Chapter 8. General Discussion:
8.1 Auditory Agnosia is due to Dysfunctional Processing in the Auditory Ventral Streams:
A todas las madres que rezan cuando llegan los bienes.
Mi querida amiga:
Aprendí de mis padres y de los sacerdotes el ejercicio de la limosna. Lo practiqué, en la medida de lo posible, cuando fui moza y cuando fui casada. Lo seguí practicando cuando fui viuda con mas dedicación y, en la práctica, según respondían mis posibilidades económicas.
En la limosna no todo es generosidad material, porque existe también la disposición personal. Dar de comer a los pobres, pero también curar a los enfermos, consolar a los tristes, conversar con los solitarios, ungir con aceite las llagas de los imposibilitados, enseñar a los que no saben, llenar de dulzura la vida de los que se equivocan, maldicen y pecan. Yo creía sinceramente que el Señor me pedía esto.
En consecuencia, si Él me lo pedía yo no se lo podía negar. Esta fue, pues, amiga mía, y así fue mi vida dedicada a Dios. Los pobres que recibían mis limosnas materiales y espirituales, a veces, me llamaban madre, otros, más mundanos, me tenían como si fuera su criada.
Entre nosotros había pobres de vecindario y había pobres de hospital. Todos ellos eran pobres con demostrados argumentos, es decir, pobres de solemnidad, pobres pobres, pobres de salud y pobres de alma, pobres de bienes y pobres de espíritu, pobres de compañía y pobres cuajados en soledad. Dios y la Iglesia han querido siempre infundir en el corazón de las mujeres cristianas un profundo pensamiento dirigido a servir a los enfermos.
Le iba bien a la mujer el servicio a los enfermos. Encajaba a la perfección con su realidad femenina. Ciertamente, si una era cristiana, orientaba su entrega y generosidad con el sentimiento y la fe cristiana. ¡Cómo poner en duda esta práctica que proporciona tantos consuelos interiores al alma y al espíritu! Para nosotros, los hospitales eran casas independientes, donde la Iglesia recogía los pobres y enfermos, les ofrecía una habitación, y atendía a sus necesidades por medio de los diáconos y de las viudas. Al ser una actividad especial de la Iglesia, lo cristiano brillaba notablemente en el ejercicio diario de esta atención a los enfermos.
atraían y me gustaban muy especialmente. Una de ellas era participar en dar sepultura a los muertos. Con frecuencia estos eran pobres por doble sentido, por muertos y por abandonados. La Iglesia procuraba mantener un delicado y tierno interés en este atender los restos mortales de los hombres. Lo hacía con plegarias, y lo hacía infundiendo en el corazón de muchas señoras distinguidas, y no distinguidas, ese espíritu cristiano, para preparar convenientemente el cuerpo difunto que había de ser sepultado en la tierra para que su alma entrara más radiante en la paz del Señor. A ellas les invitaban para que lo lavasen, lo vistiesen, lo cubriesen con un sudario, y lo acompañasen con su presencia y sus oraciones en el acontecimiento último de su sepultura.
