? A través de un largo proceso de ensayos y errores, de ajuste progresivo de la acción del cuerpo a los estímulos del medio y a los propósitos de la acción; un proceso en el que la imagen corporal inicial, embrionaria y poco precisa, se va ajustando y afinando en función de las experiencias por las que se va pasando. Lo que esto significa es, entre otras cosas, que el esquema corporal no es asunto de todo o nada, sino una construcción progresiva en la que nuevos elementos se van añadiendo como consecuencia de la maduración y de los aprendiza- jes que se van realizando.

Estos elementos con que se construye el esquema corporal son de distin- ta naturaleza: perceptivos, motores, cognitivos y lingüísticos. La percepción nos aporta evidencias sobre los distintos segmentos corporales, tanto los re- feridos a nuestro propio cuerpo como los referidos al cuerpo de otros; nos aporta también toda la información sobre el medio en que estamos inmer- sos y sobre el ajuste de nuestra acción a las distancias, las direcciones, etc. El movimiento nos aporta información sobre nuestras posibilidades de ac- ción, sobre el alcance y limitaciones de nuestro cuerpo y su actividad, sobre las posibilidades concretas de diferentes partes de nuestro cuerpo. El desa- rrollo cognitivo nos permite integrar todas esas informaciones en una repre- sentación coherente e integrada, dando lugar a una conciencia de sí mismo al principio más indiferenciada y sincrética, y posteriormente más afinada e individualizada, tal como se mostró al final del capítulo 3 al analizar la se- cuencia que lleva a la adquisición de la conciencia del sí mismo; lograda en torno al año y medio, a esa conciencia de sí que no es todavía otra cosa que «yo soy esta persona, diferente de las demás personas», habrán de añadírse- le aún muchos matices y perfiles concretos, parte de los cuales se relacio-

nan con la estructura del cuerpo y sus posibilidades de acción sobre el me- dio. El lenguaje, por fin, es una poderosa herramienta que ayuda a indivi- dualizar las diferentes partes del cuerpo con sus etiquetas verbales; tras las palabras (ojos, manos, dedos, codo...) se esconden conceptos que informan sobre el cuerpo y lo organizan en torno a una identidad crecientemente di- ferenciada.

En la raíz del esquema corporal se encuentran todos los elementos ante- riores más otro de gran relevancia para su construcción: la experiencia so- cial. Las manos que acarician el cuerpo del bebé, los brazos que le acunan, las palabras que le nombran las partes de su cuerpo, las peticiones que lue- go se le hacen para que se señale la cabeza, los ojos, etc., los juegos con los que se le estimula a lanzar y a coger, las interacciones delante del espejo, la incitación a la imitación, el ver con sus padres fotos o vídeos donde el niño o la niña se ven desde distintos ángulos y de espaldas, la observación de los adultos y de otros niños... todos ellos son componentes esenciales de la experiencia social que tan relevante resulta para la construcción del es- quema corporal, tal como Wallon remarcó hace ya muchos años (Wallon, 1946).

Con los mimbres anteriores se hace el cesto del esquema corporal. Si para precisar más el concepto tenemos que destacar algún componente de los citados, hemos de decir que el esquema corporal es, sobre todo, un con- junto de representaciones simbólicas. El entramado de percepciones, movi- mientos y conceptos verbales se archiva como representaciones del cuerpo en relación con el espacio circundante y en los ejes de simetría que definen al mismo cuerpo dentro de ese espacio. Un esquema corporal bien estable- cido supone conocer la imagen del propio cuerpo, saber que ese cuerpo forma parte de la identidad de uno; percibir cada parte, pero sin perder la sensación de unidad. Conocer las distintas posiciones que el cuerpo va adoptando y, finalmente, anticipar (operando con representaciones) todas las nuevas posiciones que se pueden adoptar, así como las consecuencias que estas posiciones y secuencias de movimientos pueden tener sobre el mismo cuerpo o sobre el entorno. Todo ello será preciso para llevar con éxito hasta el interior de la papelera la bola de papel que comenzábamos a arrojar unos párrafos más arriba.

Hablar de cómo entender el concepto de esquema corporal no nos debe hacer olvidar algo de suma importancia: que su construcción no se hace de una vez, sino por un proceso de mejora gradual y de integración de expe- riencias que es necesariamente lento. Durante el período 2-6 años la cons- trucción del esquema corporal está en plena elaboración: niños y niñas aumentan la calidad y discriminación perceptiva respecto a su cuerpo; enriquecen el repertorio de elementos conocidos, así como de la articula- ción entre ellos; el desarrollo de las habilidades motrices a que antes se ha hecho referencia facilita la exploración del entorno y la acción en él y sobre él. Sin embargo, una verdadera construcción del yo corporal no se da, apro-

ximadamente, hasta los 5 años, cuando los diversos elementos se articulan e integran conscientemente en el todo, el movimiento se comienza a «refle- xionar» y el proceso de lateralización proporciona referentes estables. Co- mienzan a sentirse los ejes corporales y el mundo puede organizarse con re- ferencia a la posición del cuerpo: lo que queda delante y lo que queda detrás, a la derecha y a la izquierda, arriba y debajo.

El proceso de construcción del esquema corporal culminará de los 7 a los 12 años, con la potenciación de las representaciones mentales con re- lación al espacio y al tiempo. Se integran ya plenamente sensación y mo- vimiento, el cuerpo puede ser descrito con precisión y eficacia tanto con la palabra como con el dibujo. Para llegar aquí ha sido preciso recorrer un largo camino con tres grandes etapas: la primera, de exploración de uno mismo y observación de los demás; la segunda, de toma de concien- cia del propio cuerpo y sus posibilidades y limitaciones; la tercera, de coordinación, estructuración e integración en una representación global y coherente.

5. La evolución del gesto gráfico y el desarrollo de la

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