Chapter 8. General Discussion:
8.3 Auditory Agnosia as a Deficit in the Perception of Auditory Objects:
A las madres que afrontan en soledad su destino.
Mi buena amiga:
Mis ordinarias filosofías no pasaban de la oración diaria, de las limosnas a los pobres, de la atención a los enfermos, de las renuncias a muchas cosas. Mis lecturas de cada día eran el Evangelio y algunos escritos piadosos. En ellos encontraba la luz para hacer el bien, y para vivir bien cerca de nuestro Señor Jesucristo. Las alturas y sublimidades filosóficas de Agustín, con su Hortensio o sin él, a mí me parecían como movimientos de las alas del alma que quieren subir a Dios, apoyándose en las fuerzas del amor. Mi amor a Dios caminaba por otros derroteros. Mi hijo, antes de remontar vuelo hacia Dios, precisaba muy mucho alcanzar una condición moral efectiva, purificar su corazón de las realidades terrenas y que su alma desarrollase sus alas en la más estricta virtud cristiana.
Lo que Agustín encontraba en sus libros era la sabiduría, no la religión. Y es que la sabiduría también puede elevarse por encima de las ordinarias realidades de la vida cotidiana. Y había sido esto lo que se había convertido en delirio intelectual y pasional para mi hijo, conduciéndole a una de las más grandes crisis religiosas que tuvo que atravesar para averiguar la Verdad. Leía con avidez cuanto la Filosofía había concebido sobre Dios, sobre el alma y sobre el mundo. Pero tan solo encontraba incertidumbres que lo desanimaban. Buscaba la luz, y esperaba que fuera abundante, positiva e inmutable. Pero no encontraba más que chispas, algún vislumbre y pequeños relámpagos de esa misma luz resplandeciente que tanto apetecía.
Pero los cristianos sabíamos que para saborear el Evangelio se necesitaba un espíritu humilde y un corazón puro y tranquilo. Nosotros estamos convencidos de que los espíritus orgullosos no eran dignos de comprender los misterios que se encerraban en la verdad de Jesucristo. Por eso, teníamos claro que los corazones agitados por terrenales vendavales no eran capaces de llegar a percibir esta verdad cristiana de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
Cuando, años más tarde, Agustín alcanzó su auténtica sinceridad, confesaría lo siguiente:
«Abrí la Santa Escritura y he aquí lo que vi en ella: un edificio donde no penetrarán los soberbios, con entrada baja, bóvedas inmensas y profundidades misteriosas. Pero entonces no era yo tal que pudiese entrar en tan majestuoso templo, bajando mi cerviz y acomodándome a su narración y estilo. Habituado a la palabra sonora de Cicerón, despreciaba el lenguaje sencillo de las Santas Escrituras, y mi orgullosa mirada no era
capaz de penetrar sus profundidades. Después he conocido que esta doctrina se muestra sublime y elevada a los que son humildes y pequeños; mas yo desdeñaba de ser pequeño, y en mi orgullo me figuraba muy grande».
Pero aún más. En uno de sus sermones decía a los oyentes:
«Creed a mi experiencia: yo, en la juventud, intenté leer las Sagradas Escrituras, pero la vida culpable me impedía su inteligencia; y como tenía el corazón manchado, no pude jamás penetrar en ellas».
Yo no podía menos de aplaudir estos esfuerzos de Agustín y esta sinceridad de su alma. Algunas veces me preguntaba si mi férrea permanencia en la fe cristiana se debía a mí o se debía al misterio de Dios actuando en mí. Agustín me estaba demostrando que ni el talento, ni la ciencia, ni el ingenio, ni la pasión por los estudios llegaban jamás a penetrar los conmovedores y profundos misterios de Cristo y el cristianismo. Estas cosas yo no las tenía, y, sin embargo, me mantenía impertérrita en mi fe y en mis creencias cristianas. Agustín las tenía y no era capaz de llegar a Jesucristo. Yo creo que tenía la humildad, la pureza de corazón, sobre todo el amor, y me encontraba a diario con mi Señor Jesucristo en mi oración. Él era un intelectual que pensaba mucho y bien, que hablaba bien, pero ni encontraba a Jesucristo ni, mucho menos, me lo transmitía a mí y a los otros. Yo era plebeya, con rústicos conocimientos nada más, apenas sabía explicarme en estas cosas. Pero mi vida estaba llena de Jesucristo, de su doctrina y enseñanzas, de su ejemplo y de su vida. Desde esta plenitud mía se desbordaba lo cristiano que había en mí para que todo el mundo lo viera y lo recibiera.