Otra actividad de mi agrado era la del cuidado especial de los niños huérfanos y abandonados. Eran muchos. Muchas madres y la sociedad castigaban a estos pobres niños de una manera brutal. Como los pobres, también abundaban. En unión con los que respondían de las obras caritativas de la Iglesia, yo me esforzaba en prestarme a un servicio constante y desinteresado. Intentaba ser para ellos una madre, ponía todo mi empeño en darles mi educación. A veces, traía a algunos de ellos a mi casa. Entre refriega y refriega, entre vestir y comer, entre reír y jugar, les enseñaba las verdades de nuestra fe y les mostraba, explicándoles el Evangelio, cuán bueno y grandioso fue Jesús con los niños pequeños. Todo esto me ayudaba a sentirme madre, su madre; y me animaba a mantenerme fielmente cristiana, poniendo en sus tiernos corazones infantiles las dulces lecciones de los auténticos protagonistas cristianos,
Todavía existía otra actividad cristiana que me consolaba mucho. Se trataba de las mujeres viudas y de las mujeres casadas maltratadas o sin suerte en su vida matrimonial. Las viudas teníamos en la comunidad nuestra propia organización, y eso remediaba un tanto las penas, penurias y soledades. Pero, dado el sentido de la vida y la manera de vivir de nuestras familias, los problemas y los sufrimientos de muchas esposas y muchas madres quedaban encerrados entre los propios muros de sus rudimentarias viviendas. Para tener una somera idea de este problema, basta con repasar lo que me había sucedido a mí con mi marido. Por otro lado, era tanto el orgullo que nos dominaba a nivel familiar que gastábamos muchas energías en guardar nuestras apariencias. Sin embargo, ahí, en el fondo, en el interior de muchas madres y esposas, seguía presente un indecible dolor, quizá las amarguras más inconfesables. Yo echaba mano de mi experiencia. Intentaba contarles lo que sabía, intentaba orientarles en aquello que me había servido, me esforzaba por poner todo bajo la batuta del Señor Dios en quien yo creía, y ellas también lo intentaban poner. Les animaba a que, si fuera preciso, creyeran en Él, lo aceptaran, lo trajeran a sus vidas.
En aquel mundo nuestro teníamos todavía muy frescos los ejemplos de nuestros mártires. ¡Qué valientes! ¡Qué decididos! ¡Qué cristianos! Los honrábamos como se merecían. Peregrinábamos con frecuencia a sus sepulcros y a los lugares donde fueron martirizados. Era costumbre entre nosotros celebrar con grandiosidad el día de su fiesta. Te contaré lo que sobre este particular dejó escrito mi hijo Agustín refiriéndose a mí:
«Cuando ella llevaba a la tumba de los mártires su canastillo de ofrendas fúnebres, gustaba alguna cosa de las mismas y distribuía el resto; no reservándose sino una pequeña cantidad de vino, la que el honor de las santas memorias podría exigir de su extrema sobriedad. Si en el mismo día se celebraban dos o más piadosos aniversarios, llevaba para todos los sepulcros un pequeño frasco de vino aguado, que dividía entre los suyos con el fin de satisfacer a su piedad, pero de ningún modo a sus gustos».
Por supuesto, en todas estas actividades me encontraba acompañada por mis dos hijos que vivían conmigo, Navigio y Perpetua. Ellos eran no solo carne de mi carne, sino, muy en especial, alma de mi alma y espíritu de mi espíritu. Ellos eran para mí, su madre, la alegría de mi vida. Agustín, como sabes, permanecía en Cartago por razón de sus estudios. ¿Qué quieres que te diga? Su situación, no dejaba de ser un tormento para mí cuando la consideraba en sus distintos aspectos.
Te he dicho que nuestros bienes eran pocos. Tan pocos que Patricio tuvo que vender la viña para afrontar los gastos de Agustín en Cartago. Pero aquellos rendimientos de la viña duraron lo que duran las uvas maduras. Sin Patricio, sin apenas ingresos, ¿cómo podía yo afrontar la manutención y los estudios de Agustín en Cartago? Yo no me preocupaba por mí; a mí me era suficiente con mi pobreza, me bastaba con lo que Dios me enviaba. Yo vivía en privaciones constantes, pero no quería privaciones para mis hijos, y menos para mi Agustín. Además, para mí hubiera sido una desgracia muy grande que Agustín interrumpiera sus estudios por causa de que no atendíamos sus gastos desde aquí.
Para mí, estaba de Dios que Agustín debía estudiar. Aquellos destellos de inteligencia que despuntaban desde sus catorce años no podían ni debían ser apagados por no solucionar estos aspectos materiales de la vida. Yo confiaba en que Agustín se había de salvar precisamente por los estudios, por el saber, por sus conocimientos. Habían de ser ellos los que le habían de conducir de nuevo a Dios, a mis esencias cristianas, a mi fe. Por eso, lo sacamos de la ociosidad en Tagaste; por eso, aceptamos y acepté todo tipo de sacrificios y renuncias. Yo estaba segura de que Dios proveería. ¿Cómo? Te lo digo otra vez: que no lo sabía.
Que Dios te bendiga, tu amiga