Me dolía en el alma esta lucha interior que vivía mi hijo. Me dolía y me temía que esta situación se iba a prolongar, pues no veía yo que su corazón fuera puro para las cosas de Dios, ni estuviera purificado de la tramoya de las cosas humanas. Mi siembra cristiana posiblemente le alejó del paganismo y de sus filosofías ridículas, pero para llegar a Jesucristo había que descubrir la cruz, aceptarla y llevarla personalmente. Nada me indicaba que esto iba a ser así en mi hijo en los próximos años, pues lo encontraba absorbido hasta el cuello en los libros, los estudios, los aplausos, los éxitos, que muy poco tenían que ver con la sencillez, la verdad y la humildad de Jesucristo.
Yo ya estaba instalada en Cartago en estas fechas que nos sitúan en el año 373. Hacía mi humilde vida de madre viuda cristiana cerca de Agustín. Puedes imaginar que sólo estas dos cosas llenaban todo el tiempo y todas mis preocupaciones. Para más dolor mío, Agustín se había encandilado con unas ideas religiosas novedosas y anticristianas que provenían de los llamados maniqueos y que se habían extendido por estos lares africanos. Le habían seducido como si se tratara de un embobamiento. Los sacerdotes de la Iglesia querían ayudarlo y protegerlo de este nuevo mal, pero él, que iba a cumplir veintidós años, no escuchaba a la Iglesia, ni a sus sacerdotes, ni a su madre. Hacía las cosas sin consultarme, se ocultaba de mí, y renunciaba públicamente a la fe de su infancia que tanto me costó sembrarla y conservarla en su corazón.
Estas cosas me ponían triste por un lado, pero por otro me encorajinaban interiormente. Vivía alerta como si estuviera viviendo los pasos de mi personal viacrucis, pues nada de lo que acontecía en relación con Agustín quería yo que se me escapase de las manos. Ya había sufrido aquel pasado despuntar de las pasiones juveniles con su triunfo personal sobre ellas. A aquella superación le había seguido una determinante debilitación de su fe cristiana, aunque había vivido algunos atisbos de recuperación al despertarse en él el amor a la verdad y el disgusto por las cosas del mundo. Casi me sentí orgullosa por estos descubrimientos, pero de inmediato comprobé su fuerte confianza en sí mismo, su desprecio por los Libros Sagrados, su desdén por la autoridad de la Iglesia. Algo que me hacía presentir nuevas catástrofes, más sufrimientos, que llegaban precisamente con esta nueva secta maniquea.
Con mucha frecuencia recibía a sus amigos en la casa donde vivíamos. Todos ellos estaban cautivados por la ternura y el afecto de Agustín, el encanto de su imaginación y su palabra incomparable. Como personas, eran una delicia, pero para mí una pena, pues todos ellos estaban imbuidos por las nuevas ideas maniqueas. Casi todos eran de Tagaste. Te los iré nombrado: Alipio, dulce y casto como nadie; Nebridio, aún en los años de su adolescencia, pero con un carácter admirable; Honorato, que se conmovía tan sólo con oír la palabra Verdad; y Romaniano, de quien sabes con cuánta generosidad nos estaba ayudando. Más o menos, estos eran entonces sus amigos y mis invitados. Te adelanto que estos iban a ser los amigos con quienes Agustín compartiría sus próximos años. Tal era su ascendiente sobre ellos que le seguirían a Roma, a Milán, a Ostia, cuando más adelante dirigió sus pasos a esas ciudades.
No me resisto a citarte las palabras de Agustín:
«Comunicación amistosa de alegres proyectos: lecturas agradables hechas en común; bromas, chistes honestos, afectuosos obsequios, disputas sin incomodarse, como las tiene uno consigo mismo, poniendo la contradicción de manifiesto la intimidad de sus almas; instrucción recíproca, impaciente anhelo por los ausentes, alegre acogida de los que volvían; dulces testimonios de afecto, que nacen de los corazones amantes, y que los labios, ojos y lengua revelan en mil movimientos llenos de ternura; y hogares diversos, que el fuego de la amistad funde, convirtiéndolos en uno solo».
A decir verdad sobran otras palabras para describir esta entrañable sintonía amistosa que embargaba la vida de todos ellos.
Una pena muy grande se apoderó de mí cuando de improviso me enteré de que Agustín había apostatado públicamente de su fe cristiana. Los familiares de Alipio y Romaniano, muy afligidos, me refirieron el hecho mismo y la tenacidad de Agustín en adentrarse más en esta funesta herejía maniquea. Esto representaba y era una caída muy gorda. Ya no tenía más lágrimas para llorar; ya no tenía más reservas para suplicar a Dios por mi alma y por el alma de Agustín; ya no tenía más tiempo disponible para acercarme a la iglesia y postrarme ante Jesucristo para rezar con la máxima intensidad de mi ser. Como si mi hijo hubiera muerto, como si yo estuviera derramando copiosas lágrimas de
madre sobre la tumba cristiana de mi hijo muerto.
Sea contigo la paz del Señor. Tu amiga